20.5.09

Carefree por Gauguin

La primera vez que la joven artista entró a la farmacia de San Telmo para comprar toallitas femeninas, se quedó contemplando unos cuadros que colgaban de las paredes. El farmacéutico era pintor de ratos libres y ella le hizo ciertos comentarios acerca de su obra. Charlaron un rato y quedaron en buenos términos. Laura tenía unos 20 años y comenzaba a estudiar en la Pueyrredón. Él le contó que tenía un hijo que era escritor, casi de la misma edad. Y que, además, poseía una colección repetida de libros de arte que de nada le servían.

A partir de allí, cada vez que iba a aquella farmacia de Chile y Defensa a comprar toallitas, la joven artista se llevaba un libro de alguno de los grandes de la pintura de regalo. Carefree por Gauguin, aunque suene raro. La colección fue así pasando del farmacéutico-pintor a la artista-cliente. Pero la cosa no quedó ahí. Siguió, luego, una serie de videos sobre otros grandes artistas: desde Picasso a Warhol y tantos otros.

Así fue que un buen día, en gratitud, Laura se acercó hasta la farmacia con un cuadro especialmente dedicado al bondadoso señor de los libros y las cintas, ese extraño salvador. Y es que así lo entendía aquella joven por ese entonces. El farmacéutico era un ser único, un tipo capaz de un gesto casi imposible de concebir en la ciudad: el del regalo a un extraño. Una señal fundamental de humanidad, una razón para seguir creyendo en utopías y vidas mejores. Llegó, entonces, ese cuadro a manos de aquel salvador con delantal. Era una reproducción de un modelo vivo que ella había pintado en la facultad.

El otro día pasé por aquella esquina de Chile y Defensa, pero la farmacia ya no estaba. Me pregunto dónde habrá quedado guardado ese cuadro, cuáles serán las palabras que Laura eligió para la dedicatoria y que no recuerda bien y, fundamentalmente, qué habrá pasado con aquel altruista farmacéutico.

17.5.09

No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

Mario Benedetti

Uno de sus poemas que más me gusta. Un pequeño homenaje.

Su vida y obra, acá.

15.5.09

Cuestión de tiempo

En el Pasaje Rivarola el tiempo parece detenido. Y lo está. En ese rincón escondido de la ciudad se encuentra el Cementerio de los relojes, como alguna vez lo denominó Juan Miguel Raab, dueño de “Casa Raab”, un lugar donde cientos de estos viejos aparatejos aguardan para ser reparados. Un apabullante silencio de tic-tac.

7.5.09

Un edificio delgado en la calle ídem

No debería llamar la atención, pero sí. Allí donde comienza la calle Delgado, justo en la intersección con Forest y Avenida de los Incas, hay un edificio para flacos.

28.4.09

Una mañana muy especial en Villa Mitre

No se lo habían imaginado. No, de ninguna manera. ¿Cómo imaginarse que al abrir la puerta de la biblioteca de aquella escuela de Villa Mitre unos veinte chicos de tercer grado iban a gritar sus nombres? ¡Ella es Carolina! ¡Él es Diego!

Carolina y Diego se miraban, emocionados y extrañados a la vez. ¿Cómo imaginarse que esos chicos de siete u ocho años los iban a llenar de preguntas, pero sobre todo de afecto? Que les iban a regalar un librito hecho en clase con el título “Yo soy igual… Sus cuentos nos inspiraron”, lleno de dibujos relativos a la colección que habían lanzado hace poco más de un mes. Y que para el acto del 1 de mayo estaban preparando canciones, dramatizaciones e ilustraciones basadas en esos cuentos, en esas historias de mujeres taxistas, electricistas, albañiles, árbitros, conductoras de subte, cirujanas.

Lo único que habían imaginado eran precisamente esas seis historias. Y ahora estaban en esa escuela, tomando Nesquik y comiendo galletitas con esos chicos llenos de inquietudes. Con una sonrisa de oreja a oreja. Plena, casi infantil. ¿No se imaginaban esto, no?, preguntaban las docentes. No, jamás habían pensado que podían generar algo semejante. No tienen tanta imaginación. Gracias, chicos.

Gracias también a las maestras Graciela y Laura. Y a Vicky Pereyra Rozas, editora y autora material e intelectual de la colección "Yo soy igual", que no pudo estar en esa mañana tan especial.

Si quieren, pueden visitar el blog de la Escuela Nº9, D.E.7º de Villa Mitre.

26.4.09

Mis 15

1- El Nesquik frío de todas las mañanas (y algunas tardes también).
2- La luz amarilla que entra por la ventana esmerilada de mi cuarto.
3- Una ducha caliente.
4- Comer una milanesa con papas fritas o puré o ensalada o.
5- Hamaca paraguaya y sol en el balcón terraza de mi casa.
6- Escribir (aunque sea una línea).
7- Un tema de Massacre o Pearl Jam mientras camino por una calle solitaria.
8- Escupir un chicle y darle de volea antes que toque el suelo.
9- Un pucho en el balcón. De noche. Liberando pensamientos.
10- El olor a pasto cortado. O a lluvia inminente.
11- Cuando mi pequeña sobrina Abril me llama: “Tío, tío, tío, tiítooooo…!!!”
12- Hacer un gol. Golazo. Y gritarlo con todo.
13- Un sándwich de bondiola en la Costanera Sur.
14- Viajar en tren. Mirando para afuera. El sol me pega en la frente.
15- Soñar con ella.

Cumplo con la
invitación de mi amiga Lore Tapia y acá estan: 15 momentos de mi vida cotidiana que me causan placer.

21.4.09

Esas clásicas señales

"Uno recupera, de pronto, aquel instinto primario y animal que infructuosamente trataran de legarnos nuestros ancestros aborígenes. Comienza a rastrear señales en la copa de los árboles, a adivinar conductas en la actitud de los animales, a bucear respuestas en los indicios de la naturaleza, en la interpretación del vuelo de los pájaros. Desde una persiana cerrada llega la bocanada fugaz de un relator de radio. Uno apura el paso pero la voz lo persigue como un misil de cabeza inteligente. ¿Qué inflexión ignota había en su voz? ¿La entusiasta y exitista del cronista ante la vibración de una victoria? ¿La cadencia monótona y desilusionada ante la mediocridad de un nuevo empate? Uno es un radar, es una antena, es el cervatillo frágil que eleva el morro húmedo en la espesura, el oráculo que adivina el destino en la lectura sutil de los guijarros. Recuerda sin duda la última tarde en que se perdió —catastróficamente— un clásico. Aquella mañana previa al hecho los perros ladraron alocados, las aves enmudecieron y los gatos tuvieron un comportamiento errático y equívoco revolcándose, aparatosos, sobre sus propias heces."

La observación de los pájaros, Roberto Fontanarrosa.

Un post de Lorena a raíz del último superclásico entre Boca y River me hizo recordar este genial cuento de Fontanarrosa sobre las infinitas señales que nos pueden indicar el resultado de un partido importante, quiera o no uno enterarse. Acá se puede leer el desopilante texto completo.

13.4.09

No va más

Fichas naranjas, verdes, azules, amarillas, lilas, beige. Naranja, fichas naranjas. Doscientos pesos valor. Hagan juego, señores. Un pleno al 12. Otro al 3. Y otro al 0. El Gordo corona el 32. Últimas apuestasss. El 10, Beto, ponéle una al 10. No va másss. Negro el 29. Un pucho, prender un pucho. Y tres cervezas. Hagan juego, señores. Un pleno al 12. Otro al 3. No te olvides del 0. El Gordo corona el 32. Sí, de nuevo. Y la apuesta dieguista: Beto, metéle una al 10. No va másss. Colorado el 14. El de las fichas azules pega 29 plenos. El croupier se pierde con las cuentas y pide ayuda. Las naranjas se extinguen. Doscientos pesos valor. Sí, de las naranjas. Mejor ir a dar una vuelta. Tal vez así cambie la suerte. Caminar hasta la última mesa de los dados. Mirar dos jugadas. Volver pasando entre las mesas del medio. Escuchar por los altoparlantes la voz que pregunta por el dueño del Focus gris mal estacionado. Repetir la rutina, una y otra vez. La parejita que sonríe. El extranjero con la camiseta de Messi. La cara de Julio Argentino Roca sobre el paño. Insistente. Casi obscena. Cómo van. Abajo, muy abajo. Hagan juego, señores. Una al 12 y una al 3. Otra al 0. Últimas apuestasss. ¿Beto, tenés algo para ponerle al 10? Me queda esto nada más. (Una de $100). No, no te cebés. El Beto duda. La ficha no sale de su mano. No va másss. Negro el 10. No va más.

