22.9.08
Hogar dulce hogar
21.8.08
Fauna urbana: las palomas, “ratas con alas”
“Ratas con alas”. La definición se la escuché a mi padrino Francois la última vez que estuvo en Buenos Aires y, aunque las palomas no parecen tan jodidas como los pequeños roedores que surcan cada rincón de la gran ciudad, me pareció una denominación bastante atinada.Al igual que con las ratas, no hay urbe en el mundo que no haya sido invadida por cientos de miles de palomas. En Buenos Aires están por todos lados y, si bien la Plaza de Mayo podría considerarse como el epicentro de esta plaga alada, hay algunas sucursales menos conocidas e igual de concurridas.
Sin dudas, una de las filiales más importantes es el verdadero “palomar” que está en la esquina de Gascón e Hipólito Yrigoyen, en pleno barrio de Almagro. Allí, los plumíferos urbanos se apoyan plácidamente y de a montones sobre los cables, configurando un paisaje casi hitchcockiano.
Quién sabe por qué eligen aquel lugar, ese cuadrado imaginario cuyos vértices son una farmacia, una gomería, una fiambrería y un restaurant. Lo cierto es que acuden en masa y todo el que por allí camine deberá tener especial cuidado de no recibir algún cordial “saludo” desde las alturas.
1.8.08
Ataque de pánico en la línea D
De repente, algo me distrae. Una respiración que se hace más y más fuerte y que me impide seguir con la apasionada lectura de El lobo estepario. ¿De dónde viene? El jadeo aumenta su intensidad a cada momento, pero no puedo divisar su origen. Y entonces lo encuentro: en el asiento de enfrente, un muchacho de treinta y pico profiere grandes bocanadas, en un intento desesperado por meter algo de oxígeno dentro de su humanidad. Se pasa la mano por la frente una y otra vez, mientras la desesperación se le comienza a dibujar en la cara, en esos ojos que miran desorbitados. Una parejita que viaja a su lado reacciona rápidamente, tratan de calmarlo y le preguntan qué le pasa: “Es un ataque de pánico”, balbucea como puede.Claro, es otra apasionante jornada en la línea D del subterráneo porteño. La formación, que una estación atrás ya venía disminuyendo su ritmo, está parada en Tribunales hace un par de minutos. Algunos creen que es por el muchacho (de hecho, ya se pidió la presencia de un médico), pero lo cierto es que el subte ha interrumpido su servicio y no continuará funcionando aquella noche.
Por suerte, la parejita solidaria tardoadolescente –deben rondar los 20 años- parece saber de estas cuestiones: ella saca un blister de Rivotril, corta una pastilla a la mitad y se lo da con un poco de agua que un tercero ofrece. Pura sensibilidad, la piba le dice que va a estar todo bien y hasta acaricia su cabellera para tranquilizarlo. Pero no hay caso: el muchacho en pánico no puede detener la curva descendente de su estado: “¡Me voy a morir, me muero…!”, grita una y otra vez. La policía irrumpe en el lugar y, mientras se espera la llegada de un médico, personal de Metrovías nos invita a abandonar el vagón. La parejita se queda, pero no alcanzo a ver el desenlace de aquella historia…
Tres días después, mientras espero que llegue el subte B en Florida, alguien pasa a mi lado y se detiene a pocos metros sobre el andén. La sorpresa es enorme: es el muchacho del ataque de pánico, ya más calmado. “Sobrevivió”, pienso aliviado y me río de la extraña coincidencia. Cuando llega el tren, otra vez queda sentado frente a mí. Es entonces cuando me mira y por un momento parece como si me reconociera. Se baja rápido, en Carlos Pellegrini, seguro para combinar con
14.7.08
Unicelulares
Otros optan por chequear si les llegó algún mensaje de texto, una y otra vez. Alguien tiene que haber mandado algo. Un amigo, invitándonos a algún lado. Una mujer, dejándonos palabras dulces. Incluso nuestros viejos, recordándonos esto o aquello, dejando un reproche o un consejo. Pero no hay mensajes. No hay nada. Quizás sea tiempo de mandar alguno. Esperar la contestación. Revisar. Recibir. Leer. Contestar. Esperar. Sonreír. Pensar. Contestar. Se puede estar así por horas. Los dedos se mueven como palomas que dan pequeños saltos. Frases cortas. Palabras que se cortan. Contacto que parece tener un sentido primordial: el del contacto mismo.
