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30.7.15

Emilio viejo y solo nomás

Emilio vive solo en el primer piso de un viejo edificio de la calle Hernandarias, en el barrio de La Boca. Su hogar parece detenido en el tiempo, como si hace veinte años nadie tocara nada. Hace dos décadas, precisamente, murió su esposa, víctima de un cáncer que le fue tomando varios órganos. 

Las paredes están casi negras, hongos proliferan por todos lados y la humedad invade los techos. Las persianas están bajas; las ventanas, cerradas firmemente con alambres, para que nadie se meta de noche. La sensación es de dejadez. Sin embargo, Emilio tiene todo bien ordenado. Sobre la mesa del comedor, el anotador para ir a hacer las compras. Arriba de la cómoda, en la habitación, las gotitas para los ojos descansan junto al teléfono y otros medicamentos. La cama está prolijamente hecha; el dueño de casa no permite que nadie apoye ningún objeto sobre la frazada beige.

En el comedor, frente a la mesa, extraños cuadros cuelgan de las paredes. Hay una foto de un león como de revista de amantes de la fauna, enmarcada y todo. Al lado, otra imagen que no recuerdo bien si es de un hipopótamo, una jirafa o unos monos colgados de los árboles. Es extraño, no retengo todo lo que vi en aquella casa llena de signos que parecen querer contar una historia compleja y un presente detenido. Pude otear algo de la cocina, también. Unas bananas junto a unos paquetes, al lado de la pileta.

Hace un tiempo, Emilio comenzó un reclamo por ruidos molestos: el hombre vive enfrente de una subestación de energía eléctrica y los transformadores no lo dejan descansar en paz por las noches. Emilio reclama por los ruidos, pero pide mucho más. Es un buscador de nuevos sonidos, de voces; fundamentalmente, de alientos humanos. También de silencios, es cierto. Pero no para descansar; más bien para ser escuchado. Silencios y presencias, a la vez.
 
Emilio habla, mientras espero a la guardia de subestaciones. Soy un empleado de la distribuidora y tengo el oído presto para escuchar sus quejas, pero esto la va de otra cosa. No me fastidio. Su relato es lo mejor que puede darme una casi medianoche porteña. Brasil y Uruguay juegan la semifinal de la Copa América 2004, pero el televisor está apagado. Pienso que los muchachos de la guardia deben estar a la vuelta, en alguna pizzería de la Avenida Patricios, mirando el partido. Bien por ellos. Yo estoy a punto de conocer una parte de la vida de alguien que se llama Emilio. No es poco.

Cuando él y su mujer llegaron a ese departamento, unas tías vivían en lo que hoy es su habitación. Ellos dormían en el otro ambiente, actualmente el living. Murió una tía, luego la otra y la casa les quedó por entero a los dos. Emilio trabajaba vendiendo chapas de acero por su cuenta, pero luego el negocio empezó a flaquear y se metió a guardia de seguridad, algo que se acercaba más a lo que siempre había querido ser. Dice que tiene alma de policía. Que le hubiera gustado entrar a “La Fuerza”. Sin embargo, cuando se decidió, tenía 24 años y el llamado era para menores de 23. Como guardia de seguridad, laburó en un banco sobre la calle Corrientes. Añora esas épocas; los relucientes ventanales del frente, los bronces de la puerta. “Había guita ahí”, dice, inconsciente de su ironía. 
 
Su mujer tenía un buen trabajo en un comercio que vendía camisas y ropa de cama. Eran los mismos que hacían las camisas Manhattan, sólo que le cambiaban la etiqueta. En el armario aún guarda camisas nuevas en cajas sin abrir. Deben tener como unos veinte años ahí, descansando en la oscuridad de aquel mueble. Me las muestra, una de la marca original y otra Manhattan. También me enseña su colección de “guayaberas”; antes, sólo las había visto en películas. Pero su prenda favorita es el traje de guardia con el que iba al banco y hasta tiene una especie de plaqueta, como si fuera un policía, el sueño perdido.

Emilio no tiene hijos. Perdieron uno cuando su señora tenía ya ocho meses y medio de embarazo. Lo pudieron sacar, pero nació muerto. A partir de ese momento, ella ya no pudo quedar embarazada y siguió con problemas de salud. Dos veces le detectaron cáncer, las dos a tiempo y se lo extirparon exitosamente. Una vez, el médico llegó a mostrarle uno de los tumores. “Era una especie de bola de grasa, medio blanca”, explica. Luego de varios años sin ninguna otra señal de enfermedad, volvieron a detectarle un cáncer. Esta vez, había metástasis y estaba avanzado. Le tomaba hígado, páncreas e intestino; no había mucho por hacer. Vivieron lo poco que les quedaba juntos, ahí en la casa. Sólo la última semana la llevaron a la Corporación Médica del Sur, donde falleció. 

