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29.9.14
Se hizo la película
Salió del cine después de ver "Relatos salvajes" y su auto ya no estaba: se lo había llevado la grúa.
26.7.13
Sobredosis de los Pérez García
J ha llevado al extremo
la famosa frase “tiene más problemas que
los Pérez García”, generalizando su uso para prácticamente cualquier situación.
Suele decir cosas como:
“Tiene más vueltas que
los Pérez García”
“Tiene más amigos que los
Pérez García”
“Mira más partidos que
los Pérez García”
“Come más que los Pérez
García”
“Se queja más que los
Pérez García”
Y la última que le
escuché:
“Esta billetera tiene más
cosas que los Pérez García”
15.11.12
"Merece" y otras humanidades
En Uruguay, cuando uno da las gracias, no
recibe un simple "de nada". Del otro lado, casi siempre responden con un "merece".
Como si hubiésemos hecho mérito. Como si nos dieran un premio.
Margarita acusa problemas de memoria y vive
una vida de placeres en su rancho de Trinidad. Come y duerme. Come y duerme. Cuando termina el plato, se olvida de que ya comió
y entonces pide que le vuelvan a servir. ¿Se olvida?
La noche avanza y, en un
momento, la cabeza de D empieza a caer. En una reunión, una cena, un asado, un
cumpleaños, lo que sea. No importa. Meta cabezazo, él lucha para no quedarse
dormido, pero es en vano: el sueño siempre gana. Viene de familia.
R puede pasar horas
imaginando los goles que hará el domingo. De cabeza, de afuera del área, de
apilada monumental, hasta de chilena. Sin embargo, el domingo bastan 90 minutos
para caer en la dura realidad. Sí, R es el "goleador de los sueños".
El bondi frena de golpe y
ella, que viaja en el medio del pasillo, se agarra como puede…, del mango del
limpiavidrios de otro pasajero.
Para dormir, a J le gusta
usar remeras de Massacre. Y eso que nunca escuchó a la banda del gordo Walas y
compañía. Seguro es por mi culpa.
24.8.11
Manejar descalzo y otras humanidades
A la hora de manejar, nada como hacerlo “en patas”. Con los pies pelados se pueden sentir los pedales y casi como que uno se hace parte del auto. O, mejor dicho, el auto se hace parte de uno.
Descolgar la ropa, lavar los platos, pasar la escoba, regar las plantas. Cuando B quiere pedirle algo a P, le lanza un latiguillo infalible. “¿Te animás a…?”, pregunta sin preguntar. En general, P se anima, aunque a veces le da un poco de miedo.
Ayax tiene sólo 8 años y una profundidad que asombra. El otro día armó frases con unas palabras-imanes que pegó en la puerta de la heladera. “¿Demonio, eras un niño?”, se preguntaba en una de ellas. Y, en otra, sentenciaba: “Muero en TV”.
La pequeña Abrilita no quiere que los taxistas tomen helado. “Tienen que manejar con las dos manos”, explica, segura de su argumento.
Cuando hacen alguna escapada juntos, P y V vuelan en aviones separados. Sí, aunque suene increíble, viajan al mismo lugar en aeronaves diferentes. ¿El motivo? Las probabilidades de que ambos mueran por sendos accidentes aéreos son muy bajas: tal vez se caiga un avión, pero dos el mismo día es prácticamente imposible. Así, en caso de una tragedia, al menos uno vivirá para cuidar a sus dos hijos. “Diversificamos el riesgo”, dicen ellos. Alto racionalismo.
Descolgar la ropa, lavar los platos, pasar la escoba, regar las plantas. Cuando B quiere pedirle algo a P, le lanza un latiguillo infalible. “¿Te animás a…?”, pregunta sin preguntar. En general, P se anima, aunque a veces le da un poco de miedo.
Ayax tiene sólo 8 años y una profundidad que asombra. El otro día armó frases con unas palabras-imanes que pegó en la puerta de la heladera. “¿Demonio, eras un niño?”, se preguntaba en una de ellas. Y, en otra, sentenciaba: “Muero en TV”.
La pequeña Abrilita no quiere que los taxistas tomen helado. “Tienen que manejar con las dos manos”, explica, segura de su argumento.
Cuando hacen alguna escapada juntos, P y V vuelan en aviones separados. Sí, aunque suene increíble, viajan al mismo lugar en aeronaves diferentes. ¿El motivo? Las probabilidades de que ambos mueran por sendos accidentes aéreos son muy bajas: tal vez se caiga un avión, pero dos el mismo día es prácticamente imposible. Así, en caso de una tragedia, al menos uno vivirá para cuidar a sus dos hijos. “Diversificamos el riesgo”, dicen ellos. Alto racionalismo.