También se puede llamar. En cualquier momento, intentar hablar con alguien. De última, dejar un mensaje. A cada segundo, el mundo se llena de mensajes en los contestadores automáticos. Miles de voces son grabadas sin devolución instantánea, sin retroalimentación. Sin el otro. Pocas cosas hay más tristes que las voces que habitan de a ratos en los contestadores. Testimonios del desencuentro, registros de la soledad.
Se puede, también, encender la computadora. En la casa o en el trabajo, abrir una ventanita a un costado y ponerse a chatear con el resto de los “conectados”. Mientras tanto, chequear los benditos mails. Si no se recibe ninguno importante, al menos llegarán algunos spam (¿no deseados?), cadenas con chistes, supuestos mails solidarios que deben reenviarse para no morir a los pocos días, información de eventos varios a los que nunca asistiremos y más, mucho más. No importa. Los abrimos. Los leemos o casi no. Los borramos. Tenemos mensajes, siempre tenemos mensajes. Vivimos soledades concurridas, aislamientos hiperconectados.
14.6.08
Música para mis sentidos
Sin embargo, una guitarra y un tambor me sacan del letargo. Su melodía de dulce bosanova parece ir abriendo mis sentidos, volviéndome receptivo otra vez. Puedo ver a la mujer que lee Los crímenes de la calle Morgue en una extraña versión inglés- español (un idioma en cada página), las señoras bien que sacan casi al mismo tiempo un billete de dos pesos mientras una dice “los músicos me conmueven”, el pibe que besa el brazo de su novia morocha y bastante desabrigada que le contesta con una sonrisa, el muchacho que compra una pulsera de plástico truchísima y se la pone como si fuera una valiosa joya. Todos ellos son personas. Puedo ver otra vez.
También puedo ver al viejo que camina a toda velocidad por el pasillo, se lleva a todos por delante y casi se me cae encima con tal de ocupar aquel codiciado lugar vacío. Es la misma historia de siempre, la lucha estúpida por un asiento, pero esta vez me río sin ningún tipo de pudor. Me río con ganas de aquel esfuerzo ridículo, como tantos otros que hacen miles de personas todos los días en esta gran ciudad. Entonces me doy cuenta: aún con sus incontables imperfecciones, por momentos este mundo parece perfectamente vivible.
6.5.08
Con los pies bien firmes sobre las aguas
Aunque llueve y hace frío sobre el Lago Titicaca, los uros nos reciben con la mejor de sus sonrisas. Mientras descendemos del barco y ponemos pie en una de las más de veinte islas que tiene esa comunidad al ras de las aguas, hombres y mujeres envueltos en coloridos atuendos tienden sus manos hacia nosotros al tiempo que nos dedican un cordial saludo en lengua aymara.
Luego de llevarnos bajo techo para que la incesante lluvia no nos alcance, Willy, uno de los habitantes de la comunidad, se adelanta al resto de sus pares y nos muestra cómo construyen sus islas con la totora, una especie de junco que crece profusamente algunos metros aguas adentro del Titicaca peruano. Los isleños cortan pequeños bloques de raíces entrelazadas y los atan unos a otros, conformando así una plataforma flotante cuyos extremos son “anclados” al fondo del lago. Además, sobre los bloques disponen varias capas de juncos secos que forman el piso de la isla y dan la sensación de estar caminando sobre un esponjoso colchón.
La totora está presente en casi cada aspecto de la vida de los uros. Además de las propias islas, con ella fabrican sus chozas, los botes con los que se desplazan por el lago y las artesanías que venden a los eventuales visitantes. Pero no sólo eso: esta planta también sirve como alimento. Una mujer se acerca, retira los filamentos externos y nos ofrece toda la blancura del tallo: aunque no tiene mucho sabor, comprobamos que puede ser bastante refrescante y calma un poco el hambre de esa fría mañana. Al lado nuestro, un chiquito chupa una y otra vez aquel junco, que por lo visto también puede hacer las veces de chupete natural.“En las islas, tenemos nuestro propio torneo de fútbol”, dice Willy, quien confiesa ser hincha de River y el Cienciano de Cusco. Aunque su equipo marcha en quinta posición y ya no tiene posibilidades de alzarse con el título de “campeón”, recuerda con emoción aquella vez que, gracias a la “garra charrúa” de un turista uruguayo que se quedó una noche a dormir con ellos, le ganaron 2-1 a uno de sus más acérrimos rivales. Luego, señala a un chiquito que no debe pasar los dos años y que se divierte con un camioncito de juguete en la puerta de una choza. “Es mi hijo Max, el futuro crack del Perú”, dice con orgullo.