Los ojos de Emilio brillan, pero contiene las lágrimas. Desanuda la madeja de alambre y abre la ventana. Salimos al balcón. La guardia todavía no aparece. A lo lejos, se puede ver la cancha de Boca. “No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”, escribió alguna vez el gran Eduardo Galeano. Ahí está Emilio, viejo y solo nomás. No hay nada menos mudo que su soledad.

3.10.14

Un fantasma en el Street View


Recién pude distinguirlo cuando focalicé el marco gris del Google Street View sobre el frente del local. Ahí está, parado entre dos maniquíes, como petrificado, quizás conforme con su compañía incorpórea. La mujer que pasa por la vereda con el cochecito no lo ve. No puede verlo. Es un fantasma. Y medio que da miedo.

16.7.14

Espejito, espejito...

Piel estirada, cejas prolijamente delineadas, pestañas de curva perfección y una exagerada base de homogénea blancura que tiñe todo su rostro. La forma de su boca también parece un artificio, como si –literalmente- tuviese la sonrisa dibujada. Tiene aires de geisha, pero no. Tiene algo sorprendente, tristemente llamativo: camina con espejo. Con sus sesenta y tantos años a cuestas, desanda lentamente la calle Ciudad de la Paz, mientras se mira una y otra vez en su fiel espejito de mano. Un ojo en el espejo, un ojo en el camino. Cada tanto, se detiene. Se acomoda algún cabello que salió de lugar. Saca una pinza y extrae algún pelito rebelde. Sigue su curso. Es capaz de hacer varias paradas a lo largo de una misma cuadra. Debe tardar horas en llegar al supermercado, pero no le importa. Lo único que le interesa es la perfección, la celosa prolijidad de su rostro. A veces, se detiene frente a la vidriera del local y se queda un rato observando la mercadería. O se queda mirando su reflejo en el vidrio, no sé.

12.6.14

Zvonimir


Tengo varias camisetas de fútbol, pero sin dudas una de mis preferidas es la de la selección de Croacia. Es cierto, no es de las "oficiales"; la compré por unos 10 euros en un puestito de una feria de Florencia durante un viaje a Europa con mi hermano Marcos, varios años atrás (él eligió la de un arquero, el mítico Gianluigi Buffon). La tela es medio trucha, pero ese diseño azul con cuadritos rojos y blancos a los costados siempre me fascinó. Además, no es cualquier casaca: ésta lleva el "10" en la espalda y el apellido de un gran jugador croata: Boban.

Zvonimir Boban nació el 8 de octubre de 1968 en Imotski, un pequeño pueblo de la entonces Yugoslavia. La rompió en el Dinamo Zagreb, donde además de jugadas mágicas y grandes goles, todavía lo recuerdan por una célebre patada voladora contra un policía en un clásico caliente contra el Estrella Roja de Belgrado que se jugó el 13 de mayo de 1990 y que incluyó una feroz batalla campal. Para muchos, fue un simbólico "puntapié inicial" de la terrible guerra que se desató en la región poco después. "No me siento un soldado croata ni un héroe, sino una persona normal, con dignidad. Los héroes llegaron con la guerra. Nosotros sólo fuimos rebeldes", recordó hace poco en una entrevista con el diario Sport.

Lo suspendieron por seis meses y se perdió el Mundial de Italia '90 (Yugoslavia cayó por penales ante Argentina en cuartos de final), pero su carrera futbolera siguió en ascenso. En 1991 lo compró el Bari y rápidamente dio el salto al poderoso Milan, donde brilló y consiguió títulos varios a lo largo de una década. En la selección, tuvo compañeros de lujo como Robert Prosinecki y Davor Suker. Bajo la bandera de Yugoslavia, los tres habían ganado el Mundial Juvenil de Chile 1987 (Boban hizo el gol yugoslavo en el 1-1 de la final contra Alemania y definió la serie para la victoria 5-4 en los penales). Años después, ya jugando para Croacia, fueron claves en aquel histórico tercer puesto conseguido en la cita grande de Francia '98. Boban fue el capitán del equipo que cayó 1-0 (¡gol de Mauricio Pineda!) con la Argentina de Daniel Alberto Passarella en la fase inicial y que luego dejó en el camino a Rumania en octavos para propinarle un recordado 3-0 a Alemania en cuartos. Croacia perdió 2-1 en semis ante el local Francia, a la postre el campeón del mundo, pero cerró su participación con un triunfo por el mismo marcador ante Holanda y se metió en el podio mundialista.