8.4.09

Cerca y lejos

En la parada del colectivo (que no venía), se puso meditabundo. Y recordó aquella vez, en la parada del colectivo.

3.4.09

La pelota

Decenas de habaneros se reúnen todos los días a discutir sobre la pelota (el béisbol, deporte nacional cubano) en el Parque Central, allí frente al Capitolio y el Teatro Nacional. Fanáticos que hinchan por Industriales (el equipo más popular de La Habana) o por su clásico rival de Santiago, y que se trenzan en acaloradas polémicas, aunque nunca llegan a los golpes.

31.3.09

Guía Che

El Che vive en Cuba. Todavía. En las esquinas, en las paredes, en las escuelas, en el recuerdo de miles de cubanos. Los restos de Ernesto Guevara descansan en el mausoleo de Santa Clara junto a los guerrilleros que cayeron en Bolivia, pero él no. Es, verdaderamente, un hombre que engañó a la muerte.

Trinidad

Cienfuegos

Cienfuegos

Cienfuegos

La Habana

Santa Clara

Santa Clara

Santa Clara

23.3.09

Entera o a pedazos

La Habana es el paraíso de aquellos que disfrutan observando casas a medio destruir. Será por eso que me gusta tanto.

La Habana vieja

20.3.09

Momento perfecto

Escuchando Divididos mientras tomo una Bucanero fuerte y miro cómo rompen furiosas las olas contra el Malecón de La Habana. Acariciando lo áspero. Algo bastante parecido a la felicidad.

16.3.09

Lucha sin cartel

La frase se la escuché a Ana, una argentina que estudia medicina en Santa Clara, Cuba. Pero me gustó y por eso -y porque la comparto- la reproduzco: "Qué lindo es un país sin carteles publicitarios".

12.2.09

Cortázar y el 168

"Salieron las calas, los claveles rojos, los hombres de atrás con sus ramos, las dos chicas, el viejo de las margaritas. Quedaron ellos dos solos y el 168 pareció de golpe más pequeño, más gris, más bonito. Clara encontró bien y casi necesario que el pasajero se sentara a su lado, aunque tenía todo el ómnibus para elegir. Él se sentó y los dos bajaron la cabeza y se miraron las manos. Estaban ahí, eran simplemente manos, nada más."

"[...] Clara quería llorar. Y el llanto esperaba ahí, disponible pero inútil. Sin siquiera pensarlo tenía conciencia de que todo estaba bien, que viajaba en un 168 vacío aparte de otro pasajero, y que toda protesta contra ese orden podía resolverse tirando de la campanilla y descendiendo en la primera esquina. Pero todo estaba bien así; lo único que sobraba era la idea de bajarse, de apartar esa mano que de nuevo había apretado la suya."

Ómnibus, Julio Cortázar.

4.2.09

¿Dónde están mis Playmobil?

Murió Hans Beck, el diseñador alemán que le dio vida a los Playmobil. Que lleno de vida también la infancia de millones de chicos alrededor de todo el mundo. La noticia me agarra ya largamente pasados los treinta (todo un ¿adulto?), pero me lleva inevitablemente a una pregunta desconsoladora: ¿Dónde quedaron mis muñequitos de plástico? Y, sobre todo: ¿Dónde está mi flamante fragata pirata, aquel objeto tan codiciado y que tuve la suerte de recibir para un cumpleaños que ya no recuerdo?

28.1.09

Las “coincidencias” y la ley de Kammerer

Cada tanto, la ciudad nos enfrenta a increíbles “coincidencias”. Encontrarse en cuestión de horas y en diferentes lugares con una persona que no solemos ver nunca, pensar en un libro y observar cómo un extraño justo lo saca de su bolso para leerlo, sentir que un graffiti ofrece inesperadamente la respuesta perfecta a nuestras inquietudes y tantas otras. Hechos que tomamos por absolutamente fortuitos, como si todo fuera una mera obra del azar. Cuántas veces nos preguntamos: ¿Y si no me hubiese demorado al salir? ¿Me habría encontrado igual con X?

En particular, recuerdo algunos sucesos no tan cotidianos pero que, en su momento, me hicieron pensar en la existencia de un extraño orden cósmico, como si las coincidencias no existieran realmente, como si todo estuviera fina y sutilmente orquestado y nosotros no fuéramos más que piezas que se mueven y cumplen con su designio anticipadamente planeado vaya a saber uno por quién.

Una fue aquella vez que diez amigos fuimos a veranear a la costa. Diez amigos, todos metidos en un diminuto departamento, como suele pasar. Todavía esperábamos la llegada de Nicolás (“El Negro”), que estaba en Brasil y no sabíamos a ciencia cierta qué día iba a caer. Una mañana, entonces, me encontraba barriendo el living, que estaba en pésimo estado luego de una noche de juerga. Mientras pasaba la escoba, escuchaba la radio. Estaba totalmente absorto en mi tarea, cuando desde el aparato empezó a sonar un tema brasileño que al Negro y a mí nos gustaba especialmente. Nos identificaba como amigos, porque era una de esas canciones que cuando suenan uno busca al otro automáticamente para compartir (era Toda menina baiana, de Gilberto Gil). Inmediatamente, claro está, me acordé de Nicolás. Pero él no me dio tiempo para nada, porque justo en ese momento (no pasaron ni tres segundos), apareció en la puerta de aquel departamento. Enseguida nos dimos cuenta de la increíble ¿casualidad? y nos fundimos en un gran abrazo.

¿Cuáles eran las probabilidades de que algo así sucediera? Si él hubiese llegado cinco minutos más tarde (y no en el preciso momento en que empezaba la canción), si no me hubiese tocado a mi barrer aquella mañana ese mugroso departamento, si hubiese puesto otra radio, si ni siquiera la hubiese encendido…

Otra curiosa casualidad tuvo lugar en Yavi, aquel mágico pueblito jujeño que queda a pocos kilómetros de La Quiaca. Caminábamos con Laura por un pequeño camino lateral, el que lleva a la histórica Iglesia de estilo colonial. Cuando llegamos a la esquina con la calle principal, exactamente en el mismo instante en que arribamos al cruce, chocamos con Adriana, amiga-socia de Lau, aunque en ese momento estaban distanciadas (de hecho, ninguna de las dos sabía que la otra iba al Norte). Entonces, se ven y hay un mágico segundo en el que reconocen lo increíble de la situación y la magnitud de esa ¿coincidencia? Encontrarse allí, en ese pequeñísimo lugar cercano a la frontera con Bolivia, parecía el cuento de un loco que se había tomado toda la chicha de Jujuy. Como si estuviera todo armado: “sincronización cósmica”. Claro, los abrazos fueron fuertes y las sonrisas amplísimas.

Hubo una persona, un científico muy reconocido en su época (aunque luego cayó en desgracia por un aparente fraude en un experimento evolutivo con “sapos parteros” y se suicidó en 1926), que estudió las “coincidencias” cotidianas y elaboró toda una teoría a partir de ellas. Se llamaba Paul Kammerer y sus investigaciones lo llevaron a proclamar lo que denominó como la
“Ley de la Serialidad”. Lo descubrí mientras leía Instrucciones para salvar el mundo, una novela de la periodista española Rosa Montero.

Kammerer, que desde que tenía 20 años empezó a registrar cientos de coincidencias en un “diario” personal, sostenía que los hechos de nuestra vida están conectados por oleadas de serialidad. Lo que sugería este biólogo austríaco es que una casualidad era sólo la punta de un iceberg dentro de un principio cósmico más grande que la humanidad apenas podía reconocer. Es decir, las coincidencias se daban en serie, en secuencias coherentes, lo que implicaba que había una interconexión más profunda entre hechos aparentemente fortuitos. Vale la pena pensarlo.

23.1.09

Vivir o contar

“He pensado lo siguiente: para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede, y trata de vivir su vida como si la contara."

“Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna de quien yo desconfiaba y que me temía, llevé una vida extraña. Pero estaba metido, y no lo pensaba. Y una noche, en un pequeño café de San Pauli, Erna me dejó para ir al lavabo. Me quedé solo; un fonógrafo tocaba Blue Sky. Empecé a contarme lo que había pasado desde mi desembarco. Me dije: ‘La tercera noche, al entrar en un dancing llamado La Gruta Azul, vi a una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer estoy esperando, y vendrá a sentarse a mi derecha, y rodeará mi cuello con sus brazos’. Entonces, sentí con violencia que tenía una aventura. Pero Erna volvió, se sentó a mi lado, rodeó mi cuello con sus brazos y la detesté sin saber bien por qué. Ahora comprendo: había que empezar a vivir de nuevo, y la impresión de aventura acababa de desvanecerse.”

