10.7.09

humanidades (continuación)

Después de tomar varias copas, si Santiago dice que está “impecable”, es porque ya se encuentra inmerso en una borrachera sin retorno.

Mia no retuerce el trapo. Tampoco la "balerina". Además, no puede agarrar con la mano los restos de comida que quedan en la rejilla de la pileta de la cocina.

Verónica tiene una hipótesis: la chocotorta es mucho más rica después de un día en la heladera. Tiene razón. Y después de dos días, ni te cuento.

Juan Pablo se relaciona a partir de la violencia. Cuanto más te bardea, más te quiere.

Cuando termina de hablar con su papá, Julieta siempre se fija en el “relojito” del celular. Cero cincuenta y cinco. Cero cincuenta. Cero cincuenta y ocho. Las conversaciones entre ambos nunca exceden el minuto.

La máxima de Patricio indica que “si una chica se para a hablar con vos en el pasillo de la Facultad, es porque tiene onda”. Habría que ir a preguntar allá por Ramos Mejía.

Abril no llega a los tres años, pero ya demuestra ser toda una fanática de los postres. Después de la comida, viene el helado. Después del helado, las uvas. Después de las uvas, el Serenito.

Finalmente, Nacho se va a “convivir solo”, pero con su novia.

7.7.09

Ahora sí, con todas las letras

Es cierto, no es lo mismo si en la guitarra no está Angelus (un tipo capaz de sorprender con una extraña versión de La cucaracha). Pero es mejor escucharla de boca de Andrés. Con todas las letras.

6.7.09

Corazoncito quemero

Desde Famatina y Atuel hasta Urquiza y Casacuberta. Desde el 150 hasta el 41. Desde los besos en el Parque hasta algo más ahí al lado de la cortadita. Desde las empanadas armenias de la abuela hasta las increíbles pastas de Inés. Desde la ternura de la pequeña Aldana hasta la confianza del no tan pequeño Gabriel. Desde el graffiti de “Tal vez vivir cueste el pecado” hasta “la Perito sigue desierta”. Desde I hasta L. Mi corazoncito quemero comparte esta tristeza.

29.6.09

Cuando uno sabe en sueños que sueña

“Cuando uno sabe en sueños que sueña, está a punto de despertarse. Yo me despertaré enseguida. Quizás este fuego no es otra cosa que el primer rayo de sol del amanecer de otra realidad que se cuela debajo de mis párpados cerrados”.

El espejo en el espejo, Michael Ende.

Sueños. Algunos nos asaltan de noche y con los ojos cerrados. Otros, los elaboramos y saboreamos a plena luz del día. A veces nos abandonan, pero también somos nosotros quienes solemos renunciar a ellos o -al menos- postergarlos. A veces son tan placenteros que nos gustaría que no terminen nunca. A veces llegamos a concretarlos.

Después de ver Revolutionary Road, la película de Sam Mendes que acá se llamó Sólo un sueño, recordé aquellas líneas de Michael Ende y también una extraña capacidad que he tenido de tanto en tanto: cuando me encuentro inmerso en un pasaje onírico que no me gusta, puedo interrumpirlo. Es decir, me concentro y hago todo lo posible para que mis ojos se abran. Ellos, obedientes, lo hacen. Y fin del sueño.

Durante la vigilia, por cierto, las cosas son distintas. No hay dudas: con los ojos abiertos, es mucho más difícil dejar de soñar.

23.6.09

Fuerza tranquila

Siempre, desde que era muy chico, me dijeron que me parecía a mi viejo. Estaba bastante claro: yo había salido al Negro, mientras que mi hermano mayor, Marcos, tenía rasgos más parecidos a los de mi mamá, Laura. Pero, sin dudas, la definición que más me impactó sobre el parecido entre padre e hijo fue la que escuché hace algo más de dos años de boca de mi padrino Francois aquella fría tarde en la terminal de trenes de Zaragoza.

Hacía treinta años que mi padrino y yo no nos veíamos. Francois se fue del país en el ’77, cuando quien escribe apenas tenía un año. Desde entonces, jamás nos habíamos vuelto a encontrar. Hasta aquella tarde en la terminal Delicias, claro. Nos habíamos mandado fotos por correo electrónico, así que no costó mucho reconocernos. Sin dudas, le habrá sorprendido igual mi profusa barba, mi metro ochenta y un rostro para nada angelical, muy lejano al de un inocente bebé. Cruzamos unas pocas palabras de rigor (el viaje, el clima), bajamos al estacionamiento y él fue a pagar la estadía. Apenas entramos al auto, me dijo: “Seguís teniendo la misma mirada, esa que tenía tu padre. Fuerza tranquila, tu mirada transmite una fuerza tranquila”.

La frase me produjo una gran conmoción y me quedé pensando en ello un largo rato. Cuando llegué a Buenos Aires, me dediqué a terminar de leer Conversaciones con Kafka, un libro que había llevado para aquel viaje y que contiene los intercambios de Gustav Janouch -el autor- con el gran escritor praguense. En una de sus últimas páginas, el “Doctor” Kafka, como lo llama Janouch, decía algo que me hizo recordar las palabras de mi padrino: “La calma es la expresión de la fuerza, aunque también podamos obtener fuerza a través de la calma. Es la ley de la polaridad. […] Quedarnos inmóviles y calmados nos hace libres…, incluso momentos antes de la ejecución”.

17.6.09

Los martes, de principio a fin

Los martes todo vuelve a empezar. La cama que no suelta. El Nesquik y las dos tostadas. La ropa colgada. La caminata musical por Tronador. El subte lleno de gente que conozco y no. Las bandas en Avenida de Mayo y Perú. Publicar, publicar, publicar. Siete mil revoluciones por minuto. Mate y medialunas con los compañeros. Sonrisas. Las pulsaciones que bajan por una Florida desierta. Algún encuentro, quizás. Algún desencuentro, puede ser.

Los martes todo vuelve a empezar. Pero, también, todo termina.

15.6.09

El arte puede ser el mejor remedio

El altruista farmacéutico que era pintor de ratos libres se llama Carlos y ahora es un artista de tiempo completo. A su salud.

5.6.09

Un amor perjudicial para la salud

25.5.09

Caminando con Bowie bajo la lluvia

Podemos ser héroes...

20.5.09

Carefree por Gauguin

La primera vez que la joven artista entró a la farmacia de San Telmo para comprar toallitas femeninas, se quedó contemplando unos cuadros que colgaban de las paredes. El farmacéutico era pintor de ratos libres y ella le hizo ciertos comentarios acerca de su obra. Charlaron un rato y quedaron en buenos términos. Laura tenía unos 20 años y comenzaba a estudiar en la Pueyrredón. Él le contó que tenía un hijo que era escritor, casi de la misma edad. Y que, además, poseía una colección repetida de libros de arte que de nada le servían.

A partir de allí, cada vez que iba a aquella farmacia de Chile y Defensa a comprar toallitas, la joven artista se llevaba un libro de alguno de los grandes de la pintura de regalo. Carefree por Gauguin, aunque suene raro. La colección fue así pasando del farmacéutico-pintor a la artista-cliente. Pero la cosa no quedó ahí. Siguió, luego, una serie de videos sobre otros grandes artistas: desde Picasso a Warhol y tantos otros.

Así fue que un buen día, en gratitud, Laura se acercó hasta la farmacia con un cuadro especialmente dedicado al bondadoso señor de los libros y las cintas, ese extraño salvador. Y es que así lo entendía aquella joven por ese entonces. El farmacéutico era un ser único, un tipo capaz de un gesto casi imposible de concebir en la ciudad: el del regalo a un extraño. Una señal fundamental de humanidad, una razón para seguir creyendo en utopías y vidas mejores. Llegó, entonces, ese cuadro a manos de aquel salvador con delantal. Era una reproducción de un modelo vivo que ella había pintado en la facultad.

El otro día pasé por aquella esquina de Chile y Defensa, pero la farmacia ya no estaba. Me pregunto dónde habrá quedado guardado ese cuadro, cuáles serán las palabras que Laura eligió para la dedicatoria y que no recuerda bien y, fundamentalmente, qué habrá pasado con aquel altruista farmacéutico.

17.5.09

No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

Mario Benedetti

Uno de sus poemas que más me gusta. Un pequeño homenaje.

Su vida y obra, acá.

15.5.09

Cuestión de tiempo

En el Pasaje Rivarola el tiempo parece detenido. Y lo está. En ese rincón escondido de la ciudad se encuentra el Cementerio de los relojes, como alguna vez lo denominó Juan Miguel Raab, dueño de “Casa Raab”, un lugar donde cientos de estos viejos aparatejos aguardan para ser reparados. Un apabullante silencio de tic-tac.

10.5.09

Me pasó un tren por encima

Pedí tres deseos.

7.5.09

Un edificio delgado en la calle ídem

No debería llamar la atención, pero sí. Allí donde comienza la calle Delgado, justo en la intersección con Forest y Avenida de los Incas, hay un edificio para flacos.

28.4.09

Una mañana muy especial en Villa Mitre

No se lo habían imaginado. No, de ninguna manera. ¿Cómo imaginarse que al abrir la puerta de la biblioteca de aquella escuela de Villa Mitre unos veinte chicos de tercer grado iban a gritar sus nombres? ¡Ella es Carolina! ¡Él es Diego!

Carolina y Diego se miraban, emocionados y extrañados a la vez. ¿Cómo imaginarse que esos chicos de siete u ocho años los iban a llenar de preguntas, pero sobre todo de afecto? Que les iban a regalar un librito hecho en clase con el título “Yo soy igual… Sus cuentos nos inspiraron”, lleno de dibujos relativos a la colección que habían lanzado hace poco más de un mes. Y que para el acto del 1 de mayo estaban preparando canciones, dramatizaciones e ilustraciones basadas en esos cuentos, en esas historias de mujeres taxistas, electricistas, albañiles, árbitros, conductoras de subte, cirujanas.

Lo único que habían imaginado eran precisamente esas seis historias. Y ahora estaban en esa escuela, tomando Nesquik y comiendo galletitas con esos chicos llenos de inquietudes. Con una sonrisa de oreja a oreja. Plena, casi infantil. ¿No se imaginaban esto, no?, preguntaban las docentes. No, jamás habían pensado que podían generar algo semejante. No tienen tanta imaginación. Gracias, chicos.

Gracias también a las maestras Graciela y Laura. Y a Vicky Pereyra Rozas, editora y autora material e intelectual de la colección "Yo soy igual", que no pudo estar en esa mañana tan especial.

Si quieren, pueden visitar el blog de la Escuela Nº9, D.E.7º de Villa Mitre.

26.4.09

Mis 15

1- El Nesquik frío de todas las mañanas (y algunas tardes también).
2- La luz amarilla que entra por la ventana esmerilada de mi cuarto.
3- Una ducha caliente.
4- Comer una milanesa con papas fritas o puré o ensalada o.
5- Hamaca paraguaya y sol en el balcón terraza de mi casa.
6- Escribir (aunque sea una línea).
7- Un tema de Massacre o Pearl Jam mientras camino por una calle solitaria.
8- Escupir un chicle y darle de volea antes que toque el suelo.
9- Un pucho en el balcón. De noche. Liberando pensamientos.
10- El olor a pasto cortado. O a lluvia inminente.
11- Cuando mi pequeña sobrina Abril me llama: “Tío, tío, tío, tiítooooo…!!!”
12- Hacer un gol. Golazo. Y gritarlo con todo.
13- Un sándwich de bondiola en la Costanera Sur.
14- Viajar en tren. Mirando para afuera. El sol me pega en la frente.
15- Soñar con ella.

Cumplo con la
invitación de mi amiga Lore Tapia y acá estan: 15 momentos de mi vida cotidiana que me causan placer.

21.4.09

Esas clásicas señales

"Uno recupera, de pronto, aquel instinto primario y animal que infructuosamente trataran de legarnos nuestros ancestros aborígenes. Comienza a rastrear señales en la copa de los árboles, a adivinar conductas en la actitud de los animales, a bucear respuestas en los indicios de la naturaleza, en la interpretación del vuelo de los pájaros. Desde una persiana cerrada llega la bocanada fugaz de un relator de radio. Uno apura el paso pero la voz lo persigue como un misil de cabeza inteligente. ¿Qué inflexión ignota había en su voz? ¿La entusiasta y exitista del cronista ante la vibración de una victoria? ¿La cadencia monótona y desilusionada ante la mediocridad de un nuevo empate? Uno es un radar, es una antena, es el cervatillo frágil que eleva el morro húmedo en la espesura, el oráculo que adivina el destino en la lectura sutil de los guijarros. Recuerda sin duda la última tarde en que se perdió —catastróficamente— un clásico. Aquella mañana previa al hecho los perros ladraron alocados, las aves enmudecieron y los gatos tuvieron un comportamiento errático y equívoco revolcándose, aparatosos, sobre sus propias heces."

La observación de los pájaros, Roberto Fontanarrosa.

Un post de Lorena a raíz del último superclásico entre Boca y River me hizo recordar este genial cuento de Fontanarrosa sobre las infinitas señales que nos pueden indicar el resultado de un partido importante, quiera o no uno enterarse. Acá se puede leer el desopilante texto completo.

13.4.09

No va más

Fichas naranjas, verdes, azules, amarillas, lilas, beige. Naranja, fichas naranjas. Doscientos pesos valor. Hagan juego, señores. Un pleno al 12. Otro al 3. Y otro al 0. El Gordo corona el 32. Últimas apuestasss. El 10, Beto, ponéle una al 10. No va másss. Negro el 29. Un pucho, prender un pucho. Y tres cervezas. Hagan juego, señores. Un pleno al 12. Otro al 3. No te olvides del 0. El Gordo corona el 32. Sí, de nuevo. Y la apuesta dieguista: Beto, metéle una al 10. No va másss. Colorado el 14. El de las fichas azules pega 29 plenos. El croupier se pierde con las cuentas y pide ayuda. Las naranjas se extinguen. Doscientos pesos valor. Sí, de las naranjas. Mejor ir a dar una vuelta. Tal vez así cambie la suerte. Caminar hasta la última mesa de los dados. Mirar dos jugadas. Volver pasando entre las mesas del medio. Escuchar por los altoparlantes la voz que pregunta por el dueño del Focus gris mal estacionado. Repetir la rutina, una y otra vez. La parejita que sonríe. El extranjero con la camiseta de Messi. La cara de Julio Argentino Roca sobre el paño. Insistente. Casi obscena. Cómo van. Abajo, muy abajo. Hagan juego, señores. Una al 12 y una al 3. Otra al 0. Últimas apuestasss. ¿Beto, tenés algo para ponerle al 10? Me queda esto nada más. (Una de $100). No, no te cebés. El Beto duda. La ficha no sale de su mano. No va másss. Negro el 10. No va más.

8.4.09

Cerca y lejos

En la parada del colectivo (que no venía), se puso meditabundo. Y recordó aquella vez, en la parada del colectivo.

3.4.09

La pelota

Decenas de habaneros se reúnen todos los días a discutir sobre la pelota (el béisbol, deporte nacional cubano) en el Parque Central, allí frente al Capitolio y el Teatro Nacional. Fanáticos que hinchan por Industriales (el equipo más popular de La Habana) o por su clásico rival de Santiago, y que se trenzan en acaloradas polémicas, aunque nunca llegan a los golpes.

31.3.09

Guía Che

El Che vive en Cuba. Todavía. En las esquinas, en las paredes, en las escuelas, en el recuerdo de miles de cubanos. Los restos de Ernesto Guevara descansan en el mausoleo de Santa Clara junto a los guerrilleros que cayeron en Bolivia, pero él no. Es, verdaderamente, un hombre que engañó a la muerte.

Trinidad

Cienfuegos

Cienfuegos

Cienfuegos

La Habana

Santa Clara

Santa Clara

Santa Clara

26.3.09

Elogio de la tristeza



Wake..., from your sleep...

23.3.09

Entera o a pedazos

La Habana es el paraíso de aquellos que disfrutan observando casas a medio destruir. Será por eso que me gusta tanto.

La Habana vieja

20.3.09

Momento perfecto

Escuchando Divididos mientras tomo una Bucanero fuerte y miro cómo rompen furiosas las olas contra el Malecón de La Habana. Acariciando lo áspero. Algo bastante parecido a la felicidad.

16.3.09

Lucha sin cartel

La frase se la escuché a Ana, una argentina que estudia medicina en Santa Clara, Cuba. Pero me gustó y por eso -y porque la comparto- la reproduzco: "Qué lindo es un país sin carteles publicitarios".

13.3.09

En la vidriera

Un sueño cumplido.

12.2.09

Cortázar y el 168

"Salieron las calas, los claveles rojos, los hombres de atrás con sus ramos, las dos chicas, el viejo de las margaritas. Quedaron ellos dos solos y el 168 pareció de golpe más pequeño, más gris, más bonito. Clara encontró bien y casi necesario que el pasajero se sentara a su lado, aunque tenía todo el ómnibus para elegir. Él se sentó y los dos bajaron la cabeza y se miraron las manos. Estaban ahí, eran simplemente manos, nada más."

"[...] Clara quería llorar. Y el llanto esperaba ahí, disponible pero inútil. Sin siquiera pensarlo tenía conciencia de que todo estaba bien, que viajaba en un 168 vacío aparte de otro pasajero, y que toda protesta contra ese orden podía resolverse tirando de la campanilla y descendiendo en la primera esquina. Pero todo estaba bien así; lo único que sobraba era la idea de bajarse, de apartar esa mano que de nuevo había apretado la suya."

Ómnibus, Julio Cortázar.

4.2.09

¿Dónde están mis Playmobil?

Murió Hans Beck, el diseñador alemán que le dio vida a los Playmobil. Que lleno de vida también la infancia de millones de chicos alrededor de todo el mundo. La noticia me agarra ya largamente pasados los treinta (todo un ¿adulto?), pero me lleva inevitablemente a una pregunta desconsoladora: ¿Dónde quedaron mis muñequitos de plástico? Y, sobre todo: ¿Dónde está mi flamante fragata pirata, aquel objeto tan codiciado y que tuve la suerte de recibir para un cumpleaños que ya no recuerdo?

28.1.09

Las “coincidencias” y la ley de Kammerer

Cada tanto, la ciudad nos enfrenta a increíbles “coincidencias”. Encontrarse en cuestión de horas y en diferentes lugares con una persona que no solemos ver nunca, pensar en un libro y observar cómo un extraño justo lo saca de su bolso para leerlo, sentir que un graffiti ofrece inesperadamente la respuesta perfecta a nuestras inquietudes y tantas otras. Hechos que tomamos por absolutamente fortuitos, como si todo fuera una mera obra del azar. Cuántas veces nos preguntamos: ¿Y si no me hubiese demorado al salir? ¿Me habría encontrado igual con X?

En particular, recuerdo algunos sucesos no tan cotidianos pero que, en su momento, me hicieron pensar en la existencia de un extraño orden cósmico, como si las coincidencias no existieran realmente, como si todo estuviera fina y sutilmente orquestado y nosotros no fuéramos más que piezas que se mueven y cumplen con su designio anticipadamente planeado vaya a saber uno por quién.

Una fue aquella vez que diez amigos fuimos a veranear a la costa. Diez amigos, todos metidos en un diminuto departamento, como suele pasar. Todavía esperábamos la llegada de Nicolás (“El Negro”), que estaba en Brasil y no sabíamos a ciencia cierta qué día iba a caer. Una mañana, entonces, me encontraba barriendo el living, que estaba en pésimo estado luego de una noche de juerga. Mientras pasaba la escoba, escuchaba la radio. Estaba totalmente absorto en mi tarea, cuando desde el aparato empezó a sonar un tema brasileño que al Negro y a mí nos gustaba especialmente. Nos identificaba como amigos, porque era una de esas canciones que cuando suenan uno busca al otro automáticamente para compartir (era Toda menina baiana, de Gilberto Gil). Inmediatamente, claro está, me acordé de Nicolás. Pero él no me dio tiempo para nada, porque justo en ese momento (no pasaron ni tres segundos), apareció en la puerta de aquel departamento. Enseguida nos dimos cuenta de la increíble ¿casualidad? y nos fundimos en un gran abrazo.

¿Cuáles eran las probabilidades de que algo así sucediera? Si él hubiese llegado cinco minutos más tarde (y no en el preciso momento en que empezaba la canción), si no me hubiese tocado a mi barrer aquella mañana ese mugroso departamento, si hubiese puesto otra radio, si ni siquiera la hubiese encendido…

Otra curiosa casualidad tuvo lugar en Yavi, aquel mágico pueblito jujeño que queda a pocos kilómetros de La Quiaca. Caminábamos con Laura por un pequeño camino lateral, el que lleva a la histórica Iglesia de estilo colonial. Cuando llegamos a la esquina con la calle principal, exactamente en el mismo instante en que arribamos al cruce, chocamos con Adriana, amiga-socia de Lau, aunque en ese momento estaban distanciadas (de hecho, ninguna de las dos sabía que la otra iba al Norte). Entonces, se ven y hay un mágico segundo en el que reconocen lo increíble de la situación y la magnitud de esa ¿coincidencia? Encontrarse allí, en ese pequeñísimo lugar cercano a la frontera con Bolivia, parecía el cuento de un loco que se había tomado toda la chicha de Jujuy. Como si estuviera todo armado: “sincronización cósmica”. Claro, los abrazos fueron fuertes y las sonrisas amplísimas.

Hubo una persona, un científico muy reconocido en su época (aunque luego cayó en desgracia por un aparente fraude en un experimento evolutivo con “sapos parteros” y se suicidó en 1926), que estudió las “coincidencias” cotidianas y elaboró toda una teoría a partir de ellas. Se llamaba Paul Kammerer y sus investigaciones lo llevaron a proclamar lo que denominó como la
“Ley de la Serialidad”. Lo descubrí mientras leía Instrucciones para salvar el mundo, una novela de la periodista española Rosa Montero.

