"Release" (Costanera Sur, 03/04/2013)
4.4.13
Pearl Jam, el barro, "Lo de Charly" y el recuerdo
Parten desde el mismo
lugar, pero se encuentran recién a los 12 kilómetros, dos horas después. Se
miran los pies y –aunque no se han visto nunca- se reconocen de inmediato. La
parejita de la mesa de afuera. Los dos amigos que esperan sentados su pedido
para llevar. Los novios espigados que abren la puerta después de haber calmado
ese apetito voraz que suele asaltar a cualquiera después de un recital. Y él,
claro. Los unen el amor por Pearl Jam, las zapatillas cubiertas por una gruesa
capa de barro y el afán por comerse un buen chori o un sándwich de bondiola o
lo que sea que salga de esa siempre activa parrilla de “Lo de Charly”, parada
obligada de los hambrientos que pasan por Villa Ortúzar. No
necesitan hablar. Una mirada, quizás un leve gesto, una sonrisa. Y el recuerdo,
claro.
Oh, dear dad / can you see me now / I am myself / like you somehow…
7.3.13
Villa Epecuén, el pueblo que estuvo años bajo el agua
El viejo Matadero en
ruinas, los árboles desnudos de hojas y corteza, las casas de paredes blancas, las
casas sin paredes ni techo ni ventanas ni nada. Villa Epecuén es hoy un pueblo
fantasma. Allí, las calles se funden con el lago homónimo, aquel que hace 28
años sepultó a la ciudad bajo sus aguas salobres. Allí, tan sólo se escucha el zumbido de las
nubes de insectos que pululan en la orilla. Allí, los únicos que parecen ajenos a las circunstancias son los toboganes que daban a las viejas piletas.
En 1985, tras un período
de intensas lluvias, un terraplén cedió y las aguas del Lago Epecuén cubrieron
aquella villa turística que se había erigido a pocos kilómetros de Carhué. El
pueblo estuvo años sumergido bajo aquel manto acuoso cuya salinidad sólo es superada por el Mar Muerto. Con el tiempo, el nivel del lago fue retrocediendo
lentamente y ahora la ciudad emerge de su tumba salobre.
23.1.13
Ventosas
18.1.13
El Chancho y la Sube
Pensé que se habían
extinguido, pero no. Viajaba en el 107 cuando divisé a uno subiendo por la puerta
de adelante. Cincuentón, medio pelado, de panza prominente, prolijamente
enfundado en su tándem reglamentario camisa-corbata a pesar del sofocante
calor. Un inspector. Un Chancho. Uno de aquellos otrora temidos controladores
de boletos que por estos días deben conformarse con pedirle a los pasajeros que
le muestren sus tarjetas Sube. Qué
humillación.
Al grito de “A ver sus
tarjetas”, el Chancho dio comienzo a su labor. No hubo caras de terror. Tampoco
aquella clásica y nerviosa búsqueda del pedazo de papel en algún bolsillo o en
la mochila o en la cartera o en el piso. Nada de eso. Uno a uno, los
viajantes fueron sacando sus plásticos de color violeta para mostrárselos al barrigón
inspector, que con sólo posar sus ojos en la Sube daba por pagado el viaje.
“Yo no saqué”, escuché
que le decía una chica a otra en tono cómplice. Mientras tanto, yo hurgaba en
el fondo de mi bolsillo en busca del boleto de $3,25 (no tengo el bendito
plástico). Cuando el Chancho llegó a nuestra posición, saqué el pedazo de papel
y él lo marcó con una birome roja (¡¿y el perforador?!). La jovencita mostró
impávida su tarjeta Sube y hasta se jactó de haberle pagado a sus amigos que
viajaban en el asiento del fondo. El Chancho asintió sin más. No hubo
preguntas. No hubo dudas. Ni siquiera una mirada seria o una mueca amenazante.
Chanchos eran los de antes.