Jean-Paul Sartre, La náusea.

En esta época de blogs, fotologs, facebook, twitter; tiempos en los que el registro de la vida parece más importante que la vida misma y uno puede enterarse que X está haciendo una torta de chocolate, Y se hizo fanática de una marca de carteras y Z pasó de una relación “complicada” a estar “soltera”; en esta época en la cual la palabra quiere igualar (y a veces hasta superar) a la experiencia, no está de más recordar estas líneas de Sartre.

12.1.09

Renacimiento

Cierra los ojos. Puede sentir como el agua del Río de la Plata besa sus pies mientras el viento le acaricia la cara. Más que nunca, es parte de la naturaleza. Los cuatro elementos acompañan el ritual: agua, aire, fuego y tierra. Muy cerca, la Pitonisa habla con sabiduría. Luego, moja sus ojos para que conserven el don de observar, sus oídos para que sean amplios al escuchar, su boca para que nunca calle la verdad, su nariz para que perciba todos los olores del mundo, su frente para que el pensamiento siempre lo acompañe, su pecho para que su corazón nunca deje de sentir. Y entonces le susurra su nuevo nombre: “Amuylewfu”, el río que no se detiene.

23.12.08

y algunas humanidades más

A la hora de defender su regreso al cigarrillo, los argumentos de Tapia son irrebatibles. “A mí no me da culpa..., porque yo lo hago", dice ella, con la frente alta y un desparpajo absoluto.

María no puede soportar que la puertita que oculta la correa de la persiana quede abierta. Cuando se da cuenta que alguien la dejó así, corre rápidamente a cerrarla.

Juan Ignacio es un creador de grandes frases. “Me voy a convivir solo”, “Me duele el corazón” y “Si el día tuviese más horas, dormiría menos”, son algunas de sus más recientes.

A Verónica, una verdadera fanática del Nesquik frío, le gusta desayunar y volver a la cama con la panza llena.

Abril tiene sólo dos años y le gustan tanto los perros que es capaz de meterse sin problemas entre toda una jauría. Sin miedo, se deja lametear por canes que la doblan en tamaño y le acercan sus dientes. Ella simplemente se mata de risa y disfruta.

Cada tres horas, suena la alarma del estómago de Diego. Su reloj biológico es tan preciso que a los 180 minutos, casi sin excepciones, necesita saciar el hambre que cíclicamente lo asalta.

Nacho se fue hasta el Puerto de Frutos del Tigre convencido de encontrar manzanas, peras y duraznos a buen precio. Cuando llegó, se dio cuenta que allí había de todo menos frutas. Resignado, se compró una jabonera.

Cuando Lorena se emborracha, su tonada tucumana resurge en toda su expresión.

Es todo un clásico. Estás mil años esperando un colectivo y justo cuando prendés un pucho, la figura de aquel esquivo armatoste aparece en el cercano horizonte urbano.

16.12.08

Niemeyer, el poeta del hormigón armado

"No es el ángulo recto el que me atrae
ni la línea recta, dura e inflexible
creada por el hombre
Lo que me atrae es la curva libre y sensual
la curva que encuentro en las montañas de mi país
en el curso sinuoso de sus ríos
en las olas del mar
en las nubes del cielo
en el cuerpo de la mujer preferida
De curvas está hecho el Universo
el Universo curvo de Einstein"

Oscar Niemeyer

“La vida es un soplo”, escucho decir a Oscar Niemeyer en un documental que acaba de emitir el canal Encuentro. En el caso de este arquitecto brasileño de 101 años recién cumplidos (nació el 15 de diciembre de 1907), pareciera mucho más que eso. Emociona escucharlo, verlo dibujar nuevamente cada una de sus ya consagradas obras con un marcador negro sobre el papel. Aunque se dice un “viejo pesimista”, este verdadero “poeta del hormigón armado” y enemigo de los ángulos rectos –que se animó a redefinir lo urbano- motiva con cada palabra, con cada gesto.

Cuando en 1956 el presidente de Brasil, Juscelino Kubistchek, decidió encarar la construcción de Brasilia, Niemeyer trabajó con el urbanista Lucio Costa y le dio sus particulares formas a la nueva capital. Allí, dejó su impronta en obras como el Palacio del Planalto (la Casa de Gobierno brasileña), un Congreso muy particular, una Catedral de diseño totalmente innovador y muchos otros edificios públicos que llevan su sello.

“Brasilia debería parar”, dice ahora Niemeyer, para quien el crecimiento de toda urbe debe ser controlado. Su idea es la de multiplicar centros urbanos en vez de extender los límites de las grandes ciudades, que así se hacen demasiado densas y por ende inhabitables.


Con la llegada de la dictadura brasileña, este arquitecto se tuvo que exiliar y fue así que desplegó sus obras por el mundo entero: la Universidad de Constantina en Argelia, la sede del Partido Comunista en Francia, la casa central de la Editorial Mondadori en Italia fueron algunas de sus obras preferidas. Cuando volvió a su país, siguió regando de curvas el paisaje, como en aquel increíble Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi.

En Río de Janeiro, Niemeyer construyó para sí una casa totalmente adaptada a la naturaleza, muy sencilla, manteniendo incluso la roca originaria del morro, que de esta manera forma parte de algunos ambientes. Él mismo cuenta la anécdota de aquella vez que lo fue a visitar Walter Gropius y le hizo una objeción que al brasileño le causó mucha gracia, pero también sorpresa por tratarse de una persona que él consideraba tan inteligente. “Esto no se puede multiplicar”, le dijo el fundador de la Bauhaus.

Enemigo acérrimo del capitalismo y eterno luchador por la igualdad social, Niemeyer todavía tiene grandes proyectos por delante: Hugo Chávez le encomendó un museo en honor a Simón Bolívar que tendría forma de flecha apuntando hacia los Estados Unidos y rompería el récord mundial de hormigón armado suspendido. Además, diseñó un Puerto de la Música que se construirá en Rosario (sería su primer obra en la Argentina y la elección de la ciudad estaría basada en su admiración por el Che Guevara).

8.12.08

Las calles y las cosas

Faros, llantas, paragolpes, radiadores, baterías, parabrisas
Warnes es la calle de los repuestos automotores
Suena a chiste, pero en Libertad se encuentran los estéreos robados
allí también abundan relojes y oro no sé cuántos kilates
Por Plaza Dorrego, las antigüedades crecen (o envejecen) como hongos
pero si uno quiere muebles nuevos, hay que “patear” avenida Belgrano

Los instrumentos musicales suenan en las vidrieras de Talcahuano
sobre Paraná se encuentra casi cualquier artefacto eléctrico
y en Uruguay, sobran telgopores, cartelería y acrílicos
Los amantes de los libros se enamoran en los estantes de Corrientes
sin embargo, si lo que se busca es algún nuevo tomo jurídico
hay que volver a Talcahuano, ahí pegado a Tribunales

En Scalabrini Ortiz, se venden lanas e hilos de todos los colores
y sobre Moreno las casas de telas despachan rollos a cada segundo
pero todo el barrio de Once es un gran reino textil
el paraíso de los que buscan metros de género a buen precio

En Córdoba, los outlets de ropa prometen ofertas y no tanto
Pero si uno quiere comprar algo de cuero, tiene que ir a Murillo
Y la calle de las camperas es, sin dudas, Forest
(aunque en el 444 vendan aceite “bueno y barato”)


26.11.08

"Black", hace tres años y un poco antes

El 26 de noviembre de 2005, Pearl Jam daba en Ferro el último de sus dos recitales en la Argentina. Entre muchos buenos temas, tocaban Black, un clásico y uno de mis preferidos de la banda de Vedder y compañía. Acá va, dedicado a mi viejo El Negro, por supuesto.

9.11.08

Guiños

A veces, la ciudad te hace un guiño. Te invita a descubrirla, a recorrerla, a apreciarla en toda su belleza, a conocerla de verdad. Sólo hay que estar abierto, sensible. Sólo hay que dejarse enamorar. Por ella.

27.10.08

El cantante más famoso del subte

Quizás muchos de ustedes lo conozcan. La semana pasada lo vi mientras viajaba en la línea B, pero es una fija de casi todos los ramales del subterráneo. Llevaba musculosa gris, un pantalón bien alto al mejor estilo Mono Navarro Montoya y su clásico walkman. En su mano derecha, sostenía una tarjeta con la que tapaba su boca, esa misma que suele lanzar agudas y estridentes estrofas musicales. Es, sin dudas, el cantante más famoso del subte.