Kammerer, que desde que tenía 20 años empezó a registrar cientos de coincidencias en un “diario” personal, sostenía que los hechos de nuestra vida están conectados por oleadas de serialidad. Lo que sugería este biólogo austríaco es que una casualidad era sólo la punta de un iceberg dentro de un principio cósmico más grande que la humanidad apenas podía reconocer. Es decir, las coincidencias se daban en serie, en secuencias coherentes, lo que implicaba que había una interconexión más profunda entre hechos aparentemente fortuitos. Vale la pena pensarlo.

23.1.09

Vivir o contar

“He pensado lo siguiente: para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede, y trata de vivir su vida como si la contara."

“Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna de quien yo desconfiaba y que me temía, llevé una vida extraña. Pero estaba metido, y no lo pensaba. Y una noche, en un pequeño café de San Pauli, Erna me dejó para ir al lavabo. Me quedé solo; un fonógrafo tocaba Blue Sky. Empecé a contarme lo que había pasado desde mi desembarco. Me dije: ‘La tercera noche, al entrar en un dancing llamado La Gruta Azul, vi a una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer estoy esperando, y vendrá a sentarse a mi derecha, y rodeará mi cuello con sus brazos’. Entonces, sentí con violencia que tenía una aventura. Pero Erna volvió, se sentó a mi lado, rodeó mi cuello con sus brazos y la detesté sin saber bien por qué. Ahora comprendo: había que empezar a vivir de nuevo, y la impresión de aventura acababa de desvanecerse.”

Jean-Paul Sartre, La náusea.

En esta época de blogs, fotologs, facebook, twitter; tiempos en los que el registro de la vida parece más importante que la vida misma y uno puede enterarse que X está haciendo una torta de chocolate, Y se hizo fanática de una marca de carteras y Z pasó de una relación “complicada” a estar “soltera”; en esta época en la cual la palabra quiere igualar (y a veces hasta superar) a la experiencia, no está de más recordar estas líneas de Sartre.

12.1.09

Renacimiento

Cierra los ojos. Puede sentir como el agua del Río de la Plata besa sus pies mientras el viento le acaricia la cara. Más que nunca, es parte de la naturaleza. Los cuatro elementos acompañan el ritual: agua, aire, fuego y tierra. Muy cerca, la Pitonisa habla con sabiduría. Luego, moja sus ojos para que conserven el don de observar, sus oídos para que sean amplios al escuchar, su boca para que nunca calle la verdad, su nariz para que perciba todos los olores del mundo, su frente para que el pensamiento siempre lo acompañe, su pecho para que su corazón nunca deje de sentir. Y entonces le susurra su nuevo nombre: “Amuylewfu”, el río que no se detiene.

4.1.09

Agua (apta para zambullidas)

23.12.08

y algunas humanidades más

A la hora de defender su regreso al cigarrillo, los argumentos de Tapia son irrebatibles. “A mí no me da culpa..., porque yo lo hago", dice ella, con la frente alta y un desparpajo absoluto.

María no puede soportar que la puertita que oculta la correa de la persiana quede abierta. Cuando se da cuenta que alguien la dejó así, corre rápidamente a cerrarla.

Juan Ignacio es un creador de grandes frases. “Me voy a convivir solo”, “Me duele el corazón” y “Si el día tuviese más horas, dormiría menos”, son algunas de sus más recientes.

A Verónica, una verdadera fanática del Nesquik frío, le gusta desayunar y volver a la cama con la panza llena.

Abril tiene sólo dos años y le gustan tanto los perros que es capaz de meterse sin problemas entre toda una jauría. Sin miedo, se deja lametear por canes que la doblan en tamaño y le acercan sus dientes. Ella simplemente se mata de risa y disfruta.

Cada tres horas, suena la alarma del estómago de Diego. Su reloj biológico es tan preciso que a los 180 minutos, casi sin excepciones, necesita saciar el hambre que cíclicamente lo asalta.

Nacho se fue hasta el Puerto de Frutos del Tigre convencido de encontrar manzanas, peras y duraznos a buen precio. Cuando llegó, se dio cuenta que allí había de todo menos frutas. Resignado, se compró una jabonera.

Cuando Lorena se emborracha, su tonada tucumana resurge en toda su expresión.

Es todo un clásico. Estás mil años esperando un colectivo y justo cuando prendés un pucho, la figura de aquel esquivo armatoste aparece en el cercano horizonte urbano.

16.12.08

Niemeyer, el poeta del hormigón armado

"No es el ángulo recto el que me atrae
ni la línea recta, dura e inflexible
creada por el hombre
Lo que me atrae es la curva libre y sensual
la curva que encuentro en las montañas de mi país
en el curso sinuoso de sus ríos
en las olas del mar
en las nubes del cielo
en el cuerpo de la mujer preferida
De curvas está hecho el Universo
el Universo curvo de Einstein"

Oscar Niemeyer

“La vida es un soplo”, escucho decir a Oscar Niemeyer en un documental que acaba de emitir el canal Encuentro. En el caso de este arquitecto brasileño de 101 años recién cumplidos (nació el 15 de diciembre de 1907), pareciera mucho más que eso. Emociona escucharlo, verlo dibujar nuevamente cada una de sus ya consagradas obras con un marcador negro sobre el papel. Aunque se dice un “viejo pesimista”, este verdadero “poeta del hormigón armado” y enemigo de los ángulos rectos –que se animó a redefinir lo urbano- motiva con cada palabra, con cada gesto.

Cuando en 1956 el presidente de Brasil, Juscelino Kubistchek, decidió encarar la construcción de Brasilia, Niemeyer trabajó con el urbanista Lucio Costa y le dio sus particulares formas a la nueva capital. Allí, dejó su impronta en obras como el Palacio del Planalto (la Casa de Gobierno brasileña), un Congreso muy particular, una Catedral de diseño totalmente innovador y muchos otros edificios públicos que llevan su sello.

“Brasilia debería parar”, dice ahora Niemeyer, para quien el crecimiento de toda urbe debe ser controlado. Su idea es la de multiplicar centros urbanos en vez de extender los límites de las grandes ciudades, que así se hacen demasiado densas y por ende inhabitables.


Con la llegada de la dictadura brasileña, este arquitecto se tuvo que exiliar y fue así que desplegó sus obras por el mundo entero: la Universidad de Constantina en Argelia, la sede del Partido Comunista en Francia, la casa central de la Editorial Mondadori en Italia fueron algunas de sus obras preferidas. Cuando volvió a su país, siguió regando de curvas el paisaje, como en aquel increíble Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi.

En Río de Janeiro, Niemeyer construyó para sí una casa totalmente adaptada a la naturaleza, muy sencilla, manteniendo incluso la roca originaria del morro, que de esta manera forma parte de algunos ambientes. Él mismo cuenta la anécdota de aquella vez que lo fue a visitar Walter Gropius y le hizo una objeción que al brasileño le causó mucha gracia, pero también sorpresa por tratarse de una persona que él consideraba tan inteligente. “Esto no se puede multiplicar”, le dijo el fundador de la Bauhaus.

Enemigo acérrimo del capitalismo y eterno luchador por la igualdad social, Niemeyer todavía tiene grandes proyectos por delante: Hugo Chávez le encomendó un museo en honor a Simón Bolívar que tendría forma de flecha apuntando hacia los Estados Unidos y rompería el récord mundial de hormigón armado suspendido. Además, diseñó un Puerto de la Música que se construirá en Rosario (sería su primer obra en la Argentina y la elección de la ciudad estaría basada en su admiración por el Che Guevara).

8.12.08

Las calles y las cosas

Faros, llantas, paragolpes, radiadores, baterías, parabrisas
Warnes es la calle de los repuestos automotores
Suena a chiste, pero en Libertad se encuentran los estéreos robados
allí también abundan relojes y oro no sé cuántos kilates
Por Plaza Dorrego, las antigüedades crecen (o envejecen) como hongos
pero si uno quiere muebles nuevos, hay que “patear” avenida Belgrano

Los instrumentos musicales suenan en las vidrieras de Talcahuano
sobre Paraná se encuentra casi cualquier artefacto eléctrico
y en Uruguay, sobran telgopores, cartelería y acrílicos
Los amantes de los libros se enamoran en los estantes de Corrientes
sin embargo, si lo que se busca es algún nuevo tomo jurídico
hay que volver a Talcahuano, ahí pegado a Tribunales

En Scalabrini Ortiz, se venden lanas e hilos de todos los colores
y sobre Moreno las casas de telas despachan rollos a cada segundo
pero todo el barrio de Once es un gran reino textil
el paraíso de los que buscan metros de género a buen precio

En Córdoba, los outlets de ropa prometen ofertas y no tanto
Pero si uno quiere comprar algo de cuero, tiene que ir a Murillo
Y la calle de las camperas es, sin dudas, Forest
(aunque en el 444 vendan aceite “bueno y barato”)


26.11.08

"Black", hace tres años y un poco antes

El 26 de noviembre de 2005, Pearl Jam daba en Ferro el último de sus dos recitales en la Argentina. Entre muchos buenos temas, tocaban Black, un clásico y uno de mis preferidos de la banda de Vedder y compañía. Acá va, dedicado a mi viejo El Negro, por supuesto.

9.11.08

Guiños

A veces, la ciudad te hace un guiño. Te invita a descubrirla, a recorrerla, a apreciarla en toda su belleza, a conocerla de verdad. Sólo hay que estar abierto, sensible. Sólo hay que dejarse enamorar. Por ella.

27.10.08

El cantante más famoso del subte

Quizás muchos de ustedes lo conozcan. La semana pasada lo vi mientras viajaba en la línea B, pero es una fija de casi todos los ramales del subterráneo. Llevaba musculosa gris, un pantalón bien alto al mejor estilo Mono Navarro Montoya y su clásico walkman. En su mano derecha, sostenía una tarjeta con la que tapaba su boca, esa misma que suele lanzar agudas y estridentes estrofas musicales. Es, sin dudas, el cantante más famoso del subte.

“¿Qué pasa, qué pasa, que no hay más fernet con coca?, ¿qué pasa, qué pasa, que no hay más fernet con coca”?. Con este mágico estribillo de Fernet con coca, emblemático tema de Vilma Palma e Vampiros, el muchacho hizo su aparición estelar en aquella formación. Y no dejaría de repetirlo en ningún momento, mientras recorría los distintos vagones, casi siempre parado frente a alguna puerta, totalmente ajeno al resto de los pasajeros.

Miradas esquivas, indiferencia, risa contenida, miedo: las reacciones que genera el cantante más famoso del subte (al que algunos califican lisa y llanamente como “el loco del subte”), son de lo más diversas. Sin embargo, a él parece no importarle y por nada del mundo deja de entonar su tema del día. Esta vez parecía fanatizado con Vilma Palma, pero su repertorio es mucho más amplio. Tendré que esperar a la próxima oportunidad para escuchar algún otro de sus hits.

8.10.08

La ciudad, según Paul Auster

"Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin."

"En la ciudad hay muchas calles por todos lados, pero no dos iguales. Pongo un pie delante del otro, luego el otro frente al primero, y sólo espero poder volver a repetirlo todo otra vez. Sólo eso. Me gustaría que entendieras cómo es mi vida ahora: me muevo, respiro el aire que se me concede y como lo menos posible. No importa lo que digan los demás; lo único importante es mantenerse en pie."

"Lo cierto es que si no fuera por el hambre ya no sería capaz de seguir. Hay que acostumbrarse a sobrevivir sólo con lo indispensable. Si uno espera poco, se conforma con poco, y cuanto menos necesite, mejor se sentirá. Esto es lo que la ciudad le hace a uno, le vuelve los pensamientos del revés. Le infunde ganas de vivir y, al mismo tiempo, intenta quitarle la vida. No hay salida, lo logras o no lo logras; si lo haces no puedes estar seguro de conseguirlo la próxima vez; si no lo haces, no habrá próxima vez."

"Cuando caminas por las calles debes dar sólo un paso por vez. De lo contrario, la caída se hace inevitable. Tus ojos deben estar siempre abiertos, mirando hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás; pendientes de otros seres, en guardia ante lo imprevisible. Chocar con alguien puede ser fatal; cuando dos personas chocan comienzan a golpearse con los puños o, en su lugar, se dejan caer y no intentan levantarse nunca más. Antes o después llega el momento en que uno ya no intenta levantarse. El cuerpo duele, ya ves, no existe ningún remedio contra esto y aquí resulta mucho más terrible que en cualquier sitio."

"Se levantan nuevas ruinas y las antiguas desaparecen. Es imposible saber por qué calles se puede caminar y cuáles hay que evitar. Poco a poco, la ciudad te despoja de toda certeza, no hay ningún camino inmutable y sólo puedes sobrevivir si aprendes a prescindir de todo. Debes ser capaz de cambiar sin previo aviso, de dejar lo que estás haciendo, de dar marcha atrás. Al final todo se reduce a esto, por lo tanto es necesario aprender a descifrar los signos."

"La mejor política en la ciudad es creer sólo en lo que ven tus propios ojos. Aunque ni siquiera ese es un método infalible ya que muy pocas cosas son lo que aparentan ser, especialmente aquí con tanto que asimilar a cada paso, con tantas cosas que desafían el entendimiento. Cualquier cosa que veas tiene la capacidad de herirte, de hacerte sentir inferior a lo que eres, como si por el mero hecho de ver algo te despojaran de parte de ti mismo. A menudo uno siente que mirar puede ser peligroso y suele apartar la mirada o incluso cerrar los ojos."

"Lo principal es no acostumbrarse, porque los hábitos son nocivos; incluso la centésima vez que te topas con una cosa, debes hacerlo como si no la conocieras de antes. No importa cuántas veces, siempre debe ser la primera. Esto es casi imposible, ya lo sé, pero es una regla absoluta."

Extractos de El país de las últimas cosas, Paul Auster.

22.9.08

Hogar dulce hogar

Como ya dije alguna vez, soy un gran fanático de las casas en demolición. Por eso, no pude dejar de prestar atención a la que está en la esquina de Crámer y Virrey del Pino, justo al lado del puente por donde pasan las vías del Mitre.
Los azulejos celestes al descubierto, pero fundamentalmente esos dos hogares que ahora tienen vista a la calle, conforman un paisaje muy especial e invitan a imaginar las escenas cotidianas que allí se vivieron...

21.8.08

Fauna urbana: las palomas, “ratas con alas”

“Ratas con alas”. La definición se la escuché a mi padrino Francois la última vez que estuvo en Buenos Aires y, aunque las palomas no parecen tan jodidas como los pequeños roedores que surcan cada rincón de la gran ciudad, me pareció una denominación bastante atinada.

Al igual que con las ratas, no hay urbe en el mundo que no haya sido invadida por cientos de miles de palomas. En Buenos Aires están por todos lados y, si bien la Plaza de Mayo podría considerarse como el epicentro de esta plaga alada, hay algunas sucursales menos conocidas e igual de concurridas.


Sin dudas, una de las filiales más importantes es el verdadero “palomar” que está en la esquina de Gascón e Hipólito Yrigoyen, en pleno barrio de Almagro. Allí, los plumíferos urbanos se apoyan plácidamente y de a montones sobre los cables, configurando un paisaje casi hitchcockiano.

Quién sabe por qué eligen aquel lugar, ese cuadrado imaginario cuyos vértices son una farmacia, una gomería, una fiambrería y un restaurant. Lo cierto es que acuden en masa y todo el que por allí camine deberá tener especial cuidado de no recibir algún cordial “saludo” desde las alturas.

1.8.08

Ataque de pánico en la línea D

De repente, algo me distrae. Una respiración que se hace más y más fuerte y que me impide seguir con la apasionada lectura de El lobo estepario. ¿De dónde viene? El jadeo aumenta su intensidad a cada momento, pero no puedo divisar su origen. Y entonces lo encuentro: en el asiento de enfrente, un muchacho de treinta y pico profiere grandes bocanadas, en un intento desesperado por meter algo de oxígeno dentro de su humanidad. Se pasa la mano por la frente una y otra vez, mientras la desesperación se le comienza a dibujar en la cara, en esos ojos que miran desorbitados. Una parejita que viaja a su lado reacciona rápidamente, tratan de calmarlo y le preguntan qué le pasa: “Es un ataque de pánico”, balbucea como puede.

Claro, es otra apasionante jornada en la línea D del subterráneo porteño. La formación, que una estación atrás ya venía disminuyendo su ritmo, está parada en Tribunales hace un par de minutos. Algunos creen que es por el muchacho (de hecho, ya se pidió la presencia de un médico), pero lo cierto es que el subte ha interrumpido su servicio y no continuará funcionando aquella noche.

Por suerte, la parejita solidaria tardoadolescente –deben rondar los 20 años- parece saber de estas cuestiones: ella saca un blister de Rivotril, corta una pastilla a la mitad y se lo da con un poco de agua que un tercero ofrece. Pura sensibilidad, la piba le dice que va a estar todo bien y hasta acaricia su cabellera para tranquilizarlo. Pero no hay caso: el muchacho en pánico no puede detener la curva descendente de su estado: “¡Me voy a morir, me muero…!”, grita una y otra vez. La policía irrumpe en el lugar y, mientras se espera la llegada de un médico, personal de Metrovías nos invita a abandonar el vagón. La parejita se queda, pero no alcanzo a ver el desenlace de aquella historia…

Tres días después, mientras espero que llegue el subte B en Florida, alguien pasa a mi lado y se detiene a pocos metros sobre el andén. La sorpresa es enorme: es el muchacho del ataque de pánico, ya más calmado. “Sobrevivió”, pienso aliviado y me río de la extraña coincidencia. Cuando llega el tren, otra vez queda sentado frente a mí. Es entonces cuando me mira y por un momento parece como si me reconociera. Se baja rápido, en Carlos Pellegrini, seguro para combinar con la D. Espero que no vuelva a caer preso de la angustia…

14.7.08

Unicelulares

A veces, pareciera que la ciudad está llena de locos. Gente que habla sola y gesticula ampulosamente mientras camina. Los temas que tocan son de lo más diversos (la pareja, la familia, los amigos, el fútbol, el trabajo) y hasta argumentan con detalle cada una de sus solitarias disquisiciones. Después, súbitamente, todo se aclara: nos damos cuenta que están con el teléfono celular. Tienen un auricular y un pequeño micrófono, un “manos libres” que les permite hablar y hablar sin parar, largando sus estrofas al aire. Mientras tanto, la publicidad –y algunos conocidos también- quieren que tengamos vergüenza por nuestro viejo aparatito, ese que no saca fotos ni toma videos ni permite escuchar música ni reconoce nuestra voz ni deja de sonar cuando le pasamos la mano por encima ni se conecta a internet ni.

Otros optan por chequear si les llegó algún mensaje de texto, una y otra vez. Alguien tiene que haber mandado algo. Un amigo, invitándonos a algún lado. Una mujer, dejándonos palabras dulces. Incluso nuestros viejos, recordándonos esto o aquello, dejando un reproche o un consejo. Pero no hay mensajes. No hay nada. Quizás sea tiempo de mandar alguno. Esperar la contestación. Revisar. Recibir. Leer. Contestar. Esperar. Sonreír. Pensar. Contestar. Se puede estar así por horas. Los dedos se mueven como palomas que dan pequeños saltos. Frases cortas. Palabras que se cortan. Contacto que parece tener un sentido primordial: el del contacto mismo.

También se puede llamar. En cualquier momento, intentar hablar con alguien. De última, dejar un mensaje. A cada segundo, el mundo se llena de mensajes en los contestadores automáticos. Miles de voces son grabadas sin devolución instantánea, sin retroalimentación. Sin el otro. Pocas cosas hay más tristes que las voces que habitan de a ratos en los contestadores. Testimonios del desencuentro, registros de la soledad.

Se puede, también, encender la computadora. En la casa o en el trabajo, abrir una ventanita a un costado y ponerse a chatear con el resto de los “conectados”. Mientras tanto, chequear los benditos mails. Si no se recibe ninguno importante, al menos llegarán algunos spam (¿no deseados?), cadenas con chistes, supuestos mails solidarios que deben reenviarse para no morir a los pocos días, información de eventos varios a los que nunca asistiremos y más, mucho más. No importa. Los abrimos. Los leemos o casi no. Los borramos. Tenemos mensajes, siempre tenemos mensajes. Vivimos soledades concurridas, aislamientos hiperconectados.

14.6.08

Música para mis sentidos

Es viernes a la noche y vuelvo del trabajo. Tengo una gripe que me hace moquear cada dos por tres y un dolor de cabeza por el cual prefiero evitar el mínimo gasto mental. Es un viaje en subte como cualquier otro y sólo quiero dormir, cerrar los ojos y olvidar el mundo siempreigual que me rodea por unos minutos. Como casi todos mis compañeros de vagón, no registro nada, no puedo registrar nada.

Sin embargo, una guitarra y un tambor me sacan del letargo. Su melodía de dulce bosanova parece ir abriendo mis sentidos, volviéndome receptivo otra vez. Puedo ver a la mujer que lee Los crímenes de la calle Morgue en una extraña versión inglés- español (un idioma en cada página), las señoras bien que sacan casi al mismo tiempo un billete de dos pesos mientras una dice “los músicos me conmueven”, el pibe que besa el brazo de su novia morocha y bastante desabrigada que le contesta con una sonrisa, el muchacho que compra una pulsera de plástico truchísima y se la pone como si fuera una valiosa joya. Todos ellos son personas. Puedo ver otra vez.

También puedo ver al viejo que camina a toda velocidad por el pasillo, se lleva a todos por delante y casi se me cae encima con tal de ocupar aquel codiciado lugar vacío. Es la misma historia de siempre, la lucha estúpida por un asiento, pero esta vez me río sin ningún tipo de pudor. Me río con ganas de aquel esfuerzo ridículo, como tantos otros que hacen miles de personas todos los días en esta gran ciudad. Entonces me doy cuenta: aún con sus incontables imperfecciones, por momentos este mundo parece perfectamente vivible.