7.1.13
Trabajo de hormiga en el continente mandarina
2.1.13
Santa Claus del Monte
17.12.12
Los platos rotos
8.12.12
Oscar
El miércoles pasado murió Oscar Niemeyer, el gran arquitecto brasileño que estaba a sólo diez días de celebrar los 105 años (nació el 15 de diciembre de 1907). En 2008, cuando este verdadero genio tenía 101 recién cumplidos, escribí este post: "Niemeyer, el poeta del hormigón armado".
15.11.12
"Merece" y otras humanidades
En Uruguay, cuando uno da las gracias, no
recibe un simple "de nada". Del otro lado, casi siempre responden con un "merece".
Como si hubiésemos hecho mérito. Como si nos dieran un premio.
Margarita acusa problemas de memoria y vive
una vida de placeres en su rancho de Trinidad. Come y duerme. Come y duerme. Cuando termina el plato, se olvida de que ya comió
y entonces pide que le vuelvan a servir. ¿Se olvida?
La noche avanza y, en un
momento, la cabeza de D empieza a caer. En una reunión, una cena, un asado, un
cumpleaños, lo que sea. No importa. Meta cabezazo, él lucha para no quedarse
dormido, pero es en vano: el sueño siempre gana. Viene de familia.
R puede pasar horas
imaginando los goles que hará el domingo. De cabeza, de afuera del área, de
apilada monumental, hasta de chilena. Sin embargo, el domingo bastan 90 minutos
para caer en la dura realidad. Sí, R es el "goleador de los sueños".
El bondi frena de golpe y
ella, que viaja en el medio del pasillo, se agarra como puede…, del mango del
limpiavidrios de otro pasajero.
Para dormir, a J le gusta
usar remeras de Massacre. Y eso que nunca escuchó a la banda del gordo Walas y
compañía. Seguro es por mi culpa.
8.11.12
Una noche en vela
29.10.12
Carnicería
2.10.12
Tiro libre, directo al pasado
“¡¿Señor, señor, me
alcanza la pelota?!” El grito de los chicos al otro lado de la reja me despertó
de mis cavilaciones. Comencé a mirar para todos lados, pero no lograba
distinguir el esférico. “¡Ahí, señor, ahí, la naranja…!”. Pegada al cordón de
la vereda, casi debajo de un auto, pude verla. Puse la suela de mi zapatilla
encima de aquella pelota anaranjada, la separé un poco del cordón y le metí un
derechazo que superó la “barrera” del colegio y la depositó en el medio
del patio. Casi como si fuera un centro a la cabeza de aquellos chicos…
Aquellos chicos que rápidamente se olvidaron de mí y volvieron a la acción.
Cuántas veces me había
subido a una reja similar…, pidiendo a los eventuales transeúntes por algún
esférico que había salido demasiado alto en el medio de un partido chivo en
pleno recreo… Una pelotita de tenis, una de gomaespuma azul, una Pulpo bastante
saltarina y hasta algún improvisado manojo de papel rodeado por varias vueltas
de cinta adhesiva. Algunos no daban ni bola. Apuraban el paso y seguían su camino
sin despegar la vista del frente. Otros pensaban que se trataba de una broma y
que no había pelota alguna (a veces, tenían razón…). Y, por supuesto, también
estaban aquellos que entendían de la imperiosa necesidad de seguir jugando, de
aquella sangre que hervía por meter el gol de la victoria antes de que sonara
el timbre. El juego seguía inmediatamente en el lugar donde caía la pelota.
Apenas había tiempo para un “gracias” tirado a coro entre todos.
Pasaron mucho años ya de
aquellos picados (bueno, tampoco tantos...). Ahora estoy del otro lado de la reja
y soy yo el que devuelve la redonda al grito de “¡señor-señor!” (qué viejo
estoy…). Y entonces debo conformarme con ese pelotazo que cruza la calle y
supera el muro de la escuela. Ese pelotazo que reinicia un partido que ya no
juego. Ese pelotazo que hace volar mi memoria. Tiro libre, directo al pasado.