Aunque originalmente los uros conformaban una etnia propia, una de las primeras que habitaron América del Sur, en la actualidad buena parte de los habitantes de estas islas flotantes que se encuentran a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar son de origen aymara, la antigua civilización que ocupó buena parte de Bolivia, el sur del Perú y parte de Chile.
A pesar de su forma de vida tan particular, los uros no son personas cerradas ni están aislados de la sociedad, como lo evidencia el hecho de que se hagan llamar por nombres como “Willy” o “Max”, que de aymara tienen poco y nada. Hace algunos años, comenzaron a hacer del turismo una de sus principales fuentes de ingresos y permiten a los visitantes acercarse hasta sus casas sobre el agua. Tampoco se niegan a los avances tecnológicos: en el interior de algunas viviendas hay radio y TV, alimentados por medio de un panel solar que les proporciona la energía necesaria y que –según cuentan- fue un regalo del ex presidente Alberto Fujimori. Sin embargo, cuando el polémico mandatario -actualmente enjuiciado por la Justicia de su país- les ofreció mudarse a tierra firme, la mayoría se negó en forma rotunda. No querían perder sus raíces, esas que tan firmemente han echado sobre las quietas aguas del Titicaca.
En la isla de Willy y compañía conviven seis familias, en total algo así como 30 personas. Los hombres se dedican a las tareas que requieren mayor fortaleza física, como la construcción de las islas, botes y chozas, mientras que las mujeres se encargan de las comidas. A la hora de cocinar sus alimentos –generalmente pescado- los uros deben hacerlo sobre chapas para evitar que el fuego consuma los juncos y provoque alguna tragedia. Willy recuerda con pesar aquella vez que las llamas acabaron con una isla entera y la vida de dos chiquitos que murieron quemados.
Las mujeres no sólo saben cocinar: también son hábiles artesanas y excelentes cantantes. Sí, cantantes. Cuando los hombres llevan a unos turistas a dar un paseo en bote, ellas sacan a relucir sus dotes artísticas y se divierten entonando canciones que poco tienen que ver con su cultura originaria. “Vamos a la playa, oh oh oh oh oh….”, se escucha, mientras agitan sus brazos de un lado al otro y provocan las sonrisas de los navegantes. Y hasta se animan con algunas estrofas de una popular canción inglesa: “Row, row, row your boat, gently down the stream / Merrily, merrily, merrily, merrily / Life is but a dream”. O con la francesa “Frère Jacques”, cuya pronunciación una emocionada turista suiza se encarga de perfeccionar ante la atenta mirada de sus ocasionales alumnas. Las isleñas tratan de tomar algo de cada cultura, como si buscaran algo más que un simple intercambio comercial. Sus limpias sonrisas y sus ojos de mirada franca y profunda no dejan lugar a dudas. Después, le cantan al dios Inti para que las nubes se hagan a un lado. Levantan sus manos con la mirada hacia el Este y no pasa mucho tiempo hasta que el sol hace su aparición para calentar nuestros cuerpos.
Por supuesto, agradecemos el gesto y comenzamos a despedirnos. Aunque cuesta decir adiós, la paciencia del capitán de nuestro barco parece estar agotándose. Las isleñas siguen cantando y piden que nos quedemos un rato más. “Que los pasen a buscar a la tarde”, se escucha al unísono. Pero debemos seguir viaje. El motor arranca y el bote comienza a alejarse. Las olas agitan los juncos que aún no han sido arrancados del fondo del Titicaca y se mueven rítmicamente de un lado a otro. Los brazos de los uros parecen imitar ese vaivén, saludándonos desde el borde de aquella isla que se va haciendo cada vez más pequeña.