“¿Qué pasa, qué pasa, que no hay más fernet con coca?, ¿qué pasa, qué pasa, que no hay más fernet con coca”?. Con este mágico estribillo de Fernet con coca, emblemático tema de Vilma Palma e Vampiros, el muchacho hizo su aparición estelar en aquella formación. Y no dejaría de repetirlo en ningún momento, mientras recorría los distintos vagones, casi siempre parado frente a alguna puerta, totalmente ajeno al resto de los pasajeros.

Miradas esquivas, indiferencia, risa contenida, miedo: las reacciones que genera el cantante más famoso del subte (al que algunos califican lisa y llanamente como “el loco del subte”), son de lo más diversas. Sin embargo, a él parece no importarle y por nada del mundo deja de entonar su tema del día. Esta vez parecía fanatizado con Vilma Palma, pero su repertorio es mucho más amplio. Tendré que esperar a la próxima oportunidad para escuchar algún otro de sus hits.

8.10.08

La ciudad, según Paul Auster

"Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin."

"En la ciudad hay muchas calles por todos lados, pero no dos iguales. Pongo un pie delante del otro, luego el otro frente al primero, y sólo espero poder volver a repetirlo todo otra vez. Sólo eso. Me gustaría que entendieras cómo es mi vida ahora: me muevo, respiro el aire que se me concede y como lo menos posible. No importa lo que digan los demás; lo único importante es mantenerse en pie."

"Lo cierto es que si no fuera por el hambre ya no sería capaz de seguir. Hay que acostumbrarse a sobrevivir sólo con lo indispensable. Si uno espera poco, se conforma con poco, y cuanto menos necesite, mejor se sentirá. Esto es lo que la ciudad le hace a uno, le vuelve los pensamientos del revés. Le infunde ganas de vivir y, al mismo tiempo, intenta quitarle la vida. No hay salida, lo logras o no lo logras; si lo haces no puedes estar seguro de conseguirlo la próxima vez; si no lo haces, no habrá próxima vez."

"Cuando caminas por las calles debes dar sólo un paso por vez. De lo contrario, la caída se hace inevitable. Tus ojos deben estar siempre abiertos, mirando hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás; pendientes de otros seres, en guardia ante lo imprevisible. Chocar con alguien puede ser fatal; cuando dos personas chocan comienzan a golpearse con los puños o, en su lugar, se dejan caer y no intentan levantarse nunca más. Antes o después llega el momento en que uno ya no intenta levantarse. El cuerpo duele, ya ves, no existe ningún remedio contra esto y aquí resulta mucho más terrible que en cualquier sitio."

"Se levantan nuevas ruinas y las antiguas desaparecen. Es imposible saber por qué calles se puede caminar y cuáles hay que evitar. Poco a poco, la ciudad te despoja de toda certeza, no hay ningún camino inmutable y sólo puedes sobrevivir si aprendes a prescindir de todo. Debes ser capaz de cambiar sin previo aviso, de dejar lo que estás haciendo, de dar marcha atrás. Al final todo se reduce a esto, por lo tanto es necesario aprender a descifrar los signos."

"La mejor política en la ciudad es creer sólo en lo que ven tus propios ojos. Aunque ni siquiera ese es un método infalible ya que muy pocas cosas son lo que aparentan ser, especialmente aquí con tanto que asimilar a cada paso, con tantas cosas que desafían el entendimiento. Cualquier cosa que veas tiene la capacidad de herirte, de hacerte sentir inferior a lo que eres, como si por el mero hecho de ver algo te despojaran de parte de ti mismo. A menudo uno siente que mirar puede ser peligroso y suele apartar la mirada o incluso cerrar los ojos."

"Lo principal es no acostumbrarse, porque los hábitos son nocivos; incluso la centésima vez que te topas con una cosa, debes hacerlo como si no la conocieras de antes. No importa cuántas veces, siempre debe ser la primera. Esto es casi imposible, ya lo sé, pero es una regla absoluta."

Extractos de El país de las últimas cosas, Paul Auster.

22.9.08

Hogar dulce hogar

Como ya dije alguna vez, soy un gran fanático de las casas en demolición. Por eso, no pude dejar de prestar atención a la que está en la esquina de Crámer y Virrey del Pino, justo al lado del puente por donde pasan las vías del Mitre.
Los azulejos celestes al descubierto, pero fundamentalmente esos dos hogares que ahora tienen vista a la calle, conforman un paisaje muy especial e invitan a imaginar las escenas cotidianas que allí se vivieron...

21.8.08

Fauna urbana: las palomas, “ratas con alas”

“Ratas con alas”. La definición se la escuché a mi padrino Francois la última vez que estuvo en Buenos Aires y, aunque las palomas no parecen tan jodidas como los pequeños roedores que surcan cada rincón de la gran ciudad, me pareció una denominación bastante atinada.

Al igual que con las ratas, no hay urbe en el mundo que no haya sido invadida por cientos de miles de palomas. En Buenos Aires están por todos lados y, si bien la Plaza de Mayo podría considerarse como el epicentro de esta plaga alada, hay algunas sucursales menos conocidas e igual de concurridas.


Sin dudas, una de las filiales más importantes es el verdadero “palomar” que está en la esquina de Gascón e Hipólito Yrigoyen, en pleno barrio de Almagro. Allí, los plumíferos urbanos se apoyan plácidamente y de a montones sobre los cables, configurando un paisaje casi hitchcockiano.

Quién sabe por qué eligen aquel lugar, ese cuadrado imaginario cuyos vértices son una farmacia, una gomería, una fiambrería y un restaurant. Lo cierto es que acuden en masa y todo el que por allí camine deberá tener especial cuidado de no recibir algún cordial “saludo” desde las alturas.

1.8.08

Ataque de pánico en la línea D

De repente, algo me distrae. Una respiración que se hace más y más fuerte y que me impide seguir con la apasionada lectura de El lobo estepario. ¿De dónde viene? El jadeo aumenta su intensidad a cada momento, pero no puedo divisar su origen. Y entonces lo encuentro: en el asiento de enfrente, un muchacho de treinta y pico profiere grandes bocanadas, en un intento desesperado por meter algo de oxígeno dentro de su humanidad. Se pasa la mano por la frente una y otra vez, mientras la desesperación se le comienza a dibujar en la cara, en esos ojos que miran desorbitados. Una parejita que viaja a su lado reacciona rápidamente, tratan de calmarlo y le preguntan qué le pasa: “Es un ataque de pánico”, balbucea como puede.

Claro, es otra apasionante jornada en la línea D del subterráneo porteño. La formación, que una estación atrás ya venía disminuyendo su ritmo, está parada en Tribunales hace un par de minutos. Algunos creen que es por el muchacho (de hecho, ya se pidió la presencia de un médico), pero lo cierto es que el subte ha interrumpido su servicio y no continuará funcionando aquella noche.

Por suerte, la parejita solidaria tardoadolescente –deben rondar los 20 años- parece saber de estas cuestiones: ella saca un blister de Rivotril, corta una pastilla a la mitad y se lo da con un poco de agua que un tercero ofrece. Pura sensibilidad, la piba le dice que va a estar todo bien y hasta acaricia su cabellera para tranquilizarlo. Pero no hay caso: el muchacho en pánico no puede detener la curva descendente de su estado: “¡Me voy a morir, me muero…!”, grita una y otra vez. La policía irrumpe en el lugar y, mientras se espera la llegada de un médico, personal de Metrovías nos invita a abandonar el vagón. La parejita se queda, pero no alcanzo a ver el desenlace de aquella historia…

Tres días después, mientras espero que llegue el subte B en Florida, alguien pasa a mi lado y se detiene a pocos metros sobre el andén. La sorpresa es enorme: es el muchacho del ataque de pánico, ya más calmado. “Sobrevivió”, pienso aliviado y me río de la extraña coincidencia. Cuando llega el tren, otra vez queda sentado frente a mí. Es entonces cuando me mira y por un momento parece como si me reconociera. Se baja rápido, en Carlos Pellegrini, seguro para combinar con la D. Espero que no vuelva a caer preso de la angustia…

14.7.08

Unicelulares

A veces, pareciera que la ciudad está llena de locos. Gente que habla sola y gesticula ampulosamente mientras camina. Los temas que tocan son de lo más diversos (la pareja, la familia, los amigos, el fútbol, el trabajo) y hasta argumentan con detalle cada una de sus solitarias disquisiciones. Después, súbitamente, todo se aclara: nos damos cuenta que están con el teléfono celular. Tienen un auricular y un pequeño micrófono, un “manos libres” que les permite hablar y hablar sin parar, largando sus estrofas al aire. Mientras tanto, la publicidad –y algunos conocidos también- quieren que tengamos vergüenza por nuestro viejo aparatito, ese que no saca fotos ni toma videos ni permite escuchar música ni reconoce nuestra voz ni deja de sonar cuando le pasamos la mano por encima ni se conecta a internet ni.