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27.9.12
Época de quesos..., y jamones y salames y
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12.7.12
Los colegiales y el frío
Siempre los veía pasar. Reían, bromeaban, se lanzaban frases y miradas después de un día de clases. "Acá hay amor", pensaba cada vez que los veía caminar lado a lado por Ciudad de la Paz con sus uniformes escolares y sus caras todavía con vestigios de acné. Él, jugando a hacerla enojar. Ella, ensayando su más dulce reprobación.
Ayer los vi pasar de nuevo, pero esta vez iban abrazados. Como si el frío los hubiese unido. Bromeando, riendo, tiritando un poco. Ellos, los colegiales. Con los ojos encendidos.
Ayer los vi pasar de nuevo, pero esta vez iban abrazados. Como si el frío los hubiese unido. Bromeando, riendo, tiritando un poco. Ellos, los colegiales. Con los ojos encendidos.
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27.6.12
Acogedora casita con vista al Río de la Plata
ALQUILA. 1 ambiente. Excelente ubicación. A metros de Aeroparque. Sin expensas. Poca luz. Mucha agua. Ideal para solitarios.
13.6.12
La mujer que lloraba dormida
Como tantos otros que viajaban sentados en aquel vagón del subte, ella tenía los ojos cerrados. A un lado, un oficinista leía la sección deportiva del Clarín. Al otro, un estudiante de Medicina revisaba minuciosamente un apunte con dibujos de huesos, músculos y articulaciones. Pero aquella mujer que andaba por los cincuenta permanecía inmutable. Con la cabeza levemente inclinada, ofrecía su cabellera cobriza (y unas cuantas raíces canosas) a la vista de los demás viajantes. Parecía profundamente dormida, al igual que tantísimos pasajeros que a esa hora todavía andan haciendo equilibrio entre el sueño y la vigilia.
De pronto, una lágrima brotó de uno de sus ojos. Y a ésta le siguió otra. Y otra más, deslizándose por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Sus ojos permanecían cerrados, pero adentro alguien había abierto el grifo de la tristeza, convirtiéndolos súbitamente en un silencioso manantial. Sin embargo, en su rostro no había expresión alguna. Recién cerca de la estación Catedral, sus manos se propusieron limpiar aquel imprevisto humedal. Finalmente, sus ojos se abrieron y un par de pañuelos aparecieron para terminar de borrar cualquier evidencia de aquella desazón subterránea. Era hora de entrar al trabajo. Tiempo de barrer la tristeza debajo de la alfombra. De sus párpados.
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29.5.12
Una silla encallada en el muelle de La Coronilla
11.4.12
Al agua Pacman
No había fantasmitas a la vista. Ni algún monstruo de la laguna. Pero los Pacman, desesperados, nadaban hacia la costa. Unos sobre otros. Casi comiéndose entre ellos. Temerosos del game over.Santa Teresa, Uruguay
17.3.12
La sombrilla
23.2.12
Tropicampo
3.1.12
Secreto a voces
A confía a muerte en B. Por eso, le cuenta algo y le pide que no se lo diga a nadie. Pero B confía a muerte en C. Por eso, le cuenta el secreto de A y le pide que no se lo diga a nadie. Sin embargo, C confía a muerte en D. Por eso, le cuenta el secreto de A que B le contó y le pide que no se lo diga a nadie.
A confía a muerte en B, que confía a muerte en C, que confía a muerte en D. Todos confían a muerte en alguien. Y así, a voces, el secreto se muere.
A confía a muerte en B, que confía a muerte en C, que confía a muerte en D. Todos confían a muerte en alguien. Y así, a voces, el secreto se muere.
17.12.11
San Pedro, en blanco y negro
2.12.11
Al final, se enamoró del muro...
25.11.11
Inmortalidad
Some die just to live...
Pearl Jam otra vez en Argentina. Y otra vez en noviembre. Y de nuevo los recuerdos que se amontonan. Y esa sensación tan obvia como cierta: él está más vivo que nunca.
Aclaración: Incluyo la versión original de Immortality y no la que tocaron el 13-11 en La Plata para apreciar mejor el tema, uno de los mejores que tiene la banda de Eddie Vedder y compañía.