23.4.08
Cabezas llenas de humo
Claro, la vieja estaba refiriéndose al humo que hace cuatro días cubría la ciudad de Buenos Aires. “Mirá, pensalo eh, yo me quiero llevar a mi nieto…”, decía la abuela, mientras aseguraba que, afortunadamente, ella era más “despierta” que el resto de los porteños y repetía su intención de emigrar hacia el sur. Pero su hija parecía no hacerle demasiado caso. “Bueno, nena, informate eh, por favor…”, se escuchó de boca de la señora justo antes de cortar aquella comunicación.“Qué se piensan… se incendió Roma, se incendió Babilonia…”, murmuró ya desquiciada la vieja a quien quisiera escucharla en el bondi. Luego, se llevó la botella de agua a la boca. Tomó unos cuantos tragos y dejó escapar algunas gotas por la comisura de sus labios, mojándose las mejillas y humedeciendo el resto de su cara con la ayuda de sus dedos. Estaba agitada y jadeaba como si le estuviera faltando el aire. Sin dudas, había mucho humo en su cabeza. Los medios habían dicho que aquel manto gris que se posaba sobre Buenos Aires no era tóxico, pero nosotros ya empezábamos a dudar seriamente de la veracidad de aquella afirmación.
27.1.08
Planeando
Cada tanto, sueño que mis brazos son alas y vuelo sobre los edificios de esta bendita ciudad. Como el mismísimo Neo en "Matrix", con sólo proponérmelo puedo viajar adonde quiero. Arriba, abajo, hacia los costados, ni siquiera necesito mover mis extremidades. Es una sensación increíble y lamento mucho cuando llega el momento del despertar. De nuevo en la matriz…
10.1.08
Porteros-informantes: de mal en peor
Parece ficción, pero no lo es. Los encargados, poseedores de gran cantidad de información sobre cada vecino de su edificio, deberán hacer un conteo de los equipos de aire acondicionado que tiene cada uno, datos que serán pasados a las distribuidoras de energía eléctrica.
Como dije en entregas anteriores, los porteros son personajes de temer, pero este nuevo vínculo con el Gobierno (hay una excelente relación entre su sindicato, el SUTERH, y el Poder Ejecutivo), los convierte en seres más peligrosos todavía.
16.11.07
La inquietante viejita de la calle Charlone
Aunque nadie se anima a hablar de ella, en Villa Ortúzar todos la conocen. Pasa sus días sentada en la vereda, siempre sobre la misma silla, tomando un eterno mate lavado que no comparte con ningún vecino ni ocasional paseante. Es la viejita que custodia el taller de cerámica y escultura de la calle Charlone.
8.11.07
humanidades breves
El Negro desconfía de la gente que lleva la credencial del trabajo atada a la cintura y aquellos que ponen frases demasiado pretenciosas en el “nick”del msn.
María guarda los mensajes de texto donde la gente que quiere le profesa su amor. Cuando la sorprende la tristeza, va en busca de su antídoto y lee nuevamente esas palabras atesoradas en su teléfono celular.
A Diego no le caen bien los vendedores que cuando uno dice “¿Te puedo hacer una pregunta?”, responden falsa y mecánicamente “Sí, dos”.
Cuando la hermana de Magdalena estuvo en Egipto, la cambió por un camello a pesar que ella se había quedado en Buenos Aires. Ahora, teme que uno de esos animales aparezca un día bajando por la calle Juramento y un descendiente de los faraones venga a reclamar lo que es de su propiedad.
Nicolás prometió que cada vez que no se animara a hablar con una mujer que le gusta, iba a correr diez vueltas alrededor de una cancha de fútbol. A esta altura, ya debería ser todo un maratonista…
Perla, una jubilada que desanda sus días frente al televisor, confiesa que el canal que más mira es el de la cámara de seguridad ubicada en el hall de su edificio. Desde allí, puede seguir el cotidiano ir y venir de sus vecinos.
Cuando tropiezan y caen en plena calle ante la mirada del resto, casi todos los habitantes de la ciudad se levantan rápidamente como si nada hubiera pasado. Dolor, sangre y moretones quedan eclipsados por el súbito ridículo que se siente.
1.11.07
Animalitos de Dios
26.10.07
Naturaleza viva

No es un abrazo ni un gesto de amor. Es la victoria final de la naturaleza viva, que como una boa constrictora oprime a su víctima para causarle la muerte y luego devorarla.