Otros optan por chequear si les llegó algún mensaje de texto, una y otra vez. Alguien tiene que haber mandado algo. Un amigo, invitándonos a algún lado. Una mujer, dejándonos palabras dulces. Incluso nuestros viejos, recordándonos esto o aquello, dejando un reproche o un consejo. Pero no hay mensajes. No hay nada. Quizás sea tiempo de mandar alguno. Esperar la contestación. Revisar. Recibir. Leer. Contestar. Esperar. Sonreír. Pensar. Contestar. Se puede estar así por horas. Los dedos se mueven como palomas que dan pequeños saltos. Frases cortas. Palabras que se cortan. Contacto que parece tener un sentido primordial: el del contacto mismo.

También se puede llamar. En cualquier momento, intentar hablar con alguien. De última, dejar un mensaje. A cada segundo, el mundo se llena de mensajes en los contestadores automáticos. Miles de voces son grabadas sin devolución instantánea, sin retroalimentación. Sin el otro. Pocas cosas hay más tristes que las voces que habitan de a ratos en los contestadores. Testimonios del desencuentro, registros de la soledad.

Se puede, también, encender la computadora. En la casa o en el trabajo, abrir una ventanita a un costado y ponerse a chatear con el resto de los “conectados”. Mientras tanto, chequear los benditos mails. Si no se recibe ninguno importante, al menos llegarán algunos spam (¿no deseados?), cadenas con chistes, supuestos mails solidarios que deben reenviarse para no morir a los pocos días, información de eventos varios a los que nunca asistiremos y más, mucho más. No importa. Los abrimos. Los leemos o casi no. Los borramos. Tenemos mensajes, siempre tenemos mensajes. Vivimos soledades concurridas, aislamientos hiperconectados.

14.6.08

Música para mis sentidos

Es viernes a la noche y vuelvo del trabajo. Tengo una gripe que me hace moquear cada dos por tres y un dolor de cabeza por el cual prefiero evitar el mínimo gasto mental. Es un viaje en subte como cualquier otro y sólo quiero dormir, cerrar los ojos y olvidar el mundo siempreigual que me rodea por unos minutos. Como casi todos mis compañeros de vagón, no registro nada, no puedo registrar nada.

Sin embargo, una guitarra y un tambor me sacan del letargo. Su melodía de dulce bosanova parece ir abriendo mis sentidos, volviéndome receptivo otra vez. Puedo ver a la mujer que lee Los crímenes de la calle Morgue en una extraña versión inglés- español (un idioma en cada página), las señoras bien que sacan casi al mismo tiempo un billete de dos pesos mientras una dice “los músicos me conmueven”, el pibe que besa el brazo de su novia morocha y bastante desabrigada que le contesta con una sonrisa, el muchacho que compra una pulsera de plástico truchísima y se la pone como si fuera una valiosa joya. Todos ellos son personas. Puedo ver otra vez.

También puedo ver al viejo que camina a toda velocidad por el pasillo, se lleva a todos por delante y casi se me cae encima con tal de ocupar aquel codiciado lugar vacío. Es la misma historia de siempre, la lucha estúpida por un asiento, pero esta vez me río sin ningún tipo de pudor. Me río con ganas de aquel esfuerzo ridículo, como tantos otros que hacen miles de personas todos los días en esta gran ciudad. Entonces me doy cuenta: aún con sus incontables imperfecciones, por momentos este mundo parece perfectamente vivible.

6.5.08

Con los pies bien firmes sobre las aguas

La leyenda cuenta que Manco Cápac y su mujer Mamá Ocllo partieron desde la Isla del Sol –en lo que hoy sería Bolivia- y, luego de enfrentar varios días de tempestades, descansaron en la Bahía de Puno (que en quechua significa “sueño”). Desde allí se dirigieron al Cusco, donde Cápac se convirtió en el fundador y primer gobernante del Imperio incaico. A unos metros de las costas de Puno, en esas mismas aguas donde habría tenido lugar un capítulo clave en el origen de una de las civilizaciones más importantes que tuvo la humanidad, se encuentran las Islas Flotantes de Los Uros.

Aunque llueve y hace frío sobre el Lago Titicaca, los uros nos reciben con la mejor de sus sonrisas. Mientras descendemos del barco y ponemos pie en una de las más de veinte islas que tiene esa comunidad al ras de las aguas, hombres y mujeres envueltos en coloridos atuendos tienden sus manos hacia nosotros al tiempo que nos dedican un cordial saludo en lengua aymara.

Luego de llevarnos bajo techo para que la incesante lluvia no nos alcance, Willy, uno de los habitantes de la comunidad, se adelanta al resto de sus pares y nos muestra cómo construyen sus islas con la totora, una especie de junco que crece profusamente algunos metros aguas adentro del Titicaca peruano. Los isleños cortan pequeños bloques de raíces entrelazadas y los atan unos a otros, conformando así una plataforma flotante cuyos extremos son “anclados” al fondo del lago. Además, sobre los bloques disponen varias capas de juncos secos que forman el piso de la isla y dan la sensación de estar caminando sobre un esponjoso colchón.
La totora está presente en casi cada aspecto de la vida de los uros. Además de las propias islas, con ella fabrican sus chozas, los botes con los que se desplazan por el lago y las artesanías que venden a los eventuales visitantes. Pero no sólo eso: esta planta también sirve como alimento. Una mujer se acerca, retira los filamentos externos y nos ofrece toda la blancura del tallo: aunque no tiene mucho sabor, comprobamos que puede ser bastante refrescante y calma un poco el hambre de esa fría mañana. Al lado nuestro, un chiquito chupa una y otra vez aquel junco, que por lo visto también puede hacer las veces de chupete natural.

“En las islas, tenemos nuestro propio torneo de fútbol”, dice Willy, quien confiesa ser hincha de River y el Cienciano de Cusco. Aunque su equipo marcha en quinta posición y ya no tiene posibilidades de alzarse con el título de “campeón”, recuerda con emoción aquella vez que, gracias a la “garra charrúa” de un turista uruguayo que se quedó una noche a dormir con ellos, le ganaron 2-1 a uno de sus más acérrimos rivales. Luego, señala a un chiquito que no debe pasar los dos años y que se divierte con un camioncito de juguete en la puerta de una choza. “Es mi hijo Max, el futuro crack del Perú”, dice con orgullo.

Aunque originalmente los uros conformaban una etnia propia, una de las primeras que habitaron América del Sur, en la actualidad buena parte de los habitantes de estas islas flotantes que se encuentran a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar son de origen aymara, la antigua civilización que ocupó buena parte de Bolivia, el sur del Perú y parte de Chile.


En realidad, los uros originarios no vivían sobre las aguas, pero se vieron obligados a construir sus islas sobre el Titicaca para refugiarse de la persecución de Pachacútec, el noveno inca, quien llevo a aquel imperio a su máxima expresión. También fueron hostigados por los españoles que llegaron más tarde y querían mano de obra descartable para trabajar en las minas. Pero ellos resistieron y allí se quedaron a vivir.

A pesar de su forma de vida tan particular, los uros no son personas cerradas ni están aislados de la sociedad, como lo evidencia el hecho de que se hagan llamar por nombres como “Willy” o “Max”, que de aymara tienen poco y nada. Hace algunos años, comenzaron a hacer del turismo una de sus principales fuentes de ingresos y permiten a los visitantes acercarse hasta sus casas sobre el agua. Tampoco se niegan a los avances tecnológicos: en el interior de algunas viviendas hay radio y TV, alimentados por medio de un panel solar que les proporciona la energía necesaria y que –según cuentan- fue un regalo del ex presidente Alberto Fujimori. Sin embargo, cuando el polémico mandatario -actualmente enjuiciado por la Justicia de su país- les ofreció mudarse a tierra firme, la mayoría se negó en forma rotunda. No querían perder sus raíces, esas que tan firmemente han echado sobre las quietas aguas del Titicaca.

