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18.7.17

El deseo

En la vereda del Nacional Buenos Aires, un grupo de estudiantes hace "jueguito". La pelota va de acá para allá, sin tocar el piso, hasta que una pierna falla y aquella sale disparada, dando botes por el empedrado de Bolívar.

Desandando la calle -que allí es peatonal-, cerveza en mano, vienen cuatro amigos de negro (pantalones, remeras, camperas: todo-todo negro). Parece una banda de rock, recién salida de un ensayo. Radiante, la redonda va hacia ellos.

Uno de los cuatro siente el llamado (ya lo saben, la pelota va al jugador) y se desmarca de los demás integrantes de la "banda". Entusiasmado, hace un corto repiqueteo sobre el empedrado de Bolívar, abre sus brazos, prepara el remate de derecha...

El balón pega contra un poste de luz y vuelve hacia los estudiantes.  

18.1.13

El Chancho y la Sube

Pensé que se habían extinguido, pero no. Viajaba en el 107 cuando divisé a uno subiendo por la puerta de adelante. Cincuentón, medio pelado, de panza prominente, prolijamente enfundado en su tándem reglamentario camisa-corbata a pesar del sofocante calor. Un inspector. Un Chancho. Uno de aquellos otrora temidos controladores de boletos que por estos días deben conformarse con pedirle a los pasajeros que le muestren sus tarjetas Sube. Qué humillación.

Al grito de “A ver sus tarjetas”, el Chancho dio comienzo a su labor. No hubo caras de terror. Tampoco aquella clásica y nerviosa búsqueda del pedazo de papel en algún bolsillo o en la mochila o en la cartera o en el piso. Nada de eso. Uno a uno, los viajantes fueron sacando sus plásticos de color violeta para mostrárselos al barrigón inspector, que con sólo posar sus ojos en la Sube daba por pagado el viaje.

“Yo no saqué”, escuché que le decía una chica a otra en tono cómplice. Mientras tanto, yo hurgaba en el fondo de mi bolsillo en busca del boleto de $3,25 (no tengo el bendito plástico). Cuando el Chancho llegó a nuestra posición, saqué el pedazo de papel y él lo marcó con una birome roja (¡¿y el perforador?!). La jovencita mostró impávida su tarjeta Sube y hasta se jactó de haberle pagado a sus amigos que viajaban en el asiento del fondo. El Chancho asintió sin más. No hubo preguntas. No hubo dudas. Ni siquiera una mirada seria o una mueca amenazante. Chanchos eran los de antes.

17.12.12

Los platos rotos


Los platos de la abuela Nélida ya tienen 36 años. Y cada vez quedan menos. 

2.10.12

Tiro libre, directo al pasado

“¡¿Señor, señor, me alcanza la pelota?!” El grito de los chicos al otro lado de la reja me despertó de mis cavilaciones. Comencé a mirar para todos lados, pero no lograba distinguir el esférico. “¡Ahí, señor, ahí, la naranja…!”. Pegada al cordón de la vereda, casi debajo de un auto, pude verla. Puse la suela de mi zapatilla encima de aquella pelota anaranjada, la separé un poco del cordón y le metí un derechazo que superó la “barrera” del colegio y la depositó en el medio del patio. Casi como si fuera un centro a la cabeza de aquellos chicos… Aquellos chicos que rápidamente se olvidaron de mí y volvieron a la acción.

Cuántas veces me había subido a una reja similar…, pidiendo a los eventuales transeúntes por algún esférico que había salido demasiado alto en el medio de un partido chivo en pleno recreo… Una pelotita de tenis, una de gomaespuma azul, una Pulpo bastante saltarina y hasta algún improvisado manojo de papel rodeado por varias vueltas de cinta adhesiva. Algunos no daban ni bola. Apuraban el paso y seguían su camino sin despegar la vista del frente. Otros pensaban que se trataba de una broma y que no había pelota alguna (a veces, tenían razón…). Y, por supuesto, también estaban aquellos que entendían de la imperiosa necesidad de seguir jugando, de aquella sangre que hervía por meter el gol de la victoria antes de que sonara el timbre. El juego seguía inmediatamente en el lugar donde caía la pelota. Apenas había tiempo para un “gracias” tirado a coro entre todos.

Pasaron mucho años ya de aquellos picados (bueno, tampoco tantos...). Ahora estoy del otro lado de la reja y soy yo el que devuelve la redonda al grito de “¡señor-señor!” (qué viejo estoy…). Y entonces debo conformarme con ese pelotazo que cruza la calle y supera el muro de la escuela. Ese pelotazo que reinicia un partido que ya no juego. Ese pelotazo que hace volar mi memoria. Tiro libre, directo al pasado.

12.7.12

Los colegiales y el frío

Siempre los veía pasar. Reían, bromeaban, se lanzaban frases y miradas después de un día de clases. "Acá hay amor", pensaba cada vez que los veía caminar lado a lado por Ciudad de la Paz con sus uniformes escolares y sus caras todavía con vestigios de acné.  Él, jugando a hacerla enojar. Ella, ensayando su más dulce reprobación. 

Ayer los vi pasar de nuevo, pero esta vez iban abrazados. Como si el frío los hubiese unido. Bromeando, riendo, tiritando un poco. Ellos, los colegiales. Con los ojos encendidos.

13.6.12

La mujer que lloraba dormida

Como tantos otros que viajaban sentados en aquel vagón del subte, ella tenía los ojos cerrados. A un lado, un oficinista leía la sección deportiva del Clarín. Al otro, un estudiante de Medicina revisaba minuciosamente un apunte con dibujos de huesos, músculos y articulaciones. Pero aquella mujer que andaba por los cincuenta permanecía inmutable. Con la cabeza levemente inclinada, ofrecía su cabellera cobriza (y unas cuantas raíces canosas) a la vista de los demás viajantes. Parecía profundamente dormida, al igual que tantísimos pasajeros que a esa hora todavía andan haciendo equilibrio entre el sueño y la vigilia.

De pronto, una lágrima brotó de uno de sus ojos. Y a ésta le siguió otra. Y otra más, deslizándose por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Sus ojos permanecían cerrados, pero adentro alguien había abierto el grifo de la tristeza, convirtiéndolos súbitamente en un silencioso manantial. Sin embargo, en su rostro no había expresión alguna. Recién cerca de la estación Catedral, sus manos se propusieron limpiar aquel imprevisto humedal. Finalmente, sus ojos se abrieron y un par de pañuelos aparecieron para terminar de borrar cualquier evidencia de aquella desazón subterránea. Era hora de entrar al trabajo. Tiempo de barrer la tristeza debajo de la alfombra. De sus párpados.

16.5.11

Vacasa

Está en Las Calles, cerca de Nono, en medio de un campito que como fondo tiene las sierras. No tiene techo. Ni puertas. Ni ventanas. Aquella casa parece abandonada. Parece.

13.5.11

168 fotos

Toqué el timbre. Estaba a punto de bajar del 168 cuando vi el cartel pegado en la puerta:

"Señor pasajero: le ruego que si encontró una bolsa con fotos se comunique al 15-5501-9640. Son de gran valor personal!!! Muchas gracias!".

9.5.11

Comer solo

La primera noche zafé. En aquel restorán tipo cantina de la Villa de Merlo pasaban Unión-Gimnasia de Jujuy. Elegí una mesa justo enfrente del televisor y me devoré una milanesa con papas fritas mientras miraba la sorprendente victoria de los jujeños sobre uno de los –por entonces- punteros de la B Nacional. No hubo vacíos ni aburrimiento: sólo un apetito voraz y una panzada de fútbol.

A la noche siguiente, también la piloteé bastante bien. La pizzería "Cunto" tiene unas mesas en la vereda, lo que me permitió seguir las acciones de la juventud en la plaza central de aquella ciudad de San Luis. Las infinitas vueltas en motito (y los sonoros ruidos de los escapes), las piruetas con las bicis buscando impresionar a las chicas, los saludos y las charlas de aquellos que se pretenden. Mientras degustaba aquella pizza de muzzarella, era una suerte de espectador de lujo de los ritos de los adolescentes de Merlo. Al final, me terminé aburriendo un poco, sin poder comentar lo buena que estaba la muzza, pero apuré el vaso de Coca, pedí la cuenta y listo.

Las cosas empezaron a empeorar la tercera noche, cuando me metí en el restorán “La Vieja Bodega”. No había tele, tampoco vista externa; sólo varios grupos de jubilados aquí y allá. Y me di cuenta de lo difícil que puede ser comer solo. Mientras uno está masticando, no hay problema alguno, pero al antes y el después son bastante insoportables. Sin nadie con quien hablar (ni siquiera para hacer comentarios intrascendentes sobre la comida), no me quedó otra que escrutar a los vejetes de las otras mesas. Sobre todo, me dediqué a tratar de discernir quién era la septuagenaria que emitía un particular (y molesto) tono de voz. Pero una vez que la descubrí, abandoné todo aquello. Y, más allá de seguir con la mirada a un grillo que volaba de cortina en cortina, me hundí en la soledad. Tan desesperado estaba que llegué incluso a leer el sobrecito de queso rallado que había usado para acompañar mis ravioles de verdura con salsa filetto. Y me enteré que provenía de algún lugar de Entre Ríos. Eso. Gran cosa. Por fin, llegó la cuenta. Pagué, fui al baño y escapé de aquel lugar. Los jubilados aún seguían comiendo, indiferentes. Al igual que yo, algunos no habían pronunciado palabra durante toda la cena: sus mandíbulas sólo se movían al ritmo de los bocados. Pero lo peor estaba por llegar.

La cuarta noche –mi última velada en Merlo- tuve la experiencia más cabal y aterradora de esto que estoy contando: me senté a comer total y absolutamente solo en un restorán vacío. Sin TV, sin vista exterior posible, ni siquiera otros comensales: una docena de mesas sin protagonistas. De principio a fin, mastiqué en la más extrema soledad. A mis espaldas, la chica que atendía pareció apiadarse de mí: puso la radio y subió el volúmen. En un momento, cuando aún no había pedido un bife de chorizo con fritas, pensé en huir, pero entonces fui yo quien se compadeció y entendí que debía asumir mi rol de único cliente de aquel triste lugar. “El Rincón de los Amigos”. Así se llamaba aquel recinto desolado. Pero los amigos no estaban. Ni ellos ni nadie. Tan sólo un hombre perdido en un restorán vacío, un esqueleto de comensales.

17.8.10

No pasarán

Puede pasar en una vereda, una esquina o una bocacalle. A la salida de un ascensor, en la puerta de entrada a un restaurant o en el andén del subte. A veces, dos personas quedan frente a frente y seguir adelante parece imposible. Cuando uno se mueve hacia la derecha, el otro lo hace hacia la izquierda. Cuando uno va hacia la izquierda, el otro va hacia la derecha. Así, en espejo, lo intentan una y otra vez, hasta que uno se detiene o el otro se ríe. Y la galleta se desanuda. Y el paso prosigue.

30.7.10

Creer o reventar

Un canoso que hojea una mini-Biblia. Al lado, una chica con un catálogo de cosméticos. Y al lado, un pibe con una BlackBerry. Y al lado, una señora con una revista Casa Country.

29.5.10

Un astro que gambetea transeúntes

Ahí va él. Zapatillas y medias blancas. Pantaloncito azul. Casaca verdeamarela con el "10" en la espalda. Pero arriba del número no dice "Pelé", sino simplemente "Astro". Ahí va. Zigzagueante por Avenida de Mayo. Dando pequeños saltos y gambeteando transeúntes, aunque sin pelota (o tal vez con una imaginaria). Ahí va. Como si fueran conitos, va dejando atónitos peatones en el camino. A toda velocidad, esquivando oficinistas y secretarias. Un crack.

4.3.10

Hijueperra...

El corazón pega un salto y queda al borde del infarto. Un crepitar de células inquietas sube desde las entrañas, hace escala y estremecimiento en el estómago y se va directo a la capocha. La boca abierta como un túnel deja entrar una ráfaga de aire y después queda ahí, congelada. Un perro acaba de ladrar desde el otro lado de la reja, justo cuando aquel desprevenido peatón menos lo esperaba...

8.2.10

Montevideo llama

Por el Carnaval. Por sus llamadas. Por las murgas que derrochan ironía (la ligan hasta el perro de Mujica y Canarias, el “mate del país” que se cultiva en otro país). Por la tranquilidad de las calles de Malvín. Por la exquisita bondiola de "La fonda del puertito". Por la pizza de "El subte". Por esa playa sobre ese río que parece mar. Por el placer de tirarse en la arena, Drexler al oído. Por esa rambla que (a pesar de la lluvia) invita a caminar, termo bajo el brazo, mate en mano.

Montevideo llama. Y aunque no pusimos un candado en la fuente, volveremos.

31.7.09

Destellos de la mañana

Una viejita se calienta con un fuego improvisado al costado de la estación Colegiales. Despierta que está el día. Los muchachos esperan para entrar a trabajar en la esquina de la Casa de las Bibliotecas. A ver si hoy podemos. Un hombre duerme sentado dentro de un micro naranja de “Escolares” mientras el sol le pega en la frente. Destellos de la mañana. Un automovilista frena y hace un típico gesto con la mano para invitarme a cruzar. Cubriéndote con el cielo. Una chica espera nerviosa quizás una entrevista de laburo. Nunca lo supiste eso. El guardia del Instituto Alexander Fleming custodia todo desde la vereda del sol. Nunca lo supiste eso. Un portero habla y habla por celular. Si al fin nunca creía. Y la sombra de una mujer que camina detrás de mí. Te miro hoy y puedo. Un linyera lee una revista sentado con la espalda contra la pared. Seremos dueños de algo. Y la sombra de una mujer que sigue caminando detrás de mí. La vida es un sentimiento. Otro automovilista frena y hace un típico gesto con la mano para invitarme a cruzar. Nunca más te olvides esto. Y la sombra de una mujer que de pronto desaparece. Nunca más te olvides esto.

Nota:
En itálica, fragmentos de "Destellos", tema incluido en "Despierta", el último disco de Las Pelotas.

25.7.09

La película del sábado (con banda de sonido)



Momento cinematográfico. El muchacho de jean azul y campera negra sale de su casa. Tiene cara de dormido y gesto adusto. Otro sábado y hay que ir a trabajar. Llega a la esquina y el semáforo lo detiene. Pasa un colectivo a todo lo que da, escupiéndole humo y viento en la cara. Camina, una, dos, seis cuadras. En la boca del subte, una pareja se despide con besos en la boca. El muchacho de jean azul y campera negra sonríe. Y se deja llevar por las escaleras mecánicas.