11.10.10
El exilio de Perón
1.10.10
Los mundos, el mundo
La parejita que paseaba al perro. El hombre de sobretodo que aguardaba para cruzar carpeta en mano. El peluquero que charlaba con su cliente. El muchacho que llevaba el CPU. La niña que miraba hacia la calle desde la ventana de aquel primer piso. La piba que mandaba y mandaba mensajes de texto y sonreía y sonreía. El viejo desaliñado de aquel kiosco medio sucio donde compré los Sugus confitados del día. La mujer que se enojó cuando la empujé sin querer en el subte (y que se enojó un poco menos cuando le pedí perdón y atribuí el empujón a una “reacción en cadena”).
A todos ellos miré hoy. A todos ellos. Con sus simplezas y complejidades. Sus vidas enormes y profundas. Llenas de cosas. Vacías, tal vez. Pero siempre llenas de cosas. Asuntos nimios o relevantes. Siempre importantes para cada uno. Complejidades. Cientos de miles de vidas complejas entremezclándose. Miles de millones de mundos. Haciendo a este mundo aún más infinito.
¿Qué estarán pensando? ¿Qué canción estarán cantando? ¿Qué comerán hoy a la noche? ¿Qué comprarán en el supermercado? ¿Qué les esperará cuando lleguen a sus casas? ¿Llegarán? ¿Qué palabras dirán al cruzar la puerta? ¿Habrá para ellos una sonrisa o tal vez un gesto adusto? ¿Habrá alguien para ellos o sólo un ambiente vacío? ¿A quién amarán? ¿En quién pensarán? ¿Con quién soñarán? ¿Con qué soñarán?
A todos ellos miré hoy. A todos ellos. Con sus simplezas y complejidades. Sus vidas enormes y profundas. Llenas de cosas. Vacías, tal vez. Pero siempre llenas de cosas. Asuntos nimios o relevantes. Siempre importantes para cada uno. Complejidades. Cientos de miles de vidas complejas entremezclándose. Miles de millones de mundos. Haciendo a este mundo aún más infinito.
¿Qué estarán pensando? ¿Qué canción estarán cantando? ¿Qué comerán hoy a la noche? ¿Qué comprarán en el supermercado? ¿Qué les esperará cuando lleguen a sus casas? ¿Llegarán? ¿Qué palabras dirán al cruzar la puerta? ¿Habrá para ellos una sonrisa o tal vez un gesto adusto? ¿Habrá alguien para ellos o sólo un ambiente vacío? ¿A quién amarán? ¿En quién pensarán? ¿Con quién soñarán? ¿Con qué soñarán?
7.8.10
El spray
A veces, cuando bostezamos, nuestra boca puede llegar a lanzar un gracioso spray de saliva hacia el exterior. Sólo sucede cuando nuestra garganta adopta cierta posición única con la parte posterior de la lengua. Es un punto justo. Una extraña alineación bucal. Algo que se da muy poco. Sin embargo, cada tanto, corremos el riesgo de empapar a quien tenemos en frente. Como si fuésemos un Rey Momo. O una cobra venenosa. Asqueroso pero real.
26.7.10
El paso incómodo
Cuando, por cuestiones del azar, caminamos lado a lado, al mismo ritmo que un extraño, el paso se torna incómodo. Entonces, suele suceder que uno acelera. O el extraño baja un cambio. O viceversa.
15.7.10
Reincidente
El hombre es el único animal capaz de pisar dos veces la misma baldosa floja. Todo un reincidente en eso de empaparse las zapatillas.
5.7.10
(Mi) Historia de los Mundiales
En el ’78 tenía apenas dos años y cero registro de aquel título que consiguió el equipo de César Luis Menotti. Del ’82 tampoco recuerdo nada, ni el 1-3 con Brasil, ni la eliminación argentina, ni aquel patadón de pura impotencia de Diego y su expulsión. El primer Mundial que viví como todo un futbolero de ley (que efectivamente ya era a los 10 años), fue México ’86.
Hay cosas que no se olvidan más. Como aquella tarde nublada en la que vimos Argentina-Inglaterra en la casa del Toro Mú. Al viejo del Toro no le gustaban los relatos de la TV y por eso apagaba el sonido y ponía la radio con Víctor Hugo. Así fue que vi el mejor gol de la historia de los mundiales mientras escuchaba el mejor relato de la historia de los mundiales. Barrilete cósmico. Para la final, nos fuimos a la casa del Escandinavo. Sufrimos mucho con el empate alemán cuando parecía todo cocinado y gritamos como nunca (con montonera incluida) el gol definitorio de Burru. Después, nos subimos al Peugeot 504 verde rural de mi viejo para festejar con bocinazos y banderas en el centro de Ingeniero Maschwitz. Inolvidable.
También recuerdo que durante y después del Mundial jugábamos al fútbol con los nombres de las grandes figuras. Mi hermano y yo estábamos fascinados con la sorprendente Dinamarca que finalmente cayó en octavos por goleada contra España. Él era Michael Laudrup y yo, Eljkaer Larsen (moría por aquella camiseta número 10 danesa, de gran diseño). Fuera de los argentinos, Scifo era de los más elegidos y, a la hora de ir al arco en aquellos eternos “mete-gol-entra”, se imponía otro belga: Jean Marie Pfaff. Además, nos la pasábamos entonando la canción del Mundial (la primera que quedó en nuestras mentes): “México ’86, México ’86, el mundo unido por un balón…”.