17.10.07
"Caso porteros": era una conspiración nomás
11.10.07
Sofacalle
4.10.07
El 37

Rubén es chofer de colectivo. Tiene treinta años y hace ocho que está en el oficio. Conduce el interno 37 de la línea 151, que une Puente Saavedra con Plaza Constitución. Siempre estuvo en la misma empresa. Aunque está sentado, parece un tipo bastante alto, grandote. Tiene el cabello negro algo enrulado y usa anteojos. Viste la clásica camisa celeste del gremio, jeans azules y zapatillas tan blancas que parecen nuevas. Tiene dos hijos: Aldana y Tobías. Aldana tiene diez y es hija de su primer matrimonio; Tobías, de apenas un año y medio, es fruto de la relación con Jesica, su actual mujer. Todos estos nombres lo acompañan en los espejos que están frente a su cabeza. Es una manera de estar cerca de su familia, aunque está algo enojado, porque el que hace las inscripciones se equivocó y a Jesica le hizo la “ese” al revés.
En el interior del colectivo, cada espejo tiene una leyenda diferente: además de Aldana, Tobías y Jesica, aparecen Fernando y Santiago, hijos de Marcelo, que maneja el interno 37 en el turno mañana. Otros grabados dicen “Rubén” y “El Guachín”, un apodo que es extensivo a ambos compañeros. Encima de la puerta delantera, allí por donde suben los pasajeros, se lee “Jesucristo es el Salvador”. Entre esta inscripción y el vidrio que la protege, alguien interpuso una foto de dos chicos abrazados, uno con la camiseta de River y otro con la de Boca. Son Santiago y Fernando, los hijos de Marcelo.
Además de los espejos, hay otras cosas que adornan el espacio de los choferes: cuatro o cinco solcitos sonrientes, algunos ositos y un par de perritos de peluche que están adheridos al parabrisas; dos pequeñas bolas espejadas como las que cuelgan en los boliches bailables; tres inscripciones con el número “37”; y un reloj que sólo marca la hora porque el minutero se rompió y ahora yace como dormido al pie de aquel artefacto.
Rubén explica que no está permitido adornar de esta manera el colectivo, pero ellos lo hacen igual. Es su manera de apropiarse de su lugar de trabajo, aunque el coche no sea suyo. La empresa les da el colectivo “pelado”, sin ningún aditamento más allá de lo básico, así que deben pagar de su bolsillo cualquier cosa que agreguen. Todos los meses reservan parte de lo que ganan y lo invierten en tener lindo el bondi. “Es nuestro gusto”, afirma Rubén, “no es ir a jugar a la pelota ni a tomar cerveza por ahí”, como hacen otros muchachos.
También con su dinero pusieron los “violeteros”, aquellas luces violetas que en la oscuridad hacen resaltar todo lo que tiene un tono blancuzco, las bolas plateadas que cuelgan del paragolpes y los “baberos”, es decir, aquellos retazos de goma blanca que se colocan detrás de las ruedas, casi tocando el asfalto. Ahora están terminando de poner cortinas en todas las ventanas y aún faltan los pequeños espejos que van en la pedalera y atrás de la butaca de los choferes.
Para Rubén es importante cuidar el coche, la fuente de trabajo. Pero esto no siempre es posible, depende mucho de quién toque de compañero. Por suerte, con Marcelo la relación es buena, aunque no son amigos. “Las amistades se acabaron hace ocho años”, aclara el chofer, como si el hecho de ser colectivero no ayudara a construir relaciones más profundas.
En la parada de Medrano y Córdoba, dos chicas se besan. Una le dice a la otra que se tome el bondi, pero ésta decide esperar el siguiente. “¿Te sorprendió algo?”, tira Rubén, más en tono jocoso que de pregunta. A él ya nada le llama la atención. Ante sus ojos pasan miles de personas todos los días, cada una con sus vidas, todas distintas. “A los policías y a los colectiveros les cuesta mucho mantener su matrimonio”, dice el chofer del interno 37 con absoluta seguridad. Tanto unos como otros ven todo tipo de situaciones en la calle y según él, es muy difícil “no llevar los quilombos a la casa”. En su caso, ha optado por contarle sólo algunas cosas a su mujer, un poco para resguardarla, pero también porque simplemente no tiene ganas de llegar al hogar y desembuchar todas las pálidas. Prefiere relajarse, distraerse, estar con sus hijos. En la empresa no hay un psicólogo que contenga a los choferes luego de un mal día o que charle con ellos cada tanto. Para despejar la mente, están los descansos de veinte o veinticinco minutos entre una vuelta y otra. A veces son de hasta una hora, pero muchas veces ellos optan por no tomárselos porque están atrasados y porque, como dice Rubén, “lo mejor es llegar a tu casa y pegarte un baño caliente”.