Zvonimir Boban dejó el fútbol en 2002, cuando jugaba para el Celta de Vigo. Ahora, además de ocasional comentarista de partidos por TV, es profesor de Historia. Hizo historia, enseña Historia. Así es Zvonimir. Quizás algo hayan aprendido de él cracks actuales como Modric, Rakitic o Mandzukic... ¿Podrá Croacia repetir en Brasil una actuación como la de Francia 98?

20.5.14

Domingo


A fines de junio de 2011, hace casi tres años, me fui un par de días a San Antonio de Areco. Era mucho más que una “escapada” de fin de semana. No estaba buscando un antídoto contra el estrés laboral ni tratando de reactivar un poco la pareja; en realidad, quería escapar de lo que sentía ya a esa altura como una certeza irrefutable, una segura profecía: River iba a descender. No había dudas. El pesimismo se transmitía desde las piernas nerviosas de los jugadores directo al sentimiento de los hinchas y bajaba de nuevo hasta los protagonistas en forma de miedo. Sí, miedo. Temor al ridículo, a la humillación, a lo impropio para un club como River: bajar a la segunda categoría del fútbol argentino. Apenas el equipo de Juan José López había caído 2-0 en Córdoba ante Belgrano en el partido de ida de la Promoción, puse manos a la obra y comencé a planificar mi huida, mi “escape a la derrota”. El Millo no tenía en su plantel a un Ardiles -mucho menos a un Pelé- e incluso es probable que el Stallone de aquella célebre película ochentosa (Escape a la victoria) atajara mejor que el JP Carrizo de principios de 2011. 


Quería evadirme, irme al medio del campo, a un lugar donde no pudiera escuchar los gritos ni los bocinazos de los bosteros. Si encontraba algún paraje donde ni siquiera hubiera señal para el celular, mucho mejor (siempre hay algún desubicado que te manda un mensaje con “sinceras condolencias”). San Antonio de Areco fue el destino elegido. A 113 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, seguramente el impacto del descenso se sentiría menos, sobre todo si uno decidía hospedarse en una estancia alejada del pueblo, sagaz alternativa que adopté sin dudar y que puso fin a mi frenética búsqueda de alojamiento en internet.

***


Aquel fatídico domingo 26 de junio, amanecí con un molesto cosquilleo en el estómago. Conocía bien esa sensación: era el típico síntoma nervioso que solía tener en la previa de algún partido importante del Millonario. Faltaban horas para el choque de vuelta por la Promoción en el estadio Monumental, pero lo mejor era ni pensar en lo que se venía. Desayuné y salí a disfrutar un poco el tibio sol de aquella mañana de un invierno que recién comenzaba. Un par de casas bien mantenidas, un viejo galpón, un molino y una pileta con agua verde podrida dominaban la escena. Charlé un poco con Domingo, el casero de la estancia, un muchacho de unos 30 años. No pude evitar hablarle sobre mi fanatismo por River. Más allá del cerco perimetral, algunos caballos iban y venían, rompiendo la monotonía de un apacible paisaje rural. Había tomado la decisión correcta. No había mejor lugar que ese para desandar aquella traumática jornada. De repente, una alocada idea comenzó a rondar mi cabeza, algo que jamás hubiese imaginado antes, una suerte de herejía: la posibilidad de no ver el partido. ¿Qué más daba, si la historia ya estaba escrita? No era más que un apesadumbrado hincha de River, incapaz de torcer un destino que sólo estaba en manos –en las piernas nerviosas- de los jugadores. Podía soportar la intriga de no saber el resultado. Podía mantenerme alejado del pequeño televisor de nuestra cabaña, claro que sí. Había comprado carne para hacer un asado. En definitiva, me esperaba un programón: asado, vino tinto y una siesta al sol junto a mi mujer. La vida era hermosa. La vida era mucho más que fútbol.

***

Después de un chori, un buen pedazo de vacío, unas cuantas copas de vino tinto y un ratito al sol, no aguanté más. No había gritos ni ruido alguno en aquel inhóspito paraje; no se escuchaba ningún indicio que permitiera fantasear sobre el resultado parcial. Sabía que el partido había empezado ya hace varios minutos y el cosquilleo en el estómago no sólo había regresado, sino que se estaba volviendo insoportable. Corrí a encender el televisor y me topé con la imagen de los comentaristas en pleno entretiempo. River ganaba 1-0 y Pezzotta no había cobrado un claro penal para los de Jota Jota. La permanencia estaba ahí, al alcance de la mano. Quedaban 45 minutos y había que meter un gol, ya que el Millo contaba con la clásica “ventaja deportiva” que tenían todos los equipos de Primera en aquel tan mentado sistema de Promoción. Ya no pude despegarme de la pantalla. Tenía que ver el segundo tiempo. Tenía que saber si el milagro de la permanencia ocurría, tenía que gritar con todo el gol de la salvación… 