Con Italia ’90, ya adolescentes, sufrimos como locos. Y es que ese Mundial fue un sufrimiento para Argentina. El partido inaugural lo vimos en el departamento de la calle Arcos. Compramos papas fritas, chizitos, palitos, Coca, de todo; y nos comimos ese gol increíble de Omam Biyik. Bah, se lo comió Pumpido. Era lo mismo: Argentina había perdido 1-0 contra Camerún. Sufrimos también con la lesión de Nery, el ajustado pase a la segunda fase, los penales con Goyco en Yugoslavia e Italia y la triste y mediocre final que perdimos con Alemania. Pero hubo algo que gozamos como nunca: el increíble 1-0 contra Brasil en octavos de final. Lo que pasó cuando Caniggia metió ese gol tras el jugadón de Maradona fue algo que nunca volví a ver. El festejo más loco y furibundo. Ese día estábamos en la sede de Los Horneros y se rompió todo, desde un sillón hasta las muletas de madera del Beto, que poco tiempo atrás se había lesionado feo.
Pero el Mundial de Italia fue sólo el primero dentro de una larga racha de frustraciones. En Estados Unidos ’94 sufrimos cuando le “cortaron las piernas” a Diego y nosotros no sabíamos bien qué creer. En Francia ’98, salimos a festejar cuando le ganamos a Inglaterra por penales en octavos (recuerdo una turista estadounidense entremezclada con la masa que no podía entender tanta algarabía), pero luego sucumbimos con el gol de Bergkamp que nos mandó a casa. Ni hablar de 2002, cuando el sueño se evaporó en primera ronda. Las caras largas que vi en ese subte matutino cuando iba al laburo luego del partido con Suecia tampoco podré olvidarlas jamás. En 2006 estaba desempleado, así que miré absolutamente todos los partidos. Sí, todos todos. Tenía el cable recién instalado y un laburo casi seguro que arrancaba en agosto, así que la panzada de fútbol fue feroz. El gol de Maxi Rodríguez contra México en el alargue fue el último que me dejó afónico de tanto grito. La derrota con penales en cuartos ante Alemania, el local, dejó el sinsabor de saber que se podría haber llegado más alto, pero Argentina había hecho un buen papel.
Y llegó 2010. El primer Mundial que me tocó trabajar. Y trabajando se sufre menos, claro. Hay que poner la cabeza en acción y no hay mucho tiempo para gritos ni llantos. No hubo encuentro con los pibes para ver los partidos de la Selección. Y el golpe de la goleada de cuartos de final ante Alemania lo viví en una redacción. Una redacción que, salvo alguna excepción, se sumió en el más absoluto silencio cuando terminó el partido. Allí, más que nunca, trabajar fue la mejor medicina, el único remedio contra el dolor. Ese dolor que de a poco a uno lo va invadiendo, cuando piensa que faltan cuatro años para el próximo Mundial…
Hay cosas que no se olvidan más. Como aquella tarde nublada en la que vimos Argentina-Inglaterra en la casa del Toro Mú. Al viejo del Toro no le gustaban los relatos de la TV y por eso apagaba el sonido y ponía la radio con Víctor Hugo. Así fue que vi el mejor gol de la historia de los mundiales mientras escuchaba el mejor relato de la historia de los mundiales. Barrilete cósmico. Para la final, nos fuimos a la casa del Escandinavo. Sufrimos mucho con el empate alemán cuando parecía todo cocinado y gritamos como nunca (con montonera incluida) el gol definitorio de Burru. Después, nos subimos al Peugeot 504 verde rural de mi viejo para festejar con bocinazos y banderas en el centro de Ingeniero Maschwitz. Inolvidable.
También recuerdo que durante y después del Mundial jugábamos al fútbol con los nombres de las grandes figuras. Mi hermano y yo estábamos fascinados con la sorprendente Dinamarca que finalmente cayó en octavos por goleada contra España. Él era Michael Laudrup y yo, Eljkaer Larsen (moría por aquella camiseta número 10 danesa, de gran diseño). Fuera de los argentinos, Scifo era de los más elegidos y, a la hora de ir al arco en aquellos eternos “mete-gol-entra”, se imponía otro belga: Jean Marie Pfaff. Además, nos la pasábamos entonando la canción del Mundial (la primera que quedó en nuestras mentes): “México ’86, México ’86, el mundo unido por un balón…”.