No es fácil ser colectivero. Entre las tres vueltas que tiene que hacer, Rubén está algo así como ocho horas arriba del coche. Cada “vuelta”, en la jerga de los choferes, representa en realidad la ida y el regreso a la terminal. Generalmente, llega a la casa alrededor de las doce de la noche. Por supuesto, agotado. Como chofer de colectivo tiene que hacer muchas cosas a la vez: abrir y cerrar las puertas, mirar por los espejos, marcar el importe de los boletos en la máquina, responder las consultas de los pasajeros y llevar el vehículo entre el tránsito mientras trata de no chocar. Afortunadamente, aún no ha tenido accidentes. “Toco madera”, se apresura a decir, y lleva la mano derecha hasta su cabeza enrulada. Aunque una vez, recuerda, se le cayó alguien dentro del hueco que hace de antesala a la puerta de atrás. Pero no fue porque frenara de pronto ni por alguna maniobra brusca. Parece que el tipo venía medio mamado y se fue solito para abajo. Se fracturó el hombro y una pierna. Tuvieron que llevarlo al hospital y Rubén pasó cinco horas en una comisaría. Los pasajeros salieron de testigos en su favor.
Además del cansancio físico, el colectivero experimenta un gran desgaste mental. “Somos psicólogos”, bromea el conductor del interno 37. Reconoce que los choferes tienen fama de tener mal genio, pero nadie parece comprender que ellos tienen que lidiar con los malos genios de cientos de personas todos los días. “Cada media vuelta es distinta, es cuestión del tráfico y la gente”. A Rubén le molesta que le toquen el timbre fuera de la parada, que los conductores de automóviles no pongan la luz de giro cuando van a doblar, la lluvia, las manifestaciones, el olor de los pasajeros, el resoplido de la gente que se impacienta cuando va despacio, los comentarios acerca de su forma de manejar tipo qué fuerte frena este chofer y algunas otras cosas más. La gente que abre la puerta del auto sin mirar hacia atrás directamente lo deprime, como aquella vez que llegó a Constitución después de un viaje perfecto y de la forma más estúpida le arrancó la puerta a un taxista descuidado.
En un semáforo en rojo, el interno 37 queda alineado con el 16 que es su “puntero”, es decir, el coche que debe ir justo delante suyo. Rubén abre la ventanilla y aprovecha para hablar con su colega. A las pocas cuadras, antes de llegar a Constitución, confiesa que está pensando en hacer como que se le rompió el colectivo para poder volver más rápido a la terminal. Puedo ver cómo el interno 16 va despacio, esperando alguna señal. Está viendo si tiene que hacer subir a su coche los pasajeros de la futura unidad averiada. Finalmente, Rubén levanta su mano y hace un gesto como de seguir hacia delante. Cuando llegamos a Constitución, levantamos gente y seguimos sin detención ni descanso alguno.
De vuelta, vamos livianos, con el coche casi vacío. Rubén sube un poco el volumen de la radio. La música es una compañía importante para los choferes, hace que el día pase más rápido. Como en el caso de los adornos, escuchar música arriba del bondi está prohibido. Parece que es porque puede llegar a distraerlos mientras conducen o para que no moleste a los pasajeros. Lo cierto es que nadie se fija en ese tipo de cosas, ni siquiera el “Trompa”, como le dicen al dueño de la empresa por su costumbre de “poner la cara en todos lados”.
En la parada de Freire y Virrey Olaguer, sube con dificultad un muchacho que camina con muletas. Tiene las ropas gastadas y algo sucias. Le pregunta a Rubén si puede viajar sin pagar y pedirle a los pasajeros para la operación de las piernas. “No puedo, atrás está el inspector” dice Rubén y le explica que después el que paga las consecuencias es él. Pero el tipo de las muletas no le cree e insiste. Rubén se pone firme; no arranca hasta que logra convencerlo de bajarse. Tony, el mismo inspector que nos había acompañado un tramo a la ida, había subido un par de paradas antes y miraba todo desde el fondo. El boleto, cuenta Rubén, no es sólo un ingreso para la empresa; también es un comprobante que asegura al pasajero en caso que le suceda algo arriba del coche.
La primera vuelta llega su fin y ya estamos en la terminal que la empresa tiene a metros de Puente Saavedra. Rubén acomoda el bondi juntos a otros que esperan apagados en la oscura playa de estacionamiento. Un chico cuya presencia no había notado antes, viene corriendo desde el fondo. “Hay más colectivos de lo normal”, grita el muchachito. “Es por que hoy es sábado”, aclara Rubén. Los días de semana aumenta la frecuencia y los colectivos están casi todos en la calle.
