17.12.12

Los platos rotos


Los platos de la abuela Nélida ya tienen 36 años. Y cada vez quedan menos. 

8.12.12

Oscar


El miércoles pasado murió Oscar Niemeyer, el gran arquitecto brasileño que estaba a sólo diez días de celebrar los 105 años (nació el 15 de diciembre de 1907). En 2008, cuando este verdadero genio tenía 101 recién cumplidos, escribí este post: "Niemeyer, el poeta del hormigón armado".

15.11.12

"Merece" y otras humanidades

En Uruguay, cuando uno da las gracias, no recibe un simple "de nada". Del otro lado, casi siempre responden con un "merece". Como si hubiésemos hecho mérito. Como si nos dieran un premio.

Margarita acusa problemas de memoria y vive una vida de placeres en su rancho de Trinidad. Come y duerme. Come y duerme. Cuando termina el plato, se olvida de que ya comió y entonces pide que le vuelvan a servir. ¿Se olvida?

La noche avanza y, en un momento, la cabeza de D empieza a caer. En una reunión, una cena, un asado, un cumpleaños, lo que sea. No importa. Meta cabezazo, él lucha para no quedarse dormido, pero es en vano: el sueño siempre gana. Viene de familia.

R puede pasar horas imaginando los goles que hará el domingo. De cabeza, de afuera del área, de apilada monumental, hasta de chilena. Sin embargo, el domingo bastan 90 minutos para caer en la dura realidad. Sí, R es el "goleador de los sueños".

El bondi frena de golpe y ella, que viaja en el medio del pasillo, se agarra como puede…, del mango del limpiavidrios de otro pasajero.

Para dormir, a J le gusta usar remeras de Massacre. Y eso que nunca escuchó a la banda del gordo Walas y compañía. Seguro es por mi culpa.

29.10.12

2.10.12

Tiro libre, directo al pasado

“¡¿Señor, señor, me alcanza la pelota?!” El grito de los chicos al otro lado de la reja me despertó de mis cavilaciones. Comencé a mirar para todos lados, pero no lograba distinguir el esférico. “¡Ahí, señor, ahí, la naranja…!”. Pegada al cordón de la vereda, casi debajo de un auto, pude verla. Puse la suela de mi zapatilla encima de aquella pelota anaranjada, la separé un poco del cordón y le metí un derechazo que superó la “barrera” del colegio y la depositó en el medio del patio. Casi como si fuera un centro a la cabeza de aquellos chicos… Aquellos chicos que rápidamente se olvidaron de mí y volvieron a la acción.

Cuántas veces me había subido a una reja similar…, pidiendo a los eventuales transeúntes por algún esférico que había salido demasiado alto en el medio de un partido chivo en pleno recreo… Una pelotita de tenis, una de gomaespuma azul, una Pulpo bastante saltarina y hasta algún improvisado manojo de papel rodeado por varias vueltas de cinta adhesiva. Algunos no daban ni bola. Apuraban el paso y seguían su camino sin despegar la vista del frente. Otros pensaban que se trataba de una broma y que no había pelota alguna (a veces, tenían razón…). Y, por supuesto, también estaban aquellos que entendían de la imperiosa necesidad de seguir jugando, de aquella sangre que hervía por meter el gol de la victoria antes de que sonara el timbre. El juego seguía inmediatamente en el lugar donde caía la pelota. Apenas había tiempo para un “gracias” tirado a coro entre todos.

Pasaron mucho años ya de aquellos picados (bueno, tampoco tantos...). Ahora estoy del otro lado de la reja y soy yo el que devuelve la redonda al grito de “¡señor-señor!” (qué viejo estoy…). Y entonces debo conformarme con ese pelotazo que cruza la calle y supera el muro de la escuela. Ese pelotazo que reinicia un partido que ya no juego. Ese pelotazo que hace volar mi memoria. Tiro libre, directo al pasado.

12.7.12

Los colegiales y el frío

Siempre los veía pasar. Reían, bromeaban, se lanzaban frases y miradas después de un día de clases. "Acá hay amor", pensaba cada vez que los veía caminar lado a lado por Ciudad de la Paz con sus uniformes escolares y sus caras todavía con vestigios de acné.  Él, jugando a hacerla enojar. Ella, ensayando su más dulce reprobación. 

Ayer los vi pasar de nuevo, pero esta vez iban abrazados. Como si el frío los hubiese unido. Bromeando, riendo, tiritando un poco. Ellos, los colegiales. Con los ojos encendidos.

27.6.12

Acogedora casita con vista al Río de la Plata


ALQUILA. 1 ambiente. Excelente ubicación. A metros de Aeroparque. Sin expensas. Poca luz. Mucha agua. Ideal para solitarios.

13.6.12

La mujer que lloraba dormida

Como tantos otros que viajaban sentados en aquel vagón del subte, ella tenía los ojos cerrados. A un lado, un oficinista leía la sección deportiva del Clarín. Al otro, un estudiante de Medicina revisaba minuciosamente un apunte con dibujos de huesos, músculos y articulaciones. Pero aquella mujer que andaba por los cincuenta permanecía inmutable. Con la cabeza levemente inclinada, ofrecía su cabellera cobriza (y unas cuantas raíces canosas) a la vista de los demás viajantes. Parecía profundamente dormida, al igual que tantísimos pasajeros que a esa hora todavía andan haciendo equilibrio entre el sueño y la vigilia.