***

Cuando Farré tomó el desafortunado rebote en Alexis Ferrero y la mandó a guardar, sentí como si me clavaran un puñal. Pero lo peor no fue ese profundo dolor que empezó a adueñarse de mis entrañas; lo peor fue que en ese momento me di cuenta que no estaba solo, que toda mi pensada estrategia para sufrir lo menos posible había fracasado estrepitosamente. Mientras el relator aún estiraba la “o” de aquel gol de Belgrano, a través de la ventana de la cabaña un hombre vestido con la camiseta de Boca me gritaba el gol Pirata en la cara. Era Domingo, el casero. Domingo bostero, gozando con mi amargura. Había hecho 113 kilómetros, había elegido una estancia en el medio de la nada para no tener contacto con nadie y el casero del lugar había resultado ser fanático de Boca. No podía tener tanta mala leche. Hice un enorme esfuerzo para no terminar a las trompadas y hasta soporté una segunda aparición de aquel muchacho por la ventana, cuando los incidentes en el Monumental marcaron el final de un partido ya sentenciado. Le cerré la cortina en la cara, me desplomé en la cama y rompí en llanto.


***

No sabía que quería tanto a River. O sea, sabía que era hincha fanático del equipo de la banda roja; gozaba con sus victorias y sufría con sus derrotas, pero nunca había tenido una prueba tan evidente de la profundidad del sentimiento que me unía con ese equipo de fútbol. Era la primera vez que lloraba por River. Esa caída, aquel descenso tan temido, era mucho más que el peor momento de la historia del Millo; para mí, también representaba la evidencia cabal de un amor enorme. Un amor que mi abuelo y mi viejo habían sembrado desde que era chico y que se había agigantado con el correr de los años. Creo que nunca me sentí tan hincha de River como aquella tarde, tirado en una cama en San Antonio de Areco, a más de cien kilómetros del Monumental, llorando desconsoladamente por el descenso a la “B” Nacional. 

***

El domingo pasado, casi tres años después de aquel triste 26 de junio de 2011, River volvió a gritar campeón en Primera. Es cierto, Carbonero no es Ardiles, Lanzini no se parece en nada a Pelé y Barovero es un desgarbado alfeñique al lado del musculoso Stallone, pero el Millo pudo elaborar su propio Escape a la victoria. 


Esta vez, no lloré. Salí de casa corriendo y me fui a festejar con mis hermanos, ambos fanáticos de River. Fue una alegría enorme, una gran emoción, pero hago memoria y no me quedan dudas: uno es mucho más hincha en el dolor, en el sufrimiento. En las malas, mucho más.

21.11.13

La noche del “Puuuummm!” y del “Zzzuuuhhhh!”


Yo estuve aquella noche del “Puuuummm!” y del “Zzzuuuhhhh!”. Tenía 17 años, estaba por terminar la escuela secundaria y ya era un enfermo de River. Habíamos ido al Monumental con “Nacho” y “Larva”, que nos había ofrecido un trueque muy tentador: repartir volantes para un candidato adentro del estadio a cambio de no pagar la entrada. Se venían las elecciones en el club y eran tiempos de campaña. Creo que fue la única vez que entré gratis a la cancha. En aquel entonces la política de River me importaba poco y nada;  sólo quería ver jugar al “Millo”, disfrutar con su buen fútbol, gritar los goles del equipo, festejar los campeonatos. Y en eso andaba veinte años atrás, aquel viernes 19 de noviembre de 1993. Con un manojo de volantes en la mano y un par de ojos clavados en el verde césped del Monumental, donde el River de Passarella y el Lanús de Miguel Angel Russo empataban cero a cero promediando el segundo tiempo. Hasta ahí, lo más emocionante había sido un escupitajo de “Nacho” que había impactado -sin querer- en la humanidad de un hincha que justo pasaba por delante nuestro. El damnificado nos miró enfurecido y enseguida imaginé lo peor: batahola en plena tribuna, golpes volando por los aires y el regreso a casa con un ojo hinchado (en el mejor de los casos). Sin embargo, un rápido pedido de disculpas pareció conformar a la víctima del salivazo y yo respiré aliviado.

En la cancha no pasaba demasiado. River no encontraba los caminos para doblegar el arco de Ojeda, pero Passarella seguía sin tocar el banco de suplentes, donde junto al “Flaco” Saccone y a “Richard” Altamirano, habitaban algunos nombres que luego serían ilustres –el “Pelado” Almeyda y el “Muñeco” Gallardo- y otros que pasarían francamente desapercibidos para el hincha millonario, como el “Polaco” Daniel Dobrik. El partido seguía cero a cero, pero en cuatro minutos todo iba a cambiar. 