El chico se llama Juan. Tiene quince años y es el cuñado de Rubén. Lo acompaña cuando está aburrido en la casa y no tiene otra cosa que hacer. Me quedo con él en el bondi, mientras Rubén va a buscar una nueva planilla y a estirar un poco las piernas. Juan aprovecha para mover el dial de la radio; cuando aparecen los ritmos de cumbia, pone el volumen al taco. Sus preferidos son “Damas Gratis” y “Los Pibes Chorros”. Él no quiere ser colectivero, prefiere cumbiero o futbolista. “Todo menos colectivero, es estar toda la semana ahí arriba sentado, un franco y seguir”. Lo dice porque los choferes tienen sólo seis días libres por mes.
En la terminal, los colectiveros de la línea 151 tienen un lugar donde pueden mirar televisión, comer algún sándwich o tomarse unos mates, mientras esperan la planilla que les indicará el horario de salida. A veces, durante este lapso, el recaudador aprovecha para pasar por los coches a retirar las monedas de las máquinas expendedoras de boletos o a verificar que no les falte cambio para darle a los pasajeros. Lo vemos ingresar al coche de al lado y luego se escucha el roce de las monedas cayendo. Al interno 37 todavía le faltan dos vueltas completas, así que no se molesta en visitarnos. A lo lejos, vemos venir a Rubén junto a Tony, el inspector. Estamos listos para partir.
Tony se baja a las pocas cuadras, ya se vuelve para su casa en Grand Bourg. En la próxima parada, Rubén se detiene un momento, creo que quiere que conozca a alguien. Le dicen “Mumú”, porque esos son los sonidos que emite cuando intenta comunicarse con los demás. Mumú es mudo y, según Rubén, es algo así como la mascota de los colectiveros de las líneas que paran en Puente Saavedra: la 68, la 60, la 151 y varias más. Ahora está en la puerta de un kiosco que da a la calle, ayudando a la empleada a barrer el piso. Rubén le toca bocina. Mumú lo mira y sonríe. Es tiempo de seguir camino.
Hay muchos códigos entre los choferes. Los “caminadores” son aquellos que vienen apurando desde atrás, muchas veces adelantados en su horario y tratando de pasar a sus compañeros. Rubén dice que cuando se topa con alguno, suele aliarse con otro chofer para no dejarlo pasar y hacen lo posible para que tenga que levantar pasajeros y vaya con bondi lleno. En el otro extremo están los “arrastrados”, que son aquellos que van tranquilos, a paso lento, regulando para llegar a horario a los destinos fijados en la planilla. “Cuando vas atrasado no te joden”, afirma Rubén. “En cambio, cuando vas adelantado, creen que no querés laburar”. Los “chanchos” están para controlar e informar las diferencias de horario, ya sean atrasos o adelantos. Sus informes, si las diferencias no están justificadas, pueden provocar suspensiones a los choferes. Los inspectores, además, tienen la función de “picar los coches”, es decir, verificar que los pasajeros viajen con boleto.
Casi sin darnos cuenta, ya estamos otra vez en Constitución. Dos mujeres se han quedado dormidas: sus cabezas se apoyan pesadamente contra las ventanas. Rubén las despierta al grito de “¡¡¡Plazaaaa!!!” y lentamente se incorporan para luego descender por la puerta trasera. Cuando emprendemos el regreso hacia Puente Saavedra, Rubén hace mención a un cartel que habían pintado en la parte de atrás del colectivo, ahí donde está la tapa del motor. “No sé quién me llevó a la ruina: si las mujeres o el bondi”, se leía en aquella inscripción que ya taparon. Tal vez no sean las mujeres, aunque hoy lo que más le duela sea no poder ver mucho a su hija mayor. Quizás tampoco sea el bondi, a pesar que aún no pueda cumplir el sueño de tener su propio camión para ponerle todas las luces que quiera y manejar por horas hasta el cansancio. Manejar, a Rubén le encanta manejar. Por eso se hizo colectivero. Por eso, tal vez, nunca haya ruina para él.26.9.07
El portero, temible operario del recontraespionaje
Escoba en mano. Mirada concentrada. Los porteros dominan su pedazo de vereda y desde allí analizan con detenimiento la pequeña porción de vida cotidiana que pasa frente a sus ojos. Mientras lustran el picaporte o baldean las baldosas, registran todo lo que sucede a su alrededor y almacenan miles de datos de aquellos que comparten su mundo cercano. Horarios de entrada y salida, formas de vestir, costumbres, hasta hábitos de consumo. Sin dudas, los encargados de edificios podrían ser grandes consultores para empresas de marketing. Quizás ya lo sean y no lo sabemos. La red de espionaje podría estar funcionando aceitadamente, filtrando información de nuestras vidas a sectores impensados.