Con Italia ’90, ya adolescentes, sufrimos como locos. Y es que ese Mundial fue un sufrimiento para Argentina. El partido inaugural lo vimos en el departamento de la calle Arcos. Compramos papas fritas, chizitos, palitos, Coca, de todo; y nos comimos ese gol increíble de Omam Biyik. Bah, se lo comió Pumpido. Era lo mismo: Argentina había perdido 1-0 contra Camerún. Sufrimos también con la lesión de Nery, el ajustado pase a la segunda fase, los penales con Goyco en Yugoslavia e Italia y la triste y mediocre final que perdimos con Alemania. Pero hubo algo que gozamos como nunca: el increíble 1-0 contra Brasil en octavos de final. Lo que pasó cuando Caniggia metió ese gol tras el jugadón de Maradona fue algo que nunca volví a ver. El festejo más loco y furibundo. Ese día estábamos en la sede de Los Horneros y se rompió todo, desde un sillón hasta las muletas de madera del Beto, que poco tiempo atrás se había lesionado feo.
Pero el Mundial de Italia fue sólo el primero dentro de una larga racha de frustraciones. En Estados Unidos ’94 sufrimos cuando le “cortaron las piernas” a Diego y nosotros no sabíamos bien qué creer. En Francia ’98, salimos a festejar cuando le ganamos a Inglaterra por penales en octavos (recuerdo una turista estadounidense entremezclada con la masa que no podía entender tanta algarabía), pero luego sucumbimos con el gol de Bergkamp que nos mandó a casa. Ni hablar de 2002, cuando el sueño se evaporó en primera ronda. Las caras largas que vi en ese subte matutino cuando iba al laburo luego del partido con Suecia tampoco podré olvidarlas jamás. En 2006 estaba desempleado, así que miré absolutamente todos los partidos. Sí, todos todos. Tenía el cable recién instalado y un laburo casi seguro que arrancaba en agosto, así que la panzada de fútbol fue feroz. El gol de Maxi Rodríguez contra México en el alargue fue el último que me dejó afónico de tanto grito. La derrota con penales en cuartos ante Alemania, el local, dejó el sinsabor de saber que se podría haber llegado más alto, pero Argentina había hecho un buen papel.
Y llegó 2010. El primer Mundial que me tocó trabajar. Y trabajando se sufre menos, claro. Hay que poner la cabeza en acción y no hay mucho tiempo para gritos ni llantos. No hubo encuentro con los pibes para ver los partidos de la Selección. Y el golpe de la goleada de cuartos de final ante Alemania lo viví en una redacción. Una redacción que, salvo alguna excepción, se sumió en el más absoluto silencio cuando terminó el partido. Allí, más que nunca, trabajar fue la mejor medicina, el único remedio contra el dolor. Ese dolor que de a poco a uno lo va invadiendo, cuando piensa que faltan cuatro años para el próximo Mundial…
29.3.10
humanidades VIII (el regreso)
¿Qué son esas cosas? ¿Hormigas? ¿Mierda de murciélago? No, son las “gomitas” de la cancha de fútbol 5, esas que desparramás por toda la casa cuando te sacás las zapatillas.
Johanna habla con lapicera. En vez de “para”, dice “detiene”; en vez de “dijo”, “manifiesta”. Y nunca tiene “hambre”, sino “apetito”. Escribe con la boca.
Recién cuando ella se puso a hablar por celular, él pudo dejar de mirarla. Estaba dentro de un colectivo junto a otras veinte, treinta personas. Observó con detenimiento el rostro de casi cada uno de ellos. Sus ojos habían recuperado el mundo.
Cuando se acordó que tenía que devolver la película, Diego sufrió una repentina regresión. Pero duró muy poco y, al instante, lo envolvió la alegría: no iba a tener que rebobinarla.
Es un papelón. A veces, cuando uno se ríe fuerte en forma nasal, un flujo mucoso sale sin control, como disparado, y queda en evidencia ante la mirada de los terceros. Manotazo rápido. Pañuelo. Pero ya está. Tragame tierra.
Ya sabemos que a Johanna le gusta hablar con propiedad. Pero a veces tira palabras que son de otra época, como cuando para referirse a una publicidad habla de una “reclame”. Me hace acordar a mi nonna Tola.
Hubo una vez un editor que era tan pero tan fanático de Atlanta que cuando Chacarita (su clásico rival) logró el ascenso a Primera División, él se “olvidó” de publicarlo.
Johanna habla con lapicera. En vez de “para”, dice “detiene”; en vez de “dijo”, “manifiesta”. Y nunca tiene “hambre”, sino “apetito”. Escribe con la boca.
Recién cuando ella se puso a hablar por celular, él pudo dejar de mirarla. Estaba dentro de un colectivo junto a otras veinte, treinta personas. Observó con detenimiento el rostro de casi cada uno de ellos. Sus ojos habían recuperado el mundo.
Cuando se acordó que tenía que devolver la película, Diego sufrió una repentina regresión. Pero duró muy poco y, al instante, lo envolvió la alegría: no iba a tener que rebobinarla.
Es un papelón. A veces, cuando uno se ríe fuerte en forma nasal, un flujo mucoso sale sin control, como disparado, y queda en evidencia ante la mirada de los terceros. Manotazo rápido. Pañuelo. Pero ya está. Tragame tierra.