A los 22 del complemento, Ramón Ismael Medina Bello calzó de volea un córner desde la derecha y la pelota se incrustó contra la red. Fue el “Puuuummm!”. A los 26, el “Mencho” de Gualeguay metió un cabezazo que dibujó una preciosa parábola y puso el 2-0 que sería definitivo en aquella noche del Monumental. Fue el “Zzuuuhhhh!”. River quedaba primero con 16 puntos, seguido por el “Granate” y Vélez, ambos con 14. Un par de días después, “La Academia” y “El Fortín” protagonizarían otro de los partidos destacados de la jornada: victoria 2-0 del equipo de Avellaneda en Liniers con aquella increíble chilena del “Lagarto” Fleita que dejó inerte a Chilavert y sentenció el encuentro.


Al término de la fecha, extasiado por los goles del “Mencho” y el triunfo de River, corrí a comprar El Gráfico, que en su tapa mostraba al goleador entrerriano abrazado por sus compañeros y titulaba: “River se juega al título”. En un recuadrito, a la izquierda, el “Flaco” Menotti posaba mostrando la camiseta del clásico rival. “Boca se juega a Menotti”, decía la revista. Y arriba de todo otro título daba cuenta de la reciente y angustiosa clasificación a Estados Unidos ’94: “Vamos al Mundial, ahora hay que armar la Selección”. Sin dudas, una edición con varios temas fuertes. Para mí, sin embargo, siempre será lisa y llanamente El Gráfico del “Puuuummm!” y del “Zzzuuuhhhh!”, tales las onomatopeyas que usó el periodista que escribió la crónica sobre aquel triunfo “Millonario”.


En la nota, se evocan otras jornadas de gloria del “Mencho”. Se mencionan los dos goles a Newell’s en julio de 1992 para meterse en la Copa Libertadores, el taquito contra Perú jugando para la Selección por Eliminatorias en el Monumental, un cabezazo contra Paraguay y finalmente uno que se destaca claramente sobre el resto: aquella obra maestra que dibujó ante Estudiantes de La Plata el 13 de mayo de 1990 y que ayudó a darle un campeonato a River. “El mejor de mi vida”, dijo alguna vez el Mencho. Caño a un Trotta que pasa de largo como bondi lleno, el “Ruso” Prátola que tampoco puede, el arquero Battaglia que queda pagando (pelota por un lado y jugador por otro) y toque a la red ante el cierre desesperado de Craviotto. El mejor, sin dudas. Cuando me acuerdo del “Mencho” me vienen a la mente dos cosas: aquella noche de  sus dos golazos a Lanús y –sobre todo- aquella apilada fantástica contra el Pincha que provocó el delirio de miles de hinchas de River.


Este año pude ver al querido “Mencho” nuevamente jugando al fútbol en el Monumental. Fue en la despedida del “Burrito” Ortega, el último gran ídolo del “Millo”. Aquel entrerriano que de chiquito cazaba nutrias y de grande aprendió a cazar goles, tiene ahora 47 años, algunos (cuantos) kilitos de más y menos potencia que antes. No hubo “Puuuummm!” ni “Zzzuuuhhhh!” en aquella tarde-noche de Nuñez, pero su sola presencia me llenó de alegría. 

26.7.13

Sobredosis de los Pérez García

J ha llevado al extremo la famosa frase “tiene más problemas que los Pérez García”, generalizando su uso para prácticamente cualquier situación. Suele decir cosas como:

“Tiene más vueltas que los Pérez García”

“Tiene más amigos que los Pérez García”

“Mira más partidos que los Pérez García”

“Come más que los Pérez García”

“Se queja más que los Pérez García”

Y la última que le escuché:

“Esta billetera tiene más cosas que los Pérez García”

Se lo aplica a casi todo, sin importar de qué se trate. J tiene menos frases que los Pérez García.

4.4.13

Pearl Jam, el barro, "Lo de Charly" y el recuerdo

Parten desde el mismo lugar, pero se encuentran recién a los 12 kilómetros, dos horas después. Se miran los pies y –aunque no se han visto nunca- se reconocen de inmediato. La parejita de la mesa de afuera. Los dos amigos que esperan sentados su pedido para llevar. Los novios espigados que abren la puerta después de haber calmado ese apetito voraz que suele asaltar a cualquiera después de un recital. Y él, claro. Los unen el amor por Pearl Jam, las zapatillas cubiertas por una gruesa capa de barro y el afán por comerse un buen chori o un sándwich de bondiola o lo que sea que salga de esa siempre activa parrilla de “Lo de Charly”, parada obligada de los hambrientos que pasan por Villa Ortúzar. No necesitan hablar. Una mirada, quizás un leve gesto, una sonrisa. Y el recuerdo, claro.

