18.1.13

El Chancho y la Sube

Pensé que se habían extinguido, pero no. Viajaba en el 107 cuando divisé a uno subiendo por la puerta de adelante. Cincuentón, medio pelado, de panza prominente, prolijamente enfundado en su tándem reglamentario camisa-corbata a pesar del sofocante calor. Un inspector. Un Chancho. Uno de aquellos otrora temidos controladores de boletos que por estos días deben conformarse con pedirle a los pasajeros que le muestren sus tarjetas Sube. Qué humillación.

Al grito de “A ver sus tarjetas”, el Chancho dio comienzo a su labor. No hubo caras de terror. Tampoco aquella clásica y nerviosa búsqueda del pedazo de papel en algún bolsillo o en la mochila o en la cartera o en el piso. Nada de eso. Uno a uno, los viajantes fueron sacando sus plásticos de color violeta para mostrárselos al barrigón inspector, que con sólo posar sus ojos en la Sube daba por pagado el viaje.

“Yo no saqué”, escuché que le decía una chica a otra en tono cómplice. Mientras tanto, yo hurgaba en el fondo de mi bolsillo en busca del boleto de $3,25 (no tengo el bendito plástico). Cuando el Chancho llegó a nuestra posición, saqué el pedazo de papel y él lo marcó con una birome roja (¡¿y el perforador?!). La jovencita mostró impávida su tarjeta Sube y hasta se jactó de haberle pagado a sus amigos que viajaban en el asiento del fondo. El Chancho asintió sin más. No hubo preguntas. No hubo dudas. Ni siquiera una mirada seria o una mueca amenazante. Chanchos eran los de antes.

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