Ya sabemos que a Johanna le gusta hablar con propiedad. Pero a veces tira palabras que son de otra época, como cuando para referirse a una publicidad habla de una “reclame”. Me hace acordar a mi nonna Tola.
Hubo una vez un editor que era tan pero tan fanático de Atlanta que cuando Chacarita (su clásico rival) logró el ascenso a Primera División, él se “olvidó” de publicarlo.
8.1.10
Hola Cristina, te estamos llamando
Estaba cansado. Eran cerca de las 22 y había sido una tarde agitada. Cristina, Redrado, Cristina, Redrado, Cristina, Redrado. Se acercaba la hora de irse y se le partía la cabeza. Tenía que llamar a su amiga Vicky. Agarró el celular, entró en la "agenda" y empezó a buscar. Buscaba y buscaba y nada: no podía encontrar el número de su amiga. Entonces, se dio cuenta: no estaba buscando en la "V" sino en la "C". Se rió solo. Estaba muy quemado. Estaba buscando el teléfono de Cristina Kirchner.
2.1.10
Brindo
Por un Pan Dulce sin frutas. Por más mañanas al sol en la hamaca paraguaya. Por los amigos incondicionales. Por El Tano. Por más asados y charlas con los pibes. Por la carita de Abril cuando mira los fuegos artificiales (“las lucecitas”). Por la sonrisa de Jazmín. Por balances menos duros. Por los paseos en bici y los mates en la plaza. Por el fin de los miedos. Por los pocos acordes que aprendí y los muchos que vendrán. Por vos. Por ese guiso prometido. Por esa mágica fusión.
6.11.09
Aprendizajes (de un tiempo a esta parte)
Que no hay que callarse nada, pero que las palabras muchas veces no alcanzan. Que el pase es la mejor manera de dejar rivales en el camino (mucho mejor que la gambeta). Que los obsecuentes siempre van a tener trabajo, pero nunca respeto. Que los panchos y las hamburguesas son el mejor antídoto contra la resaca. Que hay que vivir más y contar menos. Que después de las 12 de la noche es mejor no esperar el 140. Que entre jugar y jugarse hay un abismo. Que siempre hay que llevar encima una birome y un papel. Que un rato al sol te puede cambiar el día. Que con un poco de limón, la bondiola de cerdo es mucho más rica. Que la música puede ser una excelente compañía. Que el helado de menta contamina fácilmente el pote entero. Que si uno quiere volar no puede tener siempre los pies sobre la tierra. Que nunca voy a poder dejar ciertos vicios como los Sugus confitados, el Nesquik frío o las milanesas con lo que sea. Que los sectarismos no llevan a ninguna parte. Que en el cable uno siempre termina viendo las mismas películas que ya vio. Que cuando las papas queman algunos se borran. Que conviene ir lavando día a día y no acumular una tremenda pila de platos sucios. Que a veces hay que “pensar” con el cuerpo. Que demasiado mate te deja la lengua verde y demasiado vino los labios morados. Que para estar despierto nunca hay que dejar de soñar.
26.10.09
humanidades (hasta agotar stock)
Patricio y Natalia estaban tan ansiosos por ir a ese cumpleaños que llegaron con una semana de anticipación. Su determinación era tal que hasta se pelearon con el “patovica” de la puerta del bar donde se realizaba (siete días después) la fiesta (a la que finalmente no fueron).
Diego es particular hasta para atarse las zapatillas. De chico, quiso aprender el modo “normal”, pero no lo logró. Bah, obtuvo el mismo resultado final a través de un camino diferente. Un cordón que vuela para allá, otro para acá, ajustar, pasar y listo. Ver para creer.
Marcos no necesitaba echar a nadie de su casa cuando tenía invitados y quería irse a dormir. Con su clásico “Bueno, muchachos…”, todos sabían que era tiempo de partir. Y aún lo saben.
Emiliano instaló la técnica, pero el Beto la llevó a la perfección. Cuando ansían abandonar una fiesta o un boliche y no quieren ser convencidos de lo contrario, tiran la famosa “bomba de humo” y se van sin saludar.
Le dicen “El incondicional”. Y es que no se pierde cumpleaños, fiesta, bautismo, despedida, asado, reunión o salida a la que lo convoquen.
Gabriel trabaja de noche en un octavo piso desolado y casi en penumbras. Pero no está solo. Una vez vio una silla moviéndose de acá para allá por sus propios medios. Y también asegura que las computadoras se prenden y apagan solas. “Hay fantasmas”, dice.
Diego tiene muy poca maña para arreglar las cosas del hogar. Y una gran capacidad de adaptación. Por eso, cada vez que quiere usar la cocina, tiene que abrir la llave de gas y encender siempre la misma hornalla que pierde. Por eso, ahora que se le rompió la soga de la persiana del living, ese ambiente parece condenado a la oscuridad.