 Oh, dear dad / can you see me now / I am myself / like you somehow…


"Release" (Costanera Sur, 03/04/2013)

8.12.12

Oscar


El miércoles pasado murió Oscar Niemeyer, el gran arquitecto brasileño que estaba a sólo diez días de celebrar los 105 años (nació el 15 de diciembre de 1907). En 2008, cuando este verdadero genio tenía 101 recién cumplidos, escribí este post: "Niemeyer, el poeta del hormigón armado".

2.10.12

Tiro libre, directo al pasado

“¡¿Señor, señor, me alcanza la pelota?!” El grito de los chicos al otro lado de la reja me despertó de mis cavilaciones. Comencé a mirar para todos lados, pero no lograba distinguir el esférico. “¡Ahí, señor, ahí, la naranja…!”. Pegada al cordón de la vereda, casi debajo de un auto, pude verla. Puse la suela de mi zapatilla encima de aquella pelota anaranjada, la separé un poco del cordón y le metí un derechazo que superó la “barrera” del colegio y la depositó en el medio del patio. Casi como si fuera un centro a la cabeza de aquellos chicos… Aquellos chicos que rápidamente se olvidaron de mí y volvieron a la acción.

Cuántas veces me había subido a una reja similar…, pidiendo a los eventuales transeúntes por algún esférico que había salido demasiado alto en el medio de un partido chivo en pleno recreo… Una pelotita de tenis, una de gomaespuma azul, una Pulpo bastante saltarina y hasta algún improvisado manojo de papel rodeado por varias vueltas de cinta adhesiva. Algunos no daban ni bola. Apuraban el paso y seguían su camino sin despegar la vista del frente. Otros pensaban que se trataba de una broma y que no había pelota alguna (a veces, tenían razón…). Y, por supuesto, también estaban aquellos que entendían de la imperiosa necesidad de seguir jugando, de aquella sangre que hervía por meter el gol de la victoria antes de que sonara el timbre. El juego seguía inmediatamente en el lugar donde caía la pelota. Apenas había tiempo para un “gracias” tirado a coro entre todos.

Pasaron mucho años ya de aquellos picados (bueno, tampoco tantos...). Ahora estoy del otro lado de la reja y soy yo el que devuelve la redonda al grito de “¡señor-señor!” (qué viejo estoy…). Y entonces debo conformarme con ese pelotazo que cruza la calle y supera el muro de la escuela. Ese pelotazo que reinicia un partido que ya no juego. Ese pelotazo que hace volar mi memoria. Tiro libre, directo al pasado.

12.7.12

Los colegiales y el frío

Siempre los veía pasar. Reían, bromeaban, se lanzaban frases y miradas después de un día de clases. "Acá hay amor", pensaba cada vez que los veía caminar lado a lado por Ciudad de la Paz con sus uniformes escolares y sus caras todavía con vestigios de acné.  Él, jugando a hacerla enojar. Ella, ensayando su más dulce reprobación. 

Ayer los vi pasar de nuevo, pero esta vez iban abrazados. Como si el frío los hubiese unido. Bromeando, riendo, tiritando un poco. Ellos, los colegiales. Con los ojos encendidos.

13.6.12

La mujer que lloraba dormida

Como tantos otros que viajaban sentados en aquel vagón del subte, ella tenía los ojos cerrados. A un lado, un oficinista leía la sección deportiva del Clarín. Al otro, un estudiante de Medicina revisaba minuciosamente un apunte con dibujos de huesos, músculos y articulaciones. Pero aquella mujer que andaba por los cincuenta permanecía inmutable. Con la cabeza levemente inclinada, ofrecía su cabellera cobriza (y unas cuantas raíces canosas) a la vista de los demás viajantes. Parecía profundamente dormida, al igual que tantísimos pasajeros que a esa hora todavía andan haciendo equilibrio entre el sueño y la vigilia.

De pronto, una lágrima brotó de uno de sus ojos. Y a ésta le siguió otra. Y otra más, deslizándose por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Sus ojos permanecían cerrados, pero adentro alguien había abierto el grifo de la tristeza, convirtiéndolos súbitamente en un silencioso manantial. Sin embargo, en su rostro no había expresión alguna. Recién cerca de la estación Catedral, sus manos se propusieron limpiar aquel imprevisto humedal. Finalmente, sus ojos se abrieron y un par de pañuelos aparecieron para terminar de borrar cualquier evidencia de aquella desazón subterránea. Era hora de entrar al trabajo. Tiempo de barrer la tristeza debajo de la alfombra. De sus párpados.