En la isla de Willy y compañía conviven seis familias, en total algo así como 30 personas. Los hombres se dedican a las tareas que requieren mayor fortaleza física, como la construcción de las islas, botes y chozas, mientras que las mujeres se encargan de las comidas. A la hora de cocinar sus alimentos –generalmente pescado- los uros deben hacerlo sobre chapas para evitar que el fuego consuma los juncos y provoque alguna tragedia. Willy recuerda con pesar aquella vez que las llamas acabaron con una isla entera y la vida de dos chiquitos que murieron quemados.
Las mujeres no sólo saben cocinar: también son hábiles artesanas y excelentes cantantes. Sí, cantantes. Cuando los hombres llevan a unos turistas a dar un paseo en bote, ellas sacan a relucir sus dotes artísticas y se divierten entonando canciones que poco tienen que ver con su cultura originaria. “Vamos a la playa, oh oh oh oh oh….”, se escucha, mientras agitan sus brazos de un lado al otro y provocan las sonrisas de los navegantes. Y hasta se animan con algunas estrofas de una popular canción inglesa: “Row, row, row your boat, gently down the stream / Merrily, merrily, merrily, merrily / Life is but a dream”. O con la francesa “Frère Jacques”, cuya pronunciación una emocionada turista suiza se encarga de perfeccionar ante la atenta mirada de sus ocasionales alumnas. Las isleñas tratan de tomar algo de cada cultura, como si buscaran algo más que un simple intercambio comercial. Sus limpias sonrisas y sus ojos de mirada franca y profunda no dejan lugar a dudas. Después, le cantan al dios Inti para que las nubes se hagan a un lado. Levantan sus manos con la mirada hacia el Este y no pasa mucho tiempo hasta que el sol hace su aparición para calentar nuestros cuerpos.

Por supuesto, agradecemos el gesto y comenzamos a despedirnos. Aunque cuesta decir adiós, la paciencia del capitán de nuestro barco parece estar agotándose. Las isleñas siguen cantando y piden que nos quedemos un rato más. “Que los pasen a buscar a la tarde”, se escucha al unísono. Pero debemos seguir viaje. El motor arranca y el bote comienza a alejarse. Las olas agitan los juncos que aún no han sido arrancados del fondo del Titicaca y se mueven rítmicamente de un lado a otro. Los brazos de los uros parecen imitar ese vaivén, saludándonos desde el borde de aquella isla que se va haciendo cada vez más pequeña.

23.4.08

Cabezas llenas de humo

Apenas subimos al 180, los gritos de una casi sexagenaria que hablaba por celular se llevaron toda nuestra atención: “¡Ahora mismo saco los pasajes y me voy a la Patagonia!” Botella de agua en mano, la exaltada señora vociferaba con el telefonito sin importarle la presencia de los otros pasajeros. Sin dudas, hablaba con su hija: “Nena… ¿no ves los noticieros vos? ¡Informate! Acá la gente sigue viviendo como si no pasara nada, no se dan cuenta…”

Claro, la vieja estaba refiriéndose al humo que hace cuatro días cubría la ciudad de Buenos Aires. “Mirá, pensalo eh, yo me quiero llevar a mi nieto…”, decía la abuela, mientras aseguraba que, afortunadamente, ella era más “despierta” que el resto de los porteños y repetía su intención de emigrar hacia el sur. Pero su hija parecía no hacerle demasiado caso. “Bueno, nena, informate eh, por favor…”, se escuchó de boca de la señora justo antes de cortar aquella comunicación.

“Qué se piensan… se incendió Roma, se incendió Babilonia…”, murmuró ya desquiciada la vieja a quien quisiera escucharla en el bondi. Luego, se llevó la botella de agua a la boca. Tomó unos cuantos tragos y dejó escapar algunas gotas por la comisura de sus labios, mojándose las mejillas y humedeciendo el resto de su cara con la ayuda de sus dedos. Estaba agitada y jadeaba como si le estuviera faltando el aire. Sin dudas, había mucho humo en su cabeza. Los medios habían dicho que aquel manto gris que se posaba sobre Buenos Aires no era tóxico, pero nosotros ya empezábamos a dudar seriamente de la veracidad de aquella afirmación.

27.1.08

Planeando

"Volando sobre la aldea", Marc Chagall
"Si te dan a elegir, qué preferís: ¿ser invisible o poder volar?", me preguntaron alguna vez. Para mi, no hay dudas.

Cada tanto, sueño que mis brazos son alas y vuelo sobre los edificios de esta bendita ciudad. Como el mismísimo Neo en "Matrix", con sólo proponérmelo puedo viajar adonde quiero. Arriba, abajo, hacia los costados, ni siquiera necesito mover mis extremidades. Es una sensación increíble y lamento mucho cuando llega el momento del despertar. De nuevo en la matriz…

10.1.08

Porteros-informantes: de mal en peor

La red de espionaje que comandan los encargados de edificios y que venimos denunciando en este blog, ya tiene un cliente de lujo: el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Sí, los más altos funcionarios de nuestro país no ignoran el poder informante de los porteros y los han convocado nada menos que para su cruzada contra la crisis energética.

Parece ficción, pero no lo es. Los encargados, poseedores de gran cantidad de información sobre cada vecino de su edificio, deberán hacer un conteo de los equipos de aire acondicionado que tiene cada uno, datos que serán pasados a las distribuidoras de energía eléctrica.

Como dije en entregas anteriores, los porteros son personajes de temer, pero este nuevo vínculo con el Gobierno (hay una excelente relación entre su sindicato, el SUTERH, y el Poder Ejecutivo), los convierte en seres más peligrosos todavía.

16.11.07

La inquietante viejita de la calle Charlone

Aunque nadie se anima a hablar de ella, en Villa Ortúzar todos la conocen. Pasa sus días sentada en la vereda, siempre sobre la misma silla, tomando un eterno mate lavado que no comparte con ningún vecino ni ocasional paseante. Es la viejita que custodia el taller de cerámica y escultura de la calle Charlone.

Cuando hay sol, prefiere el aire libre. Pero cuando la noche cae y el barrio se llena de sombras y oscuridades, la inquietante anciana se mete para adentro y vigila sus dominios desde el otro lado de las rejas del local. Impávida e inmóvil, su imagen fantasmagórica asusta a todo aquel que ose mirar a través de la ventana.

8.11.07

humanidades breves

Cuando camina por la calle, a Laura le encanta subir y bajar a los pequeños muros que rodean los canteros de los árboles. Eso le recuerda a su infancia, cuando hacía lo mismo pero de la mano de su abuelo.

El Negro desconfía de la gente que lleva la credencial del trabajo atada a la cintura y aquellos que ponen frases demasiado pretenciosas en el “nick”del msn.

María guarda los mensajes de texto donde la gente que quiere le profesa su amor. Cuando la sorprende la tristeza, va en busca de su antídoto y lee nuevamente esas palabras atesoradas en su teléfono celular.

A Diego no le caen bien los vendedores que cuando uno dice “¿Te puedo hacer una pregunta?”, responden falsa y mecánicamente “Sí, dos”.

Cuando la hermana de Magdalena estuvo en Egipto, la cambió por un camello a pesar que ella se había quedado en Buenos Aires. Ahora, teme que uno de esos animales aparezca un día bajando por la calle Juramento y un descendiente de los faraones venga a reclamar lo que es de su propiedad.

Nicolás prometió que cada vez que no se animara a hablar con una mujer que le gusta, iba a correr diez vueltas alrededor de una cancha de fútbol. A esta altura, ya debería ser todo un maratonista…

Perla, una jubilada que desanda sus días frente al televisor, confiesa que el canal que más mira es el de la cámara de seguridad ubicada en el hall de su edificio. Desde allí, puede seguir el cotidiano ir y venir de sus vecinos.

Cuando tropiezan y caen en plena calle ante la mirada del resto, casi todos los habitantes de la ciudad se levantan rápidamente como si nada hubiera pasado. Dolor, sangre y moretones quedan eclipsados por el súbito ridículo que se siente.

1.11.07

Animalitos de Dios

Al parecer, la Iglesia sigue con su búsqueda desenfrenada por atraer nuevos fieles...

26.10.07

Naturaleza viva

Más allá de plazas, parques y canteros. De boulevares, viveros y balcones. La vegetación parece aguardar su turno debajo del asfalto, anidada en la tierra que grita su prisión de moles de cemento. Cuando encuentra un resquicio, un sustrato fértil para volver a nacer, allí aparece el verde.
La vieja casa sobre la calle Alsina, entre Bolívar y Defensa, me hace pensar en una ciudad abandonada donde la naturaleza vuelve a reinar. Musgos, pasto y pequeños arbustos comienzan a surgir desde las juntas de las paredes y baldosas. Un manto verde comienza a extenderse, miles de enredaderas germinan espontáneamente y aferran sus gruesos tallos contra el concreto.

No es un abrazo ni un gesto de amor. Es la victoria final de la naturaleza viva, que como una boa constrictora oprime a su víctima para causarle la muerte y luego devorarla.