En Malasia, Carolina y Ezequiel se metieron en un curso de meditación Vipassana. Tenían miedo de no aguantar los diez días que dura aquella experiencia, así que fijaron una contraseña por si querían darse a la fuga. “Está todo bien”, era la clave. El problema es que allí adentro no los dejaban hablar. Carolina no tardó en cansarse, pero no sabía cómo comunicarse con Ezequiel, que parecía muy concentrado en las técnicas de meditación. Hasta que, luego de varios días, él se levantó la remera cuando nadie miraba. En su panza, escrito con marcador, decía: “Tomo el desayuno y me voy”.
Diego es particular hasta para atarse las zapatillas. De chico, quiso aprender el modo “normal”, pero no lo logró. Bah, obtuvo el mismo resultado final a través de un camino diferente. Un cordón que vuela para allá, otro para acá, ajustar, pasar y listo. Ver para creer.
Marcos no necesitaba echar a nadie de su casa cuando tenía invitados y quería irse a dormir. Con su clásico “Bueno, muchachos…”, todos sabían que era tiempo de partir. Y aún lo saben.
Emiliano instaló la técnica, pero el Beto la llevó a la perfección. Cuando ansían abandonar una fiesta o un boliche y no quieren ser convencidos de lo contrario, tiran la famosa “bomba de humo” y se van sin saludar.
Le dicen “El incondicional”. Y es que no se pierde cumpleaños, fiesta, bautismo, despedida, asado, reunión o salida a la que lo convoquen.
Gabriel trabaja de noche en un octavo piso desolado y casi en penumbras. Pero no está solo. Una vez vio una silla moviéndose de acá para allá por sus propios medios. Y también asegura que las computadoras se prenden y apagan solas. “Hay fantasmas”, dice.
Diego tiene muy poca maña para arreglar las cosas del hogar. Y una gran capacidad de adaptación. Por eso, cada vez que quiere usar la cocina, tiene que abrir la llave de gas y encender siempre la misma hornalla que pierde. Por eso, ahora que se le rompió la soga de la persiana del living, ese ambiente parece condenado a la oscuridad.
En Malasia, Carolina y Ezequiel se metieron en un curso de meditación Vipassana. Tenían miedo de no aguantar los diez días que dura aquella experiencia, así que fijaron una contraseña por si querían darse a la fuga. “Está todo bien”, era la clave. El problema es que allí adentro no los dejaban hablar. Carolina no tardó en cansarse, pero no sabía cómo comunicarse con Ezequiel, que parecía muy concentrado en las técnicas de meditación. Hasta que, luego de varios días, él se levantó la remera cuando nadie miraba. En su panza, escrito con marcador, decía: “Tomo el desayuno y me voy”.
9.9.09
Pequeños sueños
Jazmín todavía no cumplió los seis meses, pero ya es toda una fanática del grupo Árbol. Cuando llora, su mamá le pone algún tema de la banda y ella se calma enseguida. Pero no cualquier canción, eh. Sus preferidas son Ya lo sabemos, El fantasma, Ya me voy y Pequeños sueños, claro.
11.8.09
humanidades recargadas
El Beto es la única persona que conozco que faltó a su propio cumpleaños. Lo esperábamos en un bar y terminamos cantándole el felizcumpleaños por celular. También lo puteamos, claro.
Para el mal de amores, Vano tiene una receta infalible: mirar de un tirón El Padrino I, II y III. Ella dice que la trilogía de Francis Ford Coppola es la mejor opción en esos casos por la ausencia total de conflictos de pareja. José probó la fórmula y asegura que funciona.
Cuando Diego come, su mandíbula cruje. Clank, clank, clank. Parece que en vez de boca tuviese una procesadora.
Adrián llevó el cochecito de Julieta al service de Perego (sí, Perego tiene un service para cochecitos). Allí, lo dejaron 0 km para cuando llegue Camila y hasta le pusieron aceite en las rueditas. Pero eso no es lo más extraño. Créase o no, el insólito “taller” queda en la calle Warnes.
De madrugada, cuando uno llega borracho (o algo más) a su casa, debería pensar bien antes de ponerse a cocinar. Santiago no lo hizo. Una vez, "preparó" unos fideos durante seis horas y se despertó con un humo denso proveniente de una olla que no sirvió nunca más. También dos chorizos a la plancha que quedaron como rocas fueron víctimas de esa fatal mezcla de hambre voraz y sueño.
Paola tuvo una gran idea: regalarle a su querida amiga un pececito. Llenó un frasco con agua de la canilla y allí depositó su inusual presente. Al momento de abrir el “paquete”, la sorpresa de la cumpleañera fue mayúscula: el acuático amiguito no se movía. Le habían regalado un pececito muerto. El acuario no aceptó devoluciones.
Esa no fue la única historia desafortunada (y animal) que tuvo Paola. En otra oportunidad, puso a su conejito arriba de la estufa (“estaba en piloto”) para protegerlo del frío. Se fue a hacer unas cosas y volvió tiempo después. El resultado: conejito disecado.
Cuando M entró a su nuevo laburo, pensó que allí tenía un Plan A, un Plan B y un Plan Z. Al final, tuvo un hijo con Plan B.