19.10.11
El salto educativo
4.10.11
El pájaro-que-da-cuerda
"Desde una arboleda cercana llegaba el chirrido regular de un pájaro, un ric-ric, como si estuviera dándole cuerda a algún mecanismo. Nosotros hablábamos de él como del pájaro-que-da-cuerda. [...] No sé cuál es su auténtico nombre. Tampoco sé cómo es. Pero, se llame como se llame, sea como sea, el pájaro-que-da-cuerda viene cada día a la arboleda que hay cerca de casa y le da cuerda a nuestro apacible y pequeño mundo."
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami.
8.9.11
Anomalía
Irregularidad, anormalidad o falta de adecuación a lo que es normal. Eso mismo.
24.8.11
Manejar descalzo y otras humanidades
A la hora de manejar, nada como hacerlo “en patas”. Con los pies pelados se pueden sentir los pedales y casi como que uno se hace parte del auto. O, mejor dicho, el auto se hace parte de uno.
Descolgar la ropa, lavar los platos, pasar la escoba, regar las plantas. Cuando B quiere pedirle algo a P, le lanza un latiguillo infalible. “¿Te animás a…?”, pregunta sin preguntar. En general, P se anima, aunque a veces le da un poco de miedo.
Ayax tiene sólo 8 años y una profundidad que asombra. El otro día armó frases con unas palabras-imanes que pegó en la puerta de la heladera. “¿Demonio, eras un niño?”, se preguntaba en una de ellas. Y, en otra, sentenciaba: “Muero en TV”.
La pequeña Abrilita no quiere que los taxistas tomen helado. “Tienen que manejar con las dos manos”, explica, segura de su argumento.
Cuando hacen alguna escapada juntos, P y V vuelan en aviones separados. Sí, aunque suene increíble, viajan al mismo lugar en aeronaves diferentes. ¿El motivo? Las probabilidades de que ambos mueran por sendos accidentes aéreos son muy bajas: tal vez se caiga un avión, pero dos el mismo día es prácticamente imposible. Así, en caso de una tragedia, al menos uno vivirá para cuidar a sus dos hijos. “Diversificamos el riesgo”, dicen ellos. Alto racionalismo.
Descolgar la ropa, lavar los platos, pasar la escoba, regar las plantas. Cuando B quiere pedirle algo a P, le lanza un latiguillo infalible. “¿Te animás a…?”, pregunta sin preguntar. En general, P se anima, aunque a veces le da un poco de miedo.
Ayax tiene sólo 8 años y una profundidad que asombra. El otro día armó frases con unas palabras-imanes que pegó en la puerta de la heladera. “¿Demonio, eras un niño?”, se preguntaba en una de ellas. Y, en otra, sentenciaba: “Muero en TV”.
La pequeña Abrilita no quiere que los taxistas tomen helado. “Tienen que manejar con las dos manos”, explica, segura de su argumento.
Cuando hacen alguna escapada juntos, P y V vuelan en aviones separados. Sí, aunque suene increíble, viajan al mismo lugar en aeronaves diferentes. ¿El motivo? Las probabilidades de que ambos mueran por sendos accidentes aéreos son muy bajas: tal vez se caiga un avión, pero dos el mismo día es prácticamente imposible. Así, en caso de una tragedia, al menos uno vivirá para cuidar a sus dos hijos. “Diversificamos el riesgo”, dicen ellos. Alto racionalismo.
9.8.11
Amor 2011
3.8.11
El perro, el Brujo y el lago
Un asado al borde del lago en San Huberto. Tinto va, tinto viene. El vaso interminable, el sol que pega en la cara, un calorcito que te relame el alma y hasta un perro con ganas de navegar...
21.7.11
Barrilete cósmico
30.6.11
Ni súper ni normal
26.5.11
La lamparita que nunca se apaga
17.5.11
La fórmula que el hijo no aplicó
- ¿Sabés cuántos años tengo? -le preguntó el viejito al muchacho, ya sentado en el lugar que éste le había cedido.
- No sé, me pone en un compromiso -respondió el joven.