De pronto, una lágrima brotó de uno de sus ojos. Y a ésta le siguió otra. Y otra más, deslizándose por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Sus ojos permanecían cerrados, pero adentro alguien había abierto el grifo de la tristeza, convirtiéndolos súbitamente en un silencioso manantial. Sin embargo, en su rostro no había expresión alguna. Recién cerca de la estación Catedral, sus manos se propusieron limpiar aquel imprevisto humedal. Finalmente, sus ojos se abrieron y un par de pañuelos aparecieron para terminar de borrar cualquier evidencia de aquella desazón subterránea. Era hora de entrar al trabajo. Tiempo de barrer la tristeza debajo de la alfombra. De sus párpados.

11.4.12

Al agua Pacman

No había fantasmitas a la vista. Ni algún monstruo de la laguna. Pero los Pacman, desesperados, nadaban hacia la costa. Unos sobre otros. Casi comiéndose entre ellos. Temerosos del game over.

Santa Teresa, Uruguay

23.2.12

Tropicampo

Dos vacas (y media) a la sombra de una palmera.

Santa Teresa, Uruguay

3.1.12

Secreto a voces

A confía a muerte en B. Por eso, le cuenta algo y le pide que no se lo diga a nadie. Pero B confía a muerte en C. Por eso, le cuenta el secreto de A y le pide que no se lo diga a nadie. Sin embargo, C confía a muerte en D. Por eso, le cuenta el secreto de A que B le contó y le pide que no se lo diga a nadie.

A confía a muerte en B, que confía a muerte en C, que confía a muerte en D. Todos confían a muerte en alguien. Y así, a voces, el secreto se muere.

17.12.11

San Pedro, en blanco y negro

Victores


Pinche cabrón


404 - 424


Néstor vive en San Pedro


Mercedes hecho bolsa


Cactus

25.11.11

Inmortalidad




Some die just to live...


Pearl Jam otra vez en Argentina. Y otra vez en noviembre. Y de nuevo los recuerdos que se amontonan. Y esa sensación tan obvia como cierta: él está más vivo que nunca.


Aclaración: Incluyo la versión original de Immortality y no la que tocaron el 13-11 en La Plata para apreciar mejor el tema, uno de los mejores que tiene la banda de Eddie Vedder y compañía.

4.10.11

El pájaro-que-da-cuerda

"Desde una arboleda cercana llegaba el chirrido regular de un pájaro, un ric-ric, como si estuviera dándole cuerda a algún mecanismo. Nosotros hablábamos de él como del pájaro-que-da-cuerda. [...] No sé cuál es su auténtico nombre. Tampoco sé cómo es. Pero, se llame como se llame, sea como sea, el pájaro-que-da-cuerda viene cada día a la arboleda que hay cerca de casa y le da cuerda a nuestro apacible y pequeño mundo."

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami.

8.9.11

Anomalía

Museo del Che, Alta Gracia (Córdoba)

Irregularidad, anormalidad o falta de adecuación a lo que es normal. Eso mismo.

24.8.11

Manejar descalzo y otras humanidades

A la hora de manejar, nada como hacerlo “en patas”. Con los pies pelados se pueden sentir los pedales y casi como que uno se hace parte del auto. O, mejor dicho, el auto se hace parte de uno.

Descolgar la ropa, lavar los platos, pasar la escoba, regar las plantas. Cuando B quiere pedirle algo a P, le lanza un latiguillo infalible. “¿Te animás a…?”, pregunta sin preguntar. En general, P se anima, aunque a veces le da un poco de miedo.

Ayax tiene sólo 8 años y una profundidad que asombra. El otro día armó frases con unas palabras-imanes que pegó en la puerta de la heladera. “¿Demonio, eras un niño?”, se preguntaba en una de ellas. Y, en otra, sentenciaba: “Muero en TV”.

La pequeña Abrilita no quiere que los taxistas tomen helado. “Tienen que manejar con las dos manos”, explica, segura de su argumento.

Cuando hacen alguna escapada juntos, P y V vuelan en aviones separados. Sí, aunque suene increíble, viajan al mismo lugar en aeronaves diferentes. ¿El motivo? Las probabilidades de que ambos mueran por sendos accidentes aéreos son muy bajas: tal vez se caiga un avión, pero dos el mismo día es prácticamente imposible. Así, en caso de una tragedia, al menos uno vivirá para cuidar a sus dos hijos. “Diversificamos el riesgo”, dicen ellos. Alto racionalismo.

3.8.11

El perro, el Brujo y el lago

Nono, Córdoba.

Un asado al borde del lago en San Huberto. Tinto va, tinto viene. El vaso interminable, el sol que pega en la cara, un calorcito que te relame el alma y hasta un perro con ganas de navegar...

17.5.11

La fórmula que el hijo no aplicó

- ¿Sabés cuántos años tengo? -le preguntó el viejito al muchacho, ya sentado en el lugar que éste le había cedido.

- No sé, me pone en un compromiso -respondió el joven.

- Dale, ¿cuántos años tengo? -repitió aquel veterano pasajero del subte, de cabellera gris y piel arrugada.

- Setenta y cinco -arriesgó, tirando un poco para abajo adrede.

- Noventa, tengo noventa.

- Ah, estás enterísimo.

- ¿Querés que te diga la fórmula para llegar a mi edad?

- A ver, ¿cuál es? -se interesó el treintañero.

- Tratar de no morir en el camino -se burló el viejito.

Y le contó que aún iba a la cancha. Que era socio vitalicio de Boca (le mostró el carnet). Que se había alegrado con la victoria en el superclásico, pero también entristecido por Carrizo. Y por sus nietos, que eran todos de River. Que su hijo era hincha xeneize como él. Y que había fallecido hace sólo dos meses. Así, de repente, se había ido, desoyendo la fórmula de su padre.

- Tratá de no morir en el camino -repitió, antes de bajarse del subte.

Y el joven prometió seguir su consejo.