Entre la ropa recién lavada que puso sobre la cama, Diego encontró no una sino cuatro vaquitas de San Antonio. Qué manera de pedir deseos...
Para el mal de amores, Vano tiene una receta infalible: mirar de un tirón El Padrino I, II y III. Ella dice que la trilogía de Francis Ford Coppola es la mejor opción en esos casos por la ausencia total de conflictos de pareja. José probó la fórmula y asegura que funciona.
Cuando Diego come, su mandíbula cruje. Clank, clank, clank. Parece que en vez de boca tuviese una procesadora.
Adrián llevó el cochecito de Julieta al service de Perego (sí, Perego tiene un service para cochecitos). Allí, lo dejaron 0 km para cuando llegue Camila y hasta le pusieron aceite en las rueditas. Pero eso no es lo más extraño. Créase o no, el insólito “taller” queda en la calle Warnes.
De madrugada, cuando uno llega borracho (o algo más) a su casa, debería pensar bien antes de ponerse a cocinar. Santiago no lo hizo. Una vez, "preparó" unos fideos durante seis horas y se despertó con un humo denso proveniente de una olla que no sirvió nunca más. También dos chorizos a la plancha que quedaron como rocas fueron víctimas de esa fatal mezcla de hambre voraz y sueño.
Paola tuvo una gran idea: regalarle a su querida amiga un pececito. Llenó un frasco con agua de la canilla y allí depositó su inusual presente. Al momento de abrir el “paquete”, la sorpresa de la cumpleañera fue mayúscula: el acuático amiguito no se movía. Le habían regalado un pececito muerto. El acuario no aceptó devoluciones.
Esa no fue la única historia desafortunada (y animal) que tuvo Paola. En otra oportunidad, puso a su conejito arriba de la estufa (“estaba en piloto”) para protegerlo del frío. Se fue a hacer unas cosas y volvió tiempo después. El resultado: conejito disecado.
Cuando M entró a su nuevo laburo, pensó que allí tenía un Plan A, un Plan B y un Plan Z. Al final, tuvo un hijo con Plan B.
Entre la ropa recién lavada que puso sobre la cama, Diego encontró no una sino cuatro vaquitas de San Antonio. Qué manera de pedir deseos...
10.7.09
humanidades (continuación)
Después de tomar varias copas, si Santiago dice que está “impecable”, es porque ya se encuentra inmerso en una borrachera sin retorno.
Mia no retuerce el trapo. Tampoco la "balerina". Además, no puede agarrar con la mano los restos de comida que quedan en la rejilla de la pileta de la cocina.
Verónica tiene una hipótesis: la chocotorta es mucho más rica después de un día en la heladera. Tiene razón. Y después de dos días, ni te cuento.
Juan Pablo se relaciona a partir de la hostilidad. Cuanto más te bardea, más te quiere.
Cuando termina de hablar con su papá, Julieta siempre se fija en el “relojito” del celular. Cero cincuenta y cinco. Cero cincuenta. Cero cincuenta y ocho. Las conversaciones entre ambos nunca exceden el minuto.
La máxima de Patricio indica que “si una chica se para a hablar con vos en el pasillo de la Facultad, es porque tiene onda”. Habría que ir a preguntar allá por Ramos Mejía.
Abril no llega a los tres años, pero ya demuestra ser toda una fanática de los postres. Después de la comida, viene el helado. Después del helado, las uvas. Después de las uvas, el Serenito.
Finalmente, Nacho se va a “convivir solo”, pero con su novia.
Mia no retuerce el trapo. Tampoco la "balerina". Además, no puede agarrar con la mano los restos de comida que quedan en la rejilla de la pileta de la cocina.
Verónica tiene una hipótesis: la chocotorta es mucho más rica después de un día en la heladera. Tiene razón. Y después de dos días, ni te cuento.
Juan Pablo se relaciona a partir de la hostilidad. Cuanto más te bardea, más te quiere.
Cuando termina de hablar con su papá, Julieta siempre se fija en el “relojito” del celular. Cero cincuenta y cinco. Cero cincuenta. Cero cincuenta y ocho. Las conversaciones entre ambos nunca exceden el minuto.
La máxima de Patricio indica que “si una chica se para a hablar con vos en el pasillo de la Facultad, es porque tiene onda”. Habría que ir a preguntar allá por Ramos Mejía.
Abril no llega a los tres años, pero ya demuestra ser toda una fanática de los postres. Después de la comida, viene el helado. Después del helado, las uvas. Después de las uvas, el Serenito.
Finalmente, Nacho se va a “convivir solo”, pero con su novia.
26.4.09
Mis 15
1- El Nesquik frío de todas las mañanas (y algunas tardes también).
2- La luz amarilla que entra por la ventana esmerilada de mi cuarto.
3- Una ducha caliente.
4- Comer una milanesa con papas fritas o puré o ensalada o.
5- Hamaca paraguaya y sol en el balcón terraza de mi casa.