6.5.08

Con los pies bien firmes sobre las aguas

La leyenda cuenta que Manco Cápac y su mujer Mamá Ocllo partieron desde la Isla del Sol –en lo que hoy sería Bolivia- y, luego de enfrentar varios días de tempestades, descansaron en la Bahía de Puno (que en quechua significa “sueño”). Desde allí se dirigieron al Cusco, donde Cápac se convirtió en el fundador y primer gobernante del Imperio incaico. A unos metros de las costas de Puno, en esas mismas aguas donde habría tenido lugar un capítulo clave en el origen de una de las civilizaciones más importantes que tuvo la humanidad, se encuentran las Islas Flotantes de Los Uros.

Aunque llueve y hace frío sobre el Lago Titicaca, los uros nos reciben con la mejor de sus sonrisas. Mientras descendemos del barco y ponemos pie en una de las más de veinte islas que tiene esa comunidad al ras de las aguas, hombres y mujeres envueltos en coloridos atuendos tienden sus manos hacia nosotros al tiempo que nos dedican un cordial saludo en lengua aymara.

Luego de llevarnos bajo techo para que la incesante lluvia no nos alcance, Willy, uno de los habitantes de la comunidad, se adelanta al resto de sus pares y nos muestra cómo construyen sus islas con la totora, una especie de junco que crece profusamente algunos metros aguas adentro del Titicaca peruano. Los isleños cortan pequeños bloques de raíces entrelazadas y los atan unos a otros, conformando así una plataforma flotante cuyos extremos son “anclados” al fondo del lago. Además, sobre los bloques disponen varias capas de juncos secos que forman el piso de la isla y dan la sensación de estar caminando sobre un esponjoso colchón.
La totora está presente en casi cada aspecto de la vida de los uros. Además de las propias islas, con ella fabrican sus chozas, los botes con los que se desplazan por el lago y las artesanías que venden a los eventuales visitantes. Pero no sólo eso: esta planta también sirve como alimento. Una mujer se acerca, retira los filamentos externos y nos ofrece toda la blancura del tallo: aunque no tiene mucho sabor, comprobamos que puede ser bastante refrescante y calma un poco el hambre de esa fría mañana. Al lado nuestro, un chiquito chupa una y otra vez aquel junco, que por lo visto también puede hacer las veces de chupete natural.

“En las islas, tenemos nuestro propio torneo de fútbol”, dice Willy, quien confiesa ser hincha de River y el Cienciano de Cusco. Aunque su equipo marcha en quinta posición y ya no tiene posibilidades de alzarse con el título de “campeón”, recuerda con emoción aquella vez que, gracias a la “garra charrúa” de un turista uruguayo que se quedó una noche a dormir con ellos, le ganaron 2-1 a uno de sus más acérrimos rivales. Luego, señala a un chiquito que no debe pasar los dos años y que se divierte con un camioncito de juguete en la puerta de una choza. “Es mi hijo Max, el futuro crack del Perú”, dice con orgullo.

Aunque originalmente los uros conformaban una etnia propia, una de las primeras que habitaron América del Sur, en la actualidad buena parte de los habitantes de estas islas flotantes que se encuentran a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar son de origen aymara, la antigua civilización que ocupó buena parte de Bolivia, el sur del Perú y parte de Chile.


En realidad, los uros originarios no vivían sobre las aguas, pero se vieron obligados a construir sus islas sobre el Titicaca para refugiarse de la persecución de Pachacútec, el noveno inca, quien llevo a aquel imperio a su máxima expresión. También fueron hostigados por los españoles que llegaron más tarde y querían mano de obra descartable para trabajar en las minas. Pero ellos resistieron y allí se quedaron a vivir.

A pesar de su forma de vida tan particular, los uros no son personas cerradas ni están aislados de la sociedad, como lo evidencia el hecho de que se hagan llamar por nombres como “Willy” o “Max”, que de aymara tienen poco y nada. Hace algunos años, comenzaron a hacer del turismo una de sus principales fuentes de ingresos y permiten a los visitantes acercarse hasta sus casas sobre el agua. Tampoco se niegan a los avances tecnológicos: en el interior de algunas viviendas hay radio y TV, alimentados por medio de un panel solar que les proporciona la energía necesaria y que –según cuentan- fue un regalo del ex presidente Alberto Fujimori. Sin embargo, cuando el polémico mandatario -actualmente enjuiciado por la Justicia de su país- les ofreció mudarse a tierra firme, la mayoría se negó en forma rotunda. No querían perder sus raíces, esas que tan firmemente han echado sobre las quietas aguas del Titicaca.

En la isla de Willy y compañía conviven seis familias, en total algo así como 30 personas. Los hombres se dedican a las tareas que requieren mayor fortaleza física, como la construcción de las islas, botes y chozas, mientras que las mujeres se encargan de las comidas. A la hora de cocinar sus alimentos –generalmente pescado- los uros deben hacerlo sobre chapas para evitar que el fuego consuma los juncos y provoque alguna tragedia. Willy recuerda con pesar aquella vez que las llamas acabaron con una isla entera y la vida de dos chiquitos que murieron quemados.
Las mujeres no sólo saben cocinar: también son hábiles artesanas y excelentes cantantes. Sí, cantantes. Cuando los hombres llevan a unos turistas a dar un paseo en bote, ellas sacan a relucir sus dotes artísticas y se divierten entonando canciones que poco tienen que ver con su cultura originaria. “Vamos a la playa, oh oh oh oh oh….”, se escucha, mientras agitan sus brazos de un lado al otro y provocan las sonrisas de los navegantes. Y hasta se animan con algunas estrofas de una popular canción inglesa: “Row, row, row your boat, gently down the stream / Merrily, merrily, merrily, merrily / Life is but a dream”. O con la francesa “Frère Jacques”, cuya pronunciación una emocionada turista suiza se encarga de perfeccionar ante la atenta mirada de sus ocasionales alumnas. Las isleñas tratan de tomar algo de cada cultura, como si buscaran algo más que un simple intercambio comercial. Sus limpias sonrisas y sus ojos de mirada franca y profunda no dejan lugar a dudas. Después, le cantan al dios Inti para que las nubes se hagan a un lado. Levantan sus manos con la mirada hacia el Este y no pasa mucho tiempo hasta que el sol hace su aparición para calentar nuestros cuerpos.

Por supuesto, agradecemos el gesto y comenzamos a despedirnos. Aunque cuesta decir adiós, la paciencia del capitán de nuestro barco parece estar agotándose. Las isleñas siguen cantando y piden que nos quedemos un rato más. “Que los pasen a buscar a la tarde”, se escucha al unísono. Pero debemos seguir viaje. El motor arranca y el bote comienza a alejarse. Las olas agitan los juncos que aún no han sido arrancados del fondo del Titicaca y se mueven rítmicamente de un lado a otro. Los brazos de los uros parecen imitar ese vaivén, saludándonos desde el borde de aquella isla que se va haciendo cada vez más pequeña.

23.4.08

Cabezas llenas de humo

Apenas subimos al 180, los gritos de una casi sexagenaria que hablaba por celular se llevaron toda nuestra atención: “¡Ahora mismo saco los pasajes y me voy a la Patagonia!” Botella de agua en mano, la exaltada señora vociferaba con el telefonito sin importarle la presencia de los otros pasajeros. Sin dudas, hablaba con su hija: “Nena… ¿no ves los noticieros vos? ¡Informate! Acá la gente sigue viviendo como si no pasara nada, no se dan cuenta…”

Claro, la vieja estaba refiriéndose al humo que hace cuatro días cubría la ciudad de Buenos Aires. “Mirá, pensalo eh, yo me quiero llevar a mi nieto…”, decía la abuela, mientras aseguraba que, afortunadamente, ella era más “despierta” que el resto de los porteños y repetía su intención de emigrar hacia el sur. Pero su hija parecía no hacerle demasiado caso. “Bueno, nena, informate eh, por favor…”, se escuchó de boca de la señora justo antes de cortar aquella comunicación.

“Qué se piensan… se incendió Roma, se incendió Babilonia…”, murmuró ya desquiciada la vieja a quien quisiera escucharla en el bondi. Luego, se llevó la botella de agua a la boca. Tomó unos cuantos tragos y dejó escapar algunas gotas por la comisura de sus labios, mojándose las mejillas y humedeciendo el resto de su cara con la ayuda de sus dedos. Estaba agitada y jadeaba como si le estuviera faltando el aire. Sin dudas, había mucho humo en su cabeza. Los medios habían dicho que aquel manto gris que se posaba sobre Buenos Aires no era tóxico, pero nosotros ya empezábamos a dudar seriamente de la veracidad de aquella afirmación.

27.1.08

Planeando

"Volando sobre la aldea", Marc Chagall
"Si te dan a elegir, qué preferís: ¿ser invisible o poder volar?", me preguntaron alguna vez. Para mi, no hay dudas.

Cada tanto, sueño que mis brazos son alas y vuelo sobre los edificios de esta bendita ciudad. Como el mismísimo Neo en "Matrix", con sólo proponérmelo puedo viajar adonde quiero. Arriba, abajo, hacia los costados, ni siquiera necesito mover mis extremidades. Es una sensación increíble y lamento mucho cuando llega el momento del despertar. De nuevo en la matriz…

10.1.08

Porteros-informantes: de mal en peor

La red de espionaje que comandan los encargados de edificios y que venimos denunciando en este blog, ya tiene un cliente de lujo: el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Sí, los más altos funcionarios de nuestro país no ignoran el poder informante de los porteros y los han convocado nada menos que para su cruzada contra la crisis energética.

Parece ficción, pero no lo es. Los encargados, poseedores de gran cantidad de información sobre cada vecino de su edificio, deberán hacer un conteo de los equipos de aire acondicionado que tiene cada uno, datos que serán pasados a las distribuidoras de energía eléctrica.

Como dije en entregas anteriores, los porteros son personajes de temer, pero este nuevo vínculo con el Gobierno (hay una excelente relación entre su sindicato, el SUTERH, y el Poder Ejecutivo), los convierte en seres más peligrosos todavía.

16.11.07

La inquietante viejita de la calle Charlone

Aunque nadie se anima a hablar de ella, en Villa Ortúzar todos la conocen. Pasa sus días sentada en la vereda, siempre sobre la misma silla, tomando un eterno mate lavado que no comparte con ningún vecino ni ocasional paseante. Es la viejita que custodia el taller de cerámica y escultura de la calle Charlone.

Cuando hay sol, prefiere el aire libre. Pero cuando la noche cae y el barrio se llena de sombras y oscuridades, la inquietante anciana se mete para adentro y vigila sus dominios desde el otro lado de las rejas del local. Impávida e inmóvil, su imagen fantasmagórica asusta a todo aquel que ose mirar a través de la ventana.

8.11.07

humanidades breves

Cuando camina por la calle, a Laura le encanta subir y bajar a los pequeños muros que rodean los canteros de los árboles. Eso le recuerda a su infancia, cuando hacía lo mismo pero de la mano de su abuelo.

El Negro desconfía de la gente que lleva la credencial del trabajo atada a la cintura y aquellos que ponen frases demasiado pretenciosas en el “nick”del msn.

María guarda los mensajes de texto donde la gente que quiere le profesa su amor. Cuando la sorprende la tristeza, va en busca de su antídoto y lee nuevamente esas palabras atesoradas en su teléfono celular.

A Diego no le caen bien los vendedores que cuando uno dice “¿Te puedo hacer una pregunta?”, responden falsa y mecánicamente “Sí, dos”.

Cuando la hermana de Magdalena estuvo en Egipto, la cambió por un camello a pesar que ella se había quedado en Buenos Aires. Ahora, teme que uno de esos animales aparezca un día bajando por la calle Juramento y un descendiente de los faraones venga a reclamar lo que es de su propiedad.

Nicolás prometió que cada vez que no se animara a hablar con una mujer que le gusta, iba a correr diez vueltas alrededor de una cancha de fútbol. A esta altura, ya debería ser todo un maratonista…

Perla, una jubilada que desanda sus días frente al televisor, confiesa que el canal que más mira es el de la cámara de seguridad ubicada en el hall de su edificio. Desde allí, puede seguir el cotidiano ir y venir de sus vecinos.

Cuando tropiezan y caen en plena calle ante la mirada del resto, casi todos los habitantes de la ciudad se levantan rápidamente como si nada hubiera pasado. Dolor, sangre y moretones quedan eclipsados por el súbito ridículo que se siente.

1.11.07

Animalitos de Dios

Al parecer, la Iglesia sigue con su búsqueda desenfrenada por atraer nuevos fieles...

26.10.07

Naturaleza viva

Más allá de plazas, parques y canteros. De boulevares, viveros y balcones. La vegetación parece aguardar su turno debajo del asfalto, anidada en la tierra que grita su prisión de moles de cemento. Cuando encuentra un resquicio, un sustrato fértil para volver a nacer, allí aparece el verde.
La vieja casa sobre la calle Alsina, entre Bolívar y Defensa, me hace pensar en una ciudad abandonada donde la naturaleza vuelve a reinar. Musgos, pasto y pequeños arbustos comienzan a surgir desde las juntas de las paredes y baldosas. Un manto verde comienza a extenderse, miles de enredaderas germinan espontáneamente y aferran sus gruesos tallos contra el concreto.

No es un abrazo ni un gesto de amor. Es la victoria final de la naturaleza viva, que como una boa constrictora oprime a su víctima para causarle la muerte y luego devorarla.

17.10.07

"Caso porteros": era una conspiración nomás

Hace poco, escribí sobre los porteros. En esa ocasión, dije que eran personajes de temer, seres que configuraban una siniestra red de espionaje de la que había que defenderse. Grandes tráficantes de información, siempre dispuestos a poner sus conocimientos al servicio de los fines más macabros.
Pocos días después de subir mi texto a este blog, pude comprobar que aquella tesis esbozada no tan alegremente tenía correlato en una obra de la literatura nacional. Se trata de "La conspiración de los porteros", de Ricardo Colautti, un escritor ignoto que falleció en 1992, pero del que se acaba de editar una compilación de sus únicas tres breves novelas, una de las cuales da el título al libro en cuestión.
En "La conspiración de los porteros", novela corta o cuento largo que Colautti escribió en el significativo año de 1976, el autor narra la experiencia de Sebastián Dun (el personaje principal) con Don Juan, un temible encargado de edificio capaz de cualquier cosa con tal de mantener su poder. Un tipo que dirige a sus pares de la zona y, entre sus máximos logros, llega a tirar a un incinerador a una prostituta y amasijar a un escribano que le hacía la vida imposible. Ah, además, ha ideado un plan para poner sendas bombas en la Casa Rosada y el Registro de la Propiedad. Acá van algunos párrafos:
"[...] Por lo menos una vez por semana había reunión de porteros. Iban con sus uniformes de gala." Y dice Juan, el portero: "[...] Así formamos los jefes de manzana y jefes de barrio. Vos podrás reconocerlos porque los jefes de manzana tienen anteojos de oro y los jefes de barrio un diente de oro adelante. Ahora me trato sólo con los jefes de barrio y sólo muy rara vez con los jefes de manzana".
[...] Fui a la portería. Alrededor de la mesa estaban sentados cinco o seis hombres, el más viejo ocupaba la cabecera, todos llevaban uniforme, gorra con visera y anteojos con marco de oro, tenían dos llaves doradas bordadas en la solapa y sus dientes eran todos de oro. Cuando yo entré el más viejo me miró de reojo, pero no dijo nada. Vi esa reunión de hombres, de porteros uniformados de violeta con sus anteojos de oro, sus dientes de oro y ese aire de misteriosa confabulación que flotaba sobre ellos [...] Uno de los porteros sacó de una caja de madera dos relojes del tipo despertador y los puso sobre la mesa. El portero más viejo los tomó y mientras se los pasaba a Juan dijo: 'Uno lo vas a dejar en el Registro de la Propiedad y otro en la Casa de Gobierno'. Hablaba el viejo con acento extranjero, duro, y continuó diciendo: 'Esta vez no nos dejaremos quitar el poder. ¿O qué ganamos en Petrogrado? Trotsky dijo: Gracias porteros de Petrogrado y nada más, ése fue el único premio que nos dieron por los secuestros, la toma de edificios, los informes, la agitación, los grandes estragos...'".
"[...] Juan vino a buscarme muchas veces e hicimos con él distintos operativos. Lo acompañaba a limpiar la vereda y él se comunicaba desde ahí con los otros colegas, charlaban mientras le daban duro al trapo y la manguera, se contaban las cuitas de los edificios, salían todos juntos al amanecer y chusmeaban. Eso lo he visto. Salen a las veredas como hormigas... ¿Y cuando acompañé a Juan a la azotea? ¿Fue eso fantasía? Subió el grandote con un avioncito de juguete; en las alas del avión, en unas cajitas de madera terciada había puesto unas tarjetas. Las tarjetas decían: 'Barreremos la propiedad privada' y dos escobas cruzaban la frase. Enrolló con el dedo la goma de la hélice. Tiró el avión hacia el sol en un amanecer. El avioncito cobró altura y cuando bajó cayeron las tarjetas sobre la ciudad balancéandose suavemente."

11.10.07

Sofacalle

No es necesario hacer reservas ni largas colas. La calle siempre tiene un lugar listo para nosotros.

4.10.07

El 37

Cuando subo al colectivo en la esquina de Crámer y Juramento, Rubén recién está empezando su primera vuelta y se dirige hacia Constitución. Viene atrasado. Según la planilla horaria que le dio la empresa en la terminal, tendría que haber salido a las 16:12 de Puente Saavedra, pero el coche tuvo un problema mecánico y no pudo poner en marcha el motor antes de las 16:55. “Ya tendría que estar en Canning”, se lamenta y explica que, hasta que subió el inspector, venía salteándose algunas paradas para recuperar el tiempo perdido. Por eso el bondi está casi vacío.

Rubén es chofer de colectivo. Tiene treinta años y hace ocho que está en el oficio. Conduce el interno 37 de la línea 151, que une Puente Saavedra con Plaza Constitución. Siempre estuvo en la misma empresa. Aunque está sentado, parece un tipo bastante alto, grandote. Tiene el cabello negro algo enrulado y usa anteojos. Viste la clásica camisa celeste del gremio, jeans azules y zapatillas tan blancas que parecen nuevas. Tiene dos hijos: Aldana y Tobías. Aldana tiene diez y es hija de su primer matrimonio; Tobías, de apenas un año y medio, es fruto de la relación con Jesica, su actual mujer. Todos estos nombres lo acompañan en los espejos que están frente a su cabeza. Es una manera de estar cerca de su familia, aunque está algo enojado, porque el que hace las inscripciones se equivocó y a Jesica le hizo la “ese” al revés.

En el interior del colectivo, cada espejo tiene una leyenda diferente: además de Aldana, Tobías y Jesica, aparecen Fernando y Santiago, hijos de Marcelo, que maneja el interno 37 en el turno mañana. Otros grabados dicen “Rubén” y “El Guachín”, un apodo que es extensivo a ambos compañeros. Encima de la puerta delantera, allí por donde suben los pasajeros, se lee “Jesucristo es el Salvador”. Entre esta inscripción y el vidrio que la protege, alguien interpuso una foto de dos chicos abrazados, uno con la camiseta de River y otro con la de Boca. Son Santiago y Fernando, los hijos de Marcelo.

Además de los espejos, hay otras cosas que adornan el espacio de los choferes: cuatro o cinco solcitos sonrientes, algunos ositos y un par de perritos de peluche que están adheridos al parabrisas; dos pequeñas bolas espejadas como las que cuelgan en los boliches bailables; tres inscripciones con el número “37”; y un reloj que sólo marca la hora porque el minutero se rompió y ahora yace como dormido al pie de aquel artefacto.

Rubén explica que no está permitido adornar de esta manera el colectivo, pero ellos lo hacen igual. Es su manera de apropiarse de su lugar de trabajo, aunque el coche no sea suyo. La empresa les da el colectivo “pelado”, sin ningún aditamento más allá de lo básico, así que deben pagar de su bolsillo cualquier cosa que agreguen. Todos los meses reservan parte de lo que ganan y lo invierten en tener lindo el bondi. “Es nuestro gusto”, afirma Rubén, “no es ir a jugar a la pelota ni a tomar cerveza por ahí”, como hacen otros muchachos.

También con su dinero pusieron los “violeteros”, aquellas luces violetas que en la oscuridad hacen resaltar todo lo que tiene un tono blancuzco, las bolas plateadas que cuelgan del paragolpes y los “baberos”, es decir, aquellos retazos de goma blanca que se colocan detrás de las ruedas, casi tocando el asfalto. Ahora están terminando de poner cortinas en todas las ventanas y aún faltan los pequeños espejos que van en la pedalera y atrás de la butaca de los choferes.

Para Rubén es importante cuidar el coche, la fuente de trabajo. Pero esto no siempre es posible, depende mucho de quién toque de compañero. Por suerte, con Marcelo la relación es buena, aunque no son amigos. “Las amistades se acabaron hace ocho años”, aclara el chofer, como si el hecho de ser colectivero no ayudara a construir relaciones más profundas.

En la parada de Medrano y Córdoba, dos chicas se besan. Una le dice a la otra que se tome el bondi, pero ésta decide esperar el siguiente. “¿Te sorprendió algo?”, tira Rubén, más en tono jocoso que de pregunta. A él ya nada le llama la atención. Ante sus ojos pasan miles de personas todos los días, cada una con sus vidas, todas distintas. “A los policías y a los colectiveros les cuesta mucho mantener su matrimonio”, dice el chofer del interno 37 con absoluta seguridad. Tanto unos como otros ven todo tipo de situaciones en la calle y según él, es muy difícil “no llevar los quilombos a la casa”. En su caso, ha optado por contarle sólo algunas cosas a su mujer, un poco para resguardarla, pero también porque simplemente no tiene ganas de llegar al hogar y desembuchar todas las pálidas. Prefiere relajarse, distraerse, estar con sus hijos. En la empresa no hay un psicólogo que contenga a los choferes luego de un mal día o que charle con ellos cada tanto. Para despejar la mente, están los descansos de veinte o veinticinco minutos entre una vuelta y otra. A veces son de hasta una hora, pero muchas veces ellos optan por no tomárselos porque están atrasados y porque, como dice Rubén, “lo mejor es llegar a tu casa y pegarte un baño caliente”.