16.5.11

Vacasa

Está en Las Calles, cerca de Nono, en medio de un campito que como fondo tiene las sierras. No tiene techo. Ni puertas. Ni ventanas. Aquella casa parece abandonada. Parece.

13.5.11

168 fotos

Toqué el timbre. Estaba a punto de bajar del 168 cuando vi el cartel pegado en la puerta:

"Señor pasajero: le ruego que si encontró una bolsa con fotos se comunique al 15-5501-9640. Son de gran valor personal!!! Muchas gracias!".

9.5.11

Comer solo

La primera noche zafé. En aquel restorán tipo cantina de la Villa de Merlo pasaban Unión-Gimnasia de Jujuy. Elegí una mesa justo enfrente del televisor y me devoré una milanesa con papas fritas mientras miraba la sorprendente victoria de los jujeños sobre uno de los –por entonces- punteros de la B Nacional. No hubo vacíos ni aburrimiento: sólo un apetito voraz y una panzada de fútbol.

A la noche siguiente, también la piloteé bastante bien. La pizzería "Cunto" tiene unas mesas en la vereda, lo que me permitió seguir las acciones de la juventud en la plaza central de aquella ciudad de San Luis. Las infinitas vueltas en motito (y los sonoros ruidos de los escapes), las piruetas con las bicis buscando impresionar a las chicas, los saludos y las charlas de aquellos que se pretenden. Mientras degustaba aquella pizza de muzzarella, era una suerte de espectador de lujo de los ritos de los adolescentes de Merlo. Al final, me terminé aburriendo un poco, sin poder comentar lo buena que estaba la muzza, pero apuré el vaso de Coca, pedí la cuenta y listo.

Las cosas empezaron a empeorar la tercera noche, cuando me metí en el restorán “La Vieja Bodega”. No había tele, tampoco vista externa; sólo varios grupos de jubilados aquí y allá. Y me di cuenta de lo difícil que puede ser comer solo. Mientras uno está masticando, no hay problema alguno, pero al antes y el después son bastante insoportables. Sin nadie con quien hablar (ni siquiera para hacer comentarios intrascendentes sobre la comida), no me quedó otra que escrutar a los vejetes de las otras mesas. Sobre todo, me dediqué a tratar de discernir quién era la septuagenaria que emitía un particular (y molesto) tono de voz. Pero una vez que la descubrí, abandoné todo aquello. Y, más allá de seguir con la mirada a un grillo que volaba de cortina en cortina, me hundí en la soledad. Tan desesperado estaba que llegué incluso a leer el sobrecito de queso rallado que había usado para acompañar mis ravioles de verdura con salsa filetto. Y me enteré que provenía de algún lugar de Entre Ríos. Eso. Gran cosa. Por fin, llegó la cuenta. Pagué, fui al baño y escapé de aquel lugar. Los jubilados aún seguían comiendo, indiferentes. Al igual que yo, algunos no habían pronunciado palabra durante toda la cena: sus mandíbulas sólo se movían al ritmo de los bocados. Pero lo peor estaba por llegar.

La cuarta noche –mi última velada en Merlo- tuve la experiencia más cabal y aterradora de esto que estoy contando: me senté a comer total y absolutamente solo en un restorán vacío. Sin TV, sin vista exterior posible, ni siquiera otros comensales: una docena de mesas sin protagonistas. De principio a fin, mastiqué en la más extrema soledad. A mis espaldas, la chica que atendía pareció apiadarse de mí: puso la radio y subió el volúmen. En un momento, cuando aún no había pedido un bife de chorizo con fritas, pensé en huir, pero entonces fui yo quien se compadeció y entendí que debía asumir mi rol de único cliente de aquel triste lugar. “El Rincón de los Amigos”. Así se llamaba aquel recinto desolado. Pero los amigos no estaban. Ni ellos ni nadie. Tan sólo un hombre perdido en un restorán vacío, un esqueleto de comensales.

28.4.11

Kilómetros de radio

Es un viejo estéreo. Tan viejo que no tiene CD; sólo un pasacassettes que no anda. La radio tampoco funciona mucho mejor: pierde la sintonía con cada bache, enloquece y hay que estar metiendo mano (o más bien dedo) para que se digne a parar. Es un viejo éstero que tiene una extraña ventaja: en un viaje largo, te obliga a escuchar las radios locales. Kilómetro a kilómetro, las señales van y vienen mientras un pueblo y otro y otro van quedando atrás. Y entonces uno se da cuenta de algunas cosas interesantes.

Que el robo de dos mil pesos en un supermercado chino es mucho más robo en Arrecifes que en Buenos Aires. Que en Colón un conductor puede putear al aire a un panelista por hablar de los resultados de las internas radicales en Córdoba sin conocer los porcentajes finales. Que una FM de Santa Rosa de Conlara puede tomarse el tiempo de recitar ¡entero! el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar. Que en la Villa de Merlo un oyente puede criticar a un conductor por su excesiva “simpatía” (de cara a las próximas elecciones) con Sergio Guardia, el intendente local. Y él, la cabeza del programa, puede admitir alegremente que no sólo apoya al líder comunal sino que además trabaja en la Municipalidad. Y hasta puede rematar con un: “¡Aguante Sergio!”.

9.4.11

Desde las vías del tren

"No sé si ustedes me entienden: desde las vías del tren es frecuente ver una casa; ignoramos el nombre del pueblo, no conocemos a nadie en la comarca, pero tenemos la impresión de que podríamos ser felices en ese lugar..."