6- Escribir (aunque sea una línea).
7- Un tema de Massacre o Pearl Jam mientras camino por una calle solitaria.
8- Escupir un chicle y darle de volea antes que toque el suelo.
9- Un pucho en el balcón. De noche. Liberando pensamientos.
10- El olor a pasto cortado. O a lluvia inminente.
11- Cuando mi pequeña sobrina Abril me llama: “Tío, tío, tío, tiítooooo…!!!”
12- Hacer un gol. Golazo. Y gritarlo con todo.
13- Un sándwich de bondiola en la Costanera Sur.
14- Viajar en tren. Mirando para afuera. El sol me pega en la frente.
15- Soñar con ella.
Cumplo con la invitación de mi amiga Lore Tapia y acá estan: 15 momentos de mi vida cotidiana que me causan placer.
2- La luz amarilla que entra por la ventana esmerilada de mi cuarto.
3- Una ducha caliente.
4- Comer una milanesa con papas fritas o puré o ensalada o.
5- Hamaca paraguaya y sol en el balcón terraza de mi casa.
6- Escribir (aunque sea una línea).
7- Un tema de Massacre o Pearl Jam mientras camino por una calle solitaria.
8- Escupir un chicle y darle de volea antes que toque el suelo.
9- Un pucho en el balcón. De noche. Liberando pensamientos.
10- El olor a pasto cortado. O a lluvia inminente.
11- Cuando mi pequeña sobrina Abril me llama: “Tío, tío, tío, tiítooooo…!!!”
12- Hacer un gol. Golazo. Y gritarlo con todo.
13- Un sándwich de bondiola en la Costanera Sur.
14- Viajar en tren. Mirando para afuera. El sol me pega en la frente.
15- Soñar con ella.
Cumplo con la invitación de mi amiga Lore Tapia y acá estan: 15 momentos de mi vida cotidiana que me causan placer.
23.12.08
y algunas humanidades más
A la hora de defender su regreso al cigarrillo, los argumentos de Tapia son irrebatibles. “A mí no me da culpa..., porque yo lo hago", dice ella, con la frente alta y un desparpajo absoluto.
María no puede soportar que la puertita que oculta la correa de la persiana quede abierta. Cuando se da cuenta que alguien la dejó así, corre rápidamente a cerrarla.
Juan Ignacio es un creador de grandes frases. “Me voy a convivir solo”, “Me duele el corazón” y “Si el día tuviese más horas, dormiría menos”, son algunas de sus más recientes.
A Verónica, una verdadera fanática del Nesquik frío, le gusta desayunar y volver a la cama con la panza llena.
Abril tiene sólo dos años y le gustan tanto los perros que es capaz de meterse sin problemas entre toda una jauría. Sin miedo, se deja lametear por canes que la doblan en tamaño y le acercan sus dientes. Ella simplemente se mata de risa y disfruta.
Cada tres horas, suena la alarma del estómago de Diego. Su reloj biológico es tan preciso que a los 180 minutos, casi sin excepciones, necesita saciar el hambre que cíclicamente lo asalta.
Nacho se fue hasta el Puerto de Frutos del Tigre convencido de encontrar manzanas, peras y duraznos a buen precio. Cuando llegó, se dio cuenta que allí había de todo menos frutas. Resignado, se compró una jabonera.
Cuando Lorena se emborracha, su tonada tucumana resurge en toda su expresión.
Es todo un clásico. Estás mil años esperando un colectivo y justo cuando prendés un pucho, la figura de aquel esquivo armatoste aparece en el cercano horizonte urbano.
María no puede soportar que la puertita que oculta la correa de la persiana quede abierta. Cuando se da cuenta que alguien la dejó así, corre rápidamente a cerrarla.
Juan Ignacio es un creador de grandes frases. “Me voy a convivir solo”, “Me duele el corazón” y “Si el día tuviese más horas, dormiría menos”, son algunas de sus más recientes.
A Verónica, una verdadera fanática del Nesquik frío, le gusta desayunar y volver a la cama con la panza llena.
Abril tiene sólo dos años y le gustan tanto los perros que es capaz de meterse sin problemas entre toda una jauría. Sin miedo, se deja lametear por canes que la doblan en tamaño y le acercan sus dientes. Ella simplemente se mata de risa y disfruta.
Cada tres horas, suena la alarma del estómago de Diego. Su reloj biológico es tan preciso que a los 180 minutos, casi sin excepciones, necesita saciar el hambre que cíclicamente lo asalta.
Nacho se fue hasta el Puerto de Frutos del Tigre convencido de encontrar manzanas, peras y duraznos a buen precio. Cuando llegó, se dio cuenta que allí había de todo menos frutas. Resignado, se compró una jabonera.
Cuando Lorena se emborracha, su tonada tucumana resurge en toda su expresión.
Es todo un clásico. Estás mil años esperando un colectivo y justo cuando prendés un pucho, la figura de aquel esquivo armatoste aparece en el cercano horizonte urbano.
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