- Dale, ¿cuántos años tengo? -repitió aquel veterano pasajero del subte, de cabellera gris y piel arrugada.
- Setenta y cinco -arriesgó, tirando un poco para abajo adrede.
- Noventa, tengo noventa.
- Ah, estás enterísimo.
- ¿Querés que te diga la fórmula para llegar a mi edad?
- A ver, ¿cuál es? -se interesó el treintañero.
- Tratar de no morir en el camino -se burló el viejito.
Y le contó que aún iba a la cancha. Que era socio vitalicio de Boca (le mostró el carnet). Que se había alegrado con la victoria en el superclásico, pero también entristecido por Carrizo. Y por sus nietos, que eran todos de River. Que su hijo era hincha xeneize como él. Y que había fallecido hace sólo dos meses. Así, de repente, se había ido, desoyendo la fórmula de su padre.
- Tratá de no morir en el camino -repitió, antes de bajarse del subte.
Y el joven prometió seguir su consejo.
16.5.11
Vacasa
13.5.11
168 fotos
Toqué el timbre. Estaba a punto de bajar del 168 cuando vi el cartel pegado en la puerta:
"Señor pasajero: le ruego que si encontró una bolsa con fotos se comunique al 15-5501-9640. Son de gran valor personal!!! Muchas gracias!".
9.5.11
Comer solo
La primera noche zafé. En aquel restorán tipo cantina de la Villa de Merlo pasaban Unión-Gimnasia de Jujuy. Elegí una mesa justo enfrente del televisor y me devoré una milanesa con papas fritas mientras miraba la sorprendente victoria de los jujeños sobre uno de los –por entonces- punteros de la B Nacional. No hubo vacíos ni aburrimiento: sólo un apetito voraz y una panzada de fútbol.
A la noche siguiente, también la piloteé bastante bien. La pizzería "Cunto" tiene unas mesas en la vereda, lo que me permitió seguir las acciones de la juventud en la plaza central de aquella ciudad de San Luis. Las infinitas vueltas en motito (y los sonoros ruidos de los escapes), las piruetas con las bicis buscando impresionar a las chicas, los saludos y las charlas de aquellos que se pretenden. Mientras degustaba aquella pizza de muzzarella, era una suerte de espectador de lujo de los ritos de los adolescentes de Merlo. Al final, me terminé aburriendo un poco, sin poder comentar lo buena que estaba la muzza, pero apuré el vaso de Coca, pedí la cuenta y listo.
Las cosas empezaron a empeorar la tercera noche, cuando me metí en el restorán “La Vieja Bodega”. No había tele, tampoco vista externa; sólo varios grupos de jubilados aquí y allá. Y me di cuenta de lo difícil que puede ser comer solo. Mientras uno está masticando, no hay problema alguno, pero al antes y el después son bastante insoportables. Sin nadie con quien hablar (ni siquiera para hacer comentarios intrascendentes sobre la comida), no me quedó otra que escrutar a los vejetes de las otras mesas. Sobre todo, me dediqué a tratar de discernir quién era la septuagenaria que emitía un particular (y molesto) tono de voz. Pero una vez que la descubrí, abandoné todo aquello. Y, más allá de seguir con la mirada a un grillo que volaba de cortina en cortina, me hundí en la soledad. Tan desesperado estaba que llegué incluso a leer el sobrecito de queso rallado que había usado para acompañar mis ravioles de verdura con salsa filetto. Y me enteré que provenía de algún lugar de Entre Ríos. Eso. Gran cosa. Por fin, llegó la cuenta. Pagué, fui al baño y escapé de aquel lugar. Los jubilados aún seguían comiendo, indiferentes. Al igual que yo, algunos no habían pronunciado palabra durante toda la cena: sus mandíbulas sólo se movían al ritmo de los bocados. Pero lo peor estaba por llegar.