17.5.11

La fórmula que el hijo no aplicó

- ¿Sabés cuántos años tengo? -le preguntó el viejito al muchacho, ya sentado en el lugar que éste le había cedido.

- No sé, me pone en un compromiso -respondió el joven.

- Dale, ¿cuántos años tengo? -repitió aquel veterano pasajero del subte, de cabellera gris y piel arrugada.

- Setenta y cinco -arriesgó, tirando un poco para abajo adrede.

- Noventa, tengo noventa.

- Ah, estás enterísimo.

- ¿Querés que te diga la fórmula para llegar a mi edad?

- A ver, ¿cuál es? -se interesó el treintañero.

- Tratar de no morir en el camino -se burló el viejito.

Y le contó que aún iba a la cancha. Que era socio vitalicio de Boca (le mostró el carnet). Que se había alegrado con la victoria en el superclásico, pero también entristecido por Carrizo. Y por sus nietos, que eran todos de River. Que su hijo era hincha xeneize como él. Y que había fallecido hace sólo dos meses. Así, de repente, se había ido, desoyendo la fórmula de su padre.

- Tratá de no morir en el camino -repitió, antes de bajarse del subte.

Y el joven prometió seguir su consejo.

16.3.11

Segura de su inseguridad

Está segura. Los delincuentes acechan a la vuelta de la esquina. Por eso lleva el spray para defensa personal en la mano. Sí, en la mano. "¿Para qué sirve guardado?", pregunta ella, que ya lo usó un par de veces. Está insegura. Por eso sale a la calle con un silbato colgado al cuello. Y lo hace sonar en situaciones sospechosas. Para alertar a posibles víctimas. O asustar a eventuales malhechores. Está segura. Puede pasar en cualquier momento, ante la más mínima distracción. Por eso cuando traspasa la puerta y pone un pie en la vereda, mira a ambos lados con ojos rápidos y punzantes. Y nunca deja de sujetar fuerte a su pequeño caniche. Está segura: está insegura. Está segura de su inseguridad.

31.10.10

Ese sueño


Estábamos almorzando, comiendo un asado. Néstor, mi viejo, yo y algunas personas más. Todos alrededor de la larga mesa de aquella casa de Ingeniero Maschwitz. Aquella entrañable casa que construyó El Negro y que todos queríamos tanto. Néstor, mi viejo y yo, charlando sobre algo que ahora no recuerdo. Sólo me acuerdo que la estábamos pasando bien. Y que al otro día no podía creer haber tenido ese sueño.

23.9.10

¿Alguna vez vieron tanta facha junta?

Eso solía preguntar una y otra vez, con su habitual humor, El Tano. Hace un año que nos quedamos sin su "tormenta de facha", sin La Boba ni El Fantasmita de Villa Lía. Sin sus ironías y sus graciosos relatos. Sin sus increíbles pasos de baile. Sin un amigo.

15.9.10

El abogado Sinley

El otro día viajé en el subte con el abogado Sinley. El de la vida sin normas. Putas, alcohol y despilfarro. Hablaba y se reía, sin importarle su deteriorada dentadura. “A las mujeres les digo: ‘Hoy es Puerto Madero y champagne, pero mañana puede ser pan y cebolla’”.

Pasan las estaciones y el abogado Sinley cuenta y cuenta. A su novia actual se la presentó una prostituta que él solía frecuentar. “Se quedó uno, dos, tres días y ahora hace nueve meses que está conmigo”, confiesa. Su nieto Valentino le dice “puta” y eso a él parece encantarle. Valentino es su debilidad. Por eso, lo visita todos los días, aunque sea cinco minutos. Cuando se despide, el pequeño no se hace problemas: “Ahora viene mi otro abuelo”, le tira.

El abogado Sinley asegura que el chiquito no llega a los tres años, pero que ya putea como un experto. “El otro día hicimos un piquete de calesita. Fuimos y la calesita estaba cerrada. ‘Puta madre’, gritó el pendejo. Y después se la agarró con el calesitero: ‘Puto, abrí’”. La mamá de Valentino no está muy contenta con la forma de vida de su papá, el abogado Sinley. “Perdoname, es el papá que me tocó”, le dijo a la nueva novia del letrado cuando se la presentaron.

Pierdo la noción de las estaciones. De repente, un colega lo saluda desde el otro lado del vagón. Le pregunta por su nieto y sue nueva novia. Todo lo que me ha contado Sinley parece cierto. Después, este otro boga dice que estuvo ternado otra vez para no sé qué puesto y que no lo eligieron, pero que la próxima vez le pedirá ayuda para salir seleccionado. Sinley parece haber sido alguien importante. Bah, al menos un tipo con contactos. Uno de esos abogados que, aunque en decadencia, se conocen todos los pasillos de Tribunales y también es conocido por todos en el ambiente judicial.