Clarissa, Stefan Zweig (Extraído de Historias encontradas, Eduardo Berti)

16.3.11

Segura de su inseguridad

Está segura. Los delincuentes acechan a la vuelta de la esquina. Por eso lleva el spray para defensa personal en la mano. Sí, en la mano. "¿Para qué sirve guardado?", pregunta ella, que ya lo usó un par de veces. Está insegura. Por eso sale a la calle con un silbato colgado al cuello. Y lo hace sonar en situaciones sospechosas. Para alertar a posibles víctimas. O asustar a eventuales malhechores. Está segura. Puede pasar en cualquier momento, ante la más mínima distracción. Por eso cuando traspasa la puerta y pone un pie en la vereda, mira a ambos lados con ojos rápidos y punzantes. Y nunca deja de sujetar fuerte a su pequeño caniche. Está segura: está insegura. Está segura de su inseguridad.

9.3.11

Baradero

El sol que empieza a irse

Los bancos vacíos

Y el angelito de la medianoche

19.2.11

Tarde de bossa nova

Muita calma pra pensar...

janela

........Corcovado

.....................triste

...........................felicidade

.......................................paixão

...............................................ilusão

......................................................sozinho

................................................................cidade

........................................................................bonita
.................................................................................
........ ............................................................. ............ você

........ .............................................................. natureza

............. .................................................... cor

....................................................... saudade

.................................................depois

....................................Guanabara

.............................noite

..............Copacabana

princesinha

31.10.10

Ese sueño


Estábamos almorzando, comiendo un asado. Néstor, mi viejo, yo y algunas personas más. Todos alrededor de la larga mesa de aquella casa de Ingeniero Maschwitz. Aquella entrañable casa que construyó El Negro y que todos queríamos tanto. Néstor, mi viejo y yo, charlando sobre algo que ahora no recuerdo. Sólo me acuerdo que la estábamos pasando bien. Y que al otro día no podía creer haber tenido ese sueño.

11.10.10

El exilio de Perón

De la pared del living a un oscuro espacio al costado de la heladera. Luche y vuelve.

1.10.10

Los mundos, el mundo

La parejita que paseaba al perro. El hombre de sobretodo que aguardaba para cruzar carpeta en mano. El peluquero que charlaba con su cliente. El muchacho que llevaba el CPU. La niña que miraba hacia la calle desde la ventana de aquel primer piso. La piba que mandaba y mandaba mensajes de texto y sonreía y sonreía. El viejo desaliñado de aquel kiosco medio sucio donde compré los Sugus confitados del día. La mujer que se enojó cuando la empujé sin querer en el subte (y que se enojó un poco menos cuando le pedí perdón y atribuí el empujón a una “reacción en cadena”).

A todos ellos miré hoy. A todos ellos. Con sus simplezas y complejidades. Sus vidas enormes y profundas. Llenas de cosas. Vacías, tal vez. Pero siempre llenas de cosas. Asuntos nimios o relevantes. Siempre importantes para cada uno. Complejidades. Cientos de miles de vidas complejas entremezclándose. Miles de millones de mundos. Haciendo a este mundo aún más infinito.

¿Qué estarán pensando? ¿Qué canción estarán cantando? ¿Qué comerán hoy a la noche? ¿Qué comprarán en el supermercado? ¿Qué les esperará cuando lleguen a sus casas? ¿Llegarán? ¿Qué palabras dirán al cruzar la puerta? ¿Habrá para ellos una sonrisa o tal vez un gesto adusto? ¿Habrá alguien para ellos o sólo un ambiente vacío? ¿A quién amarán? ¿En quién pensarán? ¿Con quién soñarán? ¿Con qué soñarán?

23.9.10

¿Alguna vez vieron tanta facha junta?

Eso solía preguntar una y otra vez, con su habitual humor, El Tano. Hace un año que nos quedamos sin su "tormenta de facha", sin La Boba ni El Fantasmita de Villa Lía. Sin sus ironías y sus graciosos relatos. Sin sus increíbles pasos de baile. Sin un amigo.

15.9.10

El abogado Sinley

El otro día viajé en el subte con el abogado Sinley. El de la vida sin normas. Putas, alcohol y despilfarro. Hablaba y se reía, sin importarle su deteriorada dentadura. “A las mujeres les digo: ‘Hoy es Puerto Madero y champagne, pero mañana puede ser pan y cebolla’”.

Pasan las estaciones y el abogado Sinley cuenta y cuenta. A su novia actual se la presentó una prostituta que él solía frecuentar. “Se quedó uno, dos, tres días y ahora hace nueve meses que está conmigo”, confiesa. Su nieto Valentino le dice “puta” y eso a él parece encantarle. Valentino es su debilidad. Por eso, lo visita todos los días, aunque sea cinco minutos. Cuando se despide, el pequeño no se hace problemas: “Ahora viene mi otro abuelo”, le tira.

El abogado Sinley asegura que el chiquito no llega a los tres años, pero que ya putea como un experto. “El otro día hicimos un piquete de calesita. Fuimos y la calesita estaba cerrada. ‘Puta madre’, gritó el pendejo. Y después se la agarró con el calesitero: ‘Puto, abrí’”. La mamá de Valentino no está muy contenta con la forma de vida de su papá, el abogado Sinley. “Perdoname, es el papá que me tocó”, le dijo a la nueva novia del letrado cuando se la presentaron.

Pierdo la noción de las estaciones. De repente, un colega lo saluda desde el otro lado del vagón. Le pregunta por su nieto y sue nueva novia. Todo lo que me ha contado Sinley parece cierto. Después, este otro boga dice que estuvo ternado otra vez para no sé qué puesto y que no lo eligieron, pero que la próxima vez le pedirá ayuda para salir seleccionado. Sinley parece haber sido alguien importante. Bah, al menos un tipo con contactos. Uno de esos abogados que, aunque en decadencia, se conocen todos los pasillos de Tribunales y también es conocido por todos en el ambiente judicial.