No es fácil ser colectivero. Entre las tres vueltas que tiene que hacer, Rubén está algo así como ocho horas arriba del coche. Cada “vuelta”, en la jerga de los choferes, representa en realidad la ida y el regreso a la terminal. Generalmente, llega a la casa alrededor de las doce de la noche. Por supuesto, agotado. Como chofer de colectivo tiene que hacer muchas cosas a la vez: abrir y cerrar las puertas, mirar por los espejos, marcar el importe de los boletos en la máquina, responder las consultas de los pasajeros y llevar el vehículo entre el tránsito mientras trata de no chocar. Afortunadamente, aún no ha tenido accidentes. “Toco madera”, se apresura a decir, y lleva la mano derecha hasta su cabeza enrulada. Aunque una vez, recuerda, se le cayó alguien dentro del hueco que hace de antesala a la puerta de atrás. Pero no fue porque frenara de pronto ni por alguna maniobra brusca. Parece que el tipo venía medio mamado y se fue solito para abajo. Se fracturó el hombro y una pierna. Tuvieron que llevarlo al hospital y Rubén pasó cinco horas en una comisaría. Los pasajeros salieron de testigos en su favor.

Además del cansancio físico, el colectivero experimenta un gran desgaste mental. “Somos psicólogos”, bromea el conductor del interno 37. Reconoce que los choferes tienen fama de tener mal genio, pero nadie parece comprender que ellos tienen que lidiar con los malos genios de cientos de personas todos los días. “Cada media vuelta es distinta, es cuestión del tráfico y la gente”. A Rubén le molesta que le toquen el timbre fuera de la parada, que los conductores de automóviles no pongan la luz de giro cuando van a doblar, la lluvia, las manifestaciones, el olor de los pasajeros, el resoplido de la gente que se impacienta cuando va despacio, los comentarios acerca de su forma de manejar tipo qué fuerte frena este chofer y algunas otras cosas más. La gente que abre la puerta del auto sin mirar hacia atrás directamente lo deprime, como aquella vez que llegó a Constitución después de un viaje perfecto y de la forma más estúpida le arrancó la puerta a un taxista descuidado.

En un semáforo en rojo, el interno 37 queda alineado con el 16 que es su “puntero”, es decir, el coche que debe ir justo delante suyo. Rubén abre la ventanilla y aprovecha para hablar con su colega. A las pocas cuadras, antes de llegar a Constitución, confiesa que está pensando en hacer como que se le rompió el colectivo para poder volver más rápido a la terminal. Puedo ver cómo el interno 16 va despacio, esperando alguna señal. Está viendo si tiene que hacer subir a su coche los pasajeros de la futura unidad averiada. Finalmente, Rubén levanta su mano y hace un gesto como de seguir hacia delante. Cuando llegamos a Constitución, levantamos gente y seguimos sin detención ni descanso alguno.

De vuelta, vamos livianos, con el coche casi vacío. Rubén sube un poco el volumen de la radio. La música es una compañía importante para los choferes, hace que el día pase más rápido. Como en el caso de los adornos, escuchar música arriba del bondi está prohibido. Parece que es porque puede llegar a distraerlos mientras conducen o para que no moleste a los pasajeros. Lo cierto es que nadie se fija en ese tipo de cosas, ni siquiera el “Trompa”, como le dicen al dueño de la empresa por su costumbre de “poner la cara en todos lados”.

En la parada de Freire y Virrey Olaguer, sube con dificultad un muchacho que camina con muletas. Tiene las ropas gastadas y algo sucias. Le pregunta a Rubén si puede viajar sin pagar y pedirle a los pasajeros para la operación de las piernas. “No puedo, atrás está el inspector” dice Rubén y le explica que después el que paga las consecuencias es él. Pero el tipo de las muletas no le cree e insiste. Rubén se pone firme; no arranca hasta que logra convencerlo de bajarse. Tony, el mismo inspector que nos había acompañado un tramo a la ida, había subido un par de paradas antes y miraba todo desde el fondo. El boleto, cuenta Rubén, no es sólo un ingreso para la empresa; también es un comprobante que asegura al pasajero en caso que le suceda algo arriba del coche.

La primera vuelta llega su fin y ya estamos en la terminal que la empresa tiene a metros de Puente Saavedra. Rubén acomoda el bondi juntos a otros que esperan apagados en la oscura playa de estacionamiento. Un chico cuya presencia no había notado antes, viene corriendo desde el fondo. “Hay más colectivos de lo normal”, grita el muchachito. “Es por que hoy es sábado”, aclara Rubén. Los días de semana aumenta la frecuencia y los colectivos están casi todos en la calle.

El chico se llama Juan. Tiene quince años y es el cuñado de Rubén. Lo acompaña cuando está aburrido en la casa y no tiene otra cosa que hacer. Me quedo con él en el bondi, mientras Rubén va a buscar una nueva planilla y a estirar un poco las piernas. Juan aprovecha para mover el dial de la radio; cuando aparecen los ritmos de cumbia, pone el volumen al taco. Sus preferidos son “Damas Gratis” y “Los Pibes Chorros”. Él no quiere ser colectivero, prefiere cumbiero o futbolista. “Todo menos colectivero, es estar toda la semana ahí arriba sentado, un franco y seguir”. Lo dice porque los choferes tienen sólo seis días libres por mes.

En la terminal, los colectiveros de la línea 151 tienen un lugar donde pueden mirar televisión, comer algún sándwich o tomarse unos mates, mientras esperan la planilla que les indicará el horario de salida. A veces, durante este lapso, el recaudador aprovecha para pasar por los coches a retirar las monedas de las máquinas expendedoras de boletos o a verificar que no les falte cambio para darle a los pasajeros. Lo vemos ingresar al coche de al lado y luego se escucha el roce de las monedas cayendo. Al interno 37 todavía le faltan dos vueltas completas, así que no se molesta en visitarnos. A lo lejos, vemos venir a Rubén junto a Tony, el inspector. Estamos listos para partir.

Tony se baja a las pocas cuadras, ya se vuelve para su casa en Grand Bourg. En la próxima parada, Rubén se detiene un momento, creo que quiere que conozca a alguien. Le dicen “Mumú”, porque esos son los sonidos que emite cuando intenta comunicarse con los demás. Mumú es mudo y, según Rubén, es algo así como la mascota de los colectiveros de las líneas que paran en Puente Saavedra: la 68, la 60, la 151 y varias más. Ahora está en la puerta de un kiosco que da a la calle, ayudando a la empleada a barrer el piso. Rubén le toca bocina. Mumú lo mira y sonríe. Es tiempo de seguir camino.

Hay muchos códigos entre los choferes. Los “caminadores” son aquellos que vienen apurando desde atrás, muchas veces adelantados en su horario y tratando de pasar a sus compañeros. Rubén dice que cuando se topa con alguno, suele aliarse con otro chofer para no dejarlo pasar y hacen lo posible para que tenga que levantar pasajeros y vaya con bondi lleno. En el otro extremo están los “arrastrados”, que son aquellos que van tranquilos, a paso lento, regulando para llegar a horario a los destinos fijados en la planilla. “Cuando vas atrasado no te joden”, afirma Rubén. “En cambio, cuando vas adelantado, creen que no querés laburar”. Los “chanchos” están para controlar e informar las diferencias de horario, ya sean atrasos o adelantos. Sus informes, si las diferencias no están justificadas, pueden provocar suspensiones a los choferes. Los inspectores, además, tienen la función de “picar los coches”, es decir, verificar que los pasajeros viajen con boleto.

Casi sin darnos cuenta, ya estamos otra vez en Constitución. Dos mujeres se han quedado dormidas: sus cabezas se apoyan pesadamente contra las ventanas. Rubén las despierta al grito de “¡¡¡Plazaaaa!!!” y lentamente se incorporan para luego descender por la puerta trasera. Cuando emprendemos el regreso hacia Puente Saavedra, Rubén hace mención a un cartel que habían pintado en la parte de atrás del colectivo, ahí donde está la tapa del motor. “No sé quién me llevó a la ruina: si las mujeres o el bondi”, se leía en aquella inscripción que ya taparon. Tal vez no sean las mujeres, aunque hoy lo que más le duela sea no poder ver mucho a su hija mayor. Quizás tampoco sea el bondi, a pesar que aún no pueda cumplir el sueño de tener su propio camión para ponerle todas las luces que quiera y manejar por horas hasta el cansancio. Manejar, a Rubén le encanta manejar. Por eso se hizo colectivero. Por eso, tal vez, nunca haya ruina para él.

26.9.07

El portero, temible operario del recontraespionaje

No lo puedo confirmar, pero tengo mis firmes sospechas: los porteros de la ciudad de Buenos Aires no son lo que parecen. Lejos de simples encargados de mantener el orden y la limpieza en los edificios porteños, estos enigmáticos seres reúnen una cantidad astronómica de información confidencial y conformarían una gigantesca red de espionaje que dejaría en ridículo a la mismísima SIDE. Aún no sabemos para quienes trabajan, pero una premisa se desprende casi en forma automática: hay que tener cuidado al abrir la boca.

Escoba en mano. Mirada concentrada. Los porteros dominan su pedazo de vereda y desde allí analizan con detenimiento la pequeña porción de vida cotidiana que pasa frente a sus ojos. Mientras lustran el picaporte o baldean las baldosas, registran todo lo que sucede a su alrededor y almacenan miles de datos de aquellos que comparten su mundo cercano. Horarios de entrada y salida, formas de vestir, costumbres, hasta hábitos de consumo. Sin dudas, los encargados de edificios podrían ser grandes consultores para empresas de marketing. Quizás ya lo sean y no lo sabemos. La red de espionaje podría estar funcionando aceitadamente, filtrando información de nuestras vidas a sectores impensados.

Aunque siempre le tuve una gran simpatía, es casi seguro que Hugo, el encargado uruguayo del edificio al que me mudé cuando tenía 21, era miembro de esta temible organización que se propone espiar las vidas de la gente. Cada tanto, me permitía tener acceso a alguna de su vital información: “No sabés lo que son las del Lave-rap, todos los días con uno distinto”, fue una de sus primeras concesiones. Claro, después uno iba a dejar la bolsa de ropa ahí en el local donde trabajaban las morochas hermanitas y no podía dejar de pensar en aquellas palabras.

“La del 14 llega todos los días a cualquier hora”; “me parece que la del 2 se peleó con el novio”; “al del kiosco de la esquina, el otro día vino a buscarlo la policía”; “palmó la vieja del 8º A, la que tenía cáncer, pobre viejita…”. Esas y muchas más eran las sentencias que cada tanto compartía. Aunque aceptaba al gesto de confianza, siempre me quedaba pensando que lo mismo debía hacer con el resto de los habitantes de ese edificio.

Pero la data excedía largamente la puerta de entrada. Más de una vez he observado las pequeñas “cumbres” que cada tanto realizan aquellos porteros que comparten la misma cuadra. Fundamentalmente, se da entre los encargados de propiedades contiguas y suele tener lugar en las primeras horas de la mañana. Manguera en mano, se juntan y emprenden una maratónica sesión en la que comparten los conocimientos adquiridos en la última semana: propietarios nuevos, inquilinos que se van, amores prohibidos por doquier, palos para la administración del consorcio y eufóricos comentarios sobre la mina más fuerte de la zona.

Es cierto, algunos son grandes confidentes. Pero sólo se trata de una pantalla: los mejores espías son los que tienen los rostros más angelicales y eso nuestra historia ya nos lo enseñó. Por eso no llama la atención que los encargados estén siempre dispuestos a escuchar los problemas de los demás. Ese es el primer eslabón de la cadena, la primera conexión de una red que no sabemos bien hasta dónde llega. Lo que es seguro es que su poder aumenta día a día y no sólo es por las crecientes influencias del SUTERH, su sindicato. Creo que no hay mucho por hacer, simplemente tratar de cortarles el chorro y hablar lo menos posible. O sino plantear la táctica del ahogo: inundarlos con las nimiedades de nuestra vida hasta superar su capacidad de absorción. Tal vez así nos empiecen a evitar…

15.9.07

Todos los caminos conducen a Almagro

Lezica y Angel Peluffo. No es difícil encontrar el lugar. No hay que buscar demasiado. Uno sólo sigue las flechas y se topa con aquella casa blanca que se erige en un rincón de Almagro.

9.5.07

Tiburón V, la extinción

Ayer pasé frente a la vieja casa del Chompiras, esa que está en la calle Tronador. Lo primero que me vino a la mente mientras miraba a través de las rejas negras fue aquella tarde en la pileta, cuando hice trizas su preciado tiburón inflable.
Debíamos tener unos nueve o diez años por aquel entonces. Que el Chompi te invitara a jugar era casi lo mejor que podía pasarte. Tenía una casa enorme, con una sala de juegos en el tercer piso (“playroom”, en la jerga elitista belgranense) y una pileta en el jardín de atrás que era la envidia de todos. Esa tarde estabamos con Felipe, otro compañero de colegio, haciendo “seguidilla de bomba”, jugando al Marco Polo y –claro- peleando para ver quién se adueñaba de un impresionante tiburón gris inflable.
No sé bien cómo sucedió, pero luego de mucho batallar contra mis dos amigos, pude hacerme de aquel escualo de goma. Nadé un poco sobre el temido predador oxigenado y luego –típica actitud de preadolescente- se me ocurrió imitar algo que el Chompi había hecho apenas un rato antes: tirarme desde el borde montado encima del tiburón. Lo recuerdo perfectamente. Me agarré bien fuerte de la aleta dorsal, tomé impulso con mis piernas y me arrojé con todo contra las agitadas aguas de aquel pequeño oceáno de cuatro por dos.
¡Buuuuummmmmmmmm! Un estruendoso sonido, como si se tratara de la explosión de un volcán submarino, me sacudió mientras aterrizaba aparatosamente sobre el espejo de agua. Perplejo, comencé a mirar para todos lados: el escualo se había ido. De repente, emergiendo desde el fondo, divisé una mancha grisácea. No era una mantaraya, tampoco el depredador más famoso del cine con hambre de alguna pierna humana. Restos de caucho salieron a la superficie y comenzaron a flotar a mi alrededor: había eliminado a la bestia.
La inesperada extinción del tiburón inflable me dio mucha vergüenza. No sabía cómo disculparme con el Chompiras y tampoco tenía recursos como para comprarle uno nuevo. Por supuesto, la vieja intercedió amablemente ante la mirada asesina de mi amigo y me dijo que no me preocupara, que nada grave había pasado. De ahí en adelante, no sé si escasearon nuevas invitaciones o simplemente me autocensuré. Lo cierto es que nunca más volví a pisar aquella casa de la calle Tronador.

9.3.07

Imaginario colectivo

Que Patty y Selma se subieran al 113 en Boyacá y Aranguren me pareció algo un tanto llamativo. Ahí estaban, las mismísimas hermanas de Marge Simpson, viajando en sentido Barrancas de Belgrano, con su clásico gesto cansado, sus estrambóticas cabelleras y largas ojeras de TV a todo trapo y dos atados por día. Sacaron boleto en la máquina y se sentaron por adelante, cerca del chofer.
Mi asombro se hizo aún más grande cuando en la próxima parada un Raúl Alfonsín con gafas a lo Poncharello hizo su aparición en aquel bondi. El Alfonso éste tenía pinta de un laburante sexagenario que no podía darse el lujo de una jubilación: llevaba una caja de herramientas y vestía una sencilla chomba roja. Puso las monedas en el aparato, sacó el ticket y lo tomó entre los labios, mientras con su mano libre se agarraba de dónde podía y se hacía lugar hacia el fondo.
Cerca de la cancha de Argentinos Juniors, ya casi llegando a Álvarez Jonte, irrumpió la figura de Irma Roy y entonces me di cuenta que definitivamente empezaba a estar rodeado de famosos. La ex actriz devenida en política lucía bien arreglada como siempre, con un peinado de tres horas/hombre, trajecito beige y elegante cartera al tono. Apenas se sentó, abrió un gran sobre blanco y sacó unos papeles, tal vez un proyecto de ley que debía votar por la noche o una carta de amor de un diputado del ARI, quién sabe.
El desfile de políticos parecía no detenerse, ya que doscientos metros más adelante la inconfudible Adelina D’Alessio de Viola se subió a aquel mismo vehículo. La ex Ucedé portaba unas glamorosas gafas oscuras y en su mano derecha llevaba una caja de alfajores de marca desconocida. Hubo un cruce de miradas con el líder de la UCR, pero ambos simularon no conocerse. Llamativamente, un auténtico Cirilo se levantó espantado de su asiento y se bajó inmediatamente. Pude ver como el célebre actorcito de Señorita Maestra corría desesperado por Av. San Martín, como si hubiese visto un fantasma o algo semejante.
A todo esto, cuando el 113 enfiló por Chorroarín, Patty y Selma tocaron el timbre y se bajaron en la parada del Easy de Warnes, algo que poco tiempo después también sucedió con una Lilita Carrió que estaba en el fondo y antes no había notado.
A lo largo de todo el recorrido me deleité observando a las celebridades que increíblemente habían dado en coincidir conmigo. En Combatientes de Malvinas, subió una exhuberante Lía Crucet y en Alvarez Thomas y Pampa se bajó Alfonsín con paso cansino y un gesto de inocultable preocupación. Cuando llegó mi turno de descender, toqué el timbre y miré al colectivero a través del espejo justo encima de su cabeza: para mi sorpresa, era nada menos que Daniel “Rolfi” Montenegro.
Me sorprendió ver al crack de Independiente bastante más fofo de lo normal, claramente falto de entrenamiento. Quizás Burruchaga había decidido separararlo del plantel, pero me resultaba extraño: el enganche del “Rojo” la estaba rompiendo últimamente y hasta lo habían convocado para entrenar con la Selección. En fin, llegó mi parada y el chofer me abrió la puerta con gran maestría. Qué jugador el “Rolfi”, por favor…

2.2.07

Retiro espiritual

Estación Retiro. El guarda suena el silbato y los últimos pasajeros se apuran para que la puerta no se les cierre en las narices. Nada mejor que tener un buen asiento contra la ventana, acodarse en el marco y mirar el afuera como si se tratara del comienzo de una película, es decir, con un claro afán soñador.
En mi cabeza, guitarra, sikus y voz me brindan una hermosa versión de “Ojos de cielo” y allá van los míos hacia el exterior. Cuando viajo en tren, un extraño optimismo me sopapea el alma. Puedo ver el mundo desenvolviéndose a mi costado y las ideas se me aclaran súbitamente. La vida que me rodea se devela con notable claridad y una especie de ridícula arbitrariedad que me resulta extrañamente graciosa.
Por momentos, todo lo que veo son muñequitos, autitos de metal yendo de acá para allá, movidos vaya a saber por qué influjos, abastecidos por misteriosas energías. Los pequeños vehículos se mueven por la autopista como en un scalectric, como si se tratara de una gran maqueta de la cual paradójicamente soy parte. Incluso el tren en el que viajo es como de juguete; no lo maneja un conductor sino un fanático modelista que puso en los asientos personajes de una época como la nuestra.
Pero después vuelvo al mundo “real”, a los colores cambiantes, la multiplicidad, el dinamismo de una ciudad que fluye. Las gentes son miles y puedo ver algunas de sus particularidades: los colegiales que pintan graffitis cerca de las vías, los murgueros que practican sus pasos en la placita, los enamorados que se besan casi en cualquier lado, los excluidos de siempre viviendo en lugares imposibles…
Es el despliegue de la vida con todas sus aristas: el sistema y aquello que lo mueve. Máquina y sangre. La maqueta se recubre de humanidad, los muñequitos comienzan a latir y uno baja del tren con una tremenda conciencia que se resume en una palabra: posibilidad.

29.12.06

Oído al pasar

Es muy gracioso cuando uno escucha fragmentos de conversaciones de otros, frases sueltas sin contexto que nos invitan a imaginar el resto o simplemente nos divierten por sí solas. Puede suceder cuando uno se cruza con dos o más que vienen conversando en la calle, o cuando compartimos viaje en el subte, colectivo, mientras estamos sentados en un bar, una plaza, en fin, en todo encuentro fugaz con un otro desconocido.
“A veces parece que te juntaras con cierta gente sólo para molestarme”, se escucha de la boca de un treintañero en claro reproche a su compañera, una rubia cuasi modelo hermosísima.
“Me atendió la morocha. Sí, sí, la que trabaja al lado de la rubia. Y no sabés cómo me miró…”, se jacta un cuarentón algo entrado en kilos mientras camina por Florida, celular en mano, en plena conversación con –muy posiblemente- un amigo del alma.
“Bueno, bueno, los mosquitos no son, pero si no son ellos son las moscas. Las moscas son las que viven un sólo día…”, es la digresión que una adolescente profiere hacia su también joven pareja, quien la mira con desconfianza, justo antes de cruzar el paso a nivel del Mitre en la calle Juramento.

27.11.06

Hace un año…

Hace un año, saltaba a más no poder. Después de mucho tiempo de escuchar sus discos una y otra vez, Pearl Jam llegaba a la Argentina y llenaba dos estadios de Ferro. Eddie Vedder, la voz de los muchachos de Seattle, le pedía perdón a los vecinos de Caballito, pero “esta noche no podemos bajar el volumen”.
Hace un año, cantaba y gritaba dentro de una masa de miles que se movían como uno. Después de cada tema sentía que el aire se me iba…, sentía muchas cosas hace un año.
“Hace un año, la humanidad perdió a un gran hombre: Johnny Ramone. Para un gran amigo, le dedicamos esta canción”, decía Eddie en honor al fundador de una de las bandas-símbolo del punk y empezaba a sonar una potente versión de la ramonera “I believe in miracles”.
Hace un año, mi humanidad también perdía a un gran hombre. Mientras cantaba y saltaba y el aire se me iba, también el oxígeno empezaba a abandonarlo a él.
Hace un año, casi al final del segundo recital, los Pearl Jam comenzaban a despedirse con “Alive”. En ese momento, mi viejo, el “Negro”, todavía respiraba, aunque cada vez menos. Y yo me sentía más vivo que nunca y no.
Hace un año, cuando el veintisiete de noviembre de dos mil cinco recién empezaba a despuntar, una parte de mi se iba y esta es –tan sólo- una manera de recordarlo.