17.10.07

"Caso porteros": era una conspiración nomás

Hace poco, escribí sobre los porteros. En esa ocasión, dije que eran personajes de temer, seres que configuraban una siniestra red de espionaje de la que había que defenderse. Grandes tráficantes de información, siempre dispuestos a poner sus conocimientos al servicio de los fines más macabros.
Pocos días después de subir mi texto a este blog, pude comprobar que aquella tesis esbozada no tan alegremente tenía correlato en una obra de la literatura nacional. Se trata de "La conspiración de los porteros", de Ricardo Colautti, un escritor ignoto que falleció en 1992, pero del que se acaba de editar una compilación de sus únicas tres breves novelas, una de las cuales da el título al libro en cuestión.
En "La conspiración de los porteros", novela corta o cuento largo que Colautti escribió en el significativo año de 1976, el autor narra la experiencia de Sebastián Dun (el personaje principal) con Don Juan, un temible encargado de edificio capaz de cualquier cosa con tal de mantener su poder. Un tipo que dirige a sus pares de la zona y, entre sus máximos logros, llega a tirar a un incinerador a una prostituta y amasijar a un escribano que le hacía la vida imposible. Ah, además, ha ideado un plan para poner sendas bombas en la Casa Rosada y el Registro de la Propiedad. Acá van algunos párrafos:
"[...] Por lo menos una vez por semana había reunión de porteros. Iban con sus uniformes de gala." Y dice Juan, el portero: "[...] Así formamos los jefes de manzana y jefes de barrio. Vos podrás reconocerlos porque los jefes de manzana tienen anteojos de oro y los jefes de barrio un diente de oro adelante. Ahora me trato sólo con los jefes de barrio y sólo muy rara vez con los jefes de manzana".
[...] Fui a la portería. Alrededor de la mesa estaban sentados cinco o seis hombres, el más viejo ocupaba la cabecera, todos llevaban uniforme, gorra con visera y anteojos con marco de oro, tenían dos llaves doradas bordadas en la solapa y sus dientes eran todos de oro. Cuando yo entré el más viejo me miró de reojo, pero no dijo nada. Vi esa reunión de hombres, de porteros uniformados de violeta con sus anteojos de oro, sus dientes de oro y ese aire de misteriosa confabulación que flotaba sobre ellos [...] Uno de los porteros sacó de una caja de madera dos relojes del tipo despertador y los puso sobre la mesa. El portero más viejo los tomó y mientras se los pasaba a Juan dijo: 'Uno lo vas a dejar en el Registro de la Propiedad y otro en la Casa de Gobierno'. Hablaba el viejo con acento extranjero, duro, y continuó diciendo: 'Esta vez no nos dejaremos quitar el poder. ¿O qué ganamos en Petrogrado? Trotsky dijo: Gracias porteros de Petrogrado y nada más, ése fue el único premio que nos dieron por los secuestros, la toma de edificios, los informes, la agitación, los grandes estragos...'".
"[...] Juan vino a buscarme muchas veces e hicimos con él distintos operativos. Lo acompañaba a limpiar la vereda y él se comunicaba desde ahí con los otros colegas, charlaban mientras le daban duro al trapo y la manguera, se contaban las cuitas de los edificios, salían todos juntos al amanecer y chusmeaban. Eso lo he visto. Salen a las veredas como hormigas... ¿Y cuando acompañé a Juan a la azotea? ¿Fue eso fantasía? Subió el grandote con un avioncito de juguete; en las alas del avión, en unas cajitas de madera terciada había puesto unas tarjetas. Las tarjetas decían: 'Barreremos la propiedad privada' y dos escobas cruzaban la frase. Enrolló con el dedo la goma de la hélice. Tiró el avión hacia el sol en un amanecer. El avioncito cobró altura y cuando bajó cayeron las tarjetas sobre la ciudad balancéandose suavemente."

11.10.07

Sofacalle

No es necesario hacer reservas ni largas colas. La calle siempre tiene un lugar listo para nosotros.

4.10.07

El 37

Cuando subo al colectivo en la esquina de Crámer y Juramento, Rubén recién está empezando su primera vuelta y se dirige hacia Constitución. Viene atrasado. Según la planilla horaria que le dio la empresa en la terminal, tendría que haber salido a las 16:12 de Puente Saavedra, pero el coche tuvo un problema mecánico y no pudo poner en marcha el motor antes de las 16:55. “Ya tendría que estar en Canning”, se lamenta y explica que, hasta que subió el inspector, venía salteándose algunas paradas para recuperar el tiempo perdido. Por eso el bondi está casi vacío.

Rubén es chofer de colectivo. Tiene treinta años y hace ocho que está en el oficio. Conduce el interno 37 de la línea 151, que une Puente Saavedra con Plaza Constitución. Siempre estuvo en la misma empresa. Aunque está sentado, parece un tipo bastante alto, grandote. Tiene el cabello negro algo enrulado y usa anteojos. Viste la clásica camisa celeste del gremio, jeans azules y zapatillas tan blancas que parecen nuevas. Tiene dos hijos: Aldana y Tobías. Aldana tiene diez y es hija de su primer matrimonio; Tobías, de apenas un año y medio, es fruto de la relación con Jesica, su actual mujer. Todos estos nombres lo acompañan en los espejos que están frente a su cabeza. Es una manera de estar cerca de su familia, aunque está algo enojado, porque el que hace las inscripciones se equivocó y a Jesica le hizo la “ese” al revés.

En el interior del colectivo, cada espejo tiene una leyenda diferente: además de Aldana, Tobías y Jesica, aparecen Fernando y Santiago, hijos de Marcelo, que maneja el interno 37 en el turno mañana. Otros grabados dicen “Rubén” y “El Guachín”, un apodo que es extensivo a ambos compañeros. Encima de la puerta delantera, allí por donde suben los pasajeros, se lee “Jesucristo es el Salvador”. Entre esta inscripción y el vidrio que la protege, alguien interpuso una foto de dos chicos abrazados, uno con la camiseta de River y otro con la de Boca. Son Santiago y Fernando, los hijos de Marcelo.

Además de los espejos, hay otras cosas que adornan el espacio de los choferes: cuatro o cinco solcitos sonrientes, algunos ositos y un par de perritos de peluche que están adheridos al parabrisas; dos pequeñas bolas espejadas como las que cuelgan en los boliches bailables; tres inscripciones con el número “37”; y un reloj que sólo marca la hora porque el minutero se rompió y ahora yace como dormido al pie de aquel artefacto.

Rubén explica que no está permitido adornar de esta manera el colectivo, pero ellos lo hacen igual. Es su manera de apropiarse de su lugar de trabajo, aunque el coche no sea suyo. La empresa les da el colectivo “pelado”, sin ningún aditamento más allá de lo básico, así que deben pagar de su bolsillo cualquier cosa que agreguen. Todos los meses reservan parte de lo que ganan y lo invierten en tener lindo el bondi. “Es nuestro gusto”, afirma Rubén, “no es ir a jugar a la pelota ni a tomar cerveza por ahí”, como hacen otros muchachos.

También con su dinero pusieron los “violeteros”, aquellas luces violetas que en la oscuridad hacen resaltar todo lo que tiene un tono blancuzco, las bolas plateadas que cuelgan del paragolpes y los “baberos”, es decir, aquellos retazos de goma blanca que se colocan detrás de las ruedas, casi tocando el asfalto. Ahora están terminando de poner cortinas en todas las ventanas y aún faltan los pequeños espejos que van en la pedalera y atrás de la butaca de los choferes.

Para Rubén es importante cuidar el coche, la fuente de trabajo. Pero esto no siempre es posible, depende mucho de quién toque de compañero. Por suerte, con Marcelo la relación es buena, aunque no son amigos. “Las amistades se acabaron hace ocho años”, aclara el chofer, como si el hecho de ser colectivero no ayudara a construir relaciones más profundas.

En la parada de Medrano y Córdoba, dos chicas se besan. Una le dice a la otra que se tome el bondi, pero ésta decide esperar el siguiente. “¿Te sorprendió algo?”, tira Rubén, más en tono jocoso que de pregunta. A él ya nada le llama la atención. Ante sus ojos pasan miles de personas todos los días, cada una con sus vidas, todas distintas. “A los policías y a los colectiveros les cuesta mucho mantener su matrimonio”, dice el chofer del interno 37 con absoluta seguridad. Tanto unos como otros ven todo tipo de situaciones en la calle y según él, es muy difícil “no llevar los quilombos a la casa”. En su caso, ha optado por contarle sólo algunas cosas a su mujer, un poco para resguardarla, pero también porque simplemente no tiene ganas de llegar al hogar y desembuchar todas las pálidas. Prefiere relajarse, distraerse, estar con sus hijos. En la empresa no hay un psicólogo que contenga a los choferes luego de un mal día o que charle con ellos cada tanto. Para despejar la mente, están los descansos de veinte o veinticinco minutos entre una vuelta y otra. A veces son de hasta una hora, pero muchas veces ellos optan por no tomárselos porque están atrasados y porque, como dice Rubén, “lo mejor es llegar a tu casa y pegarte un baño caliente”.