Estación Palermo. El abogado Sinley hace un gesto como para levantarse. Tiene que bajar. Saluda a su colega. Y también a mí. “Chau, pibe, un gusto para vos haberme conocido”, bromea. “Igualmente”, repito sin pensar. Y allá va él. Rumbo a la escalera mecánica. Sinley. Que se pierde entre la gente.

9.10.09

La cátedra

“Con el tiempo, no esta noche, Humberto va a saber que sólo le falta su propia historia. Encontrarla. Conseguirá precisar algo de eso en una caminata por los entrepisos del shopping, o al aplastar entre dos porciones y el moscato su masa cerebral contra el mostrador de la pizzería: su historia no tenía imágenes dentro de él. Parpadeaba en alguna otra parte. En el espanto, llegará a decir Humberto. Recién entonces empezará a comprender que lo abominable, eso apagado, raspando, persiste siempre en los bordes de las cosas.”

La cátedra, Nicolás Casullo

Como recuerda Ricardo Forster hoy en una columna publicada en Página/12, hace un año fallecía Nicolás Casullo. El Doctor Chapatín, como muchos estudiantes de Comunicación le decíamos desde las sombras, fue quizás el profesor que más impacto me causó en mis años de paso por Ramos Mejía. Pasión. Eso es lo que uno llegaba a sentir a veces en sus téoricos y a lo largo de buena parte de esa historia del pensamiento trazada en el libro Itinerarios de la modernidad.

Todavía recuerdo aquella mañana del 19 de diciembre de 2001, cuando Casullo, el titular de la cátedra, me tomó el final de Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (PCPC, en la jerga estudiantil). Sí, el 19 de diciembre. Apenas un rato antes que la historia argentina inmediata diera un vuelco. Estaba nervioso, como siempre antes de un exámen oral. Pero el Doctor Chapatín transmitía paz y serenidad. Y pude aprobar sin problemas.

Casullo me hizo conocer, entre otras, la obra de tipos como Karl Kraus, aquel ácido periodista vienés que en soledad escribía, editaba y vendía su propio periódico (La Antorcha) y que ya en 1910 decía cosas como esta: “Estoy convencido de que los acontecimientos ya ni siquiera acontecen. Son los clichés, la fraseología la que trabaja por su cuenta. El lenguaje ha podrido la cosa, el tiempo tiene hedor de frase periodística”.

Hoy, un año después de la muerte de Casullo, casi con seguridad tengamos una nueva Ley de Medios. Ojalá así sea, aunque la norma pueda tener sus deficiencias. Al menos, para que podamos respirar mejor. Para que ese hedor no sea tan nauseabundo.

5.10.09

Código genético

H(82) N(94) MV(07) V(07) – H(05) L – 12 01 76 – D – M S J – L – L – A J – K L I A L L M M J – 86 95 99 04 – H M M P – M F MV JM L MV – A L L J Z C – 1619 408 601 1701 2027 3915 – 12A 11 20A 14A 9C 717 – M E I E G E P – BB CS CA – CC UBA ISCEA – 88 93 – RP – LH – M A S I E N D G S S(09) D – C R E L L L M R L – MV – ML – G D – S M T C P A T F M S L L JI I J A E C E P V JP R F J – BUE MAS PDE MON FLO SAL MIA CAN HAB SAN CIE TRI SCU BAR MAD ZAR BCN MAL PRA NIZ ROM FLO VEN AMS PAR LON COL PIN MDP MAD BAR SMA PEN RAF CAR MAR CHO RIO NAT ITA FOR PIP CQU LIM CUZ PUN COP IDS ARE PAR HUA MAN QUI YAV HUM IRU MAI TIL PUR SAL CAF ANG CAC TUC TAF IGU ASU SPE CHA VLI VGE LAP CPA RCE AZU MSP CAR – GNR NIR PJ SS RH MASS R LG MN CT JD STP BV BAB – MMET MMER MMEA – … ¿?

24.9.09

Sí, Tano

"¿Me vas a llorar, Rueda?" La pregunta salió -unos meses atrés- de boca del Tano. Tal vez estaba deprimido o quizás era otra de sus habituales bromas. Lo cierto es que en unos días viajaba por laburo a Chicago e insistía en que su avión se iba a caer. "¿Me van a llorar?", preguntaba una y otra vez. "Dejate de joder, Tano", contestábamos casi a coro con Paco y El Beto.

Por supuesto, su avión no se cayó. Pero, pocos meses después, la vida del Tano se apagó inexplicablemente. Y ahora, a kilómetros de distancia, absorto, triste y aún incrédulo, recuerdo aquella pregunta, entre seria e irónica: "¿Me vas a llorar, Rueda?".