25.11.06

Desmejorando levemente hacia la tarde

Vaya a saber uno por qué el ascensor invita a hablar del clima. Cuando dos o más se cruzan en uno de estos aparatejos, súbitamente parecen como atacados por un inexplicable ímpetu meteorológico.

Ufff qué calor, brrr qué frío, dicen que va a seguir así toda la semana…, va a llover hasta el lunes…, tiempo de locos…, cuándo va a refrescar…, lo que mata es la humedad…, este es el peor verano en años…, anuncian alerta meteorológico!!!!!

En el ascensor, el silencio es como una piedra en el zapato. Miramos los cambiantes numeritos de los pisos, tomamos la manija por anticipado, nos buscamos nerviosamente en el espejo, pero cuando ya nada queda por hacer, el clima se hace palabra para llenar el espacio de sonidos y eliminar la incomodidad.

No se conocen bien los motivos, pero para la comunicación liviana elegimos hablar de nubes, tormentas aisladas, cielos despejados y chaparrones que llegan por la tarde.

15.11.06

Hola y chau: punk not dead?

De luna de miel en Londres, Maquiolij conoció a su ídolo punk de la juventud. Coincidieron en una tienda de zapatos. Era el cantante de los Clash, nada menos que Joe Strummer. Charlaron un rato, se sacaron una foto. Un sueño hecho realidad para mi amigo.
Al otro día, leyó en un diario de la capital inglesa: Strummer había muerto. Con tan sólo 50 años, una cardiopatía congénita nunca detectada había acabado con su vida…
Mi amigo Maquiolij se estremeció: lo había conocido justo antes de su muerte. Tal vez albergue la última imagen en vida de aquel hombre al que tanto admiraba.

6.11.06

más humanidades

Hay pocas cosas que Diego disfrute tanto como escupir un chicle y calzarlo de volea antes que toque el piso, clavando el balón imaginario en algún arco improvisado de vereda.
Son muchos los que dicen disfrutar los viajes en tren, especialmente en época invernal, cuando el sol pega a través de la ventana y calienta sutilmente el cuerpo, generando una dulce modorra que invita a la siesta.
Laura y Ani son dos grandulonas que andan por los treinta, aunque de tanto en tanto se divierten esquivando las líneas de las baldosas como cuando eran chicas.
A veces, mientras camina por la calle, José fantasea con que alguien lo sigue. Creo que no soporta que exista tanta gente a su alrededor y nadie lo conozca.
Cada vez que el Negro pasa frente a un camión de mudanzas, entristece inexplicablemente.
Guillermo cree que hay pocas cosas más estimulantes que una mujer atándose el pelo. Cuando eso sucede, los brazos levantados realzan notoriamente las curvas y los pechos saludan al cielo. Mientras las manos siguen maniatando los cabellos, él ruega que aquella galleta no se resuelva jamás.
Al Beto le encanta revisar las viejas agendas de la adolescencia y llamar a alguna chica olvidada con un pretexto cualquiera. Le dice “el agendazo” y ha comprobado largamente su escasa efectividad.
Para Vicky no hay nada más grandioso, cuando de situaciones amorosas se trata, que aquel momento en el cual el hombre desliza sus dedos por debajo de los breteles de su corpiño, acariciándole los hombros al tiempo que corre las tiritas hacia un costado para develar toda la desnudez de sus senos.
Hace poco, Rueda descubrió que le encantan las verdulerías. Los colores de las frutas, verduras y hortalizas, el olor a tierra mezclado con la esencia de cada especie; todo le resulta extrañamente vivido y placentero, casi digno de optimismo.

4.10.06

¿Pertenecer?

En el colectivo suelen asaltarme todo tipo de ideas, fundamentalmente cuando no hay ninguna princesa que se lleve mis ojos y ensoñaciones a otra parte. Aquella tarde sólo había una rubia insulsa cerca del chofer y Pearl Jam cantaba “I’m open” en mi cerebro. Abierto. Llamando. No sabía cómo había comenzado, pero allí estaba sonando con toda la voz muda de mis entrañas, música y pensamiento a la vez.
Estaba abierto y llamando. Sí. Aunque no sabía bien a qué o quién. El bondi dobló en Scalabrini Ortiz, empujándome un poco más contra la ventana. A mi derecha, pude observar una iglesia con unas cúpulas como de ortodoxia rusa, o al menos eso pensé. Si conocieran mis ideas, me dije, allí difícilmente me aceptarían. Ni en ninguna otra iglesia, templo o casa de otros cultos.
Cuando algún amigo se casaba con ceremonia religiosa, solía recrudecer mi descreimiento para con aquella institución. Siempre fantaseaba con hacer arder sus monumentos con la mirada, pero por más que lo intentaba nada sucedía. “Las únicas iglesias que iluminan son las que arden”, había leído una vez en una pared de la ciudad. Terminaba soportando todo aquello con extrema compostura y mutismo, mientras mis amigos rezaban o pedían al Señor por los novios. A veces, cuando el cura estaba por terminar, me asaltaba un contradictorio terror a morir quemado, magnánimamente castigado por mi falta de fe. Afortunadamente, sobrevivía. Salía caminando como cualquier oveja del rebaño y saludaba a los novios, creo que en el atrio, aunque nunca supe muy bien qué era aquello.
Inmediatamente después de poner un pie en la calle, comencé a imaginar los distintos lugares que, además de las iglesias, podrían darme la espalda, todas aquellas instituciones que estarían ansiosas de rechazarme. Llegué a casa, saqué la guía telefónica y empecé a hojear el ancho tomo que va de la A a la K: organizaciones, asociaciones, sociedades, ligas, asambleas, confraternidades, grupos. La guía estaba llena de posibles nexos, lugares a los que la gente recurría para pertenecer. (¿Cómo se nucleaban mis compañeros de mundo? ¿Alrededor de qué fogatas se congregaban? ¿Con qué fines?).
Definitivamente, la gente estaba sola. Parece que algunos se habían dado por vencidos con los seres humanos y ahora intentaban entablar amistad con calles, avenidas, plazas, lagos y hasta seccionales de policía (¡Asociación Amigos de la Comisaría 23!).
Otros habían caído en tremendas confusiones, como aquellos de la Asociación Argentina de Caza y Conservacionismo o los grupos de solos y solas. Éste último era un caso bastante especial, pues un conjunto de solitarios es algo así como una paradoja de imposible resolución.
Pero, además, estaban los coleccionistas de armas y municiones, los que luchaban contra el flagelo de la pediculosis juvenil, los apostadores, accidentados, peatones, hijos no reconocidos, madres de familia, religiosos, ex alumnos, suicidas y hasta “criadores” de limusinas, entre otros.
En fin, había miles, incontables agrupaciones donde uno podía participar, sentirse bien, hacer algo en conjunto, experimentar la gracia de la interrelación humana. Ahí estaba, toda una diversísima gama de entidades que existían por aquella simple ansia de ser escuchado. De ser y pertenecer. Soy los oídos de los otros. Sus ojos que me miran. Sus bocas que me nombran. Se dirigen hacia mi. Esperan algo. Te doy tu ser, dame el mío, como en un gran mercado de la identidad.
Cerré la guía y apagué la luz. No podía dormir. Luego de varias vueltas en la cama, me decidí y volví a abrir los ojos. Fui hasta la heladera y me serví un poco de agua. Pude sentir como el líquido avanzaba sobre mis células, limpiando, llevándose las impurezas como en una publicidad de analgésico. Encendí la tele. Durante algo así como una hora me regocijé mirando a unos musculosos tristes que vendían aparatos, ex gordos que recomendaban pociones mágicas para quemar grasas, pseudo científicos que elogiaban revolucionarios productos de limpieza y mujeres-muñequitas de sonrisa dibujada que invitaban a blanquearse los dientes con algo que se parecía a esmalte de uñas. Glorioso. Esos segmentos eran, sin dudas, lo más divertido que podía verse en la caja boba.

16.9.06

humanidades

Cuando la Rusa no puede dormir, pone música y empieza a saltar en la cama hasta que se cansa tanto que se desploma sobre el colchón.
Silvia revisa todo antes de salir de la casa: la llave del gas, las canillas, las ventanas, la conexión a Internet. Vive con temor a olvidarse algo y provocar una pequeña catástrofe.
A veces Lucía se despierta en medio de la noche y se fija si su novio sigue respirando. Tiene medio que se le muera en la cama y dormir unas horas con una fiambre sin saberlo.
Cuando tiene que salir con alguna señorita, Iván se pone la camisa con motivos tipo “ta-te-ti”. Para él, es como la capa de Superman.
Al Negro le gusta dormirse viendo documentales, sobre todo los de animales marinos. Las imágenes de un azul oceánico surcado por focas, delfines, ballenas y cardúmenes de peces de todos los colores, le infunden una profunda sensación de paz.
Bishy es fanática de los búhos. En su casa tiene montones de figuras, cuadritos y postales de estos enigmáticos animalitos nocturnos. Claro, le encanta trasnochar. Sus ojos están siempre abiertos a pesar de la oscuridad que la rodea.
Cuando no quieren ver más a algún muchacho, las amigas de Verónica ponen en el freezer un papelito con el nombre del indeseable.
Daniel no puede dejar de cerrar siempre la cortina del baño y las puertas de los roperos. Cree que así impedirá que salgan los malignos seres que habitan en su interior.
Juan Cruz camina siempre mirando al piso porque le gusta coleccionar fotos viejas, cartas y hasta videos que a veces quedan tirados en alguna vereda.
Un día Lorena sacó la basura, pero cuando se acordó ya estaba en el colectivo…. y con la bolsa todavía en la mano.
Cada vez que Darío tiene que tomar una decisión importante, lo resuelve tratando de embocar un bollo de papel en el cesto de basura. Al mejor de tres, no, al mejor de 5, y así hasta que la suerte y la voluntad se ponen de acuerdo.
Cuando ve a alguien que va sonriendo solo por la calle, el Rueda se contagia enseguida y empieza a reir también.

6.9.06

Sueños post butaca

Una noche salí del cine con una extraña sensación: mi vida era una película. Estaba lleno de cámaras a través de las cuales podía mirar desde afuera de mi propio ser.
Llovía pesadamente sobre Rivadavia. Era un tipo triste que caminaba apenas cubriéndose de las gotas. Llevaba sobretodo azul, jeans y zapatos negros. De mi hombro colgaba un bolso también negro. Llevaba las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Unos linyeras acomodaban sus colchones debajo del techo de un teatro. Era el protagonista de mi vida y pensaba “tengo sueños” y me decía “tengo que cambiar esto” y me repetía “esto no es lo que quiero” y “no quiero que la vida se me pase entre cuentas a pagar y un laburo para sobrevivir”.
Era el muchacho del sobretodo azul. La cámara me tomaba desde atrás. Plano general. Seguía caminando por Hipólito Irigoyen. Llegaba a la parada del 86, justo enfrente del Edificio Barolo. Hermoso. Miraba hacia su torre central. Mis ojos eran la cámara. Me gustaba mi película de muchacho melancólico que pensaba en un futuro distinto. Llovía más que antes. Podía ver las incontables aguas brillando gracias a las luces que colgaban sobre la calle. Abajo, unas cartoneras se cubrían bajo un techito tratando de acomodar las cosas que habían juntado. Una de ellas tomaba unos retazos de cartón e iba hasta un charco formado por las imperfecciones de la vereda. Los mojaba ahí y luego hacía lo mismo al costado del cordón, en el pequeño caudal que fluía hacia los sumideros.
A mi lado, un taxista revolvía el baúl de su coche como buscando algo. Nuevamente levantaba la vista hacia la imponente torre del Barolo. Me sentía genuino, como si me pudiese percibir mejor que antes. Era uno de esos momentos donde vemos las cosas con claridad, donde podemos apreciar sin demasiadas barreras el porqué de nosotros mismos. Como si, extrañamente, ficcionalizáramos nuestra vida para correr el velo de la realidad. Era más que un actor. También era el director y podía leer mi guión: tachar esto, agregar lo otro, contentarme con algunos párrafos.
El tachero interrumpía mis pensamientos, llegando desde atrás. Me pedía que leyera el voltaje de unos fusibles que tenía que colocar en su auto. Se le había quemado una luz o algo así. Trataba, pero los números eran realmente pequeños y estaba sin mis lentes. Mi mirada joven había comenzado a deteriorarse. Se los devolvía, justo estaba llegando el colectivo. La sensación de realidad comenzaba a asaltarme. Sacaba boleto y caminaba hacia el fondo. Me desplomaba en un asiento. La lluvia sobre las sucias ventanas del bondi no me dejaba ver bien el exterior. Sólo cuando cruzábamos la 9 de julio, llegaba a divisar el Obelisco, allá donde cruza Corrientes. Primer plano para el protagonista que apoyaba su cabeza contra el vidrio empañado. Era el muchacho de sobretodo azul y tenía la mirada perdida. Cerraba los ojos. Mi nombre inundaba los créditos.

26.8.06

Abrapalabra

El 21 de septiembre del año pasado dejé sobre el banco de una plaza un ejemplar del libro “Primavera con una esquina rota”, de Mario Benedetti. Simplemente solté aquella novela del escritor uruguayo, la abandoné ahí para que cualquiera pudiera agarrarla y zambullirse entre sus páginas. Algunos me dijeron para qué, si total va a terminar en manos de cartoneros que lo venderán como papel. Y yo pensé quién sabe; tal vez sí, tal vez no. Quizás ni siquiera importaba demasiado, pues al fin y al cabo, de una u otra manera, se convertiría en vital alimento para alguien. Por supuesto, nunca volví a saber nada de aquella pequeña edición de bolsillo.
No era una idea mía, aunque bien me hubiese gustado que lo fuera. Lo hice dentro de una iniciativa fomentada por la Organización Mejicana Letras Voladoras, que propone algo así como una fuga de libros en la ciudad. Es decir, desprenderse de un libro y dejarlo en un lugar público para que alguien desconocido lo encuentre y lo lea. Puede ser en el asiento de un colectivo, la mesa de un bar, el banco de una plaza, el cordón de la vereda, el probador de un local de ropa, donde a uno se le ocurra. ¿No sería genial, por ejemplo, intercalar un libro entre varios productos en una góndola de supermercado y ver qué pasa?
Se recomienda que en la primera hoja se aclare que ese ejemplar pertenece al movimiento “Libro Libre”, que está ahí para quien lo encuentre y asimismo debe volver a ser liberado luego de su lectura. Se trata de poner a circular la palabra, crear una red anónima de libros móviles que se van ofreciendo una y otra vez a miles de ojos diferentes. Una fuga destinada a provocar encuentros, construir nuevos puentes para el conocimiento y la emoción, que no siempre van por caminos opuestos.
Este 21 de septiembre la propuesta se repite y volveré a soltar un libro. Ojalá seamos muchos los que lo hagamos, pues cada desprendimiento provocará su encuentro correspondiente. Creo que hay pocas cosas más motivantes que la posibilidad de generar descubrimientos.

12.8.06

Yo te conozco

Recuerdo aquella vez cuando, saliendo de la facultad, saludé a un pibe que no tenía la más remota idea quién era. O sea, me acerqué convencido de conocerlo y una vez allí no supe qué carajo estaba haciendo. Llegamos a entablar una pequeña charla-comodín, uno de esos intercambios que se pueden sostener con cualquiera, incluso si ese otro es un desconocido: Qué hacés, negro, cómo andas?, Bien, todo bien, y vos?, Bien, todo en orden?, Bien, ahí andamos, Chau, nos vemos, Chau.

Perplejo, seguí caminando hacia la parada del bondi. Rapidamente entré en un estado de absorción total, de completa compenetración, obligado por aquella adivinanza que se había planteado en mi cabeza. Comencé a dedicarme de lleno a una Revisión Histórica de las Instituciones y los Momentos Vividos en torno a ellas. Al pibe ese lo conocía –me dije- y además tenía la sensación que era flor de chabón, un tipo con grandes intenciones, afable y compañero. Solamente tenía una pregunta: ¿quién demonios era?

Me lo había cruzado a la salida de la facultad, pero tenía la certeza que no había sido compañero en ninguna de las quince materias que había cursado como estudiante de Comunicación. Proseguí, entonces, con las otras opciones. Laburaba en la fotocopiadora del Centro de Estudiantes. No. En el kiosco del segundo piso, frente al aula 201, con el ciego. No. En el bar del primer piso, con la mina del vaso de Pepsi y Jorgito a un peso. No. En la fotocopiadora frente a las escaleras o en la que estaba a la vuelta, sobre la calle Franklin, con los espirales de plástico atrapados en redes estilo medio-mundo colgadas del techo. Tampoco. Operador de radio en el estudio del tercer piso. No, ese era gordo también, pero distinto y más cabrón. Docente tampoco era: no tenía imágenes del pibe impartiendo conocimiento, ni siquiera postales secundarias de ayudante tímido y primerizo. En el estudio de TV, pulsando botoncitos y moviendo palancas tipo nave de Buck Rogers en el siglo XXV. No, ni a palos. Tal vez trabajaba en las cabinas telefónicas de la planta baja, siempre quedándose con los 3 centavos de diferencia entre los 0,22 del pulso y los 0,25 que le pagabas. No, éste definitivamente era buen tipo. Más que bueno: ¡era un verdadero fenómeno!. Vendedor de bastones de jamón y queso en la entrada de la calle Ramos. No, vendedora había una sola, una rica piba siempre con su hija en brazos.

Continué así un rato con la requisa por los documentales de mi memoria, pero al final sólo pude extraer una conclusión nítida: la facultad estaba llena de personajes y aunque no pensara en ellos todos los días, a la mayoría los conocía. O sea, podía recordarlos. De alguna manera, ya eran parte de las fotos que habitaban la repisa de mi vida, participantes de un mundo subterráneo pero latente, oscuro pero siempre presente, enérgico en su disimulo.

Casi sin darnos cuenta, todo el tiempo estamos construyendo lazos con los otros. Comprás diez caramelos Billiken y la viejita del kiosco ya es parte de tu historia. Para siempre, su cara, pero más que nada el roce de su mano arrugada cuando le diste las monedas, se imprime en una parte tuya, en tu cuerpo. Allí donde transitamos hay una relación, un intercambio minúsculo al que no somos ajenos, aunque por cierto tiempo así permanezcamos.

En la ciudad, miles de caras anónimas pasan todos los días frente a nuestros ojos. Algunas se repiten, como las de aquellos que comparten nuestro mismo tren, subte o colectivo, o las de la gente del barrio que vemos en el supermercado, la ferretería, el lave-rap. Rostros de “nadies” que se nos van haciendo familiares y que –inconscientemente- pasan a formar parte de nuestras vidas.

4.8.06

Noche de jazz (y mucho más)

Medianoche de jazz en el primer piso de la Librería Gandhi. Nos acomodamos en una mesa cerca del escenario, para estar cerca del trío voz-guitarra-bajo. Sin embargo, la primera gran función nos llega de la boca de Edy, el presentador, algo así como el “Johnny Allon” de Avenida Corrientes. Sin dudas se trata de un artista frustrado, alguien que tiene adoración por las tablas y que piensa aprovechar al máximo sus segundos de fama. Que se hacen minutos, la verdad. Edy la emprende con una serie de agradecimientos y luego explicaciones interminables que hablan de un músico varado en Brasil por un paro de Varig porque esto pasa en todos lados y en vez de llegar a tal hora llegará a tal otra y era alguien que esperábamos para esta noche y que entonces les voy a firmar un autógrafo para que vengan el sábado que viene y que soy bueno y les doy un 30% descuento y.
Por fin, Edy se baja entre aplausos que jamás olvidará y llega la música. Una joven voz femenina va recorriendo dulcemente algunos jazzes y bossas, acompañada por un guitarrista de dedos velocísimos, eléctricos como su instrumento, y un bajista algo más añejo del cual llegamos a escuchar hasta el sonido del rasgeo de sus dedos contra las cuerdas. Siempre he sentido una especial simpatía por los bajistas. Suelen ser tipos tranquilos, con pocas pretensiones de estrellato, que van marcando el indispensable ritmo mientras mueven su cabeza atrás y adelante casi en forma gallinácea. Tal vez sea el perfil bajo de los que tocan el ídem lo que los hace especialmente queribles.
En el intervalo, otra vez aparece Edy para continuar con su espectáculo paralelo. Vuelve a la carga con rídiculas explicaciones sobre el difícil arte del despegar de los aviones y una fabulosa teoría del silencio que a todos nos deja pasmados, mientras su voz se estremece entre furcios (“estoy encontado”), agudas patinadas y quiebres de voz, como si se tratara de un nervioso adolescente. A esta altura, creemos que ya lo hemos visto todo, pero la noche aún nos tiene deparada otra sorpresa.
Los músicos entran para el último segmento de la noche. Vuelven los jazzes y alguna que otra tierna bossa nova, mientras se anuncia para el final la flamante intervención de Rubén, una especie de gurú del jazz, un tipo que hace escuela, algo así como un adelantado del género. Rubén tiene un aspecto descuidado y una cabellera estilo profesor Locovich; algunos lo comparan acertadamente con el gran Diego Capusotto. Nos han dicho que le dará a los teclados, pero el hombre se acerca lentamente al escenario sólo munido de una enigmática cajita.
Y empieza otro show. Algo así como el bonus track de la noche. El gurú Rubén empieza a moverse como poseído por el mismísimo Belcebú y a sacar todo tipo de cosas de su Caja de Pandora, incluido un pianito como de juguete que funciona a viento. Parece que le hubiesen adelantado el regalo del Día del Niño y no pudiese esperar para estrenarlo. Rubén sopla y sopla, pero todo lo que sale es una melodía realmente descoordinada que poco tiene que ver con lo que está pasando sobre el escenario. De todas maneras, lo que más llama la atención es la “música” que hace con su boca. Como una especie de Mc Phantom jazzero, Rubén insiste en proferir una amplia gama de extraños sonidos que van desde agonizantes suspiros hasta altísimas vocalizaciones ininteligibles. En un momento, puede verse como coloca el micrófono pegado a su garganta, intentando que un imperceptibe rasqueteo interior trascienda por los parlantes hacia nuestros oídos. Pero nada llega, claro.
El público (o parte de él) pide bis y luego sí llega el final. Algunos gritan bravo, maestro, y el gurú saluda agradecido. Edy parece entusiasmado también y se acerca a saludar a los músicos. Es hora de partir. Ponemos un pie sobre Corrientes y el frío nos da una cachetada que eclipsa todo menos las sonrisas. Extraña noche de jazz (y mucho más).