No es fácil ser colectivero. Entre las tres vueltas que tiene que hacer, Rubén está algo así como ocho horas arriba del coche. Cada “vuelta”, en la jerga de los choferes, representa en realidad la ida y el regreso a la terminal. Generalmente, llega a la casa alrededor de las doce de la noche. Por supuesto, agotado. Como chofer de colectivo tiene que hacer muchas cosas a la vez: abrir y cerrar las puertas, mirar por los espejos, marcar el importe de los boletos en la máquina, responder las consultas de los pasajeros y llevar el vehículo entre el tránsito mientras trata de no chocar. Afortunadamente, aún no ha tenido accidentes. “Toco madera”, se apresura a decir, y lleva la mano derecha hasta su cabeza enrulada. Aunque una vez, recuerda, se le cayó alguien dentro del hueco que hace de antesala a la puerta de atrás. Pero no fue porque frenara de pronto ni por alguna maniobra brusca. Parece que el tipo venía medio mamado y se fue solito para abajo. Se fracturó el hombro y una pierna. Tuvieron que llevarlo al hospital y Rubén pasó cinco horas en una comisaría. Los pasajeros salieron de testigos en su favor.

Además del cansancio físico, el colectivero experimenta un gran desgaste mental. “Somos psicólogos”, bromea el conductor del interno 37. Reconoce que los choferes tienen fama de tener mal genio, pero nadie parece comprender que ellos tienen que lidiar con los malos genios de cientos de personas todos los días. “Cada media vuelta es distinta, es cuestión del tráfico y la gente”. A Rubén le molesta que le toquen el timbre fuera de la parada, que los conductores de automóviles no pongan la luz de giro cuando van a doblar, la lluvia, las manifestaciones, el olor de los pasajeros, el resoplido de la gente que se impacienta cuando va despacio, los comentarios acerca de su forma de manejar tipo qué fuerte frena este chofer y algunas otras cosas más. La gente que abre la puerta del auto sin mirar hacia atrás directamente lo deprime, como aquella vez que llegó a Constitución después de un viaje perfecto y de la forma más estúpida le arrancó la puerta a un taxista descuidado.

En un semáforo en rojo, el interno 37 queda alineado con el 16 que es su “puntero”, es decir, el coche que debe ir justo delante suyo. Rubén abre la ventanilla y aprovecha para hablar con su colega. A las pocas cuadras, antes de llegar a Constitución, confiesa que está pensando en hacer como que se le rompió el colectivo para poder volver más rápido a la terminal. Puedo ver cómo el interno 16 va despacio, esperando alguna señal. Está viendo si tiene que hacer subir a su coche los pasajeros de la futura unidad averiada. Finalmente, Rubén levanta su mano y hace un gesto como de seguir hacia delante. Cuando llegamos a Constitución, levantamos gente y seguimos sin detención ni descanso alguno.

De vuelta, vamos livianos, con el coche casi vacío. Rubén sube un poco el volumen de la radio. La música es una compañía importante para los choferes, hace que el día pase más rápido. Como en el caso de los adornos, escuchar música arriba del bondi está prohibido. Parece que es porque puede llegar a distraerlos mientras conducen o para que no moleste a los pasajeros. Lo cierto es que nadie se fija en ese tipo de cosas, ni siquiera el “Trompa”, como le dicen al dueño de la empresa por su costumbre de “poner la cara en todos lados”.

En la parada de Freire y Virrey Olaguer, sube con dificultad un muchacho que camina con muletas. Tiene las ropas gastadas y algo sucias. Le pregunta a Rubén si puede viajar sin pagar y pedirle a los pasajeros para la operación de las piernas. “No puedo, atrás está el inspector” dice Rubén y le explica que después el que paga las consecuencias es él. Pero el tipo de las muletas no le cree e insiste. Rubén se pone firme; no arranca hasta que logra convencerlo de bajarse. Tony, el mismo inspector que nos había acompañado un tramo a la ida, había subido un par de paradas antes y miraba todo desde el fondo. El boleto, cuenta Rubén, no es sólo un ingreso para la empresa; también es un comprobante que asegura al pasajero en caso que le suceda algo arriba del coche.

La primera vuelta llega su fin y ya estamos en la terminal que la empresa tiene a metros de Puente Saavedra. Rubén acomoda el bondi juntos a otros que esperan apagados en la oscura playa de estacionamiento. Un chico cuya presencia no había notado antes, viene corriendo desde el fondo. “Hay más colectivos de lo normal”, grita el muchachito. “Es por que hoy es sábado”, aclara Rubén. Los días de semana aumenta la frecuencia y los colectivos están casi todos en la calle.

El chico se llama Juan. Tiene quince años y es el cuñado de Rubén. Lo acompaña cuando está aburrido en la casa y no tiene otra cosa que hacer. Me quedo con él en el bondi, mientras Rubén va a buscar una nueva planilla y a estirar un poco las piernas. Juan aprovecha para mover el dial de la radio; cuando aparecen los ritmos de cumbia, pone el volumen al taco. Sus preferidos son “Damas Gratis” y “Los Pibes Chorros”. Él no quiere ser colectivero, prefiere cumbiero o futbolista. “Todo menos colectivero, es estar toda la semana ahí arriba sentado, un franco y seguir”. Lo dice porque los choferes tienen sólo seis días libres por mes.

En la terminal, los colectiveros de la línea 151 tienen un lugar donde pueden mirar televisión, comer algún sándwich o tomarse unos mates, mientras esperan la planilla que les indicará el horario de salida. A veces, durante este lapso, el recaudador aprovecha para pasar por los coches a retirar las monedas de las máquinas expendedoras de boletos o a verificar que no les falte cambio para darle a los pasajeros. Lo vemos ingresar al coche de al lado y luego se escucha el roce de las monedas cayendo. Al interno 37 todavía le faltan dos vueltas completas, así que no se molesta en visitarnos. A lo lejos, vemos venir a Rubén junto a Tony, el inspector. Estamos listos para partir.

Tony se baja a las pocas cuadras, ya se vuelve para su casa en Grand Bourg. En la próxima parada, Rubén se detiene un momento, creo que quiere que conozca a alguien. Le dicen “Mumú”, porque esos son los sonidos que emite cuando intenta comunicarse con los demás. Mumú es mudo y, según Rubén, es algo así como la mascota de los colectiveros de las líneas que paran en Puente Saavedra: la 68, la 60, la 151 y varias más. Ahora está en la puerta de un kiosco que da a la calle, ayudando a la empleada a barrer el piso. Rubén le toca bocina. Mumú lo mira y sonríe. Es tiempo de seguir camino.

Hay muchos códigos entre los choferes. Los “caminadores” son aquellos que vienen apurando desde atrás, muchas veces adelantados en su horario y tratando de pasar a sus compañeros. Rubén dice que cuando se topa con alguno, suele aliarse con otro chofer para no dejarlo pasar y hacen lo posible para que tenga que levantar pasajeros y vaya con bondi lleno. En el otro extremo están los “arrastrados”, que son aquellos que van tranquilos, a paso lento, regulando para llegar a horario a los destinos fijados en la planilla. “Cuando vas atrasado no te joden”, afirma Rubén. “En cambio, cuando vas adelantado, creen que no querés laburar”. Los “chanchos” están para controlar e informar las diferencias de horario, ya sean atrasos o adelantos. Sus informes, si las diferencias no están justificadas, pueden provocar suspensiones a los choferes. Los inspectores, además, tienen la función de “picar los coches”, es decir, verificar que los pasajeros viajen con boleto.

Casi sin darnos cuenta, ya estamos otra vez en Constitución. Dos mujeres se han quedado dormidas: sus cabezas se apoyan pesadamente contra las ventanas. Rubén las despierta al grito de “¡¡¡Plazaaaa!!!” y lentamente se incorporan para luego descender por la puerta trasera. Cuando emprendemos el regreso hacia Puente Saavedra, Rubén hace mención a un cartel que habían pintado en la parte de atrás del colectivo, ahí donde está la tapa del motor. “No sé quién me llevó a la ruina: si las mujeres o el bondi”, se leía en aquella inscripción que ya taparon. Tal vez no sean las mujeres, aunque hoy lo que más le duela sea no poder ver mucho a su hija mayor. Quizás tampoco sea el bondi, a pesar que aún no pueda cumplir el sueño de tener su propio camión para ponerle todas las luces que quiera y manejar por horas hasta el cansancio. Manejar, a Rubén le encanta manejar. Por eso se hizo colectivero. Por eso, tal vez, nunca haya ruina para él.