Aunque siempre le tuve una gran simpatía, es casi seguro que Hugo, el encargado uruguayo del edificio al que me mudé cuando tenía 21, era miembro de esta temible organización que se propone espiar las vidas de la gente. Cada tanto, me permitía tener acceso a alguna de su vital información: “No sabés lo que son las del Lave-rap, todos los días con uno distinto”, fue una de sus primeras concesiones. Claro, después uno iba a dejar la bolsa de ropa ahí en el local donde trabajaban las morochas hermanitas y no podía dejar de pensar en aquellas palabras.
“La del 14 llega todos los días a cualquier hora”; “me parece que la del 2 se peleó con el novio”; “al del kiosco de la esquina, el otro día vino a buscarlo la policía”; “palmó la vieja del 8º A, la que tenía cáncer, pobre viejita…”. Esas y muchas más eran las sentencias que cada tanto compartía. Aunque aceptaba al gesto de confianza, siempre me quedaba pensando que lo mismo debía hacer con el resto de los habitantes de ese edificio.
Pero la data excedía largamente la puerta de entrada. Más de una vez he observado las pequeñas “cumbres” que cada tanto realizan aquellos porteros que comparten la misma cuadra. Fundamentalmente, se da entre los encargados de propiedades contiguas y suele tener lugar en las primeras horas de la mañana. Manguera en mano, se juntan y emprenden una maratónica sesión en la que comparten los conocimientos adquiridos en la última semana: propietarios nuevos, inquilinos que se van, amores prohibidos por doquier, palos para la administración del consorcio y eufóricos comentarios sobre la mina más fuerte de la zona.
Es cierto, algunos son grandes confidentes. Pero sólo se trata de una pantalla: los mejores espías son los que tienen los rostros más angelicales y eso nuestra historia ya nos lo enseñó. Por eso no llama la atención que los encargados estén siempre dispuestos a escuchar los problemas de los demás. Ese es el primer eslabón de la cadena, la primera conexión de una red que no sabemos bien hasta dónde llega. Lo que es seguro es que su poder aumenta día a día y no sólo es por las crecientes influencias del SUTERH, su sindicato. Creo que no hay mucho por hacer, simplemente tratar de cortarles el chorro y hablar lo menos posible. O sino plantear la táctica del ahogo: inundarlos con las nimiedades de nuestra vida hasta superar su capacidad de absorción. Tal vez así nos empiecen a evitar…
15.9.07
Todos los caminos conducen a Almagro
Lezica y Angel Peluffo. No es difícil encontrar el lugar. No hay que buscar demasiado. Uno sólo sigue las flechas y se topa con aquella casa blanca que se erige en un rincón de Almagro.
9.5.07
Tiburón V, la extinción
9.3.07
Imaginario colectivo
2.2.07
Retiro espiritual
29.12.06
Oído al pasar
27.11.06
Hace un año…
25.11.06
Desmejorando levemente hacia la tarde
Ufff qué calor, brrr qué frío, dicen que va a seguir así toda la semana…, va a llover hasta el lunes…, tiempo de locos…, cuándo va a refrescar…, lo que mata es la humedad…, este es el peor verano en años…, anuncian alerta meteorológico!!!!!
En el ascensor, el silencio es como una piedra en el zapato. Miramos los cambiantes numeritos de los pisos, tomamos la manija por anticipado, nos buscamos nerviosamente en el espejo, pero cuando ya nada queda por hacer, el clima se hace palabra para llenar el espacio de sonidos y eliminar la incomodidad.
No se conocen bien los motivos, pero para la comunicación liviana elegimos hablar de nubes, tormentas aisladas, cielos despejados y chaparrones que llegan por la tarde.
15.11.06
Hola y chau: punk not dead?
6.11.06
más humanidades
4.10.06
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