21.7.06

Día del Amigo

Las casillas rebosan de mails, miles de llamados hacen que el sistema de telefonía celular colapse, por la tarde las calles se llenan de gente que se reúne, va de un lado para el otro, inundan restaurantes, bares, cafés, confiterías. No queda un lugar para sentarse. Todo está reservado. Difícil, también, conseguir un taxi. Es el “Día del Amigo”.
¿Qué es toda esta movilización de gente?. ¿Qué les sucede a estos espíritus inquietos que se acaban de levantar del letargo cotidiano y ahora corren, rugen, ríen, se animan y conversan?. ¿Qué es, en definitiva, toda esta histeria colectiva, esta locura de seres que pasan de un extremo al otro?. Sí, del aislamiento al contacto impulsivo. De las vidas sin tiempo y sin amor, a la reunión obligada e indeclinable con la gente querida. ¿Qué es esta necesidad aterradora de comunicarse, de estar con el otro, sentirlo, hablarle, mirarlo?. ¿Será que el resto del año vivimos incomunicados, demasiado lejos, muy metidos cada uno dentro de sí mismo?.
Vidas aburridas, siempre-iguales, solitarias. El ritmo frenético y las interminables horas de trabajo nos alejan de los otros, nos obligan a vidas individuales. Y después la tonta (y comercial) explicitación de un día destinado a festejar la amistad. Y ahí vamos todos, parece que nos dieran pasaporte para visitar los países prohibidos, para darle rienda suelta a un sentimiento escondido, tapado, pujando por salir. Y lo soltamos. Es una pulsión irrefrenable que quiere el contacto con el otro. Explotan los sentidos (pero de verdad, no por una llamada del celular o una foto que me mandan y aparece en la pantallita). Lástima que se termine.
¿Por qué los otros días no sucede?. ¿Por qué nunca hay tiempo o ganas o plata?. ¿Por qué esperamos una suerte de absurda “oficialización” barata y arbitraria, para festejar la amistad y darle un lugar privilegiado a los afectos?. ¿Por qué, todos los días, nos dejamos vencer por la cotidianeidad?.

10.7.06

Transformaciones

Título del cuadro: "Desdoblados" / Autora: Laura Zaffore
Las ciudades cambian. También su gente. A grandes velocidades, se modifican las construcciones, el mobiliario urbano, los trabajos, las vestimentas, el lenguaje, las costumbres, la cultura toda.
Ayer pasé frente a la que debe ser la última pista de patinaje sobre hielo de Buenos Aires, la que está frente al túnel de Carranza. Recuerdo aquella época de tremendos golpazos, pies dolorosos y rojas ampollas, cuando era común que algún compañero de la escuela festejara su cumpleaños sobre la fría y deslizante superficie. Queriendo impresionar a las chicas, soñando con patinar de la mano de alguna bella compañerita, como en esas películas norteamericanas donde el romance comienza en una solitaria pista de hielo.
También se están extinguiendo los teléfonos públicos. Se trata, en realidad, de un fratricidio. Los teléfonos celulares están matando a sus hermanos mayores. Aún permanecen en sus lugares de siempre, pero su aspecto moribundo de opaca dejadez crece al ritmo del consumo de los móviles y la proliferación de los locutorios, muchos de los cuales incluyen Internet. Los más pobres ya ni se acercan para revisar si alguna moneda ha quedado olvidada en las entrañas de estos viejos señores de las comunicaciones que se secan un poco más cada día.
Otros se han adaptado a estos tiempos de “más es mejor”. Los kioscos se hicieron maxi; los mercados, súper y hasta híper; los gimnasios, mega. Las grandes cadenas no sólo coparon el rubro alimenticio, también inundaron el mercado de los discos, libros, películas y hasta medicamentos, aunque las “ciudades – farmacia” vendan mucho más que artículos destinados a presevar la salud. El “videoclub” todavía existe, aunque muchos hemos olvidado esa palabra y la hemos reemplazado por el término extranjero “blockbuster”, que suele utilizarse para designar grandes superproducciones y éxitos de taquilla (aunque durante la Segunda Guerra se denominaba así a las bombas capaces de destruir manzanas enteras).
Claro, la palabra también ha sufrido sus transformaciones. Se trata de cambios sutiles, pequeñas modificaciones diarias que se nos pasan por alto y rápidamente llegamos a naturalizar. Esto es lo que las hace especialmente poderosas. Por ejemplo, las diferentes maneras de designar lo bueno. Cuando tenía trece, si consideraba algo especialmente positivo, decía que estaba “re copado”; aproximadamente a los dieciocho, inmerso en un extraño interés por la física, empecé a decir que era “una masa”; y a los veinticinco reemplacé la expresión por un “está re grosso”. Pero los pibes ahora se fueron para arriba, así que cuando algo les gusta mucho, prefieren referirse a una “alta” fiesta, película, mina, banda o lo que sea.
Cambiaron, obviamente, los autos que circulan (¿dónde están los Peugeot 505 o las cupé Fuego, otrora vehículos de lujo?), los colectivos (cada vez quedan menos Mercedes 1114) y hace poco se inauguraron los primeros trenes de dos pisos, aunque la mayor parte de los transportes ferroviarios siguen cayéndose a pedazos. Los subtes no cambiaron tanto, a pesar que últimamente se hayan agregado un par de estaciones. Increíblemente, siguen funcionando algunas formaciones de madera en la línea A, esas cuya estructura se mueve como una casita hecha con naipes españoles.
Nacieron barrios enteros, se sofisticaron otros gracias a la inventiva de algún genio inmobiliario, mientras otros se siguen dejando en el olvido o se continúa pensando eliminar. La Avenida 9 de julio cambió de cara –y ancho- mil veces, algunas calles se cerraron por heridas que no cierran, otras cambiaron de sentido y algunas hasta de nombre, ya sea formal o informalmente. Pero de esto último ya hemos hablado, así como del glorioso Italpark o la invasión de rejas que cada vez nos encierran más. Además, el asfalto le gana todos los días partidas al empedrado, la expendedora automática de boletos ya reemplazó al brazo derecho del colectivero y hemos asistido a una notoria pérdida de popularidad de los barriletes, las calesitas, los cassettes, los afiladores (y sus simpáticos silbatos), los vendedores de pirulines, los zapateros, los skaters, los buzones y hasta los médicos de cabecera.
En el campo de la moda, los jopos dejaron lugar a los desmechados, el pelo largo al parado con gel y claritos, los jeans ajustados y hasta elastizados a los “cintura baja” holgados o directamente “cagados”, las botas tejanas y los náuticos conchetos a los más variados y pintorescos modelos de zapatillas, las camisas polo a las remeras con inscripciones futbolísticas en italiano, y afortunadamente avanzamos hacia la erradicación de los cinturones con las iniciales del portador.
Por eso, aunque creamos que todos los días son iguales, que ya conocemos cada rincón de la ciudad y los hábitos de su gente, estos no dejan de cambiar. Tal vez hayamos perdido la capacidad de sorpresa, pero todo a nuestro lado está en movimiento, envuelto en un incesante dinamismo que cotidianamente le hace una burla a nuestra velada percepción.

5.7.06

Plataforma / Plataforma

Viajo en colectivo, en uno de los asientos de atrás de todo. Al lado mío se sienta un pibe como de mi edad. Abre la mochila. Va a sacar un libro. No sé por qué pero me imagino que va a sacar Plataforma, de Michel Houellebecq, uno que tengo pero que aún no leí. El pibe saca en su mano Plataforma, de Michel Houellebecq. Me parece increíble el cruce entre mi proyección mental y su realidad de carne, hueso y hojas encuadernadas de tenue tapa amarilla. Me preguntó cuál será mi cara en ese momento, si se me nota o no la sorpresa. Por dentro, voy a mil con las ideas. Me fijo en la página en que ha abierto el libro. Es la 29. Tal vez haya algo importante allí para mí.
Cuando llego a casa, tomo el libro Plataforma, de Michel Houellebecq, ese que me regalaron hace un tiempo y aún no he leído. Lo abro en su página 29:
“no eran muy fuertes. Una vez deducidos los impuestos, me quedaban unos tres millones de francos. Lo que representaba, poco más o menos, quince veces mi salario anual. Y lo mismo que un obrero cualificado podía ganar, en Europa Occidental, en el transcurso de toda su vida laboral; no estaba tan mal. Para empezar, ya era algo; podía intentar salir de apuros.
Seguro que al cabo de unas semanas iba a recibir una carta del banco. El tren se acercaba a Bayeux; ya me podía imaginar el desarrollo de la conversación. El profesional de mi sucursal habría visto un importante saldo positivo en mi cuenta y querría hablar conmigo; ¿quién no necesita, en un momento u otro de su vida, un asesor financiero? Yo, un poco desconfiado, me inclinaría por las opciones seguras; él acogería esta reacción –tan frecuente- con una ligera sonrisa. La mayoría de los inversores novatos, como él tenía comprobado, prefieren la seguridad al rendimiento; sus colegas y él bromeaban a menudo sobre el tema. No le gustaría que yo le malinterpretara, pero en materia de gestión del patrimonio, algunas personas adultas se comportan como perfectos principiantes. Por su parte, a él le gustaría que considerase una posibilidad distinta, dándome, por supuesto, tiempo para reflexionar. ¿Por qué no invertir dos tercios de mi patrimonio en un valor sin sorpresas, pero de poco rendimiento ¿Y por qué no dedicar el último tercio a una inversión un poco más aventurada, pero con verdaderas posibilidades de revalorización? Yo sabía que, tras unos cuantos días de reflexión, cedería a sus argumentos. Él pensaría que mi adhesión confirmaba su iniciativa, prepararía los documentos con la vivacidad propia del entusiasmo y nuestro apretón de manos, al separarnos, sería abiertamente caluroso.
Yo vivía en un país marcado por un socialismo sosegado, donde la posesión de bienes materiales estaba garantizada por una legislación estricta, donde el sistema bancario estaba”
Esto es todo lo que se lee en aquella página 29. No sé muy bien qué debería interpretar de todo ello. Tal vez debiera hacer un análisis minucioso de cada palabra, cada construcción, tantos significados y figuras ocultas alrededor de estos pocos párrafos. O quizás lo mejor sea olvidar toda esta payasada en la que me metí impulsado por una simple ¿coincidencia?.

23.6.06

Bostezos perros

No hay mejor bostezo que el del perro
las patas estiradas hacia adelante
el hocico que quiere meterse en el suelo
el lomo como un tobogán peludo
una boca que se abre de vértice a vértice

Nunca hubo un cansancio que se mueva tanto
un agite que dé tanto sueño

8.6.06

Las filas

Hace un tiempo, un amigo que es originario del interior del país (¿y cuál es el exterior?), me manifestó su incredulidad ante una práctica muy común que veía repetirse en los porteños: su inexplicable afán de participar en largas filas. Para pedir la comida, realizar trámites bancarios, sacar una tarjeta de subte, un boleto de tren, una entrada para el cine, para comprar en el supermercado, tomar un acensor, entrar a un boliche y hasta ir al baño. Nos pasamos haciendo “colas” (por favor, obviar los chistes fáciles), alineando nuestro cuerpo detrás de otros, a veces dispuestos a esperar lo que sea con tal de cumplir nuestro objetivo. Según la teoría de mi amigo, hay cierto goce en esta actividad, una especie de fanatismo por la espera. Tal vez se trate de una exageración, pero es seguro que las filas se han convertido en situaciones importantes en nuestra vida urbana, nuevos lugares de encuentro y socialización con los otros.
Muchas veces, haciendo una fila, la gente participa de discusiones y peleas por un lugar que hasta pueden llegar a incluir empujones y golpes de puño, pero en general reina la solidaridad y, en algunas ocasiones, hasta nace el amor (como Charola y Ber, en la cola del último censo de la facultad). Y es que aquellos que participan en una fila suelen experimentar una extraña comunión, como si tener que compartir la desgracia de una tediosa espera, generara una pasajera identificación y la posibilidad de tender un puente hacia el otro.
La conversación puede surgir en cualquier instante, a raíz de un comentario cualquiera como “me cuidás el lugar?”, “parece que se les cayó el sistema otra vez”, “vio qué caros están los tomates”, “…uy, qué lenta es esta chica!”, “es la quinta vez que vengo” y tantos otros. Frases de lo más triviales todas ellas, pero que pueden dar inicio a diálogos más duraderos que a veces pueden trascender los límites de las hileras cotidianas y forjar relaciones más profundas.
Por supuesto, también están aquellos que no quieren saber nada con eso de andar intercambiando palabras con desconocidos. Son los que, cuando se les hace algún comentario, esbozan una sonrisa falsa, dicen a todo que “sí”, suspiran algún “qué va’ ser”, o directamente miran hacia otro lado impacientemente.
Pero no hay dudas que las filas pueden ser consideradas casi como nuevas “instituciones”, grupos de pertenencia pasajeros, situaciones sociales cotidianas donde la gente se identifica e interactúa con sus pares.
Los que quieran saber más, que hagan fila…

26.5.06

Juegos (¿?) de guerra

Miro a un pibito que va por la calle, de la mano de su vieja. Lleva un hacha gigante de plástico en una mano.
Recuerdo aquella vez que mi viejo nos prohibió a mi hermano y a mi ir a los “juegos de guerra” con el resto de nuestros amigos. “Paint-ball”, también le decían y consistía en armar dos bandos o ejércitos que se enfrentaban en un campo especialmente armado y se cagaban a tiros con balas de pintura. El escenario recreaba un campo de entrenamiento militar: fardos de pasto para esconderse, un viejo ómnibus quemado, un pequeño arroyo cruzado por un puente, todo en un marco de espesa vegetación.
En realidad, mi viejo no nos prohibió que fuéramos, pero sí fue terminante en cuanto a que no participáramos de aquel entretenimiento. Por supuesto, tuvimos que comernos todo tipo de cargadas. Nuestro papá aparecía ante los ojos de todos como un monstruo retrógrado, alguien que magnificaba un evento más bien simple e inofensivo, un dinosaurio que había tenido una actitud incomprensible. Creo que, en ese momento, nosotros también participamos de alguna de estas teorías, pero a pesar de ello respetamos su decisión. Es decir, fuimos y miramos como nuestros amigos jugaban. Unos manchaban a otros con pintura roja y estos les devolvían balazos azules, que quedaban marcados como aureolas en la ropa o en la mascarilla que llevaban en el rostro. Pura ficción, como en las películas o en la tele. Guerra, pero de mentiritas. Nadie moría ni sufría, nadie sangraba realmente.
Mirando al pibe con el hacha de plástico, entonces, pensé en esta historia de mi vida preadolescente. Ahora creo saber lo que nos quiso decir nuestro viejo; el mensaje fue claro: la guerra no es un juego. Las balas matan gente y la pintura, en realidad, no es más que sangre, siempre roja ésta.
Debo reconocer, con alivio, que nuestros amigos no se han convertido en asesinos ni matones o fanáticos de la muerte en busca de sangre fresca. Pero nosotros recibimos un significado que aún resuena dentro de nuestras cabezas: no se puede jugar con todo, no se pueden banalizar ciertos temas.
Gracias, viejo.

13.5.06

La plaza de los discutidores

En Zapiola y Echeverría hay una plaza bastante nueva. Unas vías muertas la separan de la Estación Belgrano “R”, donde las vías “vivas” laten al son de los vagones que las desandan todos los días. Un par de caminos de adoquines la cruzan y se juntan justo en el centro, formando dos círculos perimetralmente flanqueados por hileras de bancos. Viejos árboles se agitan junto a alguna espigada palmera y a una bandera argentina que flamea en lo más alto de un mástil. Antes había un vivero en el lugar, pero ahora ya no está más. No parece mal que después de un vivero venga una plaza. Al fin y al cabo, son como parientes lejanos: más cerrados, un poco más abiertos, pero familiares al fin.
En aquella plaza que está junto a las vías del tren, todas las parejas se sientan a discutir. Algunos vienen desde lejos, especialmente a pelearse en alguno de aquellos bancos que rodean los adoquines. Otros quizás llegan alegres, juntos y enamorados, pero luego de un rato a la sombra de alguno de sus grandes árboles, comienzan a enfrentarse por cualquier cosa y jamás logran ponerse de acuerdo. Es un fenómeno muy extraño, es cierto, pero lo he presenciado miles de veces, pues es una plaza que particularmente me sienta bien, especialmente cuando voy solo.
Ayer mismo presencié una ruptura, cuando volvía del supermercado con varias bolsas colgando de mis brazos. Ya era plena noche, pero las puertas de reja aún no estaban cerradas. Mientras pasaba por la vereda de en frente, comencé a escuchar tremendos gritos que venían desde adentro. Una adolescente le hacía aireados reclamos a su noviecito, al parecer por una reciente traición. Seguí mi camino presuroso, pues ya conocía el triste desenlace de aquella historia.
Dicen que si una pareja sobrevive a la plaza de los discutidores ya no se separa jamás, que si logran besarse en uno de sus bancos o acostados en el césped, querrá decir que han sido hechos el uno para el otro. Pero yo no conozco a nadie que lo haya logrado.
A las jóvenes parejas les recomiendo mantenerse alejados de la plaza de los discutidores, al menos hasta encontrar la plaza de la reconciliación. Y también les pido algo: que cuando la encuentren, me avisen, por favor.

9.5.06

Recorrido por la ESMA (Escuela de la Memoria Argentina)

Me bajo del “15” y enfilo hacia el portón de Avenida Libertador. Voy a conocer una parte de esa historia con la que nací (soy del ’76), pero de la que no tengo vivencias ni recuerdos; pienso en los amigos y conocidos que la vivieron y sufrieron intensamente. Ingreso a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), sin dudas el mayor emblema de los años de plomo de la dictadura militar 1976 – 1983, la más terrible y sangrienta que la Argentina haya tenido jamás. Por ese mismo portón que traspaso, entraban a toda velocidad los autos que transportaban a los detenidos-desaparecidos, indicando previamente mediante alguna señal su llegada para no tener que detenerse. Voy al encuentro de unos amigos y luego de escuchar las explicaciones de la guía, caminamos a lo largo de la calle interna que también homenajea al héroe de la patria, la que pasa frente al edificio de las cuatro columnas, el más conocido de todos, el que lleva la inscripción “Escuela de Mecánica de la Armada”; seguimos entonces el camino que los automóviles transitaban a toda velocidad hasta el Casino de Oficiales, allí donde se estima pasaron más de 5.300 detenidos-desaparecidos (y sobrevivieron sólo unos 200).
Ese edificio concentraba gran parte del accionar represivo de la dictadura. En la parte de atrás, estacionaban los vehículos que traían a los detenidos, que inmediatamente eran bajados al sótano, donde permanecían entre dos y tres días hasta que se decidía su destino. Allí en algún momento funcionaron salas de torturas, una enfermería y hasta un espacio conocido como la “Huevera”, insonorizado con cajas para huevos y desde donde se elaboraba parte de la propaganda militar. El pasillo central que llevaba a las salas de tortura era designado irónicamente como “La Felicidad”. El sótano fue un lugar especialmente significativo, puesto que desde allí muchos secuestrados fueron trasladados a su destino final. Claro que “traslado” en realidad quería decir “vuelo de la muerte”. Cuestiones de semántica.
Se nos explica que tanto el sótano como otros espacios, así como algunas escaleras y un ascensor sufrieron muchas modificaciones con motivo de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, para ocultar lo que allí sucedía. Muchos años y cambios edilicios han pasado, por lo que es difícil imaginarse las condiciones reales de detención de los que hasta allí llegaban. Sin embargo, cuando uno sube al tercer piso y entra al sector conocido como “Capucha”, algo de encierro y oscuridad se cuela por los ojos y todos los poros de nuestro cuerpo. Allí los prisioneros permanecían acostados en pequeños nichos separados con paneles de aglomerado entre las vigas metálicas, encapuchados, esposados y hasta con grilletes. Su alimento consistía en mate y un trozo de pan, a veces un “sandwich naval” (pan y carne). Pocas veces podían ir al baño (hacían sus necesidades en un balde que solían compartir) y se bañaban una vez cada quince días. Subiendo un poco más se llega a un altillo que lleva el nombre de “Capuchita”, así en diminutivo, porque es más chico que su antecesor. Este lugar estaba reservado para los detenidos pertenecientes a la Fuerza Aérea o aquellos que por falta de espacio no entraban en “Capucha”. Los más afortunados pasaban el día en “Pecera”, también en el tercer piso, donde había oficinas y se hacía trabajar a los detenidos, confeccionando documentos falsos, inventariando y fichando libros, tipeando a máquina.
Otra vez afuera, una de las cosas que más me llama la atención de la actual ESMA es un blanco muro metálico que serpentea entre los aproximadamente 35 edificios que coexisten en las 17 hectáreas de terreno que pertenecían a la Armada. Sí, digo bien, “pertenecían”. Ahora una parte ha pasado a manos de un ente bipartito compuesto por los gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires y de la Nación, y que cuenta con la activa participación de algunos organismos de derechos humanos con los cuales se consensúan los pasos a seguir y todo lo que se hace en aquella porción del predio ganada a las fuerzas. El reclamo legal incluye la totalidad de esas 17 hectáreas, pero hasta el momento sólo se ha recuperado una parte y en los otros edificios siguen funcionando las escuelas de la Armada. Por eso el muro metálico que me deja atónito y que separa los dos territorios: el de los marinos y el ganado por los organismos de derechos humanos. Como en tantos otros espacios de nuestra sociedad, allí donde existe una diferencia, rápidamente crece una reja.
Hoy en día se está discutiendo cuál es el mejor destino para el predio de la ESMA. Pienso en las cuatro palabras que dan sentido a esa sigla tan identificada con el terror. Me quedo con la primera. Que sea una “Escuela”, pero no de Mecánica, mucho menos de la Armada. Tampoco una escuela de las que todos conocemos, es decir, una institución donde los chicos aprenden algunas cuestiones que se suponen elementales. Mejor dicho, no sólo eso. Es decir, que sea una escuela de la que todos podamos aprender. Una escuela que enseñe no tanto a memorizar, sino más bien a tener memoria. Una Escuela de la Memoria Argentina.