La cuarta noche –mi última velada en Merlo- tuve la experiencia más cabal y aterradora de esto que estoy contando: me senté a comer total y absolutamente solo en un restorán vacío. Sin TV, sin vista exterior posible, ni siquiera otros comensales: una docena de mesas sin protagonistas. De principio a fin, mastiqué en la más extrema soledad. A mis espaldas, la chica que atendía pareció apiadarse de mí: puso la radio y subió el volúmen. En un momento, cuando aún no había pedido un bife de chorizo con fritas, pensé en huir, pero entonces fui yo quien se compadeció y entendí que debía asumir mi rol de único cliente de aquel triste lugar. “El Rincón de los Amigos”. Así se llamaba aquel recinto desolado. Pero los amigos no estaban. Ni ellos ni nadie. Tan sólo un hombre perdido en un restorán vacío, un esqueleto de comensales.
2.5.11
¿Me hamacás?
28.4.11
Kilómetros de radio
Es un viejo estéreo. Tan viejo que no tiene CD; sólo un pasacassettes que no anda. La radio tampoco funciona mucho mejor: pierde la sintonía con cada bache, enloquece y hay que estar metiendo mano (o más bien dedo) para que se digne a parar. Es un viejo éstero que tiene una extraña ventaja: en un viaje largo, te obliga a escuchar las radios locales. Kilómetro a kilómetro, las señales van y vienen mientras un pueblo y otro y otro van quedando atrás. Y entonces uno se da cuenta de algunas cosas interesantes.
Que el robo de dos mil pesos en un supermercado chino es mucho más robo en Arrecifes que en Buenos Aires. Que en Colón un conductor puede putear al aire a un panelista por hablar de los resultados de las internas radicales en Córdoba sin conocer los porcentajes finales. Que una FM de Santa Rosa de Conlara puede tomarse el tiempo de recitar ¡entero! el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar. Que en la Villa de Merlo un oyente puede criticar a un conductor por su excesiva “simpatía” (de cara a las próximas elecciones) con Sergio Guardia, el intendente local. Y él, la cabeza del programa, puede admitir alegremente que no sólo apoya al líder comunal sino que además trabaja en la Municipalidad. Y hasta puede rematar con un: “¡Aguante Sergio!”.
Que el robo de dos mil pesos en un supermercado chino es mucho más robo en Arrecifes que en Buenos Aires. Que en Colón un conductor puede putear al aire a un panelista por hablar de los resultados de las internas radicales en Córdoba sin conocer los porcentajes finales. Que una FM de Santa Rosa de Conlara puede tomarse el tiempo de recitar ¡entero! el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar. Que en la Villa de Merlo un oyente puede criticar a un conductor por su excesiva “simpatía” (de cara a las próximas elecciones) con Sergio Guardia, el intendente local. Y él, la cabeza del programa, puede admitir alegremente que no sólo apoya al líder comunal sino que además trabaja en la Municipalidad. Y hasta puede rematar con un: “¡Aguante Sergio!”.
21.4.11
En el camino
9.4.11
Desde las vías del tren
"No sé si ustedes me entienden: desde las vías del tren es frecuente ver una casa; ignoramos el nombre del pueblo, no conocemos a nadie en la comarca, pero tenemos la impresión de que podríamos ser felices en ese lugar..."
Clarissa, Stefan Zweig (Extraído de Historias encontradas, Eduardo Berti)
16.3.11
Segura de su inseguridad
Está segura. Los delincuentes acechan a la vuelta de la esquina. Por eso lleva el spray para defensa personal en la mano. Sí, en la mano. "¿Para qué sirve guardado?", pregunta ella, que ya lo usó un par de veces. Está insegura. Por eso sale a la calle con un silbato colgado al cuello. Y lo hace sonar en situaciones sospechosas. Para alertar a posibles víctimas. O asustar a eventuales malhechores. Está segura. Puede pasar en cualquier momento, ante la más mínima distracción. Por eso cuando traspasa la puerta y pone un pie en la vereda, mira a ambos lados con ojos rápidos y punzantes. Y nunca deja de sujetar fuerte a su pequeño caniche. Está segura: está insegura. Está segura de su inseguridad.
14.3.11
La barca urbana
9.3.11
Baradero
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