Estación Palermo. El abogado Sinley hace un gesto como para levantarse. Tiene que bajar. Saluda a su colega. Y también a mí. “Chau, pibe, un gusto para vos haberme conocido”, bromea. “Igualmente”, repito sin pensar. Y allá va él. Rumbo a la escalera mecánica. Sinley. Que se pierde entre la gente.

17.8.10

No pasarán

Puede pasar en una vereda, una esquina o una bocacalle. A la salida de un ascensor, en la puerta de entrada a un restaurant o en el andén del subte. A veces, dos personas quedan frente a frente y seguir adelante parece imposible. Cuando uno se mueve hacia la derecha, el otro lo hace hacia la izquierda. Cuando uno va hacia la izquierda, el otro va hacia la derecha. Así, en espejo, lo intentan una y otra vez, hasta que uno se detiene o el otro se ríe. Y la galleta se desanuda. Y el paso prosigue.

7.8.10

El spray

A veces, cuando bostezamos, nuestra boca puede llegar a lanzar un gracioso spray de saliva hacia el exterior. Sólo sucede cuando nuestra garganta adopta cierta posición única con la parte posterior de la lengua. Es un punto justo. Una extraña alineación bucal. Algo que se da muy poco. Sin embargo, cada tanto, corremos el riesgo de empapar a quien tenemos en frente. Como si fuésemos un Rey Momo. O una cobra venenosa. Asqueroso pero real.

30.7.10

Creer o reventar

Un canoso que hojea una mini-Biblia. Al lado, una chica con un catálogo de cosméticos. Y al lado, un pibe con una BlackBerry. Y al lado, una señora con una revista Casa Country.

26.7.10

El paso incómodo

Cuando, por cuestiones del azar, caminamos lado a lado, al mismo ritmo que un extraño, el paso se torna incómodo. Entonces, suele suceder que uno acelera. O el extraño baja un cambio. O viceversa.

15.7.10

Reincidente

El hombre es el único animal capaz de pisar dos veces la misma baldosa floja. Todo un reincidente en eso de empaparse las zapatillas.

12.7.10

El fútbol, a sol y sombra

Son apenas pasadas las nueve de la noche del domingo y Florida está casi desierta. Unos bocinazos de un auto que pasa por Corrientes interrumpen la calma. “Deben ser españoles que vienen del Obelisco”, pienso. Sí, hay españoles festejando en el Obelisco por el primer campeonato del mundo de La Roja. Por unos segundos, me imagino lo que hubiesen sido esas calles si Argentina hubiese alzado la Copa. La 9 de Julio a reventar, con miles de hinchas en celeste y blanco gritando, saltando, agitando banderas. Y los bocinazos que no hubiesen parado por horas, en un concierto que hubiese llegado hasta la madrugada del lunes. Los titulares grandilocuentes de los diarios. El recibimiento multitudinario a la Selección. El balcón de la Rosada, tal vez. La Plaza de Mayo que explota. Y Diego que cumple su promesa y se desnuda en el Obelisco. “No dije cuándo ni a qué hora”, había advertido desde Sudáfrica el DT. Tal vez lo hubiese hecho de madrugada, bajando de un auto que lo hubiese dejado ahí mismo, al pie del espigado monumento. No importa. Siempre hay gente en el Obelisco. Al menos dos mendigos, tres policías y diez taxistas hubiesen asistido a la graciosa escena. Y luego un video tomado por una cámara de tránsito del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hubiese recorrido el mundo…

De repente, me sobresalto. Ya estoy en el subte, camino a casa. No hay gritos ni bocinazos ni rostros pintados de celeste y blanco. Sólo las mismas caras largas que siempre viajan bajo tierra y el sonido de las ruedas pegando contra las vías. El Mundial terminó. Y pienso en Galeano. En Eduardo Galeano, el escritor uruguayo, aquel que va por la vida pidiendo un poco de buen fútbol, como quien reza por una limosna. “Una linda jugadita por amor de Dios”, como dice en El fútbol a sol y sombra. Galeano feliz por el cuarto puesto de Uruguay. Levantándose de su sillón tras ver la final entre España y Holanda. Sorprendido por las patadas de los holandeses; conforme con la justa victoria española. Galeano que sale de su casa en Montevideo y por fin, luego de un mes, saca ese cartel que había colocado en la puerta: “Cerrado por fútbol”.

5.7.10

(Mi) Historia de los Mundiales

En el ’78 tenía apenas dos años y cero registro de aquel título que consiguió el equipo de César Luis Menotti. Del ’82 tampoco recuerdo nada, ni el 1-3 con Brasil, ni la eliminación argentina, ni aquel patadón de pura impotencia de Diego y su expulsión. El primer Mundial que viví como todo un futbolero de ley (que efectivamente ya era a los 10 años), fue México ’86.

Hay cosas que no se olvidan más. Como aquella tarde nublada en la que vimos Argentina-Inglaterra en la casa del Toro Mú. Al viejo del Toro no le gustaban los relatos de la TV y por eso apagaba el sonido y ponía la radio con Víctor Hugo. Así fue que vi el mejor gol de la historia de los mundiales mientras escuchaba el mejor relato de la historia de los mundiales. Barrilete cósmico. Para la final, nos fuimos a la casa del Escandinavo. Sufrimos mucho con el empate alemán cuando parecía todo cocinado y gritamos como nunca (con montonera incluida) el gol definitorio de Burru. Después, nos subimos al Peugeot 504 verde rural de mi viejo para festejar con bocinazos y banderas en el centro de Ingeniero Maschwitz. Inolvidable.

También recuerdo que durante y después del Mundial jugábamos al fútbol con los nombres de las grandes figuras. Mi hermano y yo estábamos fascinados con la sorprendente Dinamarca que finalmente cayó en octavos por goleada contra España. Él era Michael Laudrup y yo, Eljkaer Larsen (moría por aquella camiseta número 10 danesa, de gran diseño). Fuera de los argentinos, Scifo era de los más elegidos y, a la hora de ir al arco en aquellos eternos “mete-gol-entra”, se imponía otro belga: Jean Marie Pfaff. Además, nos la pasábamos entonando la canción del Mundial (la primera que quedó en nuestras mentes): “México ’86, México ’86, el mundo unido por un balón…”.

Con Italia ’90, ya adolescentes, sufrimos como locos. Y es que ese Mundial fue un sufrimiento para Argentina. El partido inaugural lo vimos en el departamento de la calle Arcos. Compramos papas fritas, chizitos, palitos, Coca, de todo; y nos comimos ese gol increíble de Omam Biyik. Bah, se lo comió Pumpido. Era lo mismo: Argentina había perdido 1-0 contra Camerún. Sufrimos también con la lesión de Nery, el ajustado pase a la segunda fase, los penales con Goyco en Yugoslavia e Italia y la triste y mediocre final que perdimos con Alemania. Pero hubo algo que gozamos como nunca: el increíble 1-0 contra Brasil en octavos de final. Lo que pasó cuando Caniggia metió ese gol tras el jugadón de Maradona fue algo que nunca volví a ver. El festejo más loco y furibundo. Ese día estábamos en la sede de Los Horneros y se rompió todo, desde un sillón hasta las muletas de madera del Beto, que poco tiempo atrás se había lesionado feo.

Pero el Mundial de Italia fue sólo el primero dentro de una larga racha de frustraciones. En Estados Unidos ’94 sufrimos cuando le “cortaron las piernas” a Diego y nosotros no sabíamos bien qué creer. En Francia ’98, salimos a festejar cuando le ganamos a Inglaterra por penales en octavos (recuerdo una turista estadounidense entremezclada con la masa que no podía entender tanta algarabía), pero luego sucumbimos con el gol de Bergkamp que nos mandó a casa. Ni hablar de 2002, cuando el sueño se evaporó en primera ronda. Las caras largas que vi en ese subte matutino cuando iba al laburo luego del partido con Suecia tampoco podré olvidarlas jamás. En 2006 estaba desempleado, así que miré absolutamente todos los partidos. Sí, todos todos. Tenía el cable recién instalado y un laburo casi seguro que arrancaba en agosto, así que la panzada de fútbol fue feroz. El gol de Maxi Rodríguez contra México en el alargue fue el último que me dejó afónico de tanto grito. La derrota con penales en cuartos ante Alemania, el local, dejó el sinsabor de saber que se podría haber llegado más alto, pero Argentina había hecho un buen papel.

Y llegó 2010. El primer Mundial que me tocó trabajar. Y trabajando se sufre menos, claro. Hay que poner la cabeza en acción y no hay mucho tiempo para gritos ni llantos. No hubo encuentro con los pibes para ver los partidos de la Selección. Y el golpe de la goleada de cuartos de final ante Alemania lo viví en una redacción. Una redacción que, salvo alguna excepción, se sumió en el más absoluto silencio cuando terminó el partido. Allí, más que nunca, trabajar fue la mejor medicina, el único remedio contra el dolor. Ese dolor que de a poco a uno lo va invadiendo, cuando piensa que faltan cuatro años para el próximo Mundial…

19.6.10

Saramago y los ciegos

"Antes, cuando veíamos, también había ciegos, Pocos en comparación con los que hay hoy, los sentimientos normales eran los de quien ve, y los ciegos sentían entonces con sentimientos ajenos, no como los ciegos que eran, ahora, sí, lo que está naciendo es el auténtico sentir de los ciegos, y sólo estamos en el inicio, por ahora aún vivimos de la memoria de lo que sentíamos, no precisas tener ojos para saber cómo es hoy la vida..."

Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.

29.5.10

Un astro que gambetea transeúntes

Ahí va él. Zapatillas y medias blancas. Pantaloncito azul. Casaca verdeamarela con el "10" en la espalda. Pero arriba del número no dice "Pelé", sino simplemente "Astro". Ahí va. Zigzagueante por Avenida de Mayo. Dando pequeños saltos y gambeteando transeúntes, aunque sin pelota (o tal vez con una imaginaria). Ahí va. Como si fueran conitos, va dejando atónitos peatones en el camino. A toda velocidad, esquivando oficinistas y secretarias. Un crack.

7.5.10

Nadar

A veces para el mismo lado. A veces para lados diferentes. Se siguen. Se cruzan. Cada uno con su estilo. Pero siempre por el mismo carril. Nadan.

8.4.10

Como quien besa el barrio al irlo pisando

Y sin planearlo tú acaso / como que sin quererlo va y lo hace / te vi cambiar tu paso, hasta ponerlo en fase / en la misma fase que mi propio paso...

29.3.10

humanidades VIII (el regreso)

¿Qué son esas cosas? ¿Hormigas? ¿Mierda de murciélago? No, son las “gomitas” de la cancha de fútbol 5, esas que desparramás por toda la casa cuando te sacás las zapatillas.

Johanna habla con lapicera. En vez de “para”, dice “detiene”; en vez de “dijo”, “manifiesta”. Y nunca tiene “hambre”, sino “apetito”. Escribe con la boca.

Recién cuando ella se puso a hablar por celular, él pudo dejar de mirarla. Estaba dentro de un colectivo junto a otras veinte, treinta personas. Observó con detenimiento el rostro de casi cada uno de ellos. Sus ojos habían recuperado el mundo.

Cuando se acordó que tenía que devolver la película, Diego sufrió una repentina regresión. Pero duró muy poco y, al instante, lo envolvió la alegría: no iba a tener que rebobinarla.

Es un papelón. A veces, cuando uno se ríe fuerte en forma nasal, un flujo mucoso sale sin control, como disparado, y queda en evidencia ante la mirada de los terceros. Manotazo rápido. Pañuelo. Pero ya está. Tragame tierra.

Ya sabemos que a Johanna le gusta hablar con propiedad. Pero a veces tira palabras que son de otra época, como cuando para referirse a una publicidad habla de una “reclame”. Me hace acordar a mi nonna Tola.

Hubo una vez un editor que era tan pero tan fanático de Atlanta que cuando Chacarita (su clásico rival) logró el ascenso a Primera División, él se “olvidó” de publicarlo.

4.3.10

Hijueperra...

El corazón pega un salto y queda al borde del infarto. Un crepitar de células inquietas sube desde las entrañas, hace escala y estremecimiento en el estómago y se va directo a la capocha. La boca abierta como un túnel deja entrar una ráfaga de aire y después queda ahí, congelada. Un perro acaba de ladrar desde el otro lado de la reja, justo cuando aquel desprevenido peatón menos lo esperaba...

8.2.10

Montevideo llama

Por el Carnaval. Por sus llamadas. Por las murgas que derrochan ironía (la ligan hasta el perro de Mujica y Canarias, el “mate del país” que se cultiva en otro país). Por la tranquilidad de las calles de Malvín. Por la exquisita bondiola de "La fonda del puertito". Por la pizza de "El subte". Por esa playa sobre ese río que parece mar. Por el placer de tirarse en la arena, Drexler al oído. Por esa rambla que (a pesar de la lluvia) invita a caminar, termo bajo el brazo, mate en mano.

Montevideo llama. Y aunque no pusimos un candado en la fuente, volveremos.

8.1.10

Hola Cristina, te estamos llamando

Estaba cansado. Eran cerca de las 22 y había sido una tarde agitada. Cristina, Redrado, Cristina, Redrado, Cristina, Redrado. Se acercaba la hora de irse y se le partía la cabeza. Tenía que llamar a su amiga Vicky. Agarró el celular, entró en la "agenda" y empezó a buscar. Buscaba y buscaba y nada: no podía encontrar el número de su amiga. Entonces, se dio cuenta: no estaba buscando en la "V" sino en la "C". Se rió solo. Estaba muy quemado. Estaba buscando el teléfono de Cristina Kirchner.

2.1.10

Brindo

Por un Pan Dulce sin frutas. Por más mañanas al sol en la hamaca paraguaya. Por los amigos incondicionales. Por El Tano. Por más asados y charlas con los pibes. Por la carita de Abril cuando mira los fuegos artificiales (“las lucecitas”). Por la sonrisa de Jazmín. Por balances menos duros. Por los paseos en bici y los mates en la plaza. Por el fin de los miedos. Por los pocos acordes que aprendí y los muchos que vendrán. Por vos. Por ese guiso prometido. Por esa mágica fusión.

28.12.09

6.11.09

Aprendizajes (de un tiempo a esta parte)

Que no hay que callarse nada, pero que las palabras muchas veces no alcanzan. Que el pase es la mejor manera de dejar rivales en el camino (mucho mejor que la gambeta). Que los obsecuentes siempre van a tener trabajo, pero nunca respeto. Que los panchos y las hamburguesas son el mejor antídoto contra la resaca. Que hay que vivir más y contar menos. Que después de las 12 de la noche es mejor no esperar el 140. Que entre jugar y jugarse hay un abismo. Que siempre hay que llevar encima una birome y un papel. Que un rato al sol te puede cambiar el día. Que con un poco de limón, la bondiola de cerdo es mucho más rica. Que la música puede ser una excelente compañía. Que el helado de menta contamina fácilmente el pote entero. Que si uno quiere volar no puede tener siempre los pies sobre la tierra. Que nunca voy a poder dejar ciertos vicios como los Sugus confitados, el Nesquik frío o las milanesas con lo que sea. Que los sectarismos no llevan a ninguna parte. Que en el cable uno siempre termina viendo las mismas películas que ya vio. Que cuando las papas queman algunos se borran. Que conviene ir lavando día a día y no acumular una tremenda pila de platos sucios. Que a veces hay que “pensar” con el cuerpo. Que demasiado mate te deja la lengua verde y demasiado vino los labios morados. Que para estar despierto nunca hay que dejar de soñar.

26.10.09

humanidades (hasta agotar stock)

Patricio y Natalia estaban tan ansiosos por ir a ese cumpleaños que llegaron con una semana de anticipación. Su determinación era tal que hasta se pelearon con el “patovica” de la puerta del bar donde se realizaba (siete días después) la fiesta (a la que finalmente no fueron).

Diego es particular hasta para atarse las zapatillas. De chico, quiso aprender el modo “normal”, pero no lo logró. Bah, obtuvo el mismo resultado final a través de un camino diferente. Un cordón que vuela para allá, otro para acá, ajustar, pasar y listo. Ver para creer.

Marcos no necesitaba echar a nadie de su casa cuando tenía invitados y quería irse a dormir. Con su clásico “Bueno, muchachos…”, todos sabían que era tiempo de partir. Y aún lo saben.

Emiliano instaló la técnica, pero el Beto la llevó a la perfección. Cuando ansían abandonar una fiesta o un boliche y no quieren ser convencidos de lo contrario, tiran la famosa “bomba de humo” y se van sin saludar.

Le dicen “El incondicional”. Y es que no se pierde cumpleaños, fiesta, bautismo, despedida, asado, reunión o salida a la que lo convoquen.

Gabriel trabaja de noche en un octavo piso desolado y casi en penumbras. Pero no está solo. Una vez vio una silla moviéndose de acá para allá por sus propios medios. Y también asegura que las computadoras se prenden y apagan solas. “Hay fantasmas”, dice.

Diego tiene muy poca maña para arreglar las cosas del hogar. Y una gran capacidad de adaptación. Por eso, cada vez que quiere usar la cocina, tiene que abrir la llave de gas y encender siempre la misma hornalla que pierde. Por eso, ahora que se le rompió la soga de la persiana del living, ese ambiente parece condenado a la oscuridad.

En Malasia, Carolina y Ezequiel se metieron en un curso de meditación Vipassana. Tenían miedo de no aguantar los diez días que dura aquella experiencia, así que fijaron una contraseña por si querían darse a la fuga. “Está todo bien”, era la clave. El problema es que allí adentro no los dejaban hablar. Carolina no tardó en cansarse, pero no sabía cómo comunicarse con Ezequiel, que parecía muy concentrado en las técnicas de meditación. Hasta que, luego de varios días, él se levantó la remera cuando nadie miraba. En su panza, escrito con marcador, decía: “Tomo el desayuno y me voy”.

22.10.09

Esa utopía recurrente de romper con todo

¿Quién no la tuvo alguna vez? ¿Cuántos realmente la cumplen?

Música: Society, Eddie Vedder (Banda de sonido de la película Into the wild)

17.10.09

Vino (y se fue)

Un vasito. Y otro. Y otro más. Malbec. Syrah. Cabernet. Otro corcho que se va. Otro vaso que se llena. Un par de patadas por debajo de la mesa. Y otro vaso de tinto. Salud. Y otro. Y otro más. Hasta que la cabeza dice basta. Qué bueno el futón. Y la mañana que llega. Con cierto mareo. Y una sorpresa. Se había ido. Ya no estaba. Por fin se fue.

9.10.09

La cátedra

“Con el tiempo, no esta noche, Humberto va a saber que sólo le falta su propia historia. Encontrarla. Conseguirá precisar algo de eso en una caminata por los entrepisos del shopping, o al aplastar entre dos porciones y el moscato su masa cerebral contra el mostrador de la pizzería: su historia no tenía imágenes dentro de él. Parpadeaba en alguna otra parte. En el espanto, llegará a decir Humberto. Recién entonces empezará a comprender que lo abominable, eso apagado, raspando, persiste siempre en los bordes de las cosas.”

La cátedra, Nicolás Casullo

Como recuerda Ricardo Forster hoy en una columna publicada en Página/12, hace un año fallecía Nicolás Casullo. El Doctor Chapatín, como muchos estudiantes de Comunicación le decíamos desde las sombras, fue quizás el profesor que más impacto me causó en mis años de paso por Ramos Mejía. Pasión. Eso es lo que uno llegaba a sentir a veces en sus téoricos y a lo largo de buena parte de esa historia del pensamiento trazada en el libro Itinerarios de la modernidad.

Todavía recuerdo aquella mañana del 19 de diciembre de 2001, cuando Casullo, el titular de la cátedra, me tomó el final de Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (PCPC, en la jerga estudiantil). Sí, el 19 de diciembre. Apenas un rato antes que la historia argentina inmediata diera un vuelco. Estaba nervioso, como siempre antes de un exámen oral. Pero el Doctor Chapatín transmitía paz y serenidad. Y pude aprobar sin problemas.

Casullo me hizo conocer, entre otras, la obra de tipos como Karl Kraus, aquel ácido periodista vienés que en soledad escribía, editaba y vendía su propio periódico (La Antorcha) y que ya en 1910 decía cosas como esta: “Estoy convencido de que los acontecimientos ya ni siquiera acontecen. Son los clichés, la fraseología la que trabaja por su cuenta. El lenguaje ha podrido la cosa, el tiempo tiene hedor de frase periodística”.

Hoy, un año después de la muerte de Casullo, casi con seguridad tengamos una nueva Ley de Medios. Ojalá así sea, aunque la norma pueda tener sus deficiencias. Al menos, para que podamos respirar mejor. Para que ese hedor no sea tan nauseabundo.

Rebelde

5.10.09

Código genético

H(82) N(94) MV(07) V(07) – H(05) L – 12 01 76 – D – M S J – L – L – A J – K L I A L L M M J – 86 95 99 04 – H M M P – M F MV JM L MV – A L L J Z C – 1619 408 601 1701 2027 3915 – 12A 11 20A 14A 9C 717 – M E I E G E P – BB CS CA – CC UBA ISCEA – 88 93 – RP – LH – M A S I E N D G S S(09) D – C R E L L L M R L – MV – ML – G D – S M T C P A T F M S L L JI I J A E C E P V JP R F J – BUE MAS PDE MON FLO SAL MIA CAN HAB SAN CIE TRI SCU BAR MAD ZAR BCN MAL PRA NIZ ROM FLO VEN AMS PAR LON COL PIN MDP MAD BAR SMA PEN RAF CAR MAR CHO RIO NAT ITA FOR PIP CQU LIM CUZ PUN COP IDS ARE PAR HUA MAN QUI YAV HUM IRU MAI TIL PUR SAL CAF ANG CAC TUC TAF IGU ASU SPE CHA VLI VGE LAP CPA RCE AZU MSP CAR – GNR NIR PJ SS RH MASS R LG MN CT JD STP BV BAB – MMET MMER MMEA – … ¿?