29.4.06

Leyendo al que lee

En el subte, en el bondi o en el tren, en las plazas, los bares y los cafés también, hay gente que disfruta muchísimo indagando en las lecturas ajenas y tejiendo las más disparatadas hipótesis acerca del supuesto carácter que en consecuencia puede adjudicarse al ocasional lector. Yo soy uno de ellos.
Los oficinistas (administrativos, técnicos, profesionales, ejecutivos), tanto hombres como mujeres, que van hacia el centro, fundamentalmente aquellos que viajan en subte, tienen una clara afición a los best-sellers. Son aquellos que ante todo buscan textos de fàcil lectura para hacer menos tediosas las horas de viaje hacia el centro. Los vengo siguiendo a lo largo de los últimos años; por sus manos (y sus ojos) han desfilado títulos como “La Novena Revelación” (por supuesto, seguida por la Décima), “El Alquimista” (y varios cohelianos más), tal vez alguno de los Señores de los Anillos de Tolkien, y más recientemente las sagas conspirativas del tan en boga Dan Brown. Son mentes con cierta prevalencia de criterios cuantitativos (“más es mejor”), tal vez por eso suelen valorar el volumen de las obras, es decir, la cantidad de páginas que las conforman. Pero también son personas que conviven con la angustia, que sufren en forma desmedida por un cóctel explosivo que ha germinado y crecerá por siempre dentro de sus cabezas: búsqueda del éxito + autoexigencia + expectativas sociales = insatisfacción permanente. Por eso Bucay abunda en el subte “D”, junto a otras brillantes obras de autoayuda, algunas con títulos geniales como “¿Quién se ha llevado mi queso?” o “El caballero de la armadura oxidada”. También se ven bastante aquellas que versan sobre estrategia, algo así como manuales de instrucciones para vivir triunfalmente en el mundo actual: cómo ganar amigos e influir sobre la gente, 7 pasos para convertirte en jefe, cómo ganar tu primer millón y otros de la misma naturaleza (dentro de los cuales “Padre rico, padre pobre” es la vedette del momento).
Y así podemos seguir creando distintos estereotipos, siempre valiéndonos de las señales que nos brinda el material de lectura de cada uno, nuestra inefable subjetividad y –claro está- una pizca inextirpable de liso y llano prejuicio. Jóvenes que sólo tienen tiempo para apuntes de la facultad en cuenta regresiva para un parcial, otros que veneran la intelectualidad y se esmeran con los clásicos de la literatura, los que se bajan notas de Internet para no comprar el diario, las señoras frías y aburridas con sus novelas de intriga tipo Sidney Sheldon, el fanático futbolero con su colorida Olé, los economistas y los especuladores inmersos en su Ambito Finaciero, y una larga lista de etcéteras.
Particularmente, disfruto mucho leyendo frases sueltas de libros ajenos y luego pensando qué sentido especial hace esa oración en mi vida, qué es lo que esas palabras me están diciendo casi en forma metafísica. También experimento un increíble sentimiento de comunión cuando veo que alguien está leyendo lo mismo que yo, como aquella vez en que una chica sentada al lado mío sacó de su bolso “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, uno que llevaba en ese mismo momento en mi mochila.
Los signos están por todos lados, todo nos habla de la gente. Y nosotros no podemos dejar de leer, pero esta vez no son libros ni diarios ni revistas, sino la gente misma. Somos máquinas interpretativas, produciendo nuevas hipótesis a cada segundo, emitiendo juicios todo el tiempo. Porque no hay gente que no sepa “leer”, todos somos frenéticos e incansables buscadores de sentidos.

22.4.06

hogar - trabajo - facultad - hogar

Ocho horas en la oficina. Sentado. La información se va desplegando ante mis ojos, una y otra vez en la computadora. En los últimos años, he ido perdiendo la nitidez, mi vista se ha deteriorado. Ya el oftalmólogo cuantificó el grado de desajuste de mi visión (0,50 y 1,25) y le puso un nombre: miopía. Se supone que debería quedarme tranquilo: esto le pasa a la mayoría, es “normal”.
Ya falta poco para irme y no me he movido en todo el día. Sin embargo, me duele la cabeza, el cuello, las piernas y, por supuesto, los ojos. Exceptuando la hora del almuerzo, solamente me levanté de mi lugar dos veces en el día: la primera, para tomarme un café y despertarme un poco del cansancio de ayer, y la segunda, para ir al baño. Las cámaras instaladas en los pasillos registraron sendos movimientos. Tal vez nadie le dé demasiada importancia a la imagen de ese cuerpo que sale y vuelve a entrar, pero yo sólo puedo ver que las cámaras están ahí, como expectantes. Ellas me registran por última vez un rato después de las seis de la tarde, nunca antes.
En la facultad, el práctico ya empezó. Tengo que atravesar la ciudad lo más rápido posible. En el camino a la boca del subte me encuentro con un amigo de la infancia. Estoy apurado. No tengo tiempo, le digo. Nos cruzamos las palabras típicas de un mini-diálogo callejero y seguimos nuestro camino. Todos tenemos caminos que recorrer en la ciudad, trayectorias siempre-iguales que deben ser completadas en tiempo récord.
En el subte, encuentro asiento para mi cuerpo cansado. En la ciudad, los sentidos se adormecen, se embotan. Caigo dormido antes de la primera estación. No puedo ver a los chiquitos que entran ofreciendo estampitas y pidiendo una moneda. No los escucho. Uno viene y me tiende la mano, pero se da cuenta que es inútil: no estoy. Soy sólo un cuerpo transportado, circulando a través de una cadena de montaje. En cada puesto, se trabaja sobre mí un poco más, se me moldea. Voy tomando forma, adoptando los contornos que la sociedad pensó para mí. Soy un producto. Consumido a cada instante. Reinventado y consumido, una y otra vez, hasta consumir la vida.
Me levanto justo en “Angel Gallardo”; salto del vagón al andén. Sigo mi ruta. Las escaleras mecánicas me arrojan a la calle. Ahora debo caminar tres cuadras de las que me conozco todas las baldosas. Pienso en lo acotado que es mi mundo. Trato de leer algunos carteles, a la pasada, pero entre mi paso rápido y una oferta visual que excede la capacidad de lectura no puedo retener la totalidad de los sentidos allí presentes.
Cuando llego a la clase, los bancos están vacíos. Parece que faltó el profesor o ya arancelaron la universidad pública. Nadie habita los pasillos. Me dirijo hacia la parada del colectivo para volver a mi casa. Me apresto a cerrar el triángulo hogar - trabajo - facultad - hogar. Mi mundo constante, mis ciclos repetitivos. Tenían razón los situacionistas: la ciudad aburre.

7.4.06

Abajo los bajitos: aquella vez que quedé al margen de la Montaña Rusa

¿Quién no recuerda el Italpark? Aquel parque de diversiones -hoy un amplio espacio verde denominado “Parque Thays”- era una referencia obligada para miles de niños porteños en busca de entretenimiento. Marearse hasta el casi vómito en Las Tazas, atreverse a los precarios carritos del Súper Ocho Volante, atemorizarse ingenuamente con el Tren Fantasma, revolver un poco más el estómago en El Pulpo, copar con varios amigos los siempre vigentes Autitos Chocadores, mostrar habilidad y coraje arriba del Samba y por supuesto, subir a la Montaña Rusa, la vedette, la más deseada por todos.
Difícil olvidar, entonces, aquel día que quedé afuera de la Montaña Rusa por no pasar la altura mínima permitida. Me pararon al lado de una especie de metro dispuesto de forma vertical que indicaba cuánto había que medir para poder ingresar a ese entretenimiento.
Mi viejo, obvio, ni tuvo que someterse a aquella prueba y mi hermano la pasó ajustadamente. Pero yo me quedé corto o más bien bajo y tuve que mirar la diversión ajena al pie de aquel armatoste de fierros que subían y bajaban. En ese momento, creí que no podía haber desgracia peor que la mía. Mi hermano y mi viejo juntos, divirtiéndose en grande, mientras el menor, el más chiquitito y petiso de todos, miraba tristemente la escena, siguiendo con sus ojitos de nene pequeño aquellos carros que se movían bruscamente de un lado al otro. Fue una gran desilusión. Muy grande. Tanta que casi no cabía en aquel cuerpito diminuto.

31.3.06

El Literato Experimentador que Rompe las Convenciones

Mi amigo Maxi Beret me contó alguna vez acerca del Literato Experimentador Que Rompe las Convenciones.
Se trata de un pibe dispuesto a experimentar todo tipo de extrañas situaciones -y hasta provocarlas- con tal de poder escribir nuevas historias. Es decir, alguien que a la hora de escribir prefiere la acción a la imaginación. Su premisa básica consiste en romper la norma, la previsibilidad, hacer aquello que tal vez pensamos por un segundo y descartamos de plano por sus consecuencias, realizar lo irrealizable, pronunciar lo impronunciable.
Parece que una vez, mientras viajaba en colectivo, el Literato se preguntó que pasaría si se levantara de su asiento y le encajara una buena trompada en la cara a un completo desconocido sin razón alguna. Es decir, pararse así nomás y sin explicaciones ni preludios de ningún tipo, rajarle bien la jeta a un extraño porque sí, o más bien con el único fin de escrutar la reacción del agredido. Imagínense: viene un tipo y te emboca de la nada. Te ponés a pensar cualquier cosa, no entendés nada, tal vez ni se la devuelvas por la perplejidad que te inunda los sesos (y el mareo de la ñapi).
Bueno, entonces, parece que el Literato se para, va y le zampa un trompis en la caripela al viajante y ahora qué. Y ahora el gratuito involuntario colaborador no entiende nada pero la ira es mayor que el desconcierto y le entra a dar como para que no le queden ganas ni de escribir al Experimentador. Parece que lo baja del bondi a los manotazos, lo tira a la calle y sigue su camino de normalidad interrumpida. El escritor obtiene, además de una buena golpiza, aquella historia tan deseada.

14.3.06

El gato negro

Sucedió hace mucho tiempo. Estaba sentado al costado de uno de los senderos de Plaza Francia, aquel que desciende desde el Centro Cultural Recoleta y en el que convive cierto número de puesteros que se dedican al tarot. Esperaba a Dolores, la que me había arrojado a la amistad obligatoria después de regalarme “El Principito” para mi cumpleaños. Para mitigar la ansiedad por la habitual demora femenina que suele caracterizar situaciones como ésta, había prendido un cigarrillo y le daba las primeras pitadas.
A pocos metros de mi posición, un gato negro daba vueltas en círculo. Recuerdo que me quedé mirándolo con especial atención; tenía una enorme cicatriz al costado del vientre. Di alguna que otra pitada más y luego bajé el pucho, apoyando el antebrazo sobre mi rodilla. El gato detuvo súbitamente su marcha y luego sucedió lo inexplicable: se lanzó rápidamente en mi dirección y con su hocico impactó el cigarrillo de tal manera que la lumbre cayó al piso. Mis dedos ahora sostenían lo que quedaba de un marlboro apagado; en la punta podía ver el tabaco sin quemar. El gato dio un amplio giro y se detuvo a unos dos o tres metros de donde me encontraba. Luego, se sentó, giró su cabeza y se me quedó mirando enigmáticamente.
Tiré lo que quedaba de aquel tabaco y me quedé pensando en todo aquello de forma bastante confusa. El gato negro, la cicatriz, Plaza Francia, los tarotistas, el cigarrillo, la enfermedad, la muerte, los mensajes. Las imágenes de lo sucedido se mezclaban caóticamente con conceptos abstractos, al punto que ya no sabía qué debía pensar. Es decir, no podía elegir qué pensar. Recién cuando llegó Dolores y me levanté para saludarla, pude poner en orden mis pensamientos. Le conté lo sucedido y le dije: “Acabo de dejar de fumar”.

1.3.06

Lágrimas de colectivo

A continuación reproduzco una crónica de de Mariana Ortisi (¡gracias Mariana!), sobre una situación que presenció en un viaje en colectivo:
"Lunes, tres de la tarde, línea 152, la chica lloraba, la cara contra la ventanilla, encogida sobre sí misma. Discretos, el resto de los pasajeros fingimos no escuchar sus sollozos cada vez más convulsivos. La reacción de la mayoría fue observar con más atención el paisaje exterior.
Dar rienda suelta a la congoja, en una sociedad que llora a puertas adentro o ante las cámaras de televisión, genera desconcierto e incomodidad en los testigos involuntarios. A medida que avanzaba el tiempo y los gemidos no cesaban comenzamos a mirarnos unos a otros furtivamente, como preguntándonos hasta cuándo. Era una chica joven, no tendría más de dieciocho años: finalmente, ¿habría que sentarse a su lado y preguntarle alguna obviedad del estilo qué te pasó? Ya estaba casi decidida a dar el paso, consciente del riesgo de ser devuelta sin contemplaciones a mi asiento, reacción que muy probablemente hubiera tenido yo a la edad de la lastimera, cuando un señor entrado en canas me ganó de mano. Con suavidad y cierta insistencia, el hombre comenzó a pasarle, uno a uno, pañuelitos de papel que la chica humedeció con énfasis levemente decreciente por un buen rato. En algún momento, la chica se sonó con estruendo y el hombre aprovechó para cambiar de objeto: en vez de un pañuelo, le tendió algo que desde mi asiento parecía una pastilla o un chicle. Sumisa, la llorosa se lo metió en la boca y las lágrimas casi cesaron. Un rato después, el colectivo se detuvo, ella se puso la campera sin volver la cabeza, se levantó, le dio un beso rápido y sonoro en el cachete al solidario y bajó, con los ojos hinchados pero la mirada despejada. Si la chica quedó en deuda con el pasajero, que después de cederle el paso se entretuvo el resto del viaje mirando hacia afuera con la naturalidad de quien todos los días se dedica a consolar adolescentes afligidas y, por lo tanto, desdeña todo gesto de aprobación o frase de elogio, más en deuda quedé yo. Sin palabras: muda lección para una que cree que el mundo esta lleno de indiferentes.
De todos los saberes, tal vez los más perdurables son los que recibimos de maestros inesperados. O porque no les adjudicábamos la capacidad de enseñarnos lo que de ellos hemos aprendido o porque, directamente, no esperábamos que nos enseñaran nada.Generalmente voy por la vida impregnada de un gran escepticismo en la gente. Sólo veo indiferencia y egoísmo. Ayer el pasajero de la línea 152 me demostró todo lo contrario."

25.1.06

El chalecito

Le dicen “el chalecito”. Es una casa de dos pisos, con techo de teja, paredes amarillentas y chimenea en ladrillo a la vista, construida encima de un edificio a pocos metros del Obelisco, en plena Avenida 9 de julio.
Como una casa de campo flotando sobre un mar de cemento, un último bastión que ha echado raíces en las azoteas, el chalecito parece burlarse de sus hermanos mayores, tan llenos de ventanas y minúsculos compartimentos. Él se mantiene en lo más alto, señoreando en pleno microcentro, a salvo en tierra de gigantes.
El chalecito está ahí, a la vista de cualquiera. Sin embargo, no todos pueden verlo. Solamente los curiosos, aquellos que gusten de levantar la mirada más allá de las alturas de semáforos o carteles, podrán apreciar la belleza de su resistencia.

18.1.06

Máquina del tiempo

Pipipí. Pipipí. Pipipipiiiiiiiiiiií. El despertador retumbó en mi inconsciente y activó la aburrida rutina matinal. Sentarme como una espiritada en la cama, lavarme los dientes, rubor, sombra, tomar el café, delineador, rimel, hacer la cama, peinarme en el ascensor, esperar el colectivo, el primero que sigue de largo, maldiciones, treparme al siguiente, bajarme en Barrancas, esperar en el andén hasta las 8 y 12, atravesar las puertas corredizas, aferrarme del caño frío, mirar por la ventanilla y ¡uy! qué suerte que el señor se baja...
Me senté rápida, y estaba por sacar el libro de la cartera cuando hice contacto visual con un chico de unos 30 años que estaba sentado frente a mí, a unos dos metros. El corazón me dio un vuelco al mismo tiempo que bajaba la mirada y mis manos tanteaban nerviosas adentro de la cartera. Buscaba a ciegas, y en la torpeza del tirón que le pegué al libro saltaron las llaves, la pinza de depilar y una estampita de San Expedito que me había regalado mi abuela. Todo fue a parar al piso, y tuve que agacharme avergonzada a recoger mi intimidad desparramada entre pies ajenos justo cuando el tren se detenía en Lisandro de la Torre. Levanté la cabeza y lo primero que buscaron mis ojos fue a ese chico rubio que misteriosamente había mutado en una señora morocha y gorda que bostezaba con la boca de par en par.
Mientras el tren se alejaba, y yo trataba de reponerme de la taquicardia que me había provocado volver a ver sus ojos, me preguntaba si realmente esa imagen fugaz era efectivamente la de él o sólo un producto de mi somnolencia matinal. No podía creer que después de tantos años de haber fantaseado con encontrármelo en un bar vestida para matar y de la mano de algún chico divino, me pudo haber visto así, con mi cara de recién levantada y el pelo atado en un rodete indigno. ¿Era él? ¿El que alguna vez me dijo que la rutina, que la necesidad de libertad, que el acostumbramiento y que bla, bla, bla?
El último recuerdo que tengo de nuestra relación es cuando se bajó del colectivo unos minutos después de que me dijo la cobarde frase –que me gustaría saber quién fue el gracioso que la inventó- “te pido un tiempo para pensar”. El colectivo arrancó y yo me quedé sentada, siguiéndolo con la mirada mientras él se iba caminando. De repente lo vi darse vuelta y a lo lejos hacerme el ridículo gesto de “hablamos” con el pulgar y el meñique simulando un tubo de teléfono.
No, no volvimos a hablar nunca. Diez años después hubiera pagado por preguntarle por qué no podía pensar mientras estaba conmigo, si seguía convencido de que su primera hija se llamaría Luna, si alguna vez se había animado a decirle a sus padres que fumaba, si seguía escribiendo poemas malísimos, si todavía pensaba que Tarea Fina era la mejor canción de Los Rendondos, si había aprobado Matemática de 4°.
El tren se detuvo, Retiro era un mundo de gente que pululaba en todos los sentidos. Estadísticamente era casi imposible que encontrara a una persona al azar entre millones que habitan en Buenos Aires, pero si arriba de un colectivo había perdido a mi primer amor, un tren bien podría llevarme a reencontrarlo.
Otra vez será, si es que el colectivo hace a tiempo y logro llegar a las 8 y 12 a la estación.

16.1.06

Se puede conocer a todos

lo repito como lo oigo una idea de Beckett en “cómo es” sobre la posibilidad de conocer a todos aunque sea indirectamente por referencias por contigüidad por transitividad dice Samuel

“igualmente si somos un millón cada uno de nosotros sólo conoce personalmente a su verdugo y a su víctima es decir al que le sigue inmediatamente y al que inmediatamente le precede

y sólo es conocido personalmente por ellos

pero puede muy bien en principio conocer por su reputación a los 999.997 restantes que por su posición en la ronda no ha tenido nunca ocasión de encontrar

y ser conocido por ellos debido a su reputación”

Siempre me ha impresionado la idea de la posibilidad de conocer a todos –absolutamente a todos- los habitantes de esta enorme ciudad, aunque sea en forma indirecta. Está bien, sé que en la práctica esto aparece como algo imposible, pero piénsenlo un poco. Cada uno cuenta con una “agenda” que puede oscilar aproximadamente entre cincuenta y cien personas, incluso más. No hablo sólo de familiares y amigos, me refiero también a compañeros de trabajo, de estudios, equipo de fútbol, clase de yoga, etc. Gente que, a su vez, cuenta con agendas igual de abultadas, decenas de nombres que en algunos casos pueden coincidir con los que nosotros tenemos pero en otros seguro que no. Y esos nombres llevan a otros listados de nombres y así sucesivamente. Si hiciéramos el ejercicio, podríamos ir formando extensas cadenas de contactos, infinitos organigramas con vínculos hacia todos lados y a través de los cuales podríamos llegar a casi cualquier habitante de Buenos Aires. O del país. Y si continuáramos aún más, aunque fuera una operación tortuosa, una verdadera quimera, podríamos ampliar nuestra red y abarcar el continente y hasta el mundo entero. Es decir, conozco solamente a aquellos que conforman mi entorno inmediato, “los que me rodean”, como siempre decimos un poco egocéntricamente. Sin embargo, en forma indirecta, a través de mis conocidos, podría llegar –aunque sea hipotéticamente- a conocer a cualquier otro del conjunto.

Pero veamos cómo podría ser. Supongamos que mi tía Susana conoce a José, el verdulero, que a su vez conoce a Miguel, un comerciante que tiene un local sobre Av. San Juan y con quien juega todos los sábados a la pelota. Miguel es íntimo amigo de Jorge, que tiene un taller mecánico en la zona de Pompeya y siempre le arregla el auto a Ana, una abogada que trabaja en un estudio en el centro. Ana comparte oficina con Marta, quien tiene una hija, Lucía, que vive en España y que se ha casado con Robert, un inglés que se encuentra trabajando temporariamente en Madrid. Entonces, mi tía Marta podría llegar perfectamente a saber algo de este muchacho Robert si se lo propusiera, aunque seguramente no tenga ningún motivo para hacerlo. Pero la posibilidad está. Así como Robert podría saber a través de Lucía que su mamá comparte oficina con una señora que se llama Ana, que siempre lleva a arreglar su auto al taller de un tipo que se llama Jorge, que es amigo de Miguel, quien tiene la costumbre bien argentina de jugar a la pelota los sábados con un tal José, verdulero, que no aguanta más a una tal Susana que cada vez que le va a comprar se la pasa hablando de las pelotudeces que escribe su sobrino…

11.1.06

Una autora en busca de seis personajes

El protagonista principal de este relato que alguna vez alguien me contó es un joven de unos treinta y pico, periodista, que cada tarde toma el subte B para viajar desde su casa a la redacción de la revista donde escribe desde hace un tiempo. Ese día de invierno decide salir más temprano, al mediodía, para sentarse en algún bar de la avenida Corrientes y terminar de leer un libro que le estaba demandando más tiempo del que él hubiera deseado.
Dos estaciones más adelante, el señor sentado a su lado interrumpe inesperadamente su lectura para hacerle el siguiente comentario: “cuando yo leí ese libro, era feliz”, y capta inmediatamente la atención del periodista. La descripción del sujeto no puede ser más deprimente: viejo pero no anciano, bastante desprolijo pero sin llegar al estado de abandono total, delgado al extremo, con la voz gastada y el ánimo oculto detrás de una tupida barba canosa. Nuestro protagonista no puede evitar su naturaleza curiosa, comienza a hacerle preguntas e inicia así una conversación inusitada con un desconocido.
Cuando llegan a la estación Uruguay, el periodista le pregunta al viejo si le gustaría acompañarlo a tomar un café. Estaba totalmente subyugado por ese personaje casi fantasmagórico que le mostraba un pasado lleno de esplendor y un presente de oscurantismo y soledad. Acepta, por supuesto. Y allá van los dos, caminando en silencio hasta sentarse en una mesa contra la ventana de un bar semivacío. La charla se había tornado casi filosófica, ahondando sobre el sentido de la vida, cuando el joven ve cómo súbitamente su interlocutor se queda en silencio, abre desmesuradamente los ojos, se lleva la mano al corazón y se desploma sobre la mesa, volcando la taza de café al piso. No queda nada más por hacer, está oficialmente muerto.
El periodista salta de su silla, mira desesperadamente hacia los costados suplicando ayuda, un mozo se acerca y le dice: “¿qué le hizo?”. Cómo explicar que estaban conversando normalmente hasta que de repente cayó fulminado. “Debe haber sido un ataque”, balbucea él, aturdido. “Cacho, llamá a la Policía”, grita el mozo a su compañero que mira atónito desde atrás de la barra. Pasaron pocos minutos de conjeturas, lamentos y miradas acusadoras hasta que ve venir a un oficial que se abre paso entre la gente que había comenzado a agolparse alrededor. Lo mira fijo: “¿Usted estaba con el occiso?”. Sí. “¿Cuál es su parentesco?”. Ninguno, lo acabo de conocer en el subte. “¿Cuál era su nombre?”. No lo sé. “Me va a tener que acompañar”.
A todo el mundo le contaba que, si no hubiera sido porque pasaron varios días de arresto hasta que pudo probar que las teorías de envenenamiento eran falsas, hubiera jurado que el hombre que había muerto frente a él era uno de los seis personajes salido del libro de Luigi Pirandello que lo había elegido para que le escribiera su drama. Cuando conocí la historia del viejo y el periodista, hace un par de años, no hacía más que circular por los vagones de los subtes pensando que yo también quería que esos personajes me eligieran para escribirles su historia. Hasta que un día decidí salir a buscarlos. Y así nació este relato.

10.1.06

Bienvenida

Sentido Urbano se agranda. A partir de hoy, María Laura se suma al blog para regalarnos sus crónicas llenas de sensibilidad y que tan bien pintan algunas situaciones de nuestra vida cotidiana. Estoy seguro que, al leerlas, más de uno se sentirá inmediatamente reconocido.

¡Que las disfruten!

8.1.06

Súper chango / pobre changuito

El changuito, ése carro que originalmente fue concebido para facilitar las compras en el supermercado, se ha convertido en un elemento especialmente simbólico de nuestra sociedad.

Por un lado, continúa siendo utilizado para aquello que fue pensado, es decir, como receptáculo para todos aquellos bienes que los consumidores optan por llevarse de un supermercado, almacén u otras tiendas de este tipo. Es un dispositivo que sirve para transportar toda la variedad, la inagotable gama de productos que fabrica nuestra sociedad. En este sentido, podemos verlo como un ícono del consumo.

Por el otro, este mismo elemento ha sido destinado a otro tipo de función, la cual ha crecido enormemente en los últimos años de nuestro país. Se trata del cirujeo. El changuito pasa de contenedor de bienes de consumo a transporte de todo aquello que los demás tiran y que el “cartonero” se encarga de juntar para su comercialización y reutilización. Ya no lleva los flamantes y relucientes bienes que brotan casi como el agua de nuestros avanzados sistemas de producción. Lo que ahora se aloja en ellos es justamente lo que la mayoría considera el desperdicio de esa producción, los “residuos” que ya no son pasibles de ser consumidos. El contenido, lo que el carro transporta, ha cambiado y eso hace que el significado del mismo también varíe y pasemos a asociarlo más al hambre, a la pobreza, al trabajo de aquellos que salen a pelearle a la desocupación. En este caso es, más bien, un ícono de la subsistencia más elemental.
Tal vez el ejemplo más extremo de esto último es el que tan lúcidamente describe Paul Auster en “El país de las últimas cosas”. Allí, en aquel lugar donde todo va desapareciendo y sobrevivir cada día es un enorme triunfo, proliferan los “traperos”, gente que se gana la vida recogiendo basura o recloectando objetos varios. En ese contexto, los carritos de supermercado se han convertido en una herramienta de trabajo fundamental. Su demanda crece y con ella su cotización, lo que obliga a los traperos a atarse a los changuitos mediante una correa, dispuestos a defenderlos con la propia vida.

Creo que podríamos trazar una especie de línea, como esas en las que se grafica la evolución biológica que va del mono al homo sapiens, pero ésta iría del hombre consumidor al hombre de la subsistencia. Del súper chango al pobre changuito.

5.1.06

“Daguerrotipos, amigos, café”

Abel Alexander conoció a Miguel Angel Cuarterolo cuando decidió comenzar a buscar información sobre sus antepasados fotógrafos. Ambos trabajaban en el Diario Clarín y compartían un profundo interés por la historia de la fotografía. Con el tiempo, se fueron haciendo amigos y empezaron a hacer cosas juntos: un centro de investigaciones, congresos, exposiciones, libros, catálogos, investigaciones, siempre todo relacionado con la historia de la fotografía.

Cuando salían del diario, Miguel Angel llevaba a Abel hasta Chacarita, dónde éste tomaba el tren para volver a su casa en San Miguel. En el trayecto, aprovechaban para intercambiar ideas y ponerse al día respecto al curso de sus respectivas investigaciones. Cuando se largaban a conversar de los temas que los desvelaban era difícil parar y pronto quedó claro que los viajes en auto resultaban demasiado cortos. Entonces, descubrieron que a sólo dos cuadras de la Estación Federico Lacroze había un barcito en una esquina donde podían sentarse a tomar un par de cafés y charlar tranquilos de sus cosas.

Esta rutina de dos historiadores de la fotografía sentándose en un bar a hablar solamente de historia de la fotografía duró alrededor de diez años, hasta que Miguel Angel falleció de forma repentina a los 51. Desde aquel entonces, Abel decidió no volver más al lugar. Hasta que una vez, ojeando una publicación que se dedica a promocionar las muestras fotográficas que hay en Buenos Aires, Abel leyó algo acerca de un lugar llamado “Bar Palacio” y decidió darse una vuelta para ver de qué se trataba. Cuando entró, no lo podía creer: ese bar, aquel mismísimo lugar donde por el lapso de diez años se había juntado con Miguel Angel a hablar de la historia de la fotografía, se había transformado mágicamente en un museo de la fotografía. Lo sorprendente es que Abel y Miguel Angel nunca habían llegado a conocer al dueño del lugar; no había ninguna relación, nunca se habían hablado, jamás se habían visto. El dueño era un fotógrafo publicitario que tenía su estudio arriba, un tipo que coleccionaba cámaras y había decidido exhibirlas como un atractivo para la gente.

El Bar Palacio - Museo Simik está ubicado en Federico Lacroze y Fraga. A diferencia de cualquier museo fotográfico, permanece abierto día y noche. Solamente cierra los domingos, pero uno puede ir a las tres, cuatro de la mañana y echarle un vistazo a la historia de la fotografía. Además, si se presta mucha atención, entre las tantísimas vitrinas que allí se exhiben, se puede apreciar una sección dedicada a Miguel Angel Cuarterolo. Se trata de unos daguerrotipos hechos en porcelana, bajo los cuales puede leerse: “Daguerrotipos, amigos, café”.

30.12.05

Una torre es una sensación

Hay construcciones que me conmueven. Puede ser una casa, un PH, un patio, o tan sólo una terraza que –siento- rompe la normalidad gris de esta enorme ciudad. Es una sensación de esas que atacan el estómago y suben hasta transformarse en una suerte de emoción que queda varada cerca de la boca.

Mis preferidas son las torres, esas que coronan algunos edificios céntricos de la ciudad. Quizás es porque escasean, aunque creo que lo que me seduce es su poca practicidad en términos de habitabilidad. No creo que sea muy cómodo vivir en el pequeño espacio de una torre, pero se debe sentir como la puta madre. Es una sensación poderosa. Eso. Más que una construcción elevada, una torre es una sensación.
También me emocionan las terrazas. Evidentemente, algo especial tienen las alturas. Pero, ojo, no las alturas de modernas torres. Desprecio, por ejemplo, la terraza en un piso 25. Me conmueven aquellas que están apenas en la segunda o tercera planta, en lo más alto de una casita o un pintoresco PH. Allí imagino intensas noches, parrilla, amigos, estrellas, etc.

Pero no sólo sucede con las construcciones elevadas. Hace poco mi amigo el Maqui me comentó sentir algo parecido con un enorme jardín de un departamento en planta baja, cerca de Scalabrini Ortiz y Santa Fé. Se imaginó tocando plácidamente la guitarra y a su pequeña hija arriba de un triciclo. Creo que simplemente nos encanta soñar.

28.12.05

Calles con sentidos (varios)

Los nombres de las calles comunican, transmiten sentidos, ideas acerca de lo que es importante, lo que merece ser resaltado. Por ejemplo, nos indican cuáles fueron los próceres que forjaron nuestra patria, las personalidades que deben ser recordadas por sus actuaciones cruciales para la historia nacional. Recuerdo haber escuchado más de una vez a Pacho O’Donnell preguntándose por qué Juan Manuel de Rosas no tenía una calle propia.

Resulta interesante, entonces, observar una práctica que viene teniendo lugar hace ya un tiempo y que consiste en el renombramiento informal de las calles de nuestra ciudad. Gente que ahí donde dice “Estados Unidos” pone “Pueblo de Irak” o que encima de “Hipólito Yrigoyen” inscribe a su propio prócer, “Sergio Almirón”, luchador social, también conocido como “Petete”. Es el caso, también, de aquellos otros, que queriendo hacer justicia intergeneracional reemplazaron el “Julio A. Roca” por ese “Pueblos originarios” que designa y recuerda a los aborígenes que el dueño de la Diagonal Sur borrara del territorio con su Campaña del Desierto.

Pero analicemos qué nos dice esta práctica que, si ajustamos un poco la mirada, podemos observar en algunas zonas de nuestra ciudad. Por un lado, que los sentidos imperantes, las ideas establecidas, son pasibles de ser resignificadas a través de acciones como éstas. Algo que, en principio, se supone tan estático y permanente como el nombre de una calle o avenida, puede ser cambiado mediante la acción de un grupo de ciudadanos con la intención de comunicar algo bien distinto a lo que allí está escrito (aunque creamos que eso ya no nos dice nada). Se está modificando algo que, por otra parte, parece inmutable, pues son las autoridades, los legisladores, los que históricamente han decidido cómo se van a llamar las arterias de nuestras urbes. Acciones como ésta, entonces, pasan a constituir una suerte de desafío a la autoridad, al sentido imperante, aquello que ha sido dictado por el establishment. Con esto quiero decir –y éste sería otro punto a remarcar- que aquí se ve claramente como existe una lucha por los sentidos, por un imaginario que está instituido, pero que puede ser re-instituido a través de nuevas prácticas culturales.
Aquel que le cambia el nombre a una calle, nos está diciendo que la historia puede reescribirse, que debe ser repensada y vuelta a enunciar todos los días, no sólo a través de una revisión del pasado sino también por medio de una crítica interpretación del presente.

22.12.05

Libros para vivir

En Av. de Mayo, entre Lima y Salta, al lado de una de las bocas del subte “A”, se puede encontrar a Julio, sesenta y siete años, vendedor de libros, sentado en su sillita como de playa mientras ruega que alguien se detenga y le compre un cachito de literatura.

Alguna vez supo tener tres librerías distribuidas por la ciudad. Se llamaban “Librerías Palumbo”, pero las ventas fueron cayendo y en 2000 tuvo que cerrar. De ahí en más, Julio empezó a trabajar en la calle. Según sus cálculos, en los últimos cinco años, entre paseantes y oficinistas, lleva vendidos algo así como 20 o 30 mil ejemplares. Su estrategia incluye aceptar lo que la gente le pueda acercar y, si los libros son muy buenos o de novísima edición, el ofrecimiento de venderlos por consignación. Afortunadamente, le regalan bastante. Una vez un tipo le dio como quinientos, casi una biblioteca entera.

Pero eso de ser vendedor callejero no es fácil. Hay días que no le compran ni un pequeño libro de bolsillo. Es cierto, alguna vez ha podido contar hasta 50 pesos diarios, pero no siempre se tiene tanta suerte.

Julio necesita libros para vivir, literalmente.

16.12.05

Las rejas

Están en todos lados, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Forman parte de la topografía urbana usual, aquellas cosas que nuestro cerebro reconoce inmediatamente sin extrañarse, sin sorprenderse. Las rejas abundan en la ciudad. Lejos de ser solamente un elemento propio de las cárceles, se las puede ver en las ventanas de los hogares, las vidrieras de los locales comerciales, las puertas de las escuelas, los perímetros de los espacios verdes. La mismísima Plaza de Mayo está a punto de cumplir cuatro años con un enrejado que la parte al medio (ver fotos). Nació después de los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001; hoy sigue atornillada por el miedo a nuevos desbordes. De un lado, ya casi no crece el pasto. Mucha gente ha pasado últimamente por allí a dejar su reclamo y todo el peso de sus piernas sobre la tierra reseca. En el otro, aquel que hace de antesala a la Casa Rosada, crece el césped y el número de policías, todos en fila, mirando atentamente a los que están más allá de las vallas.

Las rejas dividen siempre, eso parece estar claro. Los bancos hicieron lo mismo, algunas empresas privatizadas también. Ya sean barrotes o muros de chapa, decidieron seguir poniendo distancia. Por seguridad, dirán ellos. Hay que cuidar el billete. Pero me pregunto quién cuida a los que quedan del otro lado…

Vivimos vidas carcelarias. Galeano tiene razón: no sólo se encierra a los pobres y los marginados, a aquellos que vomita el sistema. Los ricos -y no tanto, también los que apenas creen tener algo “de valor”- se encierran a sí mismos en sus casas o sus tiendas, temerosos de perder aquello que han ganado. Más fragmentaciones. El otro es una amenaza. El otro es un vago. El otro viene a quitarme lo que yo gané con el sudor de mi frente, trabajando “como Dios manda”.

No se sabe bien por qué, pero ni Dios ni nadie más mandó al otro a trabajar. Tampoco hizo mucho para prepararlo. Es decir, tampoco lo mandó a la escuela. O Dios manda sólo para algunos o el “Barba”, como diría El Diego, perdió el control hace rato. O tal vez hizo todo para beneficiar a los vendedores de rejas. No, no creo, sería un complot demasiado chiquito. Lo cierto es que los barrotes están por todas partes.

No sé, a veces me cuesta entender. Me pregunto qué vamos a solucionar aislándonos cada vez más entre nosotros, acentuando las diferencias. ¿Acaso es atractiva la idea de vivir encerrado, de malograr la vista hacia el mundo exterior?. Los barrotes cada vez son más gruesos, ya casi no nos dejan ver lo que está pasando afuera, en las calles. Claro, para eso tenemos la televisión. Ese aparato no tiene fierros que lo atraviesan. Hemos decidido que sea nuestra nueva ventana. Eso y el monitor de nuestra computadora (con Internet puedo llegar a cualquier rincón del mundo, te lo juro, me lo dijeron). Pero ahí no termina la cosa. Ahora tenemos otra ventana más para estar en contacto con el mundo: los teléfonos celulares. Imágenes y voces viajan libremente por estos aparatitos. ¡Y no tienen rejas!. Son muy lindos y muy chiquitos. Sí, es bárbaro tener una ventana tan pequeña, así la podemos llevar a cualquier lado que queramos.

Los countries, los barrios privados, muchas casas, también tienen rejas, cercos enteros que cubren todo el perímetro y alambres de púa en lo más alto. También pueden ser muros con vidrios rotos adosados al cemento. Aunque allí adentro vivan familias, no encuentro muchas objeciones para llamarlos “lugares de reclusión”. ¿Acaso uno no puede recluirse en su propio hogar?. No lo olviden, la vida entre paredes es bastante segura. Los tiros y todos esos balurdos prefiero verlos desde la comodidad de mi sillón, a través de mi hermosa ventanita de veinte pulgadas. El encierro es una práctica que la humanidad viene practicando hace tiempo, pero el autoencierro parece ser algo más propio de esta época. Al ritmo de la desigualdad, crece el miedo hacia los otros, retroalimentándose penosa y destructivamente. Ahora, ¿no es más seguro comenzar a repartir mejor?, ¿no es una gran política de seguridad la de comenzar a garantizar condiciones dignas de vida para la mayoría?. Porque las rejas no van a alcanzar nunca, eh. Jamás van a ser suficientes, mientras las diferencias se sigan acrecentando.

Camino por la ciudad, entre casas y altos edificios. Todo lo que veo son pequeñas cárceles, nichos donde la gente se “guarda” y la vida se apaga. Desde una ventana alguien me saluda. No puedo verlo bien, tan sólo es una manito como de niño que surge entre las rejas y se agita anónimamente.

6.12.05

En el vagón

Los observaba en el Mitre la otra noche
y aunque no sé de donde venían
puedo decirles adonde van
no es difícil percibir los finales
de las parejas que viajan en el Mitre

Ella que mira hacia afuera y con los ojos
se escapa a la ciudad ¡ay si pudiera!
él que venera su hombro y con su sien
confía en su sostén tal vez el futuro

La mano de él se aferra a la de ella
la mano de ella acuna la de él
se nota por el grito de sus dedos
que una agarra y la otra sostiene
una agoniza y la otra desgarra
corroe las huellas de la mano enamorada
tritura proyectos y sueños de plata
aunque aún envistan los dedos mentirosos

Pero la plata ya no brilla ni es madura
se va pudriendo como chatarra
de un amor baldío
y la pestilencia del río ocre de óxido
me llega cruzando el vagón
cual náusea de un abandono

4.12.05

Locutorios

En los locutorios, la gente habla de temas prohibidos. Lejos del hogar, a salvo del oído indiscreto de cualquier conocido, las personas utilizan los locutorios para hablar tranquilos y definir cuestiones candentes.

Hace poco me senté en una cabina y comprobé toda la falsedad de su promesa hermética. Al lado, en “la 3”, la voz de una señora reprendía a alguien por haber revelado a un tercero un documento importante, mientras en “la 5”, un tipo arreglaba citas con amores no oficiales. Todos creíamos que nadie nos escuchaba, pero era como si estuviéramos compartiendo un mismo ambiente. La sensación de privacidad era más bien de tipo visual, gracias al encierro entres paredes (o paneles) y un cristal. Me alegré de no tener que hablar nada importante y pensé que mi caso era una excepción. Son pocos los que se acercan a un locutorio a hacer llamados de rutina. Ésas se hacen desde el trabajo, cuando el aburrimiento pega fuerte. Pero en nuestros actuales templos sagrados de la comunicación, en esos nichos para confesiones y tramas secretas, se concretan los engaños, los fraudes, los delitos y las trampas. Las líneas anónimas parecen dar seguridad a los timadores y aventureros, escondidos en los innumerables cubículos de las miles y miles de colmenas telefónicas desparramadas por la ciudad. La 4, la 8, la 1, la 14, cabinas y más cabinas, donde la conversación pasa y nada queda, tan sólo alguna moneda.

2.12.05

Esqueletos del habitar

Me gusta mirar las casas demolidas, es decir, los rastros que éstas dejan en las edificaciones vecinas. Esas paredes, esos muros linderos donde sólo quedan vestigios de una vida compartimentada en pequeños ambientes. Como huellas digitales a través de las cuales reconocemos al difunto, quedan marcados los tabiques, permitiéndonos imaginar el dibujo de las habitaciones que allí estaban y que ahora solamente nos deja cierta sensación de espacialidad truncada.

Unos azulejos verdosos nos hacen vislumbrar lo que era un baño, justo al lado de una pared ocre con un rectángulo más chico en su interior, algo así como una mancha blanca que parece el fondo hueco de un placard. Fantasmas. No queda vida alguna, sólo la radiografía de una casa muerta. Nada sabemos de los motivos de la defunción, aunque, probablemente, sea un nuevo gran edificio. Y entonces volverán los módulos, las distintas habitaciones, quizás más chicas aún.

A veces, hasta queda algún caño colgado, una toma de luz en la pared, el dibujo de una escalera lateral. Es gracioso mirar ese esqueleto: el piso que ya no está y las paredes como brazos. Las casas demolidas nos dejan un esquema de la vida que alojaban.

Marcha feroz

Mi amigo Andrés dice que siempre que va a una manifestación guarda una mínima esperanza de experimentar la “Gran Tango Feroz”. Es decir -para el que no vio la película- huir de la represión policial por las calles del centro porteño y durante el periplo conocer a una hermosa muchachita llena de ideales con la cual terminar haciendo el amor en la terraza de un viejo edificio.