16.12.05

Las rejas

Están en todos lados, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Forman parte de la topografía urbana usual, aquellas cosas que nuestro cerebro reconoce inmediatamente sin extrañarse, sin sorprenderse. Las rejas abundan en la ciudad. Lejos de ser solamente un elemento propio de las cárceles, se las puede ver en las ventanas de los hogares, las vidrieras de los locales comerciales, las puertas de las escuelas, los perímetros de los espacios verdes. La mismísima Plaza de Mayo está a punto de cumplir cuatro años con un enrejado que la parte al medio (ver fotos). Nació después de los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001; hoy sigue atornillada por el miedo a nuevos desbordes. De un lado, ya casi no crece el pasto. Mucha gente ha pasado últimamente por allí a dejar su reclamo y todo el peso de sus piernas sobre la tierra reseca. En el otro, aquel que hace de antesala a la Casa Rosada, crece el césped y el número de policías, todos en fila, mirando atentamente a los que están más allá de las vallas.

Las rejas dividen siempre, eso parece estar claro. Los bancos hicieron lo mismo, algunas empresas privatizadas también. Ya sean barrotes o muros de chapa, decidieron seguir poniendo distancia. Por seguridad, dirán ellos. Hay que cuidar el billete. Pero me pregunto quién cuida a los que quedan del otro lado…

Vivimos vidas carcelarias. Galeano tiene razón: no sólo se encierra a los pobres y los marginados, a aquellos que vomita el sistema. Los ricos -y no tanto, también los que apenas creen tener algo “de valor”- se encierran a sí mismos en sus casas o sus tiendas, temerosos de perder aquello que han ganado. Más fragmentaciones. El otro es una amenaza. El otro es un vago. El otro viene a quitarme lo que yo gané con el sudor de mi frente, trabajando “como Dios manda”.

No se sabe bien por qué, pero ni Dios ni nadie más mandó al otro a trabajar. Tampoco hizo mucho para prepararlo. Es decir, tampoco lo mandó a la escuela. O Dios manda sólo para algunos o el “Barba”, como diría El Diego, perdió el control hace rato. O tal vez hizo todo para beneficiar a los vendedores de rejas. No, no creo, sería un complot demasiado chiquito. Lo cierto es que los barrotes están por todas partes.

No sé, a veces me cuesta entender. Me pregunto qué vamos a solucionar aislándonos cada vez más entre nosotros, acentuando las diferencias. ¿Acaso es atractiva la idea de vivir encerrado, de malograr la vista hacia el mundo exterior?. Los barrotes cada vez son más gruesos, ya casi no nos dejan ver lo que está pasando afuera, en las calles. Claro, para eso tenemos la televisión. Ese aparato no tiene fierros que lo atraviesan. Hemos decidido que sea nuestra nueva ventana. Eso y el monitor de nuestra computadora (con Internet puedo llegar a cualquier rincón del mundo, te lo juro, me lo dijeron). Pero ahí no termina la cosa. Ahora tenemos otra ventana más para estar en contacto con el mundo: los teléfonos celulares. Imágenes y voces viajan libremente por estos aparatitos. ¡Y no tienen rejas!. Son muy lindos y muy chiquitos. Sí, es bárbaro tener una ventana tan pequeña, así la podemos llevar a cualquier lado que queramos.

Los countries, los barrios privados, muchas casas, también tienen rejas, cercos enteros que cubren todo el perímetro y alambres de púa en lo más alto. También pueden ser muros con vidrios rotos adosados al cemento. Aunque allí adentro vivan familias, no encuentro muchas objeciones para llamarlos “lugares de reclusión”. ¿Acaso uno no puede recluirse en su propio hogar?. No lo olviden, la vida entre paredes es bastante segura. Los tiros y todos esos balurdos prefiero verlos desde la comodidad de mi sillón, a través de mi hermosa ventanita de veinte pulgadas. El encierro es una práctica que la humanidad viene practicando hace tiempo, pero el autoencierro parece ser algo más propio de esta época. Al ritmo de la desigualdad, crece el miedo hacia los otros, retroalimentándose penosa y destructivamente. Ahora, ¿no es más seguro comenzar a repartir mejor?, ¿no es una gran política de seguridad la de comenzar a garantizar condiciones dignas de vida para la mayoría?. Porque las rejas no van a alcanzar nunca, eh. Jamás van a ser suficientes, mientras las diferencias se sigan acrecentando.

Camino por la ciudad, entre casas y altos edificios. Todo lo que veo son pequeñas cárceles, nichos donde la gente se “guarda” y la vida se apaga. Desde una ventana alguien me saluda. No puedo verlo bien, tan sólo es una manito como de niño que surge entre las rejas y se agita